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El cuaderno de los fabricantes locales

El directorio tiene ya información sobre 244 fabricantes y proveedores.

Cansados de emplear meses en buscar un proveedor determinado, rastrear internet y viejos listines telefónicos o preguntar a colegas que se negaban a compartir el contacto de un fabricante que les había elaborado algún producto específicos de sus creaciones, tres diseñadores catalanes dijeron que hasta ahí habían llegado y que su tiempo debía dedicarse a crear y no a rastrear. Así nació  Cuaderno Brillante, un directorio online gratuito de fábricas y proveedores que trabajan en España y que busca facilitar el trabajo y la producción local a diseñadores, artesanos y artistas.

“Yo trabajo sobre todo en el ámbito textil y de ser una industria bastante potente, en España hay muchas empresas y talleres que han ido cerrando, y a los que seguían muchas veces eran muy difíciles de localizar”, explica Alicia Roselló, creadora del directorio jun to a Daniel Levy y Emma Pardos. Al hecho de que muchos proveedores y fabricantes a día de hoy no tengan página web, subraya, había que sumar que “existe mucho secretismo con los proveedores de diseñadores y creadores y no era fácil conseguir esos nombres”, afirma sorprendida de que si no se comparten esos contactos menos encargos tendrán los talleres y proveedores.

“Una vez me pasé dos meses buscando un fabricante de medias, cuando en realidad tendría que haber empleado ese tiempo en dedicarme a mi trabajo”, afirma. De ahí, que hace un año decidieran crear este suerte de agenda online para volcar en un mismo lugar todos esos contactos que en sus años de experiencia profesional habían ido recopilado y compartirlo así con otros creadores, o incluso particulares. “Si no compartes tus contactos de alguna manera estás también cerrando una puerta a esos mismos fabricantes y proveedores que tal vez la próxima vez que necesites trabajar con ellos no existan precisamente por la ausencia de pedidos ”, subraya.

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Los montes vecinales como modelo participativo

Una de las imágenes del documental. / Tréspes

Los montes vecinales gallegos no son públicos ni privados. Son de las personas que los habitan, quienes los gestionan mientras viven allí de manera comunal y a través de asambleas y procesos participativos. Un documental, que acaba de iniciar una campaña de crowdfunding para finalizar el proceso de montaje, recoge varias de las experiencias y visibiliza una realidad de gestión comunitaria que en los últimos años están experimentando con llegada de gente nueva proyectos que ponen de manifiesto el valor social y ambiental de estos montes vecinales.

“Nos parecía muy importante dar valor a una realidad muy invisibilizada como es la propiedad comunitaria porque creemos que los procesos que llevan a cabo pueden servir como modelo y ejemplo de gestión en otros aspectos de la sociedad”, explica Alberto Román, de la cooperativa gallega  Trespés, principal impulsora del documental. Señala que En todas as mans- En todas las manos en castellano- refleja una realidad que ocupa casi la cuarta parte de todo el territorio de Galicia. “Los montes vecinales gallegos tienen una superficie de más de 700.000 hectáreas y hubo tiempos en que llegaron a ocupar un millón y medio”, afirma.

En toda la región hay unas 3.000 comunidades de montes vecinales donde viven más de 150.000 personas. “Su titularidad es comunitaria, pertenecen a los que viven en ese lugar, pero los montes no están vinculados por el lugar de nacimiento sino porque alguien está viviendo ahí en ese momento”, describe Román. Durante la dictadura franquista -y la portuguesa de Salazar, porque la película documenta también experiencias en el norte del país vecino- se requisaron buena parte de los terrenos que hace más de 30 años comenzaron a regresar a las manos de los vecinos. Cada comunidad de monte se organiza a través de una asamblea, donde reside el poder de decisión, y es quien elige al Consejo Rector, encargadado de la gestión.

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Cómo crear en comunidad tu casa

Uno de los talleres realizados por Lógica'eco para acompañar a los grupos en la creación de sus casas. / Lógica'eco

Hace 10 años un grupo de familias comenzó a hablar de por qué no juntarse y decidir cómo, dónde y por cuánto sería el edificio de casas en el que querían vivir juntas en comunidad en el centro de Madrid. Llegó la especulación del suelo y desistieron ante los elevados precios. Hace tres años, la crisis, y la bajada en el coste del suelo, les impulsó a retomar su proyecto. Nació  Entrepatios, una cooperativa de viviendas de cesión de uso, que en el último año y medio ha empezado a tomar carrerilla de la mano de  Lógica'eco, una empresa que promueve e impulsa precisamente lo que ya es y aún será más Entrepatios: una comunidad de vecinos que decide desde el principio de manera participativa dónde vivir, cómo vivir de manera más sostenible, la forma de su casa, de los espacios comunes que compartirán, qué energía consumirán, cómo y cuánto pagarán por ello o qué proyectos podrán aportar al entorno.

