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Periodismo a pesar de todo

Cine por y para los espectadores

Un momento de la charla que el director David Trueba mantuvo con los espectadores. / Cines Zoco Majadahonda

Los vecinos del municipio madrileño de Majadahonda vieron cómo hace más de un año el centro de la ciudad estaba a punto de perder su última sala de cines. Varios comenzaron a recoger firmas para evitar su cierre pero la empresa, responsable de la cadena de Cines Renoir, siguió adelante con los planes de ajuste. Los mismos que recogieron y dieron su firma decidieron establecerse como asociación para intentar reabrir las salas . Y así lo hicieron en diciembre del año pasado. Siete meses después ya tienen más de 1.400 socios y el número de espectadores ya ha superado a los del año anterior con una programación que combina horarios flexibles, cine independiente, clásicos, versión original y doblada y encuentros con los directores y actores de muchas de las películas que se exhiben.

“Nuestras previsiones cuando abrimos eran de un 10% de ocupación de las salas, ahora en verano, que la asistencia es menor, estamos en torno a un 14% y ha habido meses en las que hemos rondado el 32%”, explica Javier Asenjo, vicepresidente de la Junta Directiva y programador. La asociación Cines Zoco Majadahonda es una entidad sin ánimo de lucro que es la encargada de gestionar los minicines qeu llevan el mismo nombre. Alquilan el recinto a los dueños, y anteriores gestores, y se financian a través de las cuotas de socios y las entradas de los cines. Cada socio paga 100 euros al año -apenas ocho euros al mes- y con ello tiene voz y voto en la organización del proyecto, además de precios más baratos en las entradas. La reapertura de las salas, cuatro, ha permitido mantener además los puestos de trabajo de los anteriores trabajadores de los cines, entre gerencia, mantenimiento, taquilleros u operadores, y ahora siete personas, incluido el programador, forman parte de la plantilla. Todos los beneficios se revierten en el proyecto.

La gestión se realiza a través de un equipo de voluntarios que está organizado en diversas comisiones, mantenimiento, programación, redes sociales, marketing, comunicación, educación o eventos. “Cada socio colaborada de la manera que puede y quiere”, afirma David Egea, uno de los socios fundadores y miembro de la comisión de programación. El modelo en el que se fijaron los impulsores fue Cineciutat, un proyecto vecinal que también ha logrado reabrir unas salas en Palma de Mallorca, que de otra manera hubieran dejado a la ciudad sin los únicos cines que exhibían filmes independientes y en versión original.

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'Crowdfunding' para la creatividad infantil

Beatriz Sigüenza juega con una niña con el Inventa Kit. / Kibo

¿Por qué cuando nos hacemos mayores perdemos la creatividad que tenemos de niños? Porque la educación y los conocimientos que vamos adquiriendo “ convierten el cerebro en vago haciendo que todos pensemos igual”. Beatriz Sigüenza, responsable de Kibo Factory, una empresa que se dedica a crear herramientas para fomentar la creatividad en empresas, cree que “ los niños son creativos porque son un libro en blanco”, es decir, porque aún no tienen información y prejuicios sociales adquiridos que van cambiando y coartando esa imaginación según van adquiriendo conocimientos nuevos. Por eso, ha creado un juego enfocado a los niños, aunque también pueden participar mayores, para que puedan fomentar y conservar esa creatividad. Para poder llevarlo a cabo ha decidido poner en marcha una campaña de crowdfunding, que aún le queda por recaudar algo más de la mitad del presupuesto inicial.

La dinámica de Inventa Kit consiste en ir haciendo los retos que plantea el juego: a partir de 15 escenas cotidianas, que pueden ser desde un supermercado, la playa, la montaña o la cocina, una serie de tarjetas van pidiendo a los niños diferentes pruebas. Una puede ser inventarse un instrumento musical a partir de cuatro objetos que aparecen en la imagen del supermercado, o crear un deporte, con sus reglas y dinámicas, a partir de los utensilios que ofrece la escena de una cocina. Los pequeños deben dibujar en cartulinas lo que vayan creando o escribiendo, por ejemplo, las reglas de un nuevo deporte. “El juego está pensado para niños a partir de ocho años porque a esas edades ya pueden escribir y creemos que es importante que además de dibujar también sean capaces de explicar en qué consiste todo lo que se están inventando”, explica esta ingeniera informática, quien hace cuatro años decidió abandonar su carrera profesional en grandes multinacionales para dedicarse a la gestión del conocimiento y de la creatividad y poner en marcha su propia empresa.

