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La fuente de limpieza ecológica

Algunos de los productos de limpieza del hogar que elabora y vende Cal a Font.

Un máster en bioconstrucción se presentaba como la mejor manera para comenzar una empresa propia en el sector pero llegó la crisis y había que cambiar de rumbo. El mismo grado que le habría podido dar a Josep María Rovira un nuevo punto de partida le ofreció otro con el que no contaba: un conocimiento de todos los productos tóxicos que se usan en la limpieza del hogar que le hizo plantearse por qué no elaborar unos naturales que si eran buenos para las personas también deberían serlo para la casa. Comenzó a experimentar y justo hace un año puso en marcha  Ca la Font, una tienda online que ofrece productos domésticos de limpieza ecológicos y para la higiene corporal.

“Una de las asignaturas del máster tenía que ver con todos los tóxicos que hay en las casas en todos los productos que empleamos para la limpieza y el tema me interesó mucho”, explica Rovira. Conoció cómo las personas que sufren sensibilidad química múltiple (SQM) pueden tener diferentes grados de intolerancia a cualquier producto sintético, perfumes colorantes y conservantes. “Normalmente los fabricantes suelen tener dos líneas de productos, para los que tienen SQM y para el resto, como yo no me lo podía permitir empecé a elaborar para los intolerantes y si a ellos les iba bien al resto también”, explica.

Comenzó elaborando pastillas de jabón para la higiene corporal. Siguió haciendo más pruebas en su propia casa, situada en la localidad barcelonesa de Manresa, y empezó a dar con las fórmulas para los diferentes productos de limpieza para la casa. “Mi planteamiento era hacerlo al revés: si es bueno para la salud y no produce intolerancia pues también sirve para limpiar la casa y no le hace daño”, explica el impulsor de Ca la Font.

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El ultramarinos de los sentidos

Imagen de un concierto celebrado recientemente en el local. / La vida tiene sentidos

El cierre de una coctelería y “las soledades” encontradas de dos mujeres se convirtieron en el germen del que un año después salió  La vida tiene sentidos, una tienda que ofrece artículos de pequeños productores locales, ecológicos y de comercio justo y un lugar de encuentro en el que hablar de filosofía con sentido del humor, aprender a hacer un combinado o probar una cerveza artesana. Abierto hace apenas un mes en el madrileño barrio de Lavapiés, el local propone recuperar los espacios de encuentro ciudadano de los antiguos ultramarinos.

“Nuestro lema es Pienso, luego consumo porque creemos que ya que hay que comprar y consumir pues esta debe ser una actividad placentera en un lugar donde se puedan hacer además otras cosas”, explica Patricia Soto, impulsora del proyecto junto a Maite León. Se conocen “desde hace años” y cuando la coctelería que regentaba Soto comenzó a resentirse por la crisis se encontraron y empezaron a hablar de lo que podían hacer juntas. “Finalmente yo tuve que cerrar mi bar y Maite llevaba tiempo buscando un trabajo así que juntamos nuestras soledades”, explica.

Poco antes de cerrar su bar, la  coctelería El Mojito, Soto había empezado a organizar actividades más allá de la vida nocturna del local. “Comencé a hacer catas organizadas, degustaciones por encargo en casas, actividades relacionadas con los cócteles y el cine y a la gente le gustaba mucho”, explica. Tras el cierre, su futura socia y ella decidieron que debían buscar un lugar en el que continuar con esas actividades, “y al poco pensamos y si también organizamos más talleres, y si también ponemos una tienda, y si contactamos con pequeños productores para vender sus productos”, detalla Soto.

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Emprendedoras para emprender

La visita que las participantes realizaron a La vida tiene sentidos, una de las iniciativas llevadas a cabo por mujeres. / Juntas Emprendemos

Proyectos reales contados de primera mano por sus propias impulsoras como forma de animar a emprender a las mujeres de forma colectiva. Es una de las patas del aprendizaje que ofrece  Juntas Emprendemos, un proyecto que busca la inserción laboral de las mujeres a través del autoempleo e impulsado por el  Grupo Cooperativo Tangente. La iniciativa promueve el intercambio de saberes y experiencias, tanto positivas como negativas, como forma de visibilizar los proyectos iniciados por mujeres y animar a otras tantas a comenzar los suyos propios.