“Entrepatios es la razón que nos hizo arrancar el proyecto”, explica Leo Bensadón, una de las tres patas que puso en marcha Lógica'eco, junto a Francisco Romero y Mariano Barratech. Los tres suman años de experiencia en gestión en grandes empresas, en proyectos de ciudades sostenibles y cooperativas. “Nos apetecía empezar un proyecto que ayudara a la gente a vivir de otra manera, de una forma más sostenible, pero que no fuera solo desde un punto de vista medioambiental, sino también organizativo, que pudiéramos ayudarles a crear comunidad, que fuera de una manera muy participativa y sobre todo que pudieran ponerse en marcha y se materializasen”, señala.

En el norte de Europa, explica Bensadón, este tipo de iniciativas, en las que un grupo de personas decide en comunidad dónde y cómo es la casa en la que quiere vivir, es más habitual. “ En Dinamarca, más del 10% de las viviendas se construyen bajo esta modalidad [conocida también como cohousing] porque existe una cesión de suelo público y por tanto la incidencia en el precio final es menor”, subraya uno de los responsables de Lógica'eco, quien explica que en España el suelo supone más del 50% del coste de todo el proyecto. De ahí que las iniciativas, pocas, que se han puesto en marcha siguiendo este modelo de construcción comunitaria hayan sido en municipios pequeños, donde el precio del suelo se reduce considerablemente. Y pone como ejemplo la cooperativa de mayores Trabensol, en la que sus socios llevan ya  dos años habitando las casas y los espacios que ellos mismo diseñaron en una localidad cercana a Madrid, que precisamente por la dificultad de encontrar un suelo asequible fue un proyecto que tardó más de 10 años en llevarse a cabo.

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Accesibilidad colaborativa

Las señales verdes marcan los lugares con accesibilidad alta.

Hace tres años el informático Juan José Bilbao estaba de vacaciones en Cádiz donde se sorprendió, gratamente, de que todos los lugares públicos a los que iba fueran accesibles para personas con movilidad reducida. Desde que nació sufre artrogripósis múltiple, una enfermedad genética -que afecta al desarrollo y a la forma de los miembros- que le obliga a desplazarse en silla de ruedas con lo que encontrarse con un bar, que no solo tuviera el ancho adecuado para poder entrar, sino que también el espacio interior fuera lo suficientemente amplio para poder moverse entre las mesas era una información tan valiosa que necesitaba compartirlo con más gente. “Busqué una aplicación que me permitiera señalizar y marcar la accesibilidad de los sitios que iba conociendo pero no la encontré”, explica. Así que decidió crearla.

En menos de cuatro meses- durante el tiempo libre que le dejaba su trabajo como webmaster y community manager en la Televisión de Los Riojanos- puso en marcha  EsAccesibleApp, una aplicación gratuita que permite a los usuarios valorar la accesibilidad física de los lugares en los que se encuentran en cualquier parte del mundo y compartir la información. Tres años después de su puesta en marcha, esta suerte de mapa colaborativo de lugares accesibles para personas con movilidad reducida tiene ya más de 4.200 lugares marcados, la gran mayoría en España, pero también hay referencias de Ecuador, EEUU, Reino Unido, Irlanda o la India.

Hay cuatro categorías en las que clasificar la accesibilidad: nula -marcada en el mapa en negro con un signo de admiración- para los lugares a los que es imposible acceder con una silla de ruedas; baja -marcada en rojo- para los que se puede entrar porque tienen rampa o un ancho adecuado de puerta; media -con símbolo naranja- para los que además de la anterior categoría también hay un espacio adecuado en el interior para moverse con la silla; y alta -señalados en verde- para los que además de todo lo anterior, también tienen un baño completamente adaptado y, si hay varias plantas, hay un ascensor. “Me idea es que la aplicación dé información en positivo y por ello al principio no existía la categoría nula, pero hubo muchos usuarios que me escribieron para poder dar esa referencia”, señala el informático.

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Rebajas éticas y sostenibles

Imagen de la tienda The Circular Project Shop.