“Los niños con los que ya hemos probado el juego están encantados porque nos dicen que están haciendo algo diferente y disfrutan con su propia creación”, explica. Los resultados son tan diferentes como tanta imaginación le eche cada uno de los pequeños. Ahí está por ejemplo el BromBroBrom un instrumento musical que se inventó un niño de siete años a partir de varios objetos que veía en la imagen de la playa: un remo que mueve unas piecrecitas que caen en una sombrilla y que hacen “brombrombrom”. O también surgieron las soluciones que debían plantear para un frigorífico para personas ciegas. “Una de las niñas decidió que lo mejor era poner carteles en Braille en todo lo que había en la nevera, y yo le dije que se imaginara que por ejemplo esa persona coge una manzana y no se da cuenta que tienen la etiqueta y se la come y otro niño que estaba al lado respondió: 'Pues haces el Braille con pepitas de chocolate y así se las pueden comer'”, explica Sigüenza sobre una de sus experiencias con los pequeños.

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Cómo ser un consumidor responsable

La guía recomienda comprar frutas y verduras a granel en lugar de empaquetadas. / EFE

¿Qué hay que tener en cuenta a la hora de comprar con responsabilidad? La respuesta se reduce a tres palabras: verde, ética y social. Es decir, que lo que se adquiera tenga el menor impacto en el medio ambiente, que la compra respete los derechos laborales y los salarios mínimos de los trabajadores que forman parte de la cadena y que potencie las empresas que forman parte de la economía social. Una página web ofrece información detallada acerca de cómo consumir de forma más responsable en base a estos tres pilares básicos.

“Queremos que los consumidores tenga a su disposición toda la información necesaria para que puedan valorar y pensar dos veces a la hora de adquirir uno u otro producto”, explica Jean-Bernard Audureau, portavoz de la Unión de Cooperativas y Consumidores de Madrid, entidad que ha elaborado la guía. Subraya que la página también sirve para desterrar algunos mitos. Pone como ejemplo el uso de las servilletas de papel, que durante hace años se ha creído que su uso era menos dañino para el medio ambiente que las de de tela. En esta guía web se puede comprobar que no es así . Realizan una comparación entre usar 1.500 servilletas de papel virgen y reciclado (300 servilletas al año durante cinco años) y una de algodón usada durante el mismo tiempo (30 lavados al año). Tanto en emisiones de CO2, como consumo energético y de agua, los valores del empleo de una servilleta de papel no reciclada supera siempre al de tela: 34,2 kilos de emisiones de CO2 frente a los 0,2 de la de tela, e incluso en el consumo de agua, usar una servilleta de papel todos los días duplica el consumo de lavar una de tela.

A la hora de consumir tenemos que tener una visión globalizada de todos los productos, y no solo fijarnos en un punto, sino pensar qué materias primas tiene, cómo se ha producido, de dónde viene, si se le pueda dar un segundo uso o puede ser reciclado”, detalla el portavoz. La página ofrece información gráfica sobre el ciclo de vida de 12 productos cotidianos y ahí el consumidor puede comprobar por qué es menos dañino para el medio ambiente usar fiambreras en lugar de film transparente para guardar alimentos o por qué es preferible emplear un detergente líquido en vez de uno en polvo.

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Cómo 'hackear' la ciudad

Integrantes de Hackity hablan con una vecina en la acción El salón de tu barrio. / Hackity

La ciudad está pensada para los coches y diseñada de arriba hacia abajo, es decir, sin contar con los ciudadano que viven en ella”. El que habla es Eusebio Reyero, uno de los integrantes de Hackity, un estudio de diseño social, “en el sentido de servicio al ciudadano”, que quiere hacer partícipe a los habitantes de la evolución de las ciudades en las que habitan. Para ello, han puesto en marcha una aplicación, aún en versión beta pero que ya se puede descargar a través de una web y usar, que permite a los que se registren en ella compartir y dar a conocer aquello que no les gusta de su barrio o que quieren cambiar.

