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Cooperación transfronteriza contra el cambio climático

Técnicos del Obervatorio estudian la flora del macizo. / OPCC

La falta de datos y estudios homogéneos en las dos vertientes de los Pirineos fue el punto de partida para el nacimiento del  Observatorio Pirenaico del Cambio Climático, un programa en el que cooperan ocho regiones de Francia, España y Andorra y 11 instituciones públicas, desde universidades a agencias metereológicas. En cuatro años de funcionamiento ha permitido recoger datos sobre el clima, el agua, la biodiversidad, los bosques y los riesgos naturales del macizo.

“La zona pirenaica tiene unas particularidades que la hacen muy vulnerable al cambio climático y el incremento en un grado de la temperatura puede afectar muchísimo a su ecosistema”, señala Elisa Vargas, coordinadora del Observatorio. Como ejemplo, explica lo que han estado observando en estos años sobre el comportamiento de algunos de sus ecosistemas y es que a medida que aumenta la temperatura los ecosistemas “se trasladan en altitud”. Una de las principales conclusiones es que para 2030 la temperatura en el macizo subirá entre uno y dos grados, lo que producirá mayores periodos de sequía, menos caudal en los ríos y por tanto mayores de riesgos de incendios.

La Comunidad de Trabajo de los Pirineos, el consorcio público del que depende el Observatorio y que aglutina a las ocho regiones en torno a la cordillera -Navarra, País Vasco Aragón y Cataluña, en España, Aquitania, Midi-Pyrénées y Languedoc-Rousillon, en Francia y Andorra- estableció como objetivo estructurar una red de “actores” que trabajaran contra el cambio climático y mejoraran el estudio de su evolución elaborando una serie de indicadores. “Precisamente uno de los mayores logros [en estos cuatro años de trabajo] ha sido la creación de diferentes indicadores en cada una de las áreas de trabajo”, señala Vargas, lo que ha permitido, continúa, saber por ejemplo qué tipo de vegetación es capaz de adaptarse al cambio climático y cuál no, y por tanto, es más vulnerable a sus efectos.

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La granja de los músicos

La Granja de Tiza apoya a bandas emergentes.

“Todos los grupos de música que están empezando quieren enseñar su música a la mayor número de gente posible pero no siempre es fácil”. El que habla es Nacho Serrano impulsor de  La Granja de Tiza, una plataforma web que lo que pretende es precisamente facilitar el camino a las bandas emergentes y que su música llegue al público. El proyecto pone en contacto a artistas o personas especializadas en alguno de los ámbitos en que una banda pueda necesitar en algún momento dado: desde la grabación de un disco, fotografiar o ilustrar una portada, músicos que puedan grabar arreglos hasta la gestión de los conciertos, la promoción, la grabación y edición de un vídeo o pedir una subvención.  

La plataforma lleva en marcha un año, colabora ya con 10 bandas y tienen el primer disco editado al completo con los “granjeros” de la plataforma. “Los grupos que empiezan tienen que compatibilizar la música con otros trabajos y muchas veces tienes que tirar de amistades para que hagan una ilustración, una fotografía o el arreglo de una canción”, explica Serrano, periodista de profesión pero también cantante del grupo Tiger and Milk de donde ha sacado toda la experiencia de las necesidades de cualquier banda.

“Lo que hice fue volcar en la plataforma todo lo he necesitado yo como músico”, explica. Pero quiso ir un pasa más allá y también dar un “valor” a ese trabajo que muchas veces hacen los amigos y conocidos casi como un favor. En la plataforma no hay unas tarifas establecidas pero en cada trabajo cada granjero –como llaman a los profesionales que frecen sus servicios- llega a un acuerdo económico con la banda lo más ajustado posible. “El problema es que los grupos que empiezan tienen unos recursos muy limitados y nosotros lo que hacemos es que en función de lo que necesitan buscamos el granjero que mejor se pueda ajustar a sus necesidades y luego entre ellos acuerdan un precio”, explica el impulsor de la plataforma.