“Nuestro objetivo es lograr la Economía Circular, que la materia prima que se use para elaborar cualquier prenda de moda sirva como alimento al final de su vida útil a la tierra de donde salió”. Quien habla es Paloma García, impulsora de  The Circular Project Shop, la primera tienda física que se abre en Madrid donde solo se puede comprar ropa y complementos que hayan sido elaborados bajo unos criterios éticos y sostenibles. Lleva en marcha hace menos de un mes y encara ahora su primera temporada de rebajas.

García puso en marcha hace dos años una marca de ropa,  Elsinvivir, que elabora prendas de algodón ecológico y había participado en varios mercados. “Me di cuenta que lo mejor que funcionaba era el cara a cara”, explica. Empezó a hablar con otras marcas, que como la de ella, ofrecieran a los trabajadores unas condiciones laborales justas y emplearan procesos con el mínimo impacto al medio ambiente, y comenzó a elaborar un estudio de mercado. “Vi que podía ser viable y me lancé a la búsqueda de un local”, explica.

En apenas dos meses encontró el sitio: una pequeña tienda situada en la calle Ventura Rodríguez 22, muy cerca de la plaza de España. “Todo el espacio ha sido diseñado haciendo mucho hincapié en la sostenibilidad, buscando la eficiencia energética y el uso de materiales lo más naturales posibles”, señala para subrayar que todas las marcas que se pueden encontrar en el local cumplen esos criterios éticos y sostenibles que promueve el movimiento Slow Fashion. “Nosotros somos todo lo contrario a la Fast Fashion, explica en referencia a las grandes multinacionales textiles, sin querer concretar ningún nombre, que fabrican en cadena, a veces en condiciones de semi esclavitud y con unos altos índices de contaminación.

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Las abogadas de las causas ganadas

Algunas de las socias de Iacta en un local que comparten con otras cooperativas. / Xes.cat

Alea iacta est o la suerte está echada o el dado está lanzado, o cómo se lanzaron hace casi cinco años seis letradas para ejercer otra abogacía, que dejara de un lado la precarización laboral del sector, que llamara a quienes buscaban justicia usuarios y no clientes y reivindicara la responsabilidad y el compromiso social del abogado con las problemas de la sociedad. Así nació Iacta, un cooperativa catalana sin ánimo de lucro de asistencia jurídica que tres años después de echar a andar oficialmente está ya formada por seis socias y dos trabajadores.

“Nacimos en las revoluciones de bar”, comenta Ana Muñoz, una de las fundadoras de la cooperativa, quien detalla que en esas numerosas conversaciones fueron discutiendo lo que no les gustaba de su profesión, lo que sí, lo que debería ser el fin último de la abogacía y fueron pergeñando aquello en lo que querían convertirse. “En nuestra profesión hay muchos becarios, a los que muchas veces ni siquiera pagan, incluso en despachos laboralistas; tampoco nos gustaba la mercantilización que se ha ido haciendo del Derecho y que ha ido convirtiendo a las personas en clientes”, explica la cooperativista.

Algunas de las impulsoras tenían más de 14 años de experiencia, la propia Muñoz, cuatro, y todas ellas procedían de los movimientos sociales, donde habían trabajado, colaborado y militado. “ Entendemos que nuestra profesión también tiene que tener una función social, de crítica, de denuncia de lo que ocurre alrededor y el hecho de que todas hubiéramos trabajado o colaborado en asociaciones nos hacía y nos hace que estemos muy al tanto de lo que ocurre a las personas que están más desprotegidas”, indica Muñoz.

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La segunda vida como lámpara

Algunas de las lámparas que fabrica Fiumine. / Fiumine

Lo que comenzó siendo una afición en los ratos libres que les dejaba su profesión como piloto y diseñadora industrial ha acabado por convertirse en  Fiumine, una marca bajo la que nacen lámparas elaboradas a mano a partir de maderas reutilizadas y recuperadas de muebles que ya nadie quiere, de palés que acabarán en un fuego o bobinas de cables que pueden tener un nuevo uso.

Francisco Silva y Mercedes Massot comenzaron hace dos años a elaborar las lámparas en su Buenos Aires natal según los amigos les iban haciendo pequeños encargos. Poco a poco fue creciendo y hace apenas unos meses decidieron empezar a distribuir también en España de la mano de Matías Dumont, también argentino pero que desde hace tiempo residía en Madrid. Las tres patas de Fiumine quedaron entonces conectadas a ambos lados del Atlántico.

