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Reciclaje creativo para desempleados

Los cuadernos hechos con discos de vinilo que elaboran los participantes de los talleres. / Symbool

Combinar el reciclaje de materiales y de las personas a través de la creatividad. Es el objetivo de  Symbool, una asociación de Madrid que ofrece talleres gratuitos a personas desempleadas donde aprenden a elaborar productos a partir de materiales que son desechados. La formación está impartida por artesanos y cada participante gana un porcentaje de las ventas de cada producto elaborado.

“Dos de las personas que estamos involucradas en el proyecto venimos del mundo de la publicidad y la tercera es diseñadora de interiores y en un momento dado decidimos invertir nuestra creatividad en una iniciativa para tratar de echar una mano con dos de los problemas actuales, el elevado paro y la generación de residuos”, explica Carlos Laporta, uno de los tres impulsores de Symbool junto a Aída Hulton y Asela Espinosa.

Decidieron entonces fabricar productos elaborados a partir de materiales cuyo destino era si no la basura. Quienes los hicieran debían ser personas desempleadas o con trabajos precarios y que esta fuera una manera para que pudieran aprender nuevas habilidades y ganar algo de dinero con una parte de las ventas de los productos. Buscaron primero el material con el que trabajar y se encontraron con que los discos de vinilo que están rayados o nadie quiere acaban en la basura y se propusieron darles un segundo uso.

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Casa Anita no se marcha

Uno de los carteles de apoyo a la librería, realizado por el ilustrador Jordi Vila. / Casa Anita

“Jo no marxo [yo no marcho, en castellano]” fue el grito de auxilio que hace poco más de un mes lanzó Casa Anita , una librería infantil y juvenil del barrio barcelonés de Gràcia. Los nuevos propietarios del edificio le daban 30 días para abandonar el local y rescindir un contrato de alquiler que aún tiene cinco años de vigencia. A la llamada acudieron pequeños y grandes lectores, vecinos, editores, ilustradores, profesores o colegios enteros, que en menos de dos semanas lograron reunir más de 11.300 firmas físicas para impedir la marcha de lo que es algo más que una librería y que supone un proyecto cultural que desde hace 10 años forma parte del tejido social del barrio.

“Nos enteramos que los antiguos dueños habían puesto en venta el edificio al ver el anuncio por internet”, explica Oblit Baseiria, dueña de la librería, que ocupa el bajo de un inmueble de tres viviendas. Los nuevos propietarios ofrecieron indemnizaciones de entre 15.000 y 30.000 euros a los inquilinos para que abandonaran el edificio. Los ocupantes de las viviendas -todas personas mayores que llevaban prácticamente toda su vida en esas casas- aceptaron el acuerdo.

“Prácticamente no tuvieron otra opción y en cuanto firmaron les dieron solo dos días para que sacaran todas su cosas”, señala la librera. Inspira ha tratado en repetidas ocasiones de ponerse en contacto con la propiedad del edificio, Pruedo S. L., pero ha sido imposible obtener una respuesta. Casa Anita rechazó la indemnización -no le daba ni para empezar a pagar un alquiler en otro local- y al poco tiempo le llegó un burofax que le daba un mes para abandonar el edificio por incumplimiento de contrato. Le decían que realizaba actividades que no tenían que ver con la actividad de la librería como es la realización de talleres o cuentacuentos.

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Los cuentos del divorcio igualitario

Proceso creativo del primer libro de la serie 'Carlota es feliz'. / Editorial Caballera

Lo que comenzó como un cuento hecho en casa para explicarle a una niña de cinco años cómo sería su nueva situación tras el divorcio de sus padres se ha convertido más de un lustro después en una colección de libros infantiles que bajo el nombre de  Carlota es feliz busca normalizar circunstancias diferentes a la familia tradicional. Los volúmenes, que se pueden leer por el principio o el final, según la protagonista esté con su padre o madre, promueven valores igualitarios en el reparto de tareas y cuidados.

“Me casé con mi ex mujer, tuvimos una hija y cuando tenía tres años nos divorciamos”, explica Guillermo Caballero, autor de los libros, aparejador de profesión y aficionado al dibujo desde que era niño. Decidió entonces crear un cuento para la niña que le explicara a través de dibujos y pequeñas historias cómo sería su vida a partir de entonces.