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La cosmética del agua

Una de las cremas que elabora la cooperativa. / Orbayu

Lo que hace unos años empezó casi como un hobby y un experimento para ver cómo salían sus primeros jabones hechos en casa ha acabado por convertirse en  Orbayu, una cooperativa madrileña formada por dos parejas de amigos que elabora productos cosméticos a partir de materias primas naturales que proceden en su mayor parte de la agricultura ecológica. Recién constituidos, han puesto en marcha una  campaña de micromecenazgo para recaudar el dinero que necesitan para pasar los controles de sus productos en la Agencia Española del Medicamento. En menos de una semana ya han conseguido más del 70% de la recaudación pero aún les queda reunir el dinero para unos controles que, afirman, están pensados para las grandes corporaciones.

El test de cada uno de los productos nos cuesta 400 euros y a ello hay que sumar todo el papeleo que hay que hacer para solicitar la licencia de venta y la certificación que cuesta 1.500 euros”, explica Beatriz López, una de los cuatro cooperativistas junto a Esther Díaz, Miguel Ángel Magro y Sergio Sánchez. La experiencia de Díaz, bióloga como López, en una empresa de ensayos clínicos les está facilitando el proceso de control que deben pasar todos sus productos pero la inversión económica para empezar a comercializar no se la quita nadie.

Pero Orbayu lo que busca y quiere ofrecer no es solo que sus productos sean “seguros” sino que también sean sanos para la salud y el medio ambiente. “ La cosmética convencional emplea una serie de sustancias que proceden del petróleo y que usadas de forma masiva o prolongada puede tener efectos malos para la salud”, señala la cooperativista. Pone como ejemplo la parafina líquida, derivada del petróleo, o los parabenes, un componente que se usa como conservante. “Estos son disruptores endocrinos que el cuerpo no tiene capacidad de echar por lo que acumulados en el tiempo pueden ser dañinos para la salud”, explica la bióloga.

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Empleo en bicicleta

El evento se celebra entre 27 de febrero y el 1 de marzo. / EFE

¿Usas la bicicleta como herramienta de trabajo y buscas darle un impulso a tu negocio? ¿Llevas tiempo dándole vueltas a un proyecto que tiene como elemento clave la bici pero no sabes cómo ponerlo en marcha? ¿O simplemente compartes y te gusta todo lo que rodea y promueve el mundo de estos vehículos de dos ruedas? Las personas que hayan contestado de manera afirmativa encontrarán respuestas en  Bicity.org, un evento que se celebra en Madrid entre el 27 de febrero y el 1 de marzo y que reunirá a emprendedores, mentores y profesionales que trabajarán para transformar o sacar adelante ideas de negocios que favorezcan el uso de la bicicleta en las ciudades.

“Hemos visto que en el sector de la bicicleta ha habido un gran crecimiento en su uso y creemos que es un gran sector para emprender por su impulso a la movilidad sostenible”, explica Agustín Gamazo, director de  Enviroo, un portal de empleo relacionado con el medio ambiente, y organizador junto a la  Red de Ciudades por la Bicicleta. Durante los tres días que dura el encuentro, los inscritos podrán desarrollar sus proyectos con personas especializadas, asistir a charlas y sobre todo trabajar en equipo con el resto de participantes. El primer día, según explica Gamazo, se votarán entre todos los participantes los proyectos que más gusten y serán estos los que se trabajen de forma conjunta.

Existen tres tipos de inscripciones: para aquellas personas que ya tienen en marcha su proyecto y quieren darle un impulso, para las que tienen un idea y quieren saber si puede funcionar y la tercera categoría es para aquellas que simplemente les gusta todo lo que rodea al mundo de la bicicleta y quieren saber qué nuevas oportunidades se están abriendo. La inscripción es gratuita y tan solo se pide una fianza de 20 euros, como compromiso de asistencia, que se devolverá el primer día de las jornadas.