De esta manera, si alguien ve algo en su zona o en cualquier otra algo que no le gusta, como un bache, un paso de cebra mal colocado, una plaza pensada para el tráfico rodado pero que hace dar grandes rodeos al peatón para poder cruzar de calle o una alcantarilla sin tapa puede hacer una fotografía subirla a la red y comentar lo que no le gusta. La idea es que el resto de vecinos también puedan opinar sobre ello. “Se trata de una herramienta abierta a todo el que quiera conocer qué es lo que quieren los ciudadanos”, señala Reyero, quien apunta directamente a administraciones, colectivos y asociaciones de vecinos que ya trabajan en el barrio y así puedan canalizar de una manera más fácil las protestas o peticiones vecinales.

La empresa, formada por seis personas procedentes del mundo de las consultoras y el diseño de productos, aunque también hay urbanistas y sociólogos, ya está hablando con colectivos, ayuntamientos madrileños y colegios para empezar a crear redes de ciudadanos que quieran participar en el diseño y devenir de sus ciudades. Pero Hackity no quiere convertirse en un mero recolector de datos, sino también saber qué y quiénes están detrás de esos datos.

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La inquietud cultural del campo

Una de las actividades realizadas en el último Festival de Cans el pasado mayo. / Festival de Cans.

“La creatividad del medio rural conectada”. Bajo esta premisa comenzó a pergeñarse hace casi más de un año RuralActual, una plataforma online que difunde y conecta los proyectos culturales que se están realizando en el mundo rural de la Península Ibérica. “ Se estáN llevando a cabo muchas iniciativas por y para los habitantes de los pueblos y no siempre tienen la suficiente difusión”, explica Bea García, una de las impulsoras del proyecto, junto a Moisés Álvarez, Sonia García y Mariana Cancela. Los cuatro viven desde hace algún tiempo en zonas rurales, aunque por sus trabajos, vinculados en su mayoría a la gestión cultural y comunicación, pasan temporadas en la ciudad.

“Por mi trabajo he realizado varios proyectos vinculados a museos etnográficos y veía que lo que se hacía desde ellos era poner en valor un patrimonio cultural con el único objetivo de atraer turistas pero no para dinamizar la población y la vida de la gente que vivía en esa zona”, explica Bea García. Su intención, afirma, era poner en valor “no sólo lo que fuimos, sino lo que estamos siendo y lo que podemos ser”.

Los proyectos debían ser “por y para el pueblo” y se lanzaron a la búsqueda con una referencia muy clara, el Festival de Cans, que se celebra cada año en la localidad gallega del mismo nombre, coincidiendo siempre con el certamen de cine de Cannes, y donde Moisés Álvarez se encarga de la difusión. “ Es una iniciativa en la que todo el pueblo está implicado, donde la gente ofrece sus casas para alojar a los invitados y las proyecciones se hacen desde en bodegas, a almacenes de los habitantes”, explica la impulsora de RuralActual.

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Compras colaborativas sin intermediarios

Uno de los locales donde se realizan las entregas y recogidas de los pedidos. / YoConsumoSano

Las compras colaborativas de alimentos a productores locales ya son posibles, sin necesidad de pagar cuotas mensuales ni hacer pedidos mínimos. La plataforma web YoComproSano permite que los consumidores puedan agruparse para poder hacer compras conjuntas directamente a pequeños productores locales que están en un radio máximo de 200 kilómetros. No existen intermediarios y los pedidos y pagos se hacen a través de la web.

Una persona, responsable del grupo, puede aglutinar a otras tantas de su entorno, ya sean familiares, o amigos. O una persona individual puede darse de alta en los grupos que ya están funcionando o los que están en construcción, según le convenga la cercanía. Cuando existe un número mínimo de consumidores en el grupo se comienzan a hacer los pedidos, semanales o quincenales, a los productores locales. Cada persona tiene entre tres y cuatro días para apuntarse a los pedidos que vaya ofertando el responsable del grupo en función de lo ofrecido por los productores. Si a alguien no le interesa lo disponible esa semana, o resulta que estará de vacaciones, no está obligado a realizar ninguna compra. Cada productor establece el pedido mínimo que le convenga por lo que si finalmente no se llega a esa cantidad la compra no se realiza. Solo cuando se valida el pedido se realiza la compra colaborativa. Si finalmente se logra un número de compradores suficiente, la entrega del pedido se realiza en el local habilitado por cada uno de los responsables de grupo unos dos días después.