Ideó el personaje de Carlota, una niña pelirroja que seguiría haciendo las mismas cosas que antes de la separación de sus progenitores pero por separado. Si abría el cuento por una tapa veía lo que podía hacer con su madre: ir al dentista, de excursión por el campo o bañarse. Si giraba el cuento y lo abría por la tapa contraria se encontraba con las cosas que le pasaban cuando estaba con su padre: hacer la comida, ir al médico, al colegio o a la playa.

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La red social de las cooperativas

La plataforma conecta a consumidores y cooperativas. / Enreda

Una plataforma que funciona como directorio para saber qué productos o servicios ofrecen las cooperativas en una ciudad determinada. Una web que sirve para que las propias entidades se conozca entre sí y puedan surgir proyectos comunes. Y una página que es un escaparate y servicio de venta de las empresas que fomentan los modelos de gestión más participativos. Todo ello y más ofrece  La Central.coop, la plataforma web impulsada por la  Federación Andaluza de Empresas de Cooperativas de Trabajo (FAECTA) y desarrollada y coordinada por la cooperativa  Enreda.

El registro de las entidades es gratuito y cada una dispone de un espacio donde dar a conocer los servicios o productos que ofrece. Además, la web permite integrar a cada cooperativista dentro de los perfiles de cada empresa por lo que cada socio puede tener una página propia en la que cuente su trabajo. “Al fin y al cabo las empresas están formadas por personas y esta es una manera de que además de la interacción entre cooperativas también se conecten entre sí los propios socios”, señala Pablo García, socio de Enreda.

La página tiene un buscador que permite localizar a las cooperativas ya sea por su nombre, un determinado producto o servicio o por ciudad. Lleva funcionando desde el pasado marzo y ya hay registradas más de 1.150 cooperativas, la gran mayoría procedentes de Andalucía. “Es donde trabajamos y donde hemos empezado pero la idea es ir moviéndonos por todas las comunidades autónomas porque el objetivo es que los consumidores puedan localizar las entidades más cercanas a donde viven”, indica García.

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Al rescate de sus cines

Dos de los socios de Amigos de Groucho el día del estreno de Las altas presiones. / Amigos de Groucho

En septiembre del año pasado los Cines Groucho de Santander cerraban sus puertas y dejaban a los espectadores sin las únicas salas que exhibían cine europeo independiente en versión original y alternativo al modelo de las grandes producciones. En menos de dos meses nació la asociación sin ánimo de lucro  Amigos de Groucho, impulsada por diferentes vecinos. Cerca de 150 socios han pagado ya una cuota anual de 100 euros y mientras logran reunir el dinero necesario para la reapertura, hace apenas una semana estrenaron su primer largometraje como exhibidores.

“Todo partió de Jesús Choya, un chico de 15 años, muy aficionado al cine, que enseguida empezó a mover por las redes una campaña para salvar los Groucho”, explica María Solís, secretaria de la Junta Directiva de la asociación. Se convocó una primera reunión a la que acudieron más de 120 personas que casi en conocían entre sí y Choya les contó cómo iniciativas vecinales habían conseguido reabrir salas cerradas, como los  Cines Zoco de la localidad madrileña de Majadahonda o los  Cineciutat  de Palma de Mallorca.

De aquella primera reunión salió el nombre de la asociación y su primera Junta Directiva. “Yo me había acercado para apoyar la campaña y aportar algo de dinero si hacía falta y acabé dentro de la Junta”, explica Solís. Relata cómo enseguida empezaron a perfilar el proyecto, a crear su imagen corporativa y el pasado marzo, la asamblea decidió que los socios que quisieran aportaran 100 euros anuales de cuota para tratar de reabrir las salas. “Es complicado reunir todo el dinero porque el traspaso es caro y también necesitamos fondos para adquirir un proyectos digital”, señala la secretaria.

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La cooperativa de los nuevos emprendedores

Miembros del Grupo Cooperativo Tangente durante la III Feria del Mercado Social celebrada el año pasado. / Tangente

Poder facturar el trabajo mientras se terminan los trámites para constituirse como cooperativa o entidad de iniciativa social. Es el objetivo de  Impulsa Coop Servicios Integrales, una cooperativa impulsada por el  Grupo Cooperativo Tangente y la asesoría Aquo, que quiere facilitar a los nuevos emprendedores una cobertura jurídica que les permita ir trabajando y facturando dinero mientras dan los primeros pasos para establecerse como empresa social.