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La red social de los 'coworking'

Una de las actividades realizadas por todos los espacios de 'coworking'.

Por qué trabajar cada uno por su lado si haciéndolo juntos la experiencia de los otros puede enriquecer un proyecto y hacer que surjan otros muchos nuevos. Lo que es la base de los espacios de trabajo compartido, más conocidos como coworkings, se ha convertido también en el principio motor de  Coworking Malasaña, una suerte de red social que impulsaron cuatro espacios situados en el céntrico barrio madrileño para precisamente “explorar nuevas vías de colaboración y trabajo en red”, como señalan en su manifiesto fundacional. Un año después ya son ocho los espacio que comparten saberes, experiencias y proyectos.

Quisimos trasladar el espíritu de los coworking al trabajo conjunto de todos”, explica Laura Cañete, fundadora del espacio  Espíritu 23, uno de los impulsores junto a  El Patio Dcollab y La Manual. Los gestores de cada uno de los espacios comenzaron a hablar de por qué no se conocían entre todos un poco más, qué era lo qué hacían los otros, quiénes trabajaban y cómo eran los que estaban a la vuelta de la esquina y cómo eran las experiencias de los veteranos, de las que los más nuevos podían aprender.

Así comenzaron sus visitas guiadas para conocer a sus vecinos de barrio y de trabajo. “Cada gestor hacía de anfitrión de su espacio y nos iba contando quiénes eran los coworkers, las actividades que mejor les habían funcionado o cuáles les fallaban”, señala Cañete, quien subraya que es una forma de recorrer un camino nuevo de otra manera. “Si te dicen antes de empezar que ya han probado algo y que no ha resultado, pues ese tiempo y esfuerzo que empleas en otro proyecto”, indica. Los últimos coworking en incorporarse a esta especie de unión de espacios han sido  La Fábrica de Cajas Cool Inquieto,  La Industrial Espacio 44, y entre todos suman más de 100 coworkers.

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Ardales, todos a una

Un grupo de periodistas recorre el Caminito el pasado enero. / EFE

Cuando tres vecinos de la localidad malagueña de Ardales supieron que el Ayuntamiento estudiaba la posibilidad de ceder la gestión del Caminito del Rey, un espectacular sendero de cuatro kilómetros que discurre sobre un desfiladero, a la diputación provincial se pusieron manos a la obra. Comenzaron a reunirse con autoridades locales para tratar de evitar que el municipio quedara al margen de un bien patrimonial, que tras permanecer 15 años cerrado al público por su peligrosidad,  en los próximos meses volverá a reabrirse tras los trabajos de restauración realizados por la Diputación de Málaga.

Al ver que las reuniones no tenían el resultado esperado, los tres vecinos decidieron crear un empresa colectiva abierta a todo el que quisiera unirse para poder optar a la gestión del Caminito. En apenas tres meses, 216 habitantes se han unido a la iniciativa y el miércoles 13 constituyeron ante notario Caminito Ardales 2015, con un capital inicial de 21.600 euros, procedentes de los 100 que puso cada integrante de la sociedad. “Creemos que el Caminito del Rey forma parte de nuestro patrimonio, ha permanecido muchos años cerrado porque ninguna administración se hacía cargo del arreglo y cuando se hace, la gestión no se queda en el pueblo”, afirma Ana Campano, ardaleña, integrante de la sociedad y hermana de Pedro, uno de los tres vecinos impulsores de esta suerte de gestión colectiva.

El Caminito del Rey es un sendero de cuatro kilómetros construido en las paredes del desfiladero de los Gaitanes y que transcurre por los términos municipales de Ardales, Álora y Antequera. Construido en 1905 por la Sociedad Hidroeléctrica del Chorro, fue inaugurado en 1912 por Alfonso XII, de ahí el nombre por el que se le conoce comúnmente. La travesía se había ido deteriorando con los años y en 2000 acabó por cerrarse tras morir cuatro excursionistas. Los tres municipios han cedido ahora la gestión a la diputación provincial que se encargará de ella los primeros meses para luego preparar un concurso público y licitar la gestión del sendero. Como señaló el propio presidente de la Diputación, el popular Elías Bendodo, en una nota de prensa el pasado mes “el Caminito del Rey es un reclamo nacional e internacional que aumenta y completa nuestra oferta turística, y muchos operadores se han interesado ya por su explotación”.

