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La arquitectura española premiada con el Pritzker: acero y lentitud local

La arquitectura del estudio RCR parece crecer lentamente en los sitios y dialoga con ellos con naturalidad, pero con una naturalidad extraordinariamente sofisticada, compleja y exigente

Los españoles Aranda, Pigem y Vilalta ganan el Pritzker de arquitectura 2017

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Laboratorio Barberi (Olot, Girona) / Foto:Hisao Suzuki.

Hasta la localidad gerundense de Olot, llegan desde hace años jóvenes estudiantes de todas partes del mundo para conocer de cerca la obra y el peculiar modo de hacer de tres arquitectos catalanes, Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta, fundadores del estudio RCR. Al recibir el pasado miércoles el premio Pritzker, el más importante del mundo en el terreno de la arquitectura, se veían desbordados también con las repentinas visitas y llamadas de la prensa internacional.

No es la primera vez que este galardón se concede a un arquitecto español. Rafael Moneo lo había obtenido el año 1996. Sin embargo nunca antes el premio Pritzker había sido otorgado al trabajo conjunto de tres arquitectos. En el caso del estudio RCR se debe al mérito de haber construido un diálogo de una riqueza polifónica ininterrumpida desde hace casi tres décadas. Una labor cuyo resultado mantiene, no obstante, una "personalidad" que trasciende a la de cada uno de sus integrantes.

Resumir los valores de este peculiar estudio catalán no permite dejar de lado tres aspectos clave para entender su singularidad: el lugar, la materia y el tiempo. O dicho con mayor precisión: su relación con Olot, el acero y la lentitud.

La arquitectura de RCR mantiene un vínculo tan poderoso con la vieja y volcánica región de la Garrocha como la de un árbol con la tierra en la que clava sus raíces. Desde allí han demostrado que la arquitectura que comprende un lugar puede comprenderlos todos. Comenzaron su carrera profesional realizando obras de pequeña escala, una memorable y hermosísima alberca y casas para el herrero y la peluquera de su pueblo. Pero han sabido ir depurando su forma de trabajo, ganando en intensidad y controlando la escala de sus intervenciones hasta salir de su terruño y construir en Francia, Bélgica y Dubai. Y lo han hecho con éxito gracias a entender que cada lugar, en realidad, era Olot mismo.

En la arquitectura de RCR, el paisaje y la construcción se entretejen con una naturalidad semejante a la que tienen los líquenes que aparecen sobre el tocón de un árbol cortado o la humedad que se condensa al amanecer sobre una piedra. El Estadio deportivo de Tossols-Basil parece haber estado siempre rodeado de las hojas secas del robledal donde se implanta. Operar en mitad de un bosque o de un caserío y que el resultado no haga histriónicas concesiones formales a la propia naturaleza o a los edificios cercanos no es nada fácil. Obras como el espacio del Teatro de la Lira, en Ripoll, son un ejemplo de la capacidad de su arquitectura para ofrecer un valor añadido al lugar donde se implantan.

A la vez sus obras se esfuerzan por exprimir todo lo que los materiales son capaces de ofrecer. Incluso cuando todo se supedita a una sola materia, ésta se explota al máximo de su capacidad. En las Bodegas Bell-lloc o en el restaurante Les Cols, el acero se pliega o se cuelga como la ropa en un tendal aprovechando su elasticidad. En otras ocasiones el acero se muestra rugoso y áspero o se exhibe como material en bruto, como si tuviese la misma riqueza plástica que un cuadro abstracto. RCR disfrutan dejando que esta materia muestre el paso del tiempo a través de la aparición del óxido y sus manchas imperfectas como el mejor acabado posible.

La arquitectura de Aranda, Pigem y Vilalta parece producirse en un instante que no es el de la pura actualidad. El tiempo transcurre a un ritmo diferente en sus obras y lo hace gracias a considerar la lentitud como algo que enriquece la arquitectura y al propio ser humano. Como si desde la inauguración de cada obra asumieran como inevitable que terminen creciendo malas hierbas entre sus muros o que la vegetación acabe invadiéndola. Porque saben que toda obra es conjunción de pasado y futura destrucción. El estudio donde trabajan, una vieja fundición transformada desde la ruina y donde los muros originales conviven con lo nuevo, es un ejemplo de lo dicho.

La arquitectura del estudio RCR parece crecer lentamente en los sitios y dialoga con ellos con naturalidad, pero con una naturalidad extraordinariamente sofisticada, compleja y exigente. Hay en sus obras un esfuerzo disimulado, que las acerca a algunas arquitecturas del pasado vinculadas a una sencillez, concentración e intensidad sorprendentemente próximas a las de la arquitectura tradicional japonesa.

Seguramente por eso mismo es difícil imaginar mejor lugar para que estos arquitectos reciban el premio que Tokio. Allí, el próximo 20 de mayo, será entregada la medalla conmemorativa que atestigua la obtención de este singular galardón a este trío de catalanes universales.


Santiago de Molina es profesor de Proyectos en la universidad San Pablo CEU de Madrid. 

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