“Tenemos un taller en Argentina y otro en España y de momento traemos las piezas de madera ya tratadas desde allí y las ensamblamos aquí con piezas europeas”, explica Vicky Ferraiuelo, responsable de la empresa en España, quien señala que pronto comenzarán también a trabajar con maderas españolas. Las lámparas tienen como material principal la madera que Massot y Silva rescatan de lo que ya nadie quiere.

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Reutilizar mejor que tirar

Imagen de la campaña de la recogida de objetos.

Mejor que tirarlo…que cambie de mano es el lema de la campaña que hasta finales de enero recoge en las sedes de los Ministerios de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Empleo y Seguridad Social y Fomento juguetes, libros y ropa para poder darles un segundo uso. Organizada por la  Asociación Española de Recuperadores de la Economía Social y Solidaria (AERESS) y coincidiendo con la época navideña, la campaña tiene por objetivo promover los valores de la economía social y solidaria, un consumo responsable y fomentar la reutilización como forma de lucha contra el cambio climático.

Hay 15 puntos de recogida repartidos en las diferentes sedes ministeriales que hay en Madrid. Aunque la campaña está dirigida fundamentalmente a los trabajadores, también pueden depositar objetos aquellas personas que se acerquen a los ministerios a realizar cualquier trámite o gestión. En el mes que lleva en marcha la compaña, AERESS ha recogido ya 2.785 kilos de objetos, según datos facilitados por la propia entidad. La asociación explica que con esta cantidad se ha evitado la emisión de 139 toneladas de CO2, lo que equivale a que 24.294 coches estén circulando durante un día.

AERESS, que agrupa ya a 54 entidades sin ánimo de lucro repartidas en 14 comunidades autónomas, promueve y fomenta la reutilización como forma de prevenir la creación de residuos. Todas las entidades dan soporte a la inserción socio-laboral de personas que están en riesgo de exclusión social con el objetivo de crear empleo estable para estos colectivos. Aprovechan todas las fases de la gestión de residuos –desde la recogida, el transporte, la clasificación, reparación, acondicionamiento y venta- para realizar labores de acompañamiento e inserción. Actualmente se han creado 1.746 empleos y se han atendido a 13.394 personas.

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Sábanas de justicia social

Ernest Kaboré (izq) con dos aprendices de su taller. / Alex Llopis

El encuentro entre Celia Sanz, una cooperante española, y Ernest Kaboré, un sastre y profesor de costura de Burkina Faso pero afincado en Costa de Marfil fue la base de lo que cinco años después ha surgido como  N´klowo , una cooperativa de trabajo asociado que elabora ropa de cama y de hogar de algodón 100% africano. Los diseños se realizan en Barcelona, donde vive Sanz y las otras dos socias de la cooperativa, y luego se confeccionan en el taller que Kaboré tiene en Costa de Marfil, que también funcionan como escuela y “ herramienta de emancipación económica”, y en el taller que en Burkina Faso lleva una asociación de mujeres con discapacidad.

“En los años que estuve trabajando como cooperante me di cuenta que la cooperación era necesaria pero pensada de otra manera”, explica Sanz, quien cuenta que cuando conoció a Kaboré en 2009 el sastre llevaba 20 años dirigiendo una escuela de oficios enfocada a menores en riesgo, como son los niños soldados, gracias a los programas de cooperación. Cuando llegó la crisis, los recortes en cooperación internacional fueron de los primeros en llegar y la escuela de oficios de Kaboré tuvo que cerrar. “Aprendimos que debían ser independientes”, señala la cooperativista, quien, comenzó a coser sábanas en Barcelona y Kaboré en Costa de Marfil a partir de encargos que le iban haciendo en España familiares y amigos.

Más tarde se unieron al proyecto Nuria Mateu y Laura Bordera y lograron crear un excedente de tela en el taller de Kaboré, de forma que en Costa de Marfil tuvieran material para elaborar productos propios que vender en el mercado local y no depender únicamente de los pedidos del exterior. Apenas hace seis meses lograron establecerse como cooperativa y N´klowo -”te quiero” en lengua baulé, una de las principales etnias de Costa de Marfil- comenzó a andar.

Pero el camino no ha sido nada fácil y Sanz relata todas las puertas cerradas y obstáculos que se encontraron y siguen encontrándose por trabajar con pequeños talleres de África occidental: desde nula financiación por ser precisamente un pequeño taller a tener que recorrer el puerto de Barcelona en busca de barcos que les trajeran las telas y los pedidos hasta calificarlas de locas por querer trabajar África y no con Asia, con aranceles mucho más bajos. “ Nadie trabaja con África porque es caro pero precisamente es caro porque nadie trabaja con África”, subraya.

