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La vida continúa dentro de la zona de peligro del volcán Agung en Bali

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La vida continúa dentro de la zona de peligro del volcán Agung en Bali

La vida continúa dentro de la zona de peligro del volcán Agung en Bali

Mientras continúan las conjeturas sobre cuando despertará el volcán Agung en Bali tras una alarma que ha provocado más de 140.000 evacuados, algunos afectados vuelven de día a la zona de peligro para cuidar sus negocios.

En la carretera hacia el templo Besakih, el más grande de la isla y de gran importancia para la mayoría hinduista local, adolescentes conversan mientras conducen sus motocicletas; cazadores se adentran en la espera jungla tropical y algunas familias se reúnen a la puerta de sus casas.

Sería una imagen cotidiana si no fuese porque se encuentra dentro del perímetro de seguridad establecido por el Centro de Vulcanología y Mitigación de Peligros Geológicos (CVMPG) desde el 22 de septiembre, que comprende un radio de entre 9 y 12 kilómetros alrededor del cráter.

Aunque las zonas más cercanas al volcán están prácticamente vacías según las autoridades, a unos pocos kilómetros dentro de la llamada "zona roja" es frecuente encontrar a gente.

Ketut Sugiarta, uno de los residentes de Menanga, a 9 kilómetros al suroeste del volcán, que duerme en un refugio para evacuados, cuenta que muchos de sus vecinos regresan a sus casas durante el día para proteger sus pertenencias y ganado.

"Por la noche todo el mundo vuelve al puesto (de evacuados) más abajo, pero algunos hombres protegen nuestras casas, no solos, sino con muchas personas", dice a Efe Sugiarta en la entrada de su hogar, situado dentro la zona de peligro.

El balinés que se dedica al transporte y la ganadería lamenta que "el negocio no es bueno" desde que hace 8 días se declaró la alerta máxima de erupción.

"Por suerte la gente nos da comida", añade Sugiarta en referencia a las numerosas donaciones que se han enviado a los centros de evacuados distribuidos por toda la isla.

En el hotel Artha Agung, situado al suroeste del cráter y a escasos cien metros dentro de la zona de peligro según el mapa interactivo ofrecido por la Agencia Nacional de Gestión de Desastres (BNBP, en indonesio), los encargados siguen recibiendo a gente.

"Ayer tuvimos clientes, si estuviésemos en la zona de peligro no estaríamos aquí", aseguró a Efe uno de los trabajadores.

A pesar de que hay carteles con señalizaciones y sirenas de emergencia para una evacuación, el desconocimiento es uno de los factores que suele llevar a los residentes a, más que a quedarse en zonas de peligro, abandonar por el miedo zonas seguras.

Al margen de la actividad diurna en los alrededores del volcán, una pequeña parte de los residentes en pueblos amenazados por la erupción se niega a abandonar sus hogares.

El director de información de la BNBP, Sutopo Purwo Nugroho, confirmó a Efe que existen algunos casos, pero no ofreció cifras.

Según Sugiarta, en su pueblo "una o dos personas" han desoído las recomendaciones de las autoridades para evacuar.

Tanto Nugroho como Sugiarta apuntan que el miedo a abandonar el ganado es la razón principal, aunque la superstición también influye a la hora de tomar la decisión.

I Wayan Andika Wirawan, estudiante de 25 años de edad, dice que algunos esperan que el volcán entré en erupción cuando se aproxime un día especial en el calendario balinés, como la luna llena (6 Octubre) o Galungan, celebración hindú que este año cae a principios noviembre.

Según Wirawan, la última vez que el volcán entró en erupción en 1963, cuando mató a más de 1.100 personas y duró casi un año, la primera expulsión de lava tuvo lugar días antes de Galungan.

"Solo podemos hacer suposiciones, nadie lo sabe", cuenta Wirawan en el puesto de observación del volcán en Rendang, a 12 kilómetros del cráter.

La opinión del joven balinés no es mucho más precisa que la de los expertos que monitorizan el volcán Agung, que señalan que la actividad volcánica aumenta días tras días desde mediados de mes, pero que una erupción es impredecible y podría tardar horas, semanas o, simplemente, no ocurrir.

Ricardo Pérez-Solero

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