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Tiempos de izquierda, tiempos de democracia: 20D

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Estos últimos dos años se ha producido una desorientación teórica considerable en la izquierda española que ha calado en las prácticas políticas, las propuestas programáticas y los discursos. Hoy que el fascismo avanza camuflado de populismo por Francia y otros países de Europa, hoy que en nuestro país estamos a las puertas de una elecciones generales cuyos sondeos todavía encabeza la derecha, es hora de afrontar esta cuestión de manera directa.

Durante décadas ha dominado en nuestro bipartidismo patrio lo que vino en llamarse el sentido común neoliberal. Englobando diversos dogmas se trataba de convencer a la población de que no había alternativa a lo existente.

La renovación democrática que supuso el 15M fue un soplo de aire fresco en las resistencias al neoliberalismo, resistencias que llevaban tiempo batallando muy solas. Otro sentido común, desde unos valores democráticos y transformadores, se plantó en las plazas de todo el país y asombró al mundo.

La desorientación se produjo cuando gran parte de la izquierda se echó en brazos de las formulaciones del argentino Ernesto Laclau. De la mano de un ala cada vez más poderosa de Podemos, hoy dominante en la formación, fue calando la llamada estrategia nacional-popular. Hiperliderazgo, marketing electoral, significantes vacíos, desideologización y reivindicación de una política bélica a partir de Carl Schmitt fueron sus señas de identidad.

Pero había un problema. Los teóricos que mejor nos podían explicar el concepto de democracia que irrumpía en las plazas eran antagónicos a Laclau. Autores como Cornelius Castoriadis, Hannah Arendt, Jacques Rancière o Sheldon S. Wolin, entre otros, se centraban en reivindicar la entrada de la ciudadanía en el espacio público para tomar la voz, hacerse escuchar y finalmente tratar de decidir entre todos sobre lo público, sobre lo que nos afecta a todos. En algo tan sencillo de formular, y a la vez tan complicado de llevar a cabo, residiría la democracia real.

Estos últimos autores aportaban conceptos que pudimos observar en las prácticas que se abrían en Sol y que contagiaron a las PAH y las mareas. La desbordante imaginación política capaz de romper las agendas de los poderosos, la unidad popular entendida como amistad política, la parresía como decir franco, veraz y valiente que desnuda a los caciques, la felicidad pública a la hora de trabajar juntos frente a lo injusto, el rechazo al elitismo experto, la sensación de resistencia fugitiva frente a la represión policial.  

Este desajuste teórico de fondo es el que explica por qué gran parte de la generación 'quincemayista' no acabó de sentirse cómoda con un proyecto vertical como el de Podemos.

La izquierda clásica, por su parte, tardó en reaccionar y no supo ver a tiempo que lo que sucedía era también un serio toque de atención a sus estructuras burocratizadas, a sus prácticas institucionales y también verticales. Estuvieron en el 15M, sí, pero este fue mucho más allá y les interpeló de manera directa.  

Y sin embargo esta izquierda ha hecho sus tareas. Podía haberlas terminado antes y seguramente haya influido en este acelerón final la presión de la irrupción de Podemos. Pero resulta incontestable que las ha hecho.

Al frente de la candidatura de Unidad Popular-Izquierda Unida hay a día de hoy un candidato comunista surgido políticamente de las plazas. En sus obras Alberto Garzón explica la economía como conflicto, algo a lo que hoy otros renuncian, pero también pone sobre la mesa las influencias teóricas que le orientan: republicanismo, democracia y socialismo.

Las candidaturas de UP-IU se han hecho a partir del proceso más democrático de todos los partidos en liza, con primarias abiertas y voto ponderado para facilitar la integración de minorías. A su alrededor Alberto Garzón ha logrado conjugar un equipo de campaña joven, dirigido por mujeres, donde a la vez que se sigue teniendo muy en cuenta la experiencia y el ejemplo de dignidad de los mayores, se muestra casi en cada gesto —y la exitosa campaña en redes es un ejemplo más— todas las novedades aprendidas bajo las lonas de Sol. De esta conjugación humana surge la combinación teórica que a día de hoy considero idónea para afrontar los tiempos inciertos y las amenazas que nos esperan en lo inmediato.

Pero vayamos a dos puntos clave.

Ética y política

Se nos ha repetido de manera incesante, esta vez no tanto a partir de Laclau como de una serie de televisión, Juego de Tronos, que la ética no tenía lugar en la disputa política. Se trataba de ganar, se decía, no de ganar bien.

En plena crisis ética monumental, con los principales partidos e instituciones enfangados por la corrupción, con un rechazo generalizado hacia las viejas prácticas políticas, no hay discurso más dañino.

Esto conduce a que si al rival lo excluyen de un debate dé igual que sea injusto, que en el pasado te hayan excluido e incluso que este rival entonces te defendiera. Hay que aprovecharse para ganar. Vale todo y al adversario hay que tumbarlo como sea.

Eso no era lo que se pidió en las plazas. Frente a esta concepción necesitamos de una izquierda que camine a cada paso de manera ejemplar, con altura de miras y generosidad. No mentir al electorado ni disfrazarse, ser claros y honestos, son señas de esta candidatura de UP-IU.

Oligarquía, elitismo o democracia

Estos años hemos sufrido una representación que se ha vinculado antes a la oligarquía económica y financiera que a la ciudadanía. Los desahucios, la defensa y sumisión a las eléctricas y las grandes empresas de comunicación, la reforma del 135, son ejemplos de ello. Frente a esta concepción se puede optar por una representación elitista o por una democrática.

La primera pretende cortar los vínculos oligárquicos, pero enseguida suele revelarse timorata y ambigua. El elitismo se autoproclama como el gobierno de los mejores, la elite experta, la vanguardia que tiene que hablar a un pueblo no del todo sabio desde el trazo grueso. Por eso se opta por caer en las frivolidades del espectáculo televisivo, en los eslóganes y la manipulación propagandística. De renuncia en renuncia, la consecuencia suele ser que la oligarquía queda incólume.

Frente a esto se alza otro modo de entender la representación centrado en ser motor democrático. Desde el exquisito respeto a la sabiduría política de la ciudadanía, algo muy distinto del conocimiento experto, se apuesta por fomentar la participación a cada paso para que haya deliberación y decisión de los asuntos importantes desde abajo. Porque si cada vez somos más los que decidimos, las minorías privilegiadas dejarán de tenerlo todo.

En UP-IU somos los únicos que proponemos un Proceso Constituyente para dotarnos de una nueva Constitución en 2018. Y nuestra hoja de ruta comienza en la primera mitad de 2016, con asambleas deliberativas ciudadanas y foros de movimientos sociales donde proseguir la unidad popular a pie de plaza, de modo abierto y no dirigista. Mientras otros están de vuelta, nosotros seguimos en el camino de ida.

Es en esta dirección donde germina la imaginación política, como ha vuelto a suceder de manera inesperada durante esta campaña. Una vez más saltando el cerco, rompiendo las agendas de quienes trataban de vetar las propuestas más incómodas y utilizando para ello, como en otras ocasiones, las redes sociales. El resultado a la vista está, desbordando actos que han tenido que acabar en las plazas.

La alegría combativa, los anhelos de transformación y la confianza en una política con mayúsculas pueden traer el próximo 20D el inicio de algo que unos y otros no tenían planeado. Tiempos de izquierda, tiempos de democracia.

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