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Los bomberos pirómanos están al mando

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Hablar de la crisis debería estar prohibido. No por aburrimiento (que también), sino sobre todo porque se trata de un engañabobos. ¿Crisis? ¿Qué crisis? Esto no es una crisis: es el capitalismo. ¡Es la economía (capitalista), estúpido! Hablar de la crisis es quedarse embobado mirando el dedo, en lugar de mirar hacia donde señala.

Los niños sangran por la nariz o tienen anginas, igual que el capitalismo necesita crisis a intervalos regulares para dar el estirón. Se llama al practicante para que les ponga una inyección en el pompis financiero y arreglado, crecen unos cuantos centímetros. Las crisis son indispensables, ¿cómo si no iba a aumentar cada año el beneficio de las empresas y la desigualdad social?

Cualquier pediatra monetario nos dirá lo mismo, que las crisis son imprescindibles para defender la salud y asegurar el crecimiento del beneficio.
En primer lugar, crean casi tantas oportunidades de negocio como una buena guerra. Que se lo pregunten a esos “inversores” a los que por lo visto sólo “tranquilizan” varios millones de parados y los viernes de la santa tijera en la Moncloa.

En segundo lugar, en una crisis, mientras los ricos se hacen más ricos, la mayoría le ve las orejas al lobo. Sólo el miedo (o la fuerza) hace posible la explotación de tantos por tan pocos.

En mi opinión, esta crisis pretende intimidarnos para lograr lo que tal vez no estaríamos dispuestos a admitir sin amenazas.
Por una parte, el desmantelamiento de los derechos básicos (laborales, sobre todo, pero no sólo) y del sector público (enseñanza, sanidad, bibliotecas, etc.). Por otra parte, la proclamación por la vía de hecho de lo que con tanto énfasis han negado los políticos: que en Europa también hay clases. Había que esforzarse para contener la risa cuando Felipe Gonzalez hablaba de “la Europa de los ciudadanos” o cuando rechazaba muy digno que hubiera una “Europa de dos velocidades”. Bien, pues esta crisis servirá de coscorrón para despertarnos de dos sueños en los que como niños dormíamos: el del Estado del bienestar y el de esa Unión Europea de prosperidad común.

Ahora, tras el sarampión infantil, tendremos que admitir como adultos que aquello de la sanidad universal y gratuita, la escuela pública o los derechos de los trabajadores no iba en serio: eran golosinas mientras llegaba la hora de tragarse las lentejas. Asimismo, habrá que aceptar que, en el banquete europeo, alguien tiene que fregar los platos, y que somos los PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain) a quienes nos toca: comeremos en la cocina y sólo lo que sobre cuando hayan terminado los señores.

Una crisis siempre es además una herramienta didáctica: sirve para poner a los de abajo en su sitio.

Por último, una crisis es una hoja de parra con la que los de arriba se cubren las vergüenzas: ha sido la crisis, ellos no han hecho nada, faltaría más. Pero ahora nos toca a todos los demás arrimar el hombre y apretarnos el cinturón, para que, gracias a la crisis, se puedan socializar las pérdidas privadas (nacionalizar Bankia, por ejemplo) y reducir la inversión pública para aumentar el beneficio de los bancos y las empresas.

En resumen, salta a la vista que la crisis es tan saludable, tan oportuna y tan beneficiosa que, si no existiera, habría que inventarla.

Bueno, en realidad creo que la han inventado, es decir, que la han provocado. Los mismos que se encargan al parecer de luchar contra ella: bomberos pirómanos y ministros que eran capitostes de Lehman Brothers.

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