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La cara femenina del emprendimiento

Aunque se ha reducido en los últimos años, a finales del 2015 sólo había un 34,6% de trabajadoras autónomas

Las dificultades de acceso al sistema financiero para las mujeres emprendedoras son mayores que las de los hombres

Según el último informe del Balance Social las mujeres ocupan un 52,2% de los puestos de trabajo en las entidades de la Economía Social y Solidaria (ESS)

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La crisis económica y social ha producido grandes cambios, uno de ellos es en torno a la configuración del mercado laboral. En la actualidad, la tasa de paro en España alcanza casi el 20% y la figura del emprendedor se ha impuesto como una “solución mágica” ante la necesidad de la reinsertarse en la vida sociolaboral.

El informe de global Entrepeneurship Monitor (GEM), demuestra que el emprendimiento se estabiliza, pero pierde calidad. El aumento del emprendimiento se caracteriza por la creación de negocios poco competitivos, escasa innovación e insuficiente proyección de crecimiento en un entorno donde conviven modelos empresariales conformados por dos o tres personas trabajadoras que prestan servicio, con el autoempleo.

El escenario que se genera desde el Estado, con el diseños de políticas públicas para el fomento del emprendizaje; a través de subvenciones, lanzaderas, acompañamiento, facilidades de financiación, entre otras medidas; traen como consecuencia la ilusión del emprendimiento exitoso y salvador. Según la Tasa de Actividad Emprendedora (TEA) creció 5,7% en 2015 aunque sigue lejos de la media europea de 7,8% en dicho año.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la mayoría de las personas que emprenden son hombres. Sin embargo, y aunque a finales del 2015 nos encontremos con que sólo había un 34,6% de trabajadoras autónomas, la diferencia entre mujeres y hombres emprendedores se ha reducido en los últimos años. En muchos de los casos, la motivación que encuentran las mujeres para tomar la decisión de emprender es debido a la falta de alternativas del mercado laboral más que por la propia autorrealización profesional.

La desigualdad entre hombres y mujeres provoca que ellas no tengan las mismas posibilidades al momento de tomar la decisión de emprender como forma de empleo. Esta afirmación surge desde una sociedad que tiene interiorizada los valores patriarcales, donde la incorporación de los hombres al trabajo de los cuidados es relativamente menor que el de las mujeres al ámbito del empleo formal. De este modo, este escenario genera una jornada más extensa de trabajo para las mujeres, bien sea trabajando por cuenta propia o ajena.

La conciliación de la vida, entendiendo por ello la compatibilización de la vida personal y la vida laboral, es dispar entre hombres y mujeres. Las mujeres asumen mayor cantidad de responsabilidades y tareas en una jornada, constituyendo lo que se llama doble y triple jornada laboral. Esta situación puede verse agravada si la mujer emprende una actividad por cuenta propia en la que los horarios están menos definidos, la precariedad es mayor y la estabilidad de ingresos es variable.

Dificultades por ser mujer

Las mujeres que deciden emprender se enfrentan a normas sociales y culturales, están educadas con principios patriarcales hegemónicos, desde un análisis del género. En su gran mayoría la realización de la vida de las mujeres y su plenitud, está enmarcada en la reproducción de la vida (cuidados, crianza… producción del trabajo invisibilizado). Tiempos y prioridades no son equiparables a las de los hombres, de ahí que las mujeres a la hora de emprender suelen ser más cautelosas y el miedo al fracaso es mayor que el de los hombres.

Cuando se habla de educación y formación, nos referimos al nivel de estudios y campos de formación de las mujeres. Durante el 2014, el mayor porcentaje de mujeres que se graduó en educación superior respecto al total de alumnos graduados, corresponde al campo de ciencias sociales, empresas y derecho con un 17,3%, según el informe del INE “Mujeres Graduadas en Educación Superior 2014”.

A raíz del tipo de formación y por los modelos tradicionales, el 48% de las mujeres que emprenden trabajan en comercio y hostelería, existiendo porcentajes menores de emprendimientos femeninos en sectores de I+D+i. Esto se traduce en que gran parte de las empresas que las mujeres crean son más pequeñas, de menor tecnología, la cantidad de producción suele ser de menor escala, por lo que se puede observar una menor posibilidad de oportunidades firmes de desarrollo del emprendimiento.

Las dificultades de acceso al sistema financiero para las mujeres emprendedoras son mayores. Las mujeres no tienen las mismas facilidades de acceso que los hombres al apoyo financiero. Según el informe de National Women´s Business Council 2014, demuestra que las mujeres comienzan un negocio con el 50% menos de capital que los hombres.

En el momento de la búsqueda de financiación por parte de las mujeres, suelen utilizar menor cantidad de fuentes externas que los hombres debido a la dificultad al acceso al sistema financiero oficial, por los avales necesarios requeridos por este tipo de instituciones. Por lo tanto, prefieren recurrir a fuentes internas y más cercanas.

La imposibilidad de conseguir la inversión adecuada viene también provocada por el tipo de empresa que las mujeres crean, ya que pueden que no sean rentables a corto plazo, por su capacidad de producción y la experiencia de la persona fundadora, hacen creer al inversor que no es rentable por el desconocimiento e ignorancia que este tiene hacia este mercado. Un ejemplo de esto es la herramienta del networking, tradicionalmente diseñados desde la óptica