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Sin miedo a feminizar la política: ¿por qué necesitamos el municipalismo?

La feminización de la política tiene como objetivo romper con las lógicas masculinas que tienden a premiar estilos que no están tan extendidos o no son tan populares entre las mujeres, como la competición, la generalización y la jerarquía

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Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y Joan Ribó, alcalde de Valencia. EFE

En los últimos años, el municipalismo ha ido cobrando cada vez más legitimidad como estrategia para desafiar el sistema económico y político actual y dar respuestas a la gente que reclama una democracia real. Las plataformas ciudadanas que ganaron las elecciones locales del 2015 en el Estado español en particular, pero también experiencias como Ciudad Futura en Argentina, los Indy Towns en el Reino Unido, o el confederalismo democrático en Kurdistán, con todos sus desaciertos y límites, han mostrado al mundo el potencial transformador del ámbito local frente a otros tipos de apuestas políticas. El encuentro internacional municipalista ‘Ciudades sin miedo’ en Barcelona el 9 al 11 de junio será prueba de cómo está creciendo este movimiento global.

Desde nuestro punto de vista, el municipalismo se define por varios elementos relacionados entre sí. En primer lugar, la construcción de una plataforma política singular que refleje las diversas sensibilidades del tejido político local y que responda a los temas y circunstancias locales. Segundo, la elaboración abierta y participativa de propuestas programáticas "desde abajo", contando con la inteligencia colectiva de la población. Tercero, una estructura organizativa relativamente horizontal (por ejemplo, basada en asambleas de barrio) que oriente las acciones de los/as representantes electos. Cuarto, el impulso de la tensión creativa entre el ‘dentro y fuera’ de las instituciones locales.

El municipalismo entiende que la capacidad de acción institucional depende de una sociedad organizada fuerte en la calle, que empuje desde la ciudadanía y los movimientos sociales. Por eso, defiende tanto la ‘presión desde fuera’, como la apertura de mecanismos de decisión realmente democráticos en las instituciones locales. Y por último, la exigencia de que los gobiernos locales no sean simplemente el último escalón inferior de la administración estatal, sino espacios de autogobierno. Así entendido, el municipalismo se practica no solamente en las ciudades grandes, sino también en unidades más pequeñas, que pueden ser tanto distritos o barrios, como municipios más pequeños.

Defendemos el municipalismo como estrategia por diversas razones. Por su capacidad de mostrar que hay alternativas al statu quo a través de pequeñas victorias. Porque muchas de las cosas que no nos gustan del sistema neoliberal actual se encarnan a nivel local, en particular en las ciudades (como por ejemplo en la especulación con la vivienda, la contaminación, la privatización de los bienes comunes o la corrupción política). Y por la capacidad de los espacios de proximidad para dar pie a una democracia participativa que va más allá de votar una vez cada cuatro años. Aquí, sin embargo, proponemos un argumento a favor del municipalismo que es diferente y complementario: que tiene un potencial feminizador del que carece la acción política en niveles superiores, como el estatal o transnacional.

El potencial transformador de las maneras de hacer

Dijimos en un  artículo anterior que entendemos por feminización de la política, no solamente la presencia de más mujeres en espacios de decisión y la puesta en marcha de políticas públicas que hagan avanzar la igualdad de género, sino también cambiar las formas de hacer política. La feminización en este tercer sentido tiene como objetivo romper con las lógicas masculinas que tienden a premiar estilos que no están tan extendidos o no son tan populares entre las mujeres, como la competición, la generalización, la urgencia, la jerarquía, la homogeneidad, etc. Por el contrario, se busca poner de relieve la importancia de lo pequeño, lo relacional, la igualdad, lo común, la cooperación, la diversidad, rompiendo con la división artificial entre lo privado y lo público. Es de esta manera que se cambian las dinámicas subyacentes al sistema y donde se desarrollan las alternativas emancipadoras.

