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La feminización de la política y el populismo de izquierdas

¿Cuáles son las lecturas feministas del populismo de izquierdas? ¿Cómo encaja el populismo de izquierdas en el plan de feminización de la política? Vamos a argumentar que el populismo no sólo es incompatible con feminizar la política, sino que acaba reforzando el sistema patriarcal

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Dos de los temas más candentes actualmente entre las activistas y pensadoras de la izquierda europea son la apuesta por un populismo de izquierdas y el reconocimiento de la necesidad de feminizar la política. Sin embargo, poco se ha dicho sobre la relación entre éstos. ¿Cuáles son las lecturas feministas del populismo de izquierdas? ¿Cómo encaja el populismo de izquierdas en el plan de feminización de la política? Vamos a argumentar que el populismo no sólo es incompatible con feminizar la política, sino que acaba reforzando el sistema patriarcal, mientras que un enfoque de género es esencial para llevar a cabo una verdadera transformación política, económica y cultural.

La feminización de la política

Creemos que la feminización de la política consiste en tres elementos principales. El primero, la paridad de género en los espacios de representación y participación política. El segundo, un compromiso con políticas públicas que cuestionen los roles de género y busquen romper con el sistema heteropatriarcal en todas sus dimensiones. El tercero, aquel que señalaban hace unas semanas Yayo Herrero, Pablo Iglesias y María Eugenia Palop: una manera de entender las formas de ejercicio de la política basada en valores y prácticas que sustituyan a los propios del modelo patriarcal en este ámbito. El énfasis está puesto en lo cotidiano, lo micro, lo relacional, lo común y comunitario y feminizar la política implica cambiar las formas de hacer en estos espacios.

Este último elemento genera polémica dentro del feminismo. Por ejemplo, se critica que se deban reforzar roles de género percibidos como femeninos cuando estos son, a su vez, producto del patriarcado. Sin embargo, creemos que sí se puede seguir defendiendo la feminización de la política en este sentido por varias razones. En primer lugar, porque la política no debería estar determinada por lógicas y maneras de hacer que, por estar en la práctica más extendidas entre los varones, refuerzan sus privilegios. Las formas tradicionales generan un ambiente dominado por hombres donde se premia y promueve lo masculino, excluyendo, expulsando y desvalorizando aquellas maneras de hacer con las cuales las mujeres se sienten más cómodas. De poco sirve poner mujeres en espacios de poder si estos espacios, por sus formas, obstaculizan que ellas tengan un rol protagonista. En segundo lugar, la feminización de la política, al poner énfasis en las prácticas y las formas, hace que el cambio se oriente hacia los lugares donde se reproducen los roles de género. “Lo personal es político” dice la ya quizás gastada consigna que hizo famosa Carol Hanish en 1969, apuntando a la idea de que las maneras de hacer en “lo privado” son relevantes para construir “lo público”. Entendida de forma más general, también nos alerta de un peligro: que los planes a gran escala, o las ideas abstractas por sí solas no son suficientes si no implican también un cambio en lo más pequeño, en las formas y en las prácticas comunes, que son las que sostienen todo lo demás. En tercer lugar, porque la feminización entendida en este sentido pone énfasis en elementos que son valiosos en sí mismos (más allá de la cuestión de género) y en los cuales el cambio necesita tener lugar si es que una propuesta política de izquierdas quiere llegar a tener un impacto verdadero y sostenible en la vida de las personas. Algunos de estos valores serían la cooperación, la participación en la definición del mundo que nos rodea, la consideración de los intereses de otras personas o el respeto por la diversidad.