En este periplo para levantar la cooperativa, Sanz siempre se hacía la misma reflexión: si Costa de Marfil es el mayor productor de cacao y los chocolates belgas los que más se consumen alguien sabrá cómo hacer los envíos sin arruinarse. “Pero cuando quieres poner en marcha un negocio de economía colaborativa con unas relaciones igualitarias es otra cosa”, afirma. Finalmente, lograron hacer los envíos a través de una empresa internacional que encarece el producto, pero, como subraya, “pagamos todos los aranceles que son necesarios”.

El algodón que utilizamos es bazin riche, que en Costa de Marfil emplean para sus vestidos de gala; se trata de un material que dura mucho y que al cabo de varios lavados acaba adquiriendo un tacto parecido a la seda”, subraya para explicar la singularidad del producto. De nuevo la dinámica globalizadora de las relaciones norte-sur aparece en la ecuación. “ Costa de Marfil es uno de los mayores productores de algodón africano pero todo se transforma fuera”, explica la cooperativista.

Cooperativa activista

Cuando llamaron a esas grandes manufactureras para tratar de comprar las telas al por mayor se encontraron con un no por respuesta: los contratos son exclusivos con África y no les quedó más remedio que comprar las telas en los mercados locales que esas mismas manufactureras venden a precios excesivos. “Para nosotras la cooperativa no es solo una forma de tener un trabajo digno para todos los que trabajamos en ella sino también una manera de llamar la atención sobre las relaciones comerciales que existen entre norte y sur”, afirma Sanz.

Son conscientes de que sus  sábanas, manteles o fundas de cojines no son baratos pero, como subraya Sanz, hay toda una historia detrás que los hace únicos y sobre todo los convierte en productos de “justicia social”. “Un sueldo digno no es el que te permite llegar a fin de mes sino el que te deja ahorrar un poco, pensar en el mañana, y vivir cuando los pedidos bajan o hay una necesidad extraordinaria”, afirma Sanz. Aunque en la cooperativa hay un pequeño stock, suelen trabajar a demanda pero siempre respetando los ritmos y necesidades de los talleres africanos. “No realizamos encargos en Ramadán y procuramos evitar también la época de comienzo de las clases porque allí tienen un alta demanda de trabajo para confeccionar los uniformes escolares”, explica la cooperativista. Una vez realizado el encargo, la entrega suele hacerse en unos 20 días.

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Rastreando la vida de los objetos

Las bolsas portavinos con su código QR ya incluido elaboradas en la Fundación Pare Manel. / Tarpuna

¿Quién está usando la bicicleta que llevé a un centro de recuperación de objetos? ¿Dónde acabará esa lámpara que ya no entra en casa pero que aún funciona? ¿Qué niño estará usando la ropa casi nueva que di de mi hijo? Son preguntas que trata de responder Infinitloop 2.0, un sistema para rastrear la historia de los objetos que la cooperativa de iniciativa social  Tarpuna trata de poner en marcha a través de  una campaña de crowdfunding. El objetivo no es otro que promover un segundo, tercer o cuarto uso de los objetos que ya no utilizamos pero también impulsar y fomentar un sociedad colaborativa, sostenible e inclusiva.

El sistema consiste en colocar en los objetos una etiqueta con un código QR que permite indexar en ella la información que cada persona quiera. Después, se puede seguir su recorrido y los datos que las nuevas manos vayan añadiendo en una aplicación móvil o en la página web que se está creando al respecto. “ Está basado en el internet de las cosas pero es algo no intrusivo, cada cual elige si quiere o no dar la información o qué tipo de datos quiere aportar”, explica Didac Ferrer, socio fundador de la Tarpuna e inventor de Infintloop 2.0.

La iniciativa que ahora busca micromecenazgo tuvo un primer campo de pruebas hace un par de años. Entonces la cooperativa lanzó Infitnitloop, un papel de regalo fabricado en varios talleres de inclusión social con diferentes materiales y que también tenía un código QR. La mecánica era la misma que ahora quieren extender a todo tipo de objetos: cada persona que recibía un papel Infinitloop registraba su ubicación y luego volvía a reutilizar el envoltorio para que no dejara de circular. Luego se podía seguir el itinerario del papel en una página web. “La idea surgió también en época de navidades, cuando hay un consumo desmedido; llegan estas fiestas, hacemos regalos con envoltorios que al final se convierten en basura y por eso pusimos en marcha esta primera experiencia”, señala Ferrer, quien explica que la intención era contribuir a crear una sociedad más sostenible.

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