“Hemos visto muchas veces que las entidades no tienen al principio el volumen de trabajo suficiente para constituirse y esta es una manera para que puedan empezar a facturar a los primeros clientes sin tener que esperar a terminar todos los trámites de constitución”, explica Fernando Sabín, responsable de Emprendimiento de Tangente, un grupo cooperativo madrileño que agrupa a 18 entidades de iniciativa social que ofrecen, entre otros servicios, asesoramiento sobre emprendimiento colectivo, intervención social, sostenibilidad medioambiental o educación.

Para poder constituirse como cooperativa es necesario un mínimo de tres personas con un capital de inicio y desde el principio todas las personas socias tienen que tener una base mínima de cotización. “Significa que las entidades tienen que hacer un desembolso inicial sin ni siquiera haber facturado aún nada”, señala el socio de Tangente, quien añade que lo que pretenden es que nadie “deje emprender en la economía social por una falta de apoyo”.

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La república independiente de los niños

Uno de los talleres que los niños realizan en el interior de las instalaciones de la granja escuela. / Huerto Alegre

Eran estudiantes de Psicología, Derecho, Ingeniería Agronómica o Filosofía. Cuatro chicos y cuatro chicas de entre 18 y 24 años que en 1982 se lanzaron a la sierra de Granada para comenzar a construirse su propio empleo en forma de una granja escuela con la que crear conciencia en la población sobre la importancia de cuidar la naturaleza. La cooperativa Huerto Alegre  lleva desde entonces organizando campamentos de verano, actividades escolares y fines de semana en familia, educando ambientalmente a los niños, al mismo tiempo que apuestan por su autonomía y aprendizaje en libertad.

“Queríamos tener nuestro propio empleo, facilitar a los profesores recursos de apoyo para que pudieran emplear con los alumnos y concienciar sobre la importancia del medio ambiente”, explica Mariluz Díaz, una de las socias de cooperativa, quien con 18 años dejó a sus padres desconcertados cuando les dijo que se iba a la sierra a fabricarse su propio empleo. Los ocho fundadores localizaron un cortijo abandonado rodeado de cinco hectáreas de terreno que parecía ser el lugar idóneo para comenzar su granja escuela.

Como no tenían mucho dinero -lo justo que habían logrado juntar para los arreglos, montar la cocina y comprar las primera camas y los materiales básicos- llegaron a un acuerdo con el dueño del lugar: no pagarían nada durante los dos primeros años y si pasado ese tiempo no habían logrado ningún ingreso dejarían el cortijo con todos los arreglos hechos. Además, se hicieron ellos mismos otro propósito: “Nos comprometimos a acabar nuestras carreras porque para ser competentes teníamos que estar formados”, señala Díaz.

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El escaparate del Mercado Social

Imagen de la II Feria Solidaria celebrada el año pasado en Madrid. / Feriamadrid

El  Mercado Social de Madrid (MES)y la  Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) traen a Matadero la III Feria de Economía Solidaria, que se celebrará el 13 y 14 de junio en la ciudad. Como en las pasadas ediciones, el evento es la oportunidad para conocer de cerca a empresas que venden productos y ofrecen servicios dentro de la economía social, donde los proyectos basan sus viabilidad no sólo en criterios económicos, sino también en principios de sostenibilidad social y ambiental. Este año presentarán por primera vez un balance social para mostrar a los consumidores hasta qué punto las empresas del mercado cumplen esos criterios.

Más de la mitad de las 120 entidades que forman el MES han respondido a un cuestionario de 100 preguntas que tiene por objetivo medir precisamente qué grado de cumplimiento tiene cada una de ellas. “Se preguntan cosas para saber el grado del sin ánimo de lucro de una entidad, cómo son las relaciones de género, las laborales, la sostenibilidad del medio ambiente o cuántas mujeres hay contratadas en la empresa y qué salarios reciben”, pone como ejemplo Andrea Kropman, socia de la cooperativa Punto Abierto y coordinadora del equipo de comunicación de la Feria.