“En los recorridos se genera un clima de confianza en el que las mujeres hacen todas las preguntas que quieren y al mismo tiempo están viendo que una señora como ellas, que también ha tenido y tiene dificultades es capaz de sacar adelante un negocio”, explica Eva Calavia, socia de Dabne,  una de las cooperativas que forma parte del Grupo Tangente  y responsable de esta suerte de aprendizajes a partir de las experiencias en primera persona de quien las lleva a cabo.

Los  login, como denominan a estos encuentros, son una metodología de investigación “donde se elige un problema que puede ser difícil de entender y se organiza un recorrido en el que se entra hasta la trastienda”, explica Calavia. Subraya que en estos recorridos no solo las personas que asisten a ellos conocen de primera mano lo que están haciendo las demás, sino que a las que cuentan su experiencia, en este caso, las mujeres emprendedoras, “les sirve para pararse, escucharse y ver lo que están haciendo”. “ Se generan flujos de ida y vuelta”, afirma la cooperativista.

Formación previa

El primero de los login de Juntas Emprendemos -un proyecto que se realiza de forma simultánea en Madrid, País Vasco, Cataluña y Aragón- se realizó a principios de abril en la capital. Las asistentes, que previamente habían participado en varias sesiones en las que aprendieron por ejemplo que existen otras formas de entender la economía como es la búsqueda de un beneficio social y no solo económico, pudieron escuchar a dos emprendedoras que hacía apenas una semana habían comenzado su proyecto.

Las impulsoras de  La vida tiene sentidos, un ultramarinos que ofrece productos locales y ecológicos además de una variedad de talleres que van desde la filosofía al cine pasando por la degustación, les contaron por qué habían tomado la decisión de empezar su negocio, las licencias que habían tenido que tramitar o cómo se organizaban para gestionar a los proveedores. “El hecho de que apenas llevaran en marcha un mes les hizo ver a las participantes que las posibilidades de emprendimiento son reales y a ellos se suma el que acercarles estas experiencias es una forma de generar referentes cercanos” señala Calavia.

El recorrido continuó por la cooperativa  Germinando, donde las socias les explicaron que hace unos años decidieron  ampliar sus servicios de formación y asesoramiento medioambiental  y abrir una tienda física donde la gente pudiera encontrar todo lo necesario para crear un huerto propio. Al final del login, que las llevó a conocer otras cuatro iniciativas más llevadas a cabo por mujeres, “la mayoría veía que era posible poner en marcha un proyecto y sobre todo, que ellas son capaces de ello”, señala Calavia.

Las visitas por las experiencias personales, que se repetirá el 23 y 24 de abril, se completan con asesorías específicas en función de las necesidades de cada una de las iniciativas que tienen en mente las participantes. “Les ofrecemos desde comunicación, gestión de redes sociales, formación para elaborar un presupuesto o asesoría acerca de las diferentes formas jurídicas”, indica la socia de Dabne. Los perfiles de las participantes abarcan todo el espectro generacional: desde mujeres de 25 años con un alto nivel de estudios y que no pueden acceder al mercado laboral hasta las que tienen 55 años y han sido expulsadas del mercado de trabajo tras 30 años de experiencia como administrativas.

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El laboratorio que une campo y ciudad

Imagen del primer taller que se realizó en Madrid. / Agrolab Madrid

“Lo que queremos es que la ciudad, que fue quien arrebató la gente de lo pueblos se acuerde ahora de ellos y le devuelva un poco de lo que se llevó”. El que habla es Alejandro Benito, director del departamento de Investigación Aplicada del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA) y uno de los responsables de  Agrolab Madrid, un proyecto que pretende revitalizar la tradición agrícola perdida de la localidad madrileña de Perales de Tajuña uniendo los saberes y experiencias rurales y urbanas de la ciudadanía.

La idea consiste en crear un espacio de trabajo a través de diferentes talleres para que las redes del campo y la ciudad se encuentren, hablen y trabajen de forma colaborativa con un objetivo: poner en marcha un proyecto participativo de agricultura ecológica que no solo se quede en la producción, distribución y consumo pero que también sirva como taller divulgativo en escuelas, como centro de inserción social para personas en riesgo de exclusión o incluso como terapia a determinados colectivos.

