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¿Qué hizo Europa en casa de los refugiados?

Sería bueno dejar de una vez, por dignidad, por vergüenza o simplemente por prudencia, de analizar los síntomas en lugar de ir a buscar las causas

Los ricos nunca van a la guerra: a Vietnam iban los negros, y a Iraq fueron los muchachos de los barrios más deprimidos de Detroit

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Refugiados

Imagen de archivo de un grupo de refugiados EFE

Ayer hubo dos atentados en Bruselas. Varias personas murieron y decenas quedaron heridas y Europa, de nuevo, quedó golpeada, esta vez en el corazón de su proyecto comunitario. El Estado Islámico reivindicó los ataques. El terror se apoderará por unos días de Occidente, que reflexionará cómo hacer frente a un tipo de terrorismo difícil de afrontar. Y un mensaje repetitivo se apoderará de la esfera mediática, verbalizado ayer por el primer ministro francés, Manuel Valls: “Estamos en guerra”. Valls tiene un currículum interesante: ha pedido mano dura con los inmigrantes, ha firmado deportaciones de gitanos y ha adoptado en parte el discurso xenófobo de Marine Le Pen. En el resto de Europa le llaman socialista pragmático; y los franceses, al parecer, preferirán quedarse con el pragmatismo original de Le Pen. Sin embargo, cuando dice que estamos en guerra, tiene toda la razón.

Puede que no lo supiéramos hasta ayer, pero estamos en guerra. Estamos en guerra con prácticamente el mundo entero, y ese conflicto no ha parado nunca. Vistos los avances de los últimos años, hay cuerda para rato.
Echemos un vistazo a estos países para entender por qué estamos en guerra. Son, según Frontex, los países de origen de la mayoría de personas etiquetadas en su informe como “ilegales”:

Siria: los países europeos armaron a los rebeldes sirios. Rebeldes sirios que decapitaban por error, según El País, o que recibían armas de los franceses y los británicos. Por no hablar del apoyo considerable de Europa y Estados Unidos a Arabia Saudí: entre 2011 y 2015 subieron las exportaciones de armas europeas y americanas; las importaciones de los saudíes subieron un 275% durante esos cinco años. Los vínculos de Arabia Saudí con el fundamentalismo islámico  no son ningún secreto, ni su apoyo a esos rebeldes que, de la noche a la mañana, mutaron en Estado Islámico. Turquía, aliado de la UE y miembro de la OTAN, ataca a los kurdos, que combaten al Estado Islámico por tierra. Hay dos grandes incógnitas sin resolver: todo el mundo combate a Estado Islámico, pero nadie sabe quién les compra el petróleo. Todo el mundo combate a Estado Islámico, pero nadie sabe quién les vende las armas.

Eritrea: país independizado en 1991 que, desde entonces, se ha convertido en una cárcel gigante. Eritrea ha sido colonia de los fascistas italianos, base militar de los EE UU durante la Guerra Fría -en Eritrea se captaron los mensajes entre nazis y japoneses que ayudaron a planificar el desembarco de Normandía- y región oprimida de Etiopía. En 1991, tras una guerra de treinta años, los eritreos se independizaron bajo el mando de Isaias Afewerki, guerrillero del movimiento independentista; entre 1998 y 2000 hubo otra guerra con 80 000 muertos. Eran los años del pico de venta de armas a Eritrea, que tenía uno de los ejércitos más potentes de África gracias a las armas americanas, israelíes y alemanas. El país, que gasta el 20% de su presupuesto en defensa, tiene a parte de su población esclavizada a través del servicio militar obligatorio. Algunos flashes de la respuesta de Europa al régimen eritreo: un diputado conservador británico viajó al país para explorar la posibilidad de explotar sus hidrocarburos; el viceministro de exteriores italiano estrechó la mano de Afewerki personalmente, meses antes de fichar por una compañía petrolera italiana interesada en los recursos naturales de Eritrea; y la UE envió 200 millones de euros para ayudar en la extracción de crudo en lo que fue leído como una ayuda al régimen para parar la migración. A la vez, la UE hacía todo lo posible para denegar el estatus de refugiado a los eritreos que huían del régimen.

Afganistán: una de las primeras historias de amor con unos rebeldes. Allí luchaban contra los soviéticos y por ello recibieron el calificativo de “luchadores por la libertad” en la prensa occidental. Entre ellos estaba un tal Osama Bin Laden. Eduardo Galeano era parte del tribunal internacional que, en Estocolmo, juzgó a uno de los líderes fundamentalistas, quien describió qué obligó a los talibanes a actuar: “Los comunistas han deshonrado a nuestras hijas, les han enseñado a leer y a escribir.” Tras otra intervención décadas después,  los americanos –apoyados por Europa, siempre fiel- auparon al poder a Hamid Karzai, un exagente de la CIA. Con un país en ruinas, una de las actividades económicas más importantes es a día de hoy el tráfico de opio.