Por qué el populismo de izquierdas refuerza el patriarcado

El populismo de izquierdas está cobrando fuerza como alternativa al ascenso del populismo de derechas en gran parte del mundo occidental. Pretende “jugar el juego del populismo” en un contexto político que parece estar cada vez más marcado por éste. Se argumenta que, frente al populismo de derechas, la izquierda tiene que moverse rápidamente para adaptarse y contrarrestar sus efectos, siguiendo el ejemplo de Hugo Chávez o Evo Morales en América Latina, o de Syriza o Podemos en la Europa mediterránea. Esta idea ha sido defendida por políticos, académicos y periodistas, entre los cuales Chantal Mouffe, Owen Jones o Pablo Iglesias son solamente algunos ejemplos.

Aunque los dos primeros elementos de la feminización de la política mencionados más arriba (más mujeres en ciertos cargos y políticas con un enfoque de género) podrían ser perfectamente compatibles con el populismo de izquierdas, no pasa lo mismo con el tercero y saltan a la vista varios componentes del populismo que chocan frontalmente con esta propuesta. El populismo (en realidad tanto el de izquierdas como el de derechas) no solo es incompatible con la feminización de la política, sino que acaba reforzado el sistema patriarcal. Ante esta contradicción, el potencial transformador lo tiene la apuesta feminista.

En primer lugar, el populismo construye el “nosotros” por oposición al “ellos”, que en el caso de la izquierda es la oligarquía. Frente a esta propuesta, la feminización de la política requiere un discurso inclusivo. Pero este discurso es, sin embargo, uno que el populismo no puede incorporar con comodidad porque asume, como otras formas políticas típicamente masculinas, que existe una batalla en la que hay que medirse. Ve el mundo bajo una lógica de confrontación y el objetivo es la destrucción de un enemigo identificable. Este marco contrasta con el de la colaboración y el cuidado, más propias de una visión feminista y femenina de la sociedad. En cambio, hay discursos alternativos, como el del bien común, que sí tienen el potencial de feminizar la política en este sentido.

En estrecha conexión con este punto, otro problema es que ese “nosotros” obvia la diversidad del “pueblo”. Como afirma la socióloga Akwugo Emejulu, el populismo da por hecho que “las personas son todas iguales: todas son cívicas, comparten los mismos intereses y no están en conflicto entre ellas por poder o recursos a nivel de la base.” Esta estrategia, aunque sea meramente discursiva, ahoga el desarrollo de identidades que puedan poner en peligro la unidad del pueblo y al hacerlo, intenta suprimir la diversidad. En contraste, una política feminizada no huye de la complejidad ni de las identidades múltiples que escapan a la predominante (de los varones, blancos, heterosexuales, etc). Reconoce las realidades existentes y propone un proceso de encuentro y debate entre personas distintas que intentan identificar y resolver problemas de manera colectiva. En vez de pedir que se dejen de lado los reclamos de género, identidad sexual o étnica, el feminismo los entiende como ingredientes básicos de la comunidad y promueve la conciencia sobre los múltiples sistemas de opresión y los privilegios y dominaciones que éstos generan. Además, el populismo de izquierdas reproduce los sesgos de la izquierda tradicional: interpreta el mundo principalmente en términos económicos y de clase, aunque sustituye la clase trabajadora industrial por el precariado. De esta manera, se limita a lo público: a los mercados globales, a las instituciones del Estado y a las políticas públicas. Invisibiliza el trabajo reproductivo, los roles de género, o la cultura de la violación. Es cierto que el populismo de izquierdas condena el racismo y la xenofobia, pero no llega a preocuparse por cómo se relacionan las desigualdades de género, identidad sexual y étnicas entre ellas y con el sistema capitalista. En cambio, la feminización de la política toma una perspectiva interseccional y busca cuestionar, visibilizar y deshacer las múltiples formas de opresión que existen. Construye “lo público” desde la realidad situada de las personas, desde la comunidad y la manera de vivir y no al revés.

