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Arena en los ojos

¿Qué estarán maquinando esos miserables durante las vacaciones mientras yo despotrico contra ellos y contra los turistas porque tengo arena en los ojos?

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Reflejos. Paula Arranz

Reflejos. | Paula Arranz

Estoy tumbado en la playa leyendo las noticias en el móvil y unos chiquillos que pasan corriendo me tiran arena a la cara. Me entra en los ojos, dejo caer el móvil y mientras me incorporo siento la certeza de que siempre ha sido así. Siempre ha sido así, aunque no se sabía, o se sabía ocultar mejor, o no existía internet para difundirlo y también ocultarlo, o emborronarlo hasta sembrar la duda de si realmente ha ocurrido, pero no importa porque la información se devora y se deglute y sin tiempo para digerirla ya se desecha. Pero siempre ha sido así. Estoy seguro.

Quizá sea porque la noticia que estaba leyendo cuando me han tirado arena a la cara habla de la salida de la cárcel de Ángel María Villar, el siguiente de la lista, con sus 30 años de reinado a su aire en el mundo del fútbol, pero sospecho que los más listos, los que mejor robaron y mangonearon, esos no han sido descubiertos. Solo han pillado a los menos diligentes, a los chapuceros y los soberbios, pero no a los señores, a los que piden la tapita en el club marítimo e incluso son amables con el camarero, a los del traje impecable y prudencia a prueba de la menor indagación.

No consigo ver nada, intento pestañear pero la cosa empeora y una voz compasiva de mujer mayor me dice que incline la cabeza, que ella me irá echando chorritos de agua hasta que se me quite la arena. Pero no se me quita, es demasiada, y lo peor es que se acrecienta la sospecha de que da lo mismo un partido con el árbitro comprado que un partido político, el que sea, porque todos están en el ajo, siempre han estado en el ajo, todos lo sabían y por interés callaban y siguen callando. Puede que también hubiera amenazas, puede que algunos murieran por resbalón de cáscara de plátano, por oportuno infarto o recurrente vejez y pérdida de memoria, pero los demás estaban al tanto y no lo denunciaron. España es un país corrupto por naturaleza.

Poco a poco el agua me va limpiando los ojos, y por eso tengo el convencimiento de que todos ellos sabían, no podían no saber, aunque quizás tampoco sabían cómo impedirlo. Creo que cada uno de ellos, al llegar a la empresa, multinacional, ayuntamiento, gobierno regional o central, congregación religiosa, a cualquier centro de poder, fueron obligados a firmar el acta de secretos oficiales, el acta de secretos pederastas, el acta de chanchullos al por mayor, el pacto con el diablo, y que lo avalaron con su vida y la de su familia, y que perderían a su cónyuge y a sus hijos, a su grupo social, a sus amigos, y los más de izquierdas a su barrio obrero al completo. Que los repudiaría todo el mundo si abrían la boca.

Al fin consigo ver algo, y la señora me dice que no se me ocurra frotarme los ojos, que podría hacerme llagas o quién sabe qué tipo de herida de consecuencias irreversibles. Le hago caso, pero me escuece mucho, y mis sospechas llegan hasta la dictadura de Franco, pero sin entrar en ella por razones obvias, que por algo era una dictadura y todo estaba permitido para los listos que lo tenían todo permitido. Casi peor fue la Transición, quién sabe cuántos y cuánto hubo que esconder entonces, cuánto hubo que permitir para sujetar a los viejos perros y permitir la llegada de los nuevos, si es que cambiaron, o solo se ocultaron los de siempre bajo nuevas capas de ocultación y olvido programado y, más tarde, ya en la democracia de facto, cuando todo parecía legal y limpio pero estaba sujeto al antes y pendiente de perpetuar su maldad en el después… Joder, cómo pica, y Felipe en el yate con su puro y sus acciones y sus valores invertidos en Bolsa y el Gal, que recordaba a una marca de champú.

“Gracias, señora, es usted muy amable… Menudos gamberros…” ¿Desde cuándo todo esto que ahora se descubre y se va descubriendo y todavía se va a descubrir? ¿Desde cuándo esta impunidad descarada? “Bueno, hombre, no se lo tome así, sólo son unos niños, estaban jugando.” ¿Desde cuándo estos jueces que se suman a la risa infame y prepotente con la risa seria del que sabe y sabe todo lo que hay que saber? “Usted lo que necesita es un poco de colirio, le vendría bien acercarse hasta una farmacia.” ¿Cómo es posible que yo sepa y todos sepamos y ellos insistan en que no hay nada que saber? ¿Cómo es posible que no seamos capaces de impedirlo o al menos mitigarlo, y que sea una excepción y no la regla? “Gracias, señora, le haré caso, ha sido usted… debería traerle una botella de agua.” “Deje, hombre, deje… vaya a la farmacia.”

Recojo la toalla y las chanclas y voy camino de la farmacia, al otro lado del paseo. Antes de salir de la playa me detengo en el chiringuito y pido un vermut para relajarme. El camarero me pone tres hielos y un chorrito ridículo, y encima me cobra cuatro euros. ¡Pero qué pasa! Le pago, no digo nada, estoy asqueado, y como sé que el vermut no se crea ni se destruye, solo se transforma, busco en la barra un culpable. Hay dos tipos con pinta de turistas que se están bebiendo la parte que me corresponde. Malditos turistas. Son una plaga. ¿Por qué no hace algo el gobierno? ¿Qué estarán maquinando esos miserables durante las vacaciones mientras yo despotrico contra ellos y contra los turistas porque tengo arena en los ojos?

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