“Uno de nuestros objetivos es, además de fomentar un consumo responsable, aportar un canal de venta organizado y seguro a los productores locales para que sean ellos los que marquen sus precios y logren una cantidad justa por su productos”, explica Gregorio Destre, cofundador junto a Olivier Quero, de la plataforma, quien subraya que los pagos a los productores son “muy rápidos”, a los dos días de hacer la entrega. Desde que comenzara a funcionar hace nueve meses en Madrid ya han logrado que 3.000 personas se hayan dado de alta y ya hay grupos en construcción en Barcelona, Girona, Valencia, Castellón o Algeciras. De los 40 grupos formados están en funcionamiento 15, todos en Madrid, y desde la plataforma confían en que poco a poco se vayan activando los restantes.

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Una red de talleres con valor inclusivo

Alumnos de Campus, centro de formación avanzada de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce./ FCPV

Detrás de cada puerta aguarda una actividad diferente. Recolección de sellos, confección de bolsas de chucherías, una imprenta, una carpintería y un taller de flores... Más de 200 personas con discapacidad intelectual trabajan en los centros especiales de empleo (CEE) y en el centro ocupacional de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce, donde también reciben formación y apoyo psicosocial.

Carmen Cafranga Cavestany, presidenta de la fundación, recibió de manos de su madre el proyecto social iniciado por su abuela en 1948. Una cadena de mujeres, de la que forma ahora también parte la hija de Cafranga, Almudena Martorell, como directora de la organización.

En los años 50, la gran extensión situada en la capital había refugiado a hijos de leprosos, para que no contrajesen la enfermedad de sus padres. Cuando la medicina puso freno a la patología, las instalaciones –situadas en el norte de Madrid, en el actual barrio de Montecarmelo– acogieron a niños y jóvenes con desarraigo social. Sin embargo, Carmen Cafranga dio un paso más y creó una fundación volcada en la inclusión y el desarrollo personal y profesional de personas con discapacidad intelectual.

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Mensajería a pedales y social

La bicicargo de Mensos con un reparto de comida. / Mensos

Su experiencia en logística y las competiciones de triatlón le dieron a Alejandro Corroto el punto de inicio para empezar a montar un servicio de mensajería en bicicleta en Madrid. Un curso para emprendedores y las ganas de probar algo sin nada que perder le ofreció el último impulso. Seis meses de empezar a rodar Mensos  tiene ya 30 clientes regulares con unos 80 envíos mensuales, entre los que hay desde asesorías a tiendas de comida, y es el único servicio de mensajería sobre dos ruedas del Mercado Social de Madrid. “Es un servicio muy necesario en la ciudad, porque no solo estás aportando un valor ecológico, sino que además puede ser más rápido”, explica el responsable de la empresa.

En su página web explica que una empresa con un nivel medio-alto de consumo en mensajería -unas 140 direcciones al mes- y que use la bicicleta como medio de transporte puede dejar de emitir en un año a la atmósfera 430 kilos de CO2. “El pasado mayo por ejemplo hicimos 1.202 kilómetros y calculamos que con ello evitamos la emisión de 70 kilos de CO2”, explica Corroto. Y además está la rapidez. “ En trayectos de menos de cinco kilómetros los envíos llegan antes en bicicleta”, afirma. Explica que cuando comenzó, el pasado febrero, sus primeros clientes eran sobre todo empresas que ya tenían una conciencia ecológica y que querían apostar por este servicio. Poco a poco se fueron sumando otras, como despachos de abogados, que se sorprendían de la rapidez. “Me decían '¿Ya está?' cuando les avisaba de que ya estaba hecha la entrega”, indica Corroto, quien destaca que moverse en dos ruedas evita los atascos y los semáforos siempre puedes colocarte el primero de la fila.