El balance es una suerte de auto auditoría que las entidades que forman el MES,  que recientemente se transformó en cooperativa, realizaron entre los años 2013 y 2014 y la intención es ir haciéndola cada año para mostrar a los consumidores “que la actividad económica de la red es una realidad y no una mera intención”, como señalan desde la organización.

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Los espectadores conquistan el cine

Una imagen de la película 'Juegos de Guerra'. / Screenly

¿Qué hacer para que los espectadores regresen a las salas de cine? La plataforma online  Screenly ofrece una respuesta sencilla: que ellos mismos se conviertan en programadores. La página web, que apenas lleva funcionando tres semanas, permite al público seleccionar una película de su catálogo y organizar una suerte de crowdfunding de entradas. Si se llega al mínimo requerido la proyección sale adelante en la sala y día elegido.

El mecanismo es muy parecido al de las plataformas de micromecenazgo. Una persona organiza lo que llaman evento seleccionando la película que quiere ver en el cine del  catálogo de la web. Luego se elige una de las salas y día y hora disponible y comienza a moverse por las redes la futura proyección para lograr el mínimo necesario de público y que salga adelante la proyección. Los espectadores van adquiriendo las entradas -al precio de seis euros- pero la plataforma no las cobra hasta que se ha conseguido un número suficiente para que todas las partes -promotores, exhibidores, creadores, distribuidores y la propia plataforma-  resulten beneficiadas. Si no se logra el mínimo requerido el dinero no se cobra.

“Lo que queremos es que los espectadores tengan el poder de eligir qué película, dónde y cuándo quieren verla”, explica Alberto Tognazzi, fundador de la plataforma junto a Marc Prades. Ambos siempre han estado vinculados al cine desde ámbitos como la producción, la edición, el desarrollo de plataformas web o la enseñanza. Precisamente en una de las clases que Tognazzi imparte en un master de cine comentó con sus alumnos -todos profesionales del sector con años de experiencia- el proyecto de  Tugg, una plataforma que funciona desde hace años en EEUU, y que al igual que Screenly ofrece películas en salas de cine bajo demanda. “A todos les pareció un modelo que podía funcionar en España y que beneficiaba tanto a espectadores, como a creadores, distribuidores o exhibidores pero ninguno se animó a ponerlo en marcha aquí”, señala.

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El mercado de lo ya que no se necesita

Una de las ediciones del mercado de segunda mano de Alcalá de Henares. / Mugus Market

Deshacerse de muebles que ya no caben en la nueva casa o de ropa, calzado y complementos que ya no nos ponemos pero que aún tienen un buen uso. Este es el objetivo de  Mugus Market, un mercado de segunda mano al aire libre que se celebra cada segundo domingo de mes en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Lo que empezó casi como un juego para que otros dieran un nuevo uso a objetos que estaban aparcados se ha convertido también en un espacio para impulsar a los diseñares locales.

“Al principio lo monté casi como un juego para tratar de dar salida a muebles antiguos de la casa de mi madre y a ropa que yo tenía y que hacía tiempo que no usaba”, explica Montse Soria, impulsora del proyecto y al que después se unió su pareja Alberto Rodríguez. El lugar elegido para ese primero mercado fue el patio de una de las pocas casas de dos pisos construidas en los año 40 que aún permanecen en el centro de la ciudad complutense. Llamó a algunos amigos para que se unieran y esa primera experiencia, hace ya un año, funcionó bastante bien.

Por aquel entonces, Soria, ingeniera ambiental de formación, trabajaba en un proyecto temporal fuera de Madrid y no volvió a retomar la idea hasta su regreso seis meses después. Este año han celebrado ya tres ediciones, y la cuarta será el 14 de junio. “En Madrid había algunas experiencias de este tipo pero nada en Alcalá y nos interesaba la idea de formar parte de ese movimiento que fomenta un consumo más responsable” explica la impulsora del mercado, quien añade que la idea es “deshacerse de algo que era mío pero que ya no necesito y otros pueden volver a usar”.

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sobre este blog

Inspira es un blog sobre emprendimiento social, un canal de proyectos que generan un valor añadido para la comunidad en la que se desenvuelven. Personas, ideas y apoyos.

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