Las razones por las que defendemos este enfoque acerca de la feminización de la política no se basan en una lectura esencialista de los roles de género, puesto que estos son, a su vez, producto del patriarcado. Creemos que introducir valores y prácticas ‘femeninas’ o antipatriarcales es necesario en parte porque el predominio de los estilos ‘masculinos’ lo que hace es desplazar en la práctica a las mujeres del centro de la arena política por no estar ellas socializadas para usarlos. En este sentido, cambiar las formas de la política implica atacar la raíz de patriarcado: enfocar directamente en las prácticas donde se reproducen los roles de género. Es más, dado que nuestro objetivo es profundizar nuestra democracia y empoderar a las personas, promover las maneras de hacer ‘femeninas’ –colaborativas, dialogantes, horizontales– servirán para incluir a otros tipos de grupos desaventajados.

Si pensamos en los movimientos municipalistas contemporáneos que más admiramos, observamos que les es natural una manera particular y ‘femenina’ de abordar la acción política. Ésta consiste en una voluntad de transformación radical y a la vez una orientación hacia la acción concreta. En este sentido, el municipalismo huye tanto de la lucha sin escrúpulos por el poder como del purismo paralizante, dos fenómenos masculinos muy vistos en la izquierda tradicional.

La dinámica que impregna las maneras de hacer y organizarse del municipalismo, por tanto, es la de aprender sobre la marcha, haciendo camino, aunque sin perder el rumbo. Es una dinámica estrechamente vinculada a la naturaleza de muchas problemáticas locales, como pueden ser el acceso a la vivienda, el agua o la luz, el transporte, o la gestión de residuos, los cuales exigen respuestas inmediatas y complejas en lugar de debates teóricos como los que caracterizan a las izquierdas tradicionales.

Diversidad y confluencia: el proceso de construcción femenino

Uno de los límites de los proyectos políticos estatales es su fobia a la diversidad de opiniones a la interna, su tendencia de querer ‘bajar línea’, imponiendo un discurso único, controlado desde un comité central. Esta dinámica masculina, fruto de una necesidad de presentar una propuesta coherente y evitar caer en contradicciones, no llega a satisfacer ni aprovechar la diversidad social y política de ningún territorio extenso. A la larga, el centralismo y la búsqueda de la homogeneidad ven limitada su capacidad de sumar apoyos porque no existe una única propuesta política que sea óptima para un país o Estado entero. De allí la frecuente ‘fragmentación’ de las izquierdas a nivel estatal.

En cambio, el municipalismo hace de la diversidad un activo: permite la articulación diferenciada de propuestas políticas afines según el contexto local. Por ejemplo, la composición de cada plataforma municipalista en el Estado español es distinta y hasta tienen nombres variados. La capacidad de gestionar la pluralidad política y sumar a nivel local, donde la gente se conoce y tiene objetivos comunes, es mucho más grande, aunque siga siendo difícil. La articulación a través de confluencias y no coaliciones de partidos  incorpora la diversidad con naturalidad y permite la convivencia de una pluralidad de visiones y trayectorias. Cada plataforma municipalista del Estado también tiene sus propias prioridades políticas, como por ejemplo la de defender el derecho a la vivienda frente el lobby de la industria turística en Barcelona.

Horizontalidad y liderazgos: la organización femenina

Por mucho que una organización política regional o estatal tenga la voluntad de dar poder de decisión a sus bases, lo tiene mucho más difícil que cualquier plataforma municipalista. La proximidad de la escala pequeña permite que las asambleas o grupos de un movimiento municipalista puedan tener incidencia directa en las decisiones de la organización y sus representantes electos.

Lo hemos visto en Barcelona en Comú, una plataforma que cuenta con más de 1.700 activistas que se organizan en asambleas de barrio y temáticas o comisiones que trabajan de manera bastante autónoma. Aquí la transmisión de información abajo-arriba y arriba-abajo sigue siendo un gran desafío, pero mejorar el diálogo entre las 1.700 activistas, los órganos de coordinación de la plataforma y las cien personas dentro de la institución parece un reto alcanzable. Dicho de otra manera, si a esta escala no se puede conseguir poner en marcha mecanismos de decisión que empoderen a las bases en un contexto donde a su vez es posible interactuar cara a cara, no se podrá hacer en ninguna más grande.

