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¿Fraternité?

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Hay que reconocer que la patria francesa tiene símbolos cargados de emoción como todas las patrias, con su exaltación del sacrificio y la heroicidad; pero cargados también de una dignidad que no poseen otras patrias, por su vinculación a los derechos y a la revolución. Escuchamos la Marsellesa cantada por escolares compungidos de razas mestizas y nos emocionamos y casi podríamos corear a las mentes biempensantes y encorbatadas y tripular mentalmente cazabombarderos contra lo que en en el imaginario subconsciente del europeo es, desde hace siglos, la quintaesencia y personificación del mal: el “moro” malo, requetemalo.

Pero una vez reposada la primera emoción, toca reflexionar. Y pensamos que la cosa ya empezó mal desde que empezó, desde el parto mismo. La democracia nació unida a la nación, como nacieron unidos aquellos gemelos siameses. Y esa es su limitación.

La democracia es cosmopolita en la medida en que reivindica la dignidad universal del ser humano y sus correspondientes derechos, de naturaleza igualmente universal. Pero nunca pudo realizarse cosmopolita. Nació francesa en la Bastilla y nació sólo para los franceses. Nació desuniversalizando derechos universales y separándolos en derechos del hombre (la mujer era todavía invisible) y derechos del ciudadano. Los derechos de verdad para los ciudadanos, para los nacionales franceses; y para los no franceses, alguna concesión. Ahí empieza el camino de la identificación de la democracia con la nacionalidad. Un camino que muchos transitan hasta llegar a la identificación del no nacional, del extranjero, como el enemigo de la nación y… ¿por qué no?, el enemigo de la democracia, que al fin y al cabo, es más o menos lo mismo.

Enfoquemos la crisis parisina como una oportunidad para plantear una política coyuntural razonable ante la amenaza yihadista

Antes de que empiecen las acusaciones de “buenismo”, neologismo perverso donde los haya con el que los maliciosos pretenden rebautizar la ingenuidad, volvamos a los atentados de París, para aclarar las cosas. Y enfoquemos la crisis parisina como una oportunidad. Una oportunidad para plantear una política coyuntural razonable ante la amenaza yihadista. Pero también una oportunidad para una reflexión política más profunda sobre la construcción del concepto de extranjero en las sociedades democráticas.

Una política coyuntural razonable pasa más por echar agua al fuego que por echar gasolina; y pasa sin duda por medidas como las que ha planteado Pablo Iglesias: la neutralización de las redes de captación y adoctrinamiento, así como las vías de financiación y abastecimiento; reforzar la sociedad civil en Irak y Siria para derrotar al EI e intentar acabar con la guerra en estos dos países, mediante un embargo de armas a todos los contendientes, el fin de los bombardeos contra la población civil y la apertura de corredores humanitarios, además de medidas para proteger a los refugiados que huyen de la guerra en estos dos países.

Pero si intentamos mirar más allá de lo coyuntural, esta crisis puede servirnos para repensar lo que pudo haber sido y no fue. Porque la revolución y la democracia empezaron robustas y sustentadas en tres patas, pero pronto pèrdieron una de ellas y desde entonces no paran de cojear, porque la democracia, al menos una democracia tomada en serio, no puede sostenerse sólo sobre la libertad y la igualdad y abandonando a su suerte a la fraternidad. La democracia y los derechos, para ser universales, deben superar el nacionalismo y repensarse desde el cosmopolitismo. La verdadera “patria” democrática debería ser el género humano; los muchos hijos de esa gran familia, de origen africano al parecer, a la que llaman “homo sapiens”.

Reivindicar la tercera pata del banco democrático es aquí y ahora la tarea ineludible del pensamiento democrático. Una democracia que no necesita de la fraternidad es una democracia frágil y renqueante, por muchos tanques que la defiendan.

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