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La Hora de los Morteros

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La Hora de los Morteros

La Hora de los Morteros

Damasco sería una capital casi normal si no fuera porque sobre las tres de la tarde, sistemáticamente y casi sin fallar un solo día, empiezan a caer morteros disparados a ciegas por los grupos armados que se han hecho fuertes en algunos de los barrios que circundan la ciudad.

Al comienzo de la guerra, hace ya casi cinco años, llegaron a ser más de ochenta cada tarde. Hoy oscilan entre cuatro y siete, pero el ruido de su impacto se deja oír en la capital entera, y por supuesto también en el hotel en el que nos alojamos antes de realizar la entrevista al presidente Bashar al Asad.

Tras los morterazos, columnas de humo y los inevitable ruidos de sirenas, desconcierto, desazón y cortes de luz.

Este es un país en guerra, aunque aparentemente Damasco sea una ciudad tranquila. Hay coches y atascos por doquier, mucha gente por las calles, comercios abiertos, restaurantes en plena actividad, niños paseando con sus padres, estudiantes agolpados a las puertas de la Universidad y más gente vestida a lo occidental de lo que uno se podría imaginar.

Abundan los velos con vaqueros en las mujeres, pero también las que van completamente descubiertas, exquisitamente vestidas y maquilladas.

Tres de las más notables asesoras de comunicación de Al Asad son, por ejemplo, unas ejecutivas de primera: modernas, ágiles, expertas en medios, que sorprenden por su preparación y nivel de inglés, tan bueno como el del presidente sirio, un oftalmólogo formado en Gran Bretaña que habla con fluidez aunque con cierto frenillo y ceceo, al estilo de Lula da Silva y el mismísimo Franco.

Al Asad se expresa con amabilidad, lejos de los comportamientos extravagantes de otros líderes carismáticos árabes, como fueron en su día Sadam Husein o Gadafi. Nada que ver con ellos. Ni arrogancia ni suficiencia ni vehemencia. Al menos ante nosotros.

Nos recibe el presidente sirio a las once en punto y en persona justo al abrirse la puerta del ascensor en la primera planta del palacio más antiguo de Damasco, el Guest Palace, donde tiene su despacho, y conversa con nosotros diez minutos en "off" y media hora rigurosa en "on". La primera entrevista que concede a una agencia internacional desde que comenzó la guerra.

Unos treinta funcionarios se encargan de acomodar y preparar el escenario del encuentro, que es similar a un pequeño plató de televisión improvisado. Previamente mis compañeros José Manuel Sanz, Jorge Fuentelsaz y yo, entregamos las grabadoras, teléfonos, cámaras de fotos y cualquier otro aparato electrónico. Ellos se ocupan del enlatado. Solo se fían de sus medios.

Al Asad habla de diálogo, pero está convencido de que no puede haber diálogo democrático alguno con el terrorismo yihadista -incluyendo en él tanto a Al Qaeda, como al Estado Islámico y el Frente Al Nusra-, pero tampoco con ningún otro tipo de grupo armado. No hay diálogo con los que llevan pistolas. Y tiene claro que los países que dan apoyo al terrorismo son Turquía, Qatar y Arabia Saudí, siendo particularmente duro con Erdogan.

Eso si, reitera que por mucho que le presionen, no abandonará Siria, un país que claramente no es una democracia, pero en el que no se podrían convocar elecciones libres en las actuales circunstancias, con millones de sirios en el extranjero y fuera de sus casas, con el terrorismo integrista acechando por todas partes y con los morteros cayendo sobre Damasco al atardecer.

Amen de eso, argumentan sus partidarios que tampoco Arabia Saudí es una democracia exportable, pero nadie lo reprocha: el pasado año hubo 150 decapitaciones públicas a espada, y Occidente no dice nada. Por eso sostiene que EE.UU no se toma en serio la lucha contra el terror. Tampoco Francia.

¿Los refugiados? Para Al Asad los sirios que huyen lo hacen por el terror del ISIS, no de su régimen. Por el terror y por el embargo. Y si Europa quiere dejar de recibir refugiados, debe contribuir a acabar con el terror y con el embargo. No hay otra receta. Eso y dejar de ser satélite de Washington.

Hay quien dice que Al Asad está perdiendo la guerra. Pero en Damasco no se percibe gran sensación de peligro. Eso sí, abundan las alambradas, los sacos terreros, las vallas con muros de cemento y los controles a cada paso.

Pese a la vigilancia constante, pudimos entrar en Siria con cierta rapidez a través de la carretera que va desde Beirut a Damasco. En Líbano el tráfico era bastante denso, pero no así desde la frontera siria hasta la capital: apenas coches, muchos militares y cierta sensación de seguridad.

A Bachar al Asad le acusan de ser un dictador responsable de la muerte de más de doscientas cuarenta mil personas, pero cuando comentamos esta cuestión, en su entorno responden con un discurso colgado en internet: los únicos crímenes que ha cometido son haber construido diez mil mezquitas y 500 iglesias, 8.000 escuelas, 6.000 hospitales y centros de salud, 60 bancos internacionales, y numerosas universidades privadas.

Y que su gran pecado fue oponerse con todas sus fuerzas a la guerra de Iraq, que en opinión del partido de Al Asad, el árabe socialista Baaz, está en el origen de la actual crisis.

Por José Antonio Vera

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