También podemos observar que los movimientos municipalistas son pioneros en el cuestionamiento de los liderazgos unipersonales. Los referentes en este sentido son los movimientos kurdos, que tienen cargos de liderazgo compartidos hasta en las alcaldías, evitando así que los poderes ejecutivos se concentren en manos de hombres. Aunque en el Estado español este mecanismo no ha llegado a las instituciones (¡aún!), a nivel de la organización Barcelona en Comú, por ejemplo, se ha acabado con la figura del presidente o el secretario general que siguen vigentes en los partidos estatales y se construido una dirección ejecutiva de 8 personas y una coordinadora general de 40 (con una representación mínima de un 50% de mujeres).

El ‘nosotros’ local y el bien común: el discurso femenino

Todo proyecto político necesita apelar a un ‘nosotros’ para que la gente se identifique con ello. Cuando el proyecto se presenta a nivel estatal, ya sea de derechas o de izquierdas, suele acabar usando "la patria" como recurso aglutinador, sea cual sea la noción de la misma que acabe adoptando. Esto es problemático porque compra el marco discursivo del Estado-nación, que tiene orígenes patriarcales, coloniales y capitalistas que deberíamos estar cuestionando y no reforzando. Las identidades que se basan en esta lógica, en el peor de los casos llegan a ser machistas, xenófobas y clasistas y en el mejor de los casos se vacían tanto de contenidos que no llegan a representar realmente a nadie.

A día de hoy, con el auge de la extrema derecha autoritaria alrededor del mundo, es más necesario que nunca buscar marcos alternativos que nos permitan articular un discurso potente e inclusivo y que rompa el juego del nacionalismo ofreciendo seguridades de otro tipo en tiempos de incertidumbre. El municipalismo nos ofrece esta posibilidad; casi todos los discursos municipalistas reconocen un ‘nosotros’ local que se basa en la residencia y las preocupaciones comunes y no en la ciudadanía legal ni en una identidad étnica.

Además de huir de identidades patriarcales, los discursos municipalistas suelen ser menos agresivos y confrontativos que los de los partidos estatales. Por ejemplo, mientras a nivel estatal Podemos carga contra la casta y la trama, las plataformas municipalistas tienen un discurso que habla de promover el ‘bien común’. Asimismo, los discursos municipalistas tienden a evitar la abstracción teórica en favor de enfocarse en objetivos concretos, apelando a la dimensión práctica de los problemas. A modo de ejemplo, mientras nuevos partidos de izquierda nacionales hablan en términos gramscianos de ‘hegemonía’, las plataformas municipalistas prefieren tratar temas concretos como la calidad del aire, los usos del espacio público o el precio del alquiler, poniendo el énfasis en cómo afectan la vida de las personas.

Más allá del municipalismo

Evidentemente, el municipalismo no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir otros objetivos irrenunciables como los que hemos explorado aquí: luchar por la justicia de género, aprovechar la pluralidad y la diversidad, impulsar estructuras democráticas y liderazgos compartidos o frenar a la extrema derecha. El municipalismo no tiene por qué renunciar a trabajar en las escalas nacionales, estatales o transnacionales.

De hecho, un municipalismo comprometido debería plantearse necesariamente este tipo de responsabilidad, como ya lo están haciendo las plataformas que se unen para defender la acogida de refugiados, las remunicipalizaciones, o la lucha contra la contaminación ambiental frente al gobierno central. Este tipo de colaboración en red es una buena manera de empezar, ya que permite la articulación desde el nivel local, incorporando las nuevas maneras de hacer. 

Asimismo, los proyectos políticos a nivel estatal o europeo se tendrían que construir sobre bases sólidas y arraigadas en los territorios. Es allí, y sólo allí, donde se pueden feminizar las prácticas a partir de lo micro, lo personal, lo local. La historia muestra que sin esta dimensión ninguna victoria de la izquierda en estos niveles superiores al local ha logrado feminizar la política, que sigue estando dominada por hombres que imponen sus maneras de hacer. Por ello creemos que el municipalismo debe ser el fundamento de cualquier estrategia multinivel y no al revés. Quien intente empezar a construir la casa por el tejado acabará sin casa, sin barrio, sin personas. Y sin personas no hay revolución posible.

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