En tercer lugar, el populismo promueve una idea abstracta de soberanía, sin anclaje en procedimientos que permitan una capacidad de autodeterminación real sobre la definición del contexto que les afecta. Hay quienes lo asocian, como es el caso de Paolo Gerbaudo, con democracia radical. Sin embargo, la soberanía en términos feministas no puede referirse meramente a referenda ni consultas populares. Debería incluir procedimientos que, por un lado, permitan a las personas tener un impacto real en las decisiones de su comunidad y la construcción de la realidad que les envuelve y, por el otro, tengan la potencialidad de cambiar a las propias participantes. Por eso, resultan preferibles mecanismos deliberativos frente a los que se basan en la mera expresión de preferencias. Mientras unos refuerzan los roles preestablecidos, los segundos abren la puerta a cambios en las maneras de relacionarnos y a aprender sobre las visiones y circunstancias de las demás personas. Además, las decisiones que resultan son más razonadas y acaban reflejando mejor las realidades de quienes participan.

En cuarto lugar encontramos la idea de patria como elemento aglutinador y que motiva a las personas a participar y sacrificar ciertos intereses individuales. Pero éste también tiene poco que ver con la feminización de la política. La aceptación del marco del Estado-nación ignora sus orígenes patriarcales y coloniales. Después de todo, el primer sujeto colonizado por la nación es la mujer, de quien se espera un trabajo reproductivo a servicio de la misma. Por el contrario, desde el punto de vista de la feminización de la política, las identidades se construyen en lo cotidiano y son complejas mientras que nociones abstractas y excluyentes como la patria resultan insatisfactorias. Esto no implica que la feminización olvide las motivaciones y es compatible, por ejemplo, con lo que los autores y autoras republicanas denominan “virtudes cívicas”: ciertas predisposiciones que mueven a las personas a participar de la vida de la comunidad, más allá del autointerés. Para esto lo que se necesita es construir identidades colectivas y comunidades basadas en el intercambio real, ya sea a través del encuentro presencial (como ocurre en el barrio o la ciudad) o virtual (como ocurre en las redes sociales).

En quinto lugar, el populismo de izquierdas no feminiza porque otorga un rol central a los liderazgos fuertes, personalistas, y casi siempre masculinos o masculinizados. Aunque, por ejemplo, los movimientos populistas latinoamericanos no olvidan la dimensión comunitaria de la construcción del poder, ésta es sobre todo instrumental: se hace porque es lo que permite mantener el apoyo al gobierno y sus políticas, no porque sea aquí donde la verdadera acción transformadora tiene lugar. En cambio, una política en femenino premia liderazgos plurales y dialogantes que no tienen miedo a expresar contradicciones ni incertidumbres. Según María Eugenia R. Palop: “[la idea de feminización propone] un ‘liderazgo transformacional’ que fomente el trabajo en equipo, la horizontalidad, la participación y el poder compartido.”

Finalmente, la defensa del populismo de izquierdas suele usar la urgencia como argumento que justifica saltarse los elementos feminizadores, siendo típica la referencia a la “ventana de oportunidad”. Según esta perspectiva, los fines son demasiado importantes como para que podamos esperar a construir desde abajo, cambiando las prácticas y prestando atención a las formas. Ganar unas elecciones sería más importante que construir organizaciones horizontales, inclusivas y dinámicas. La derecha populista puede ganar ya, si es que no hacemos algo. El problema es que bajo esta lógica cortoplacista nunca será el momento de romper las relaciones de género, puesto que siempre habrá otras urgencias. Por el contrario, el elemento más importante en esta versión de la feminización de la política es que las formas definen los resultados con vistas a la transformación de la sociedad a largo plazo. Solo a través de la práctica micro que podemos reconfigurar las estructuras de poder actuales. Es por eso que el municipalismo es una apuesta mucho mejor que el asalto directo al poder estatal o europeo. Y los cambios en estos otros niveles superiores (incluido el global) marcan el horizonte, puesto que es allí donde se toman muchas decisiones que afectan nuestras vidas. Desde nuestra visión, estos cambios deberían comenzar a construirse desde lo local. Sin embargo, la discusión acerca de cómo esto es posible quedará, de momento, pendiente.

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