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La gasolinera 'ecosocial'

Algunos de los trabajadores de la cooperativa. / Ecoqueremos

Las dificultades para encontrar trabajo hizo que los miembros de Queremos, una asociación sociocultural cordobesa integrada y dirigida por personas con discapacidad intelectual, se lanzaran a crearse ellos mismos esos empleos que nadie les daba. La inquietud por el cuidado del medio ambiente y trasmitir la importancia de reciclar el aceite vegetal usado acabó por impulsar  Ecoqueremos, una cooperativa de trabajo asociado que recoge y transforma el aceite vegetal usado en biodiésel, que después vende a los consumidores que lo usan como combustible en sus coches.

Tras casi tres años en funcionamiento, ya está formada por ocho socios, cuatro de ellos con alguna discapacidad intelectual, y más de 200 personas forman parte del grupo de consumo que usa como combustible el biodiésel que elaboran a partir del aceite usado. “Nosotros solo utilizamos aceite usado porque de otra manera estaríamos encareciendo los precios de un alimento básico”, explica Enrique Gimeno, responsable de producción de la planta donde elaboran el combustible. La cooperativa realiza el proceso completo: desde la recogida a través de contenedores que hay distribuidos por varios comercios de Córdoba y en las calles de algunos municipios de la provincia, la limpieza y transformación del líquido en un combustible más limpio que el diésel, hasta el servicio de un surtidor propio para los usuarios que forman parte del grupo de consumo.

En la planta limpiamos de impurezas el aceite que recogemos y lo transformamos en biodiésel en un 92%, el 8% restante se elimina a través de empresas especializadas”, explica Gimeno, quien señala que aún hay “cierta desconfianza” a usar un combustible de origen vegetal. “Hay personas que creen que les va a estropear el motor pero lo que muchas no saben es que por ley en España los combustibles deben tener un porcentaje vegetal del 7% y en Alemania llega al 50%, y allí lo coches funcionan igual que aquí”, subraya. Indica que puede haber diferencias en el arranque pero “sobre todo hay que tener en cuenta que es menos contaminante, elimina los humos negros de un combustible diésel convencional y supone una mejor lubricación para el motor”.

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El taller de las mujeres de colores

Una de las mujeres trabajando en el taller. / Dona Kolors.

Lo que comenzó como un curso de costura como medio de formación y reinserción de mujeres procedentes de la prostitución se ha convertido tres años después en  Dona Kolors, una marca social que elabora a mano y comercializa productos de moda y hogar. Cinco mujeres trabajan a tiempo completo en el taller, que también ha comenzado a coser para terceros, y más de 30 reciben cada año formación.

La iniciativa surgió precisamente desde un taller de inserción que impartía la ONG catalana Lloc de la Dona, que lleva desde hace 30 años trabajando con mujeres que han ejercido la prostitución. “En la asociación decidieron comenzar un curso de costura y vieron que a las mujeres les gustaba y se les daba bien y propusimos que para esas navidades elaboraran diferentes productos y trataran de venderlos a personas cercanas; la experiencia funcionó muy bien”, explica Danielle Pellikan, responsable ahora de Dona Kolors y por entonces voluntaria en la ONG. De aquella primera venta agotaron los cojines, monederos y abanicos que habían elaborado a mano las mujeres.

Los recortes en las subvenciones hicieron que la asociación comenzara a plantearse a elaborar y a comercializar más productos como forma de financiación de los talleres de inserción y de creación de puestos de trabajo estables para las mujeres. Pellikan se embarcó en el proyecto, preparó un plan de negocio y nació Dona Kolors. “ Un nombre que puede leerse de varias maneras: las mujeres [dona es mujer en catalán] y los colores de los estampados y también las que dan color”, indica la responsable del proyecto.