Kosovo: se separaron unilateralmente de Serbia en 2008, aunque no todos los países reconocieron su independencia –España, por ejemplo-. El presidente del país, Hashim Thaçi, es un exguerrillero del Kosovo Liberation Army, considerado terrorista por Occidente hasta que mutaron en “luchadores por la libertad” para combatir a los serbios y recibieron toda la ayuda necesaria.  Según un informe del grupo de los liberales del Parlamento Europeo, el tráfico de órganos, de drogas y de personas eran algo común en el KLA; el informe implicaba a los más altos cargos, algunos de ellos hoy en el gobierno kosovar. Una de las principales actividades económicas del país es, como en el caso afgano, el tráfico de opio. Kosovo firmó hace poco un tratado con la UE que proponía la apertura total de la economía kosovar a los productos europeos, paso previo a cualquier integración a la Unión. La UE, firmando tratados con el presidente kosovar, o bien desconoce quién es Thaçi o le da lo mismo tratar con políticos con un currículum tan oscuro: una actuación digna de Nobel de la Paz.

Mali: país productor de algodón y productos agrícolas que ha sido destruido durante años por las políticas proteccionistas europeas. Su caso es homologable a la mayoría de países africanos en sus relaciones con Europa: el FMI impone libre mercado y apertura a los productos europeos y americanos; Europa y Estados Unidos protegen a sus agricultores y hunden a los africanos. África, sin industria ni sectores que creen valor añadido, queda reducida a ser una fuente de materias primas cuyo precio es definido en Occidente. Los malienses, afectados por los ataques recurrentes de yihadistas que controlan parte del norte del país, son la víctima indirecta de la intervención en Libia: las armas usadas en ese conflicto acabaron en manos de los fundamentalistas que ahora actúan en el Sahel.

Somalia: asociado permanentemente a la expresión “estado fallido”, Somalia era autosuficiente a nivel alimentario en 1970. Durante la Guerra Fría recibieron armas soviéticas y americanas. El FMI impuso a Somalia un programa de austeridad que expulsó al 40% de los funcionarios, junto a recortes en sanidad y educación. La moneda fue devaluada y se disminuyó el gasto destinado a apoyar la producción; al mismo tiempo, recibían los excedentes agrícolas de los Estados Unidos, hecho que contribuyó a barrer el sector local: entre 1970 y 1979 Somalia importaba el 33% de sus alimentos; entre 1980 y 1984, el 63%. La recomendación de no prestar ayuda veterinaria gratuita a sus ganaderos acabó de hundir al país: tras la aparición de enfermedades en el ganado somalí, los países de Oriente Medio dejaron de comprárselo. Creció la deuda exterior, y en 1991 cayó el dictador Siad Barré. Desde entonces Somalia vive una guerra de todos contra todos con una milicia yihadista, Al Shabab, entre los grupos más conocidos. Las flotas pesqueras europeas y asiáticas saquean las aguas somalíes, y la mafia italiana envía toneladas de residuos que se acumulan en sus costas. Pero el mundo habla de los piratas somalíes.

Sería bueno dejar de una vez, por dignidad, por vergüenza o simplemente por prudencia, de analizar los síntomas en lugar de ir a buscar las causas. Tras cada atentado el debate queda reducido a dicotomías que acaban en una frase irrebatible por la solidez del argumento “algo hay que hacer”. Para qué hablar de cómo sus países son saqueados si podemos debatir entre “refugiados sí” o “refugiados no”, como si estuviéramos en un reality show del humanismo. En este mundo sin ideologías, moderno y guay, la delincuencia se vincula a la nacionalidad, los crímenes al nivel de estudios y los atentados a la religión –siempre y cuando no sea la nuestra-. Seguramente, si nos fijáramos en las clases sociales entenderíamos algo más: las cárceles, más allá de la nacionalidad, están llenas de pobres; los más propensos a delinquir suelen venir de los mismos barrios; y los terroristas suelen salir de la misma incubadora: la pobreza.

Los ricos nunca van a la guerra: a Vietnam iban los negros, y a Iraq fueron los muchachos de los barrios más deprimidos de Detroit. Nadie con un mínimo de bienestar material se pondrá una bomba en el pecho, sea cual sea la idea. El yihadismo y el fascismo siempre existirán, pero cuando son realmente fuertes es cuando la gente común se adhiere a ellos. Quien siembre pobreza y miseria recogerá ejércitos de pobres y miserables dispuestos a unirse a cualquier relato que mejore algo su vida. O que la acabe de una vez por todas.

Resumen y síntesis, la última foto: Michael Scott Moore, un periodista americano, fue secuestrado en Somalia durante 977 días; en una conversación con uno de sus captores, musulmán, le preguntó cómo podía reivindicarse orgullosamente como musulmán mientras quebrantaba diariamente los principios del Islam. Su respuesta contiene altas dosis de realidad: “En Somalia, señor, tenemos hambre.”

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