La experiencia surgió tras una investigación realizada en el propio IMIDRA, un centro dependiente de la Comunidad de Madrid, en la comarca de las Vegas, en el sureste de la región. “Elegimos Perales porque de entre todos los municipios de la zona tenía unos indicadores económicos que estaban por debajo de la media y en un primer diagnóstico vimos que entre la gente más mayor había una cierta nostalgia por una cultura agrícola que se había perdido“, explica Benito. Entre los más jóvenes se toparon con un “profundo desconocimiento” de esa tradición y un sector que rechazaban. “Algunos chicos nos decían directamente qué cómo iban a ligar diciendo que eran agricultores”, detalla. Asegura que es un sector donde se puede crear trabajo pero “uno de los problemas sin embargo es que no existe formación reglada sobre agricultura y, por otro lado, las experiencias que se han puesto en marcha hasta ahora son iniciativas individuales”.

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La carpa de la cultura

Actividades del proyecto originario, La Carpa Espacio Artístico/ Juan Gabriel Pelegrina

Durante cuatro años, profesionales del teatro, el circo, la danza, la música, el cine, la arquitectura o la gestión cultural sacaron adelante un proyecto colectivo de auto-empleo en unos terrenos municipales. Montaron cerca de 400 espectáculos que vieron casi 30.000 espectadores y se convirtieron en un modelo de referencia en los circuitos culturales europeos. Cuando el Ayuntamiento de Sevilla no les renovó el contrato de cesión no tardaron ni un mes en ponerse de nuevo en pie. Casi un año después, el proyecto regresa en la forma de la cooperativa Red Creativa La Carpa , que aglutina a 17 entidades socias y pretende convertir un pabellón abandonado de la Expo `92 en un modelo cultural colaborativo que involucre a la ciudadanía, a las instituciones públicas y a la Administración.

“Estamos terminando los estatutos y en breve nos inscribiremos como cooperativa mixta de servicios públicos, una figura pionera ya que aglutina tanto servicios como trabajo asociado y con el requisito de que debe incluir una institución pública”, explica Rafael Rivera, miembro de la Red Creativa La Carpa, donde hay otras cooperativas, colectivos, asociaciones o empresas productoras de artes escénicas y visuales, gestores culturales, artistas o arquitectos. También una institución pública, la Universidad Internacional de Andalucía, con la que llevan colaborando desde hace tiempo.

Hace un año supieron que debían abandonar los terrenos municipales donde  La Carpa Espacio Artístico había estado trabajando y enseguida comenzaron a buscar nuevos espacios. El estudio de arquitectura  Recetas Urbanas, también miembro del proyecto, les mostró un posible lugar: el palacio del siglo XV de la Expo de Sevilla, un espacio que ocupa 7.000 metros cuadrados y que lleva más casi 23 años abandonado. “Hemos hecho un peritaje con tres equipos de arquitectos, el propio arquitecto que construyó el edificio también nos ha facilitado información y hemos visto que no tiene ningún problema más allá de supone limpiar y rehabilitar un edificio que lleva tanto tiempo cerrado”, señala Rivera.

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El urbanismo también es feminista

Una de las actividades realizadas por Punt 6. / Diego Yriarte

Una jornadas sobre urbanismo y género las unió hace más de una década. Eran arquitectas y sociólogas y se dieron cuenta que tenían un interés común por repensar las ciudades para que favorezcan una sociedad igualitaria y sin discriminación. La primera norma aprobada por el Gobierno tripartito catalán -formado por PSOE, ERC e IC-LV -, la ley de Barrios, les dio su nombre,  Col.lectiu Punt 6  y desde entonces no han parado de trabajar con talleres, guías, docencias, investigaciones y proyectos para lograr ciudades más inclusivas en las que las propias personas que las habitan se convierten en las especialistas de los espacios que las rodean.

“La ley de Barrios fue una normativa pionera porque por primera vez se ponían en marcha medidas que unían las propuestas sociales y las urbanas”, explica la arquitecta Roser Casanovas, integrante del colectivo junto a Adriana Ciocoletto, Marta Fonseca, Blanca Gutiérrez, Zaida Muxi y Sara Ortiz. La norma tenía ocho puntos básicos a desarrollar, el sexto se llamaba “equidad”. “Era un punto que incluía la perspectiva de género en todas los ámbitos y de ahí nuestro nombre”, señala Casanovas, quien subraya que “aprovechando una administración favorable a las políticas de género empezamos a trabajar y a investigar”.

Durante casi seis años, a través de unos talleres organizados por el Instituto Catalán de la Mujer, recorrieron la comunidad de punta a punta y se reunieron con más de 1.000 mujeres -en municipios de menos de 100.000 habitantes, aunque también en algún barrio de Barcelona- que les permitió documentarse y visualizar de qué forma se relacionan con el entorno y si este les favorece o por el contrario les discrimina. “Trabajamos sobre seis variables que incluían desde la participación, la percepción de seguridad o la movilidad”, señala la arquitecta.

