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La izquierda no quiere gobernar

La mayor amenaza a la que se enfrenta la izquierda viene de ella misma. Le gusta discutir y hacer públicas sus diferencias, que amenazan con dividir votos y hacerles vulnerables.

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Estamos viviendo el año electoral más importante de las últimas décadas. En un corto periodo de tiempo vamos a tener dos citas con las urnas. En el mes de mayo, las municipales y autonómicas, y previsiblemente en el mes de noviembre, las generales.

Los partidos ya están manejando encuestas desde hace mucho tiempo y la conclusión a la que llegan -y en eso coinciden- es que habrá muchos ayuntamientos que serán difícilmente gobernables con la estabilidad necesaria para que nuestros políticos se ilusionen con la labor de  servicio público que conlleva su cargo.

La mayor amenaza a la que se enfrenta la izquierda viene de ella misma. Le gusta discutir y hacer públicas sus diferencias, que amenazan con dividir votos y hacerles vulnerables e incluso perder baluartes importantes y tradicionalmente seguros.

Su debilidad mayor, aparte de la división que la asedia nuevamente y que es como un carcinoma interior que destroza todos los órganos vitales, es no haber construido un proyecto de cambio, de gobierno y de sociedad distinto al de sus contendientes.     

Si quiere ganar el poder, la izquierda necesita decir de manera creíble que solo con ella se puede alcanzar el objetivo de crear una sociedad mejor, más justa y más solidaria.

Sacrificios, sí, movilizaciones, también, pero por favor, que alguien nos hable de un programa que nos permita mejorar nuestra vida. La izquierda dejó de funcionar hace mucho tiempo y han aparecido formaciones que llenan huecos vacíos. No creo que exista un problema de comunicación porque la televisión tiene un poder enorme y el espectador siempre tiene la oportunidad de apretar el botón del mando para cambiar de canal o simplemente desconectarse cuando alguien aparece de manera continua y con un discurso que busca el aplauso fácil.

Podemos se centra en ganar votos. No sirve de nada ser la sorpresa en las elecciones europeas si después no ganas, si no puedes aplicar tu ideario, a no ser que solo quieras ser la eterna promesa o simplemente carezcas de programa.

El PSOE e Izquierda Unida se preocuparon de subvenciones y cursos de formación y se olvidaron de los trabajadores y de sus problemas. El talento buscaba nuevos caminos alternativos para su futuro en el extranjero, mientras la sociedad envejecía y sufría en sus carnes grandes recortes como castigo por tanto derroche.

La izquierda arrinconó el proyecto de crear una sociedad mejor, más libre, más próspera, más democrática y más equitativa. Aún está a tiempo de recuperar su orgullo. ¿De quién si no de la izquierda sería lógico esperar un nuevo proyecto de sociedad?

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