Los 'bicimensajeros' de Mensos. / Mensos

Los 'bicimensajeros' de Mensos. / Mensos

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Huerta inclusiva y sostenible

Un trabajador carga las cestas del grupo de consumo para luego repartirlas. / Huertos de Soria

Un proyecto de economía social, local y sostenible que revierta en la ciudadanía y permita mantener las tierras que están en desuso. Es la filosofía de Huertos de Soria, una experiencia que nació hace un año y medio en medio de la crisis para dar respuesta a colectivos en riesgo de exclusión y en este tiempo ha logrado recuperar huertos que ya no se trabajaban para cultivar productos por medios tradicionales y ofrecerlos a través de un grupo de consumo.

“Desde Cives Mundi, una ONG de cooperación al desarrollo llevábamos trabajando desde hace mucho años en otros países y con la llegada de la crisis pensamos que también teníamos que centrarnos aquí en Soria”, explica Roberto Ortega, uno de los responsables del proyecto. Decidieron ir de la mano con la Fundación Faess, que también venía trabajando desde hace años con personas con discapacidad y enfermedad psíquica. “Ellos tenían la experiencia en la inserción laboral de este colectivo”, señala Ortega.

Lograron un terreno y empezaron a cultivar “recuperando la huerta tradicional”, subraya. Un año y medio después, ya tienen una finca de cinco hectáreas -que les cedió una familia-, cuatro personas trabajan en el proyecto y su intención es poder crear 12 empleos más. “Las personas que traban reciben formación y acceden a un trabajo que de otra manera sería más difícil”, señala Ortega. Los trabajadores cultivan la tierra, recogen los productos y preparan las cestas para los que forman parte del grupo de consumo. Ya son cerca de 100 los miembros y cada mes, por un precio de entre 18 y 20 euros, dependiendo de si recogen la cesta en la huerta o se la llevan a casa, reciben toda una cesta con productos de temporada, desde tomates, acelgas y repollo a patatas. “Lo único que no cultivamos es fruta, pero sí que incluimos algunas piezas que adquirimos a un productor local”, indica Ortega, quien subraya que en el cultivo no se usa ningún tipo de abono químico y solo

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Los 'amantes de la basura' cumplen 20 años

Trabajadores de una de las entidades de AERESS arreglan unas lavadoras para darles un segundo uso. / AERESS

Hace dos décadas unas jornadas estatales comenzaron a reunir de forma periódica a distintas entidades de recuperadores de la economía social para hablar de sus problemas y de los retos que se les planteaban. Acudían los que recogían muebles, ropa, aparatos eléctricos que otros tiraban y reflexionaban sobre cómo debían plantear lo que hacían. De aquellas jornadas, que llamaron los Amantes de la basura, nació la Asociación Española de Recuperadores de Economía Social y Solidaria (AERESS), que 20 años después agrupa ya a 58 entidades con presencia en 14 comunidades autónomas y se ha convertido en importante grupo de presión para sensibilizar sobre la importancia de la reutilización para cuidar el medio ambiente.

Nacimos con un objetivo muy definido de sensibilización hacia el medio ambiente y una prioridad social con la inserción sociolaboral de personas en riesgo de exclusión”, explica Laura Rubio, directora de la Secretaría Técnica de la entidad. Subraya cómo los principios no fueron fáciles sobre todo en unos años en los que eso recoger residuos era una actividad “que no estaba valorada”. “Había entidades que llevaban trabajando muchos años, pero también tuvimos que ir haciendo y pelear por lograr que saliera adelante la ley de empresas de inserción o que las administraciones contemplaran la realidad de lo que hacíamos y se hiciera una regulación de la reutilización de los residuos”, señala Rubio.

Ahora, pasado el tiempo, su lucha sigue centrada en lograr que las administraciones y la ciudadanía entiendan la importancia de la reutilización. “La normativa de residuos de la Unión Europea marca una jerarquía y en primer lugar está la prevención de residuos y en segundo la preparación de estos para su reutilización, es decir, hay que poner todos los medios posibles para que estos puedan tener un segundo uso”, subraya la responsable. Y a esto respectos marca los objetivos que deben llevar a cabo las administraciones, como sensibilizar a la ciudadanía sobre la importancia de llevar a los puntos limpios o de recogida los residuos domésticos, y que estos puntos preserven su estado y permitan a las entidades sociales el acceso para poder recuperarlos.

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sobre este blog

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