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El comando de la cerveza artesanal

Botellas de la cerveza artesanal Destraperlo. / Comando Cervecero

Una cooperativa de producción y consumo de productos ecológicos fue su nexo de unión. Se juntó el que llevaba varios años haciendo cerveza en su casa con otros, entusiastas de esa bebida, que buscaban embarcarse en un proyecto propio. Nació la cooperativa de trabajo asociado Comando Cervecero y apenas hace dos semanas llegó Destraperlo, la marca bajo la que producen cerveza artesanal en su recién estrenada fábrica de Jerez de la Frontera (Cádiz). Buscan las colaboraciones con otras entidades y fomentar el consumo y la economía local.

“En la cooperativa  La Reverde nos conocimos todos y empezamos a hablar de empezar un proyecto del que pudiéramos vivir”, explica Irene Roldós, una de las cuatro cooperativistas junto a Tomás Sánchez, María José Grande, Nicolás Bengoa y Pepe Pérez. Tomás, el ahora maestro cervecero -aunque él “modestamente” prefiere definirse como cocinero- participó en una jornada de puertas abiertas para artesanos de la cooperativa, donde contó cómo llevaba varios años elaborando cerveza artesanal en su casa. El resto la probó, les encantó y comenzó a pergeñarse su Comando Cervecero.

Desde el principio tenían claro que lo suyo sería una cooperativa. “Procedemos de la economía social y del asociacionismo y todos somos iguales”, afirma Roldós. Hace un año empezaron a definir todo el proyecto, a buscar un local para su fábrica y a comprar la maquinaria que necesitaban.  Coop 57 les financió la subvención que les habían concedido -pero aún no entregado- para que pudieran ponerse en marcha. “Hasta ahora, Tomás elaboraba unos 50 litros a la semana en unas máquinas que él mismo se había construido”, señala la cooperativista. Cuando la fábrica ha empezado a andar, Destraperlo produce unos 500 litros a la semana, lo que equivale a 1.500 botellines de 1\3.

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Cómo socializar el sol

La planta de Torija (Guadalajara) que está socializando la cooperativa. / Som Energía

Evitar que las plantas fotovoltaicas se desconecten. Este es el objetivo de  Recupera el Sol, un proyecto puesto en marcha por la sección de Madrid de  Som Energía, la cooperativa de consumo de energía verde, con el que está recuperando instalaciones que por la crisis o la reforma energética del Gobierno corren el riesgo de ser entregadas a los bancos y que por tanto acaben apagándose. El mecanismo consiste en que la ciudadanía adquiere participaciones de las plantas y se convierte así en copropietaria de una comunidad de bienes. Ya han conseguido socializar dos plantas y en apenas un mes y medio más de un centenar de personas han adquirido el 45% de una tercera.

La crisis está provocando que algunos propietarios de plantas solares necesiten ingresos para poder mejorar su situación económica, señalan desde Som Energía Madrid. Además, la reforma energética aprobada por el Gobierno, que ha supuesto un  fuerte recorte a las instalaciones de energías renovables que ha reducido sus beneficios, ha propiciado que los titulares de las instalaciones no pueden hacer frente a los créditos contraídos. “Las grandes empresas han desmantelado estas plantas pero los pequeños propietarios no pueden asumir esos gastos, ni hacer frente a los pagos de los créditos, acaban embargados y los bancos no se hacen cargo de las instalaciones por lo que al final esas plantas dejan de funcionar”, explica Antonio Quijada, coordinador de Som Energía Madrid.

En la última asamblea de la sección territorial de Madrid de la cooperativa se decidió poner en marcha el proyecto para continuar con el fin último de la entidad: caminar hacia un modelo energético 100% renovable. En colaboración con  Ecooo, una empresa que promueve también el cambio de modelo energético hacia uno más sostenible , y que, al igual que Som Energía, forma parte del  Mercado Social de Madrid, pusieron en marcha Recupera el Sol. En menos de una semana lograron socializar la primera planta en la localidad de Mejorada del Campo, en 15 días, la segunda, en Loeches. Ambas, situadas en la Comunidad de Madrid y construidas sobre tejados, alcanzan una potencia de 80kwh y 104 personas se convirtieron en sus copropietarios.