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Tras la formación, la inversión

Interior de una de las tiendas que tiene Coshop en Barcelona. / Coshop

Hace apenas ocho meses, Nieve Torres y Mireia Solsona cruzaban los dedos para conseguir algún tipo de de inversión para poder abrir un tercer local en Barcelona y seguir dando espacio a todos esos diseñadores que apuestan por la producción local y por criterios de sostenibilidad ambiental y laboral. Su proyecto,  Coshop, llevaba en marcha dos años y tenían una lista de espera de más de 200 creadores para poder participar en esta suerte de red de apoyo y cooperación a quienes apuestan por una moda respetuosa con el medio ambiente y con las condiciones laborales de quienes la elaboran.

Pasados esos ochos meses, acaban de inaugurar la tercera tienda, trabajan en la primera colección con marca propia y en un par de años tienen previsto poner en marcha sus primeras franquicias e impulsar una red de diseñadores que producen de la manera más local posible y en colaboración con talleres sociales. Coshop es uno de los siete proyectos que recibirán inversión tras participar en el programa  Momentum Project, la iniciativa de ESADE y BBVA que selecciona los mejores proyectos de emprendimiento social para ofrecerles formación especializada y con la opción de poder optar a una posible financiación.

“Recomendaría a cualquiera que estuviera al frente de un proyecto social que participara en el programa”, explica Torres, quien durante seis meses ha recibido formación en marketing, gestión financiera y con su socia ha podido elaborar un plan de negocio hasta 2018. “Nosotras sabíamos que Coshop tenía futuro y que podía funcionar porque veíamos que teníamos una amplia lista de espera, para los diseñadores era un espacio necesario y al público le gustaba; pero otra cosa era alguien experto nos lo confirmara”, señala. El programa así se lo ha confirmado y la inversión llega ahora para terminar de empujar el proyecto.

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Conocer para conservar

Sistema de reparto de agua en una de las caceras que se puede visita cerca de la Sierra de Guadarrama. / Tenada del Monte

El deseo de trabajar “en lo suyo” sin salir de su provincia de nacimiento, Segovia, llevó a una pareja de biólogos a irse a vivir a la pequeña localidad de Cabanillas del Monte a la casa heredada de un bisabuelo donde comenzaron un proyecto de alojamiento rural que fuera algo más que un lugar donde alojarse. Querían que se convirtiera en un vehículo para transmitir sus conocimientos como forma de conservación del medio ambiente. Diez años después,  Tenada del Monte sigue ofreciedo talleres, rutas guiadas de senderismo, ornitológicas o formación ambiental con el objetivo precisamente de preservar la biodiversidad y el patrimonio etnográfico de su tierra.

“No se conserva lo que no se conoce”, afirma David Martín, quien junto a su mujer Mar Pinillos celebra este año el décimo cumpleaños de su proyecto particular de conservación. “Comenzamos con las rutas interpretativas en las que aprovechamos todos nuestro campo de formación explicando qué tenía de especial la flora y la fauna en estas zonas y con el tiempo fuimos ampliando los conocimientos para ofrecer información desde otros puntos de vista”, explica, y añade que “tan importante es la biodiversidad como el uso humano de las tierras y las huellas que hemos ido dejando”.

En este sentido, cuenta por ejemplo cómo han ido adquiriendo esos conocimientos que luego transmiten a los que quieren conocer la zona. “Previamente nos gusta a hacer a nosotros un trabajo de investigación y muchas veces nuestras fuentes de información son los propios habitantes de los pueblos los que tienen ese conocimiento, los que saben por qué un lugar se llama de una determinada manera, por qué un camino está en un sitio y no en otro, y nos convertimos así en transmisores de conocimiento”, subraya.

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sobre este blog

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