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Políticas públicas sociales y solidarias

Imagen del encuentro celebrado hace cuatro años. / Ideas

Comenzaron a reunirse hace 22 años para construir un espacio donde debatir, intercambiar y comenzar a crear proyectos y redes que aglutinara a empresas, servicios e iniciativas en las que el mercado no fuera el protagonista sino las personas, el medio ambiente, la igualdad, la ciudadanía. Los  Encuentros de Economía Alternativa y Solidaria, organizados por la cooperativa de comercio justo  Ideas y la Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria (REAS)  celebran a finales de abril su edición número 12 con un ojo bien grande puesto en las elecciones municipales y autonómicas de mayo: reclamar a los partidos que pongan en marcha políticas públicas integrales en las que la Economía Social y Solidaria sea el eje vertebrador.

Los encuentros, que se celebran en Córdoba entre el 30 de abril y el 2 de mayo, y que tienen carácter bianual, coinciden en esta última edición con la precampaña de los comicios del 24 de mayo. “Cada cuatro años nuestros encuentros coinciden con las elecciones municipales y autonómicas y en esta ocasión, aprovechando la coyuntura económica, queremos mostrar a las ayuntamientos que hay otra formas de poner en marcha políticas públicas” explica David Comet, uno de los organizadores de las jornadas. De ahí que uno de los tres ejes de los encuentros gire en torno a la innovación social, el desarrollo local y la Economía Solidaria. “Existen proyectos municipales que apuestan en algunos de sus programas por otra forma de hacer economía, como poner en marcha proyectos que reservan plazas para la inserción social o que apuestan por el comercio justo o impulsan la creación de cooperativas pero casi no hay ningún ayuntamiento que apueste por una política transversal en torno a la Economía Social”, indica Comet.

El segundo eje de los encuentros tratará sobre soberanía alimentaria – a través de la cual cada comunidad decide qué produce, para qué y cómo sin tener que seguir las directrices de las grandes multinacionales- agroecología y comercio justo. “Queremos tratar temas cómo los problemas de financiación y de acceso a la tierra que tienen los proyectos destinados a productos y agricultura ecológica”, indica el coordinador de los encuentros y subraya que de lo que se trata es de mostrar e intercambiar experiencias que ponen de manifiesto “que hay que cambiar la lógica del modelo de la agricultura tradicional”.

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El club social de la 'bici'

Fachada de La Ciclería.

Primero nacieron en los movimientos sociales ciclistas, luego formaron una asociación hasta que sus trabajos para fomentar el uso de la bicicleta les permitió constituir la cooperativa que siempre habían pensado y crear un espacio en el centro de Zaragoza que colocara al vehículo de dos ruedas como una herramienta central de transformación social. Así nació  La Ciclería, un proyecto cultural en torno a la bicicleta donde ofrecen desde talleres de aprendizaje para adultos, de autorreparación hasta guardabicis, lavadero, charlas informativas o cursos para circular por la ciudad.

“Por un lado somos ciclistas urbanos, deportivos, de alforja y por otro queremos difundir el uso de la bici y que pedalee cada vez más gente”, afirma Arturo Sancho, uno de los cinco socios trabajadores que forman la cooperativa Cala y Pedal. Hace diez años comenzaron a trabajar juntos para empezar a crear su proyecto de autoempleo elaborando unidades didácticas en colegios para alumnos de 5º y 6º de Primaria alrededor del vehículo de dos ruedas. “Con la excusa de la bicicleta enseñábamos Matemáticas, Conocimiento del Medio, Música o Educación Física”, explica el cooperativista, quien señala que una rueda podía ser la herramienta perfecta para enseñar a los chavales Geometría.  La Bicicleta en la Escuela  es un programa que mantienen ahora en marcha pero enfocado a enseñar a los alumnos cómo moverse en bicicleta por la ciudad.

También comenzaron a ver qué se estaba haciendo en otras ciudades y de Barcelona se trajeron los cursos de aprendizaje para adultos dedicados a las personas que nunca pudieron aprender en su infancia a montar en bicicleta. La Biciescuela para adultos cumple ahora 10 años y en esta década más de 1.000 personas han aprendido a pedalear por primera vez. El 70% son mujeres. “Es un reflejo de una época, la de las décadas de los 60 y 70, que era muy machista y cuando eran pequeños el que aprendía a andar en bici era el niño y la niña aprendía otras cosas”, cree Sancho, quien también ven por los talleres que las mujeres son más lanzadas a dar el paso y tienen menos vergüenza a desarrollar una habilidad de mayores que nunca pudieron hacer de niñas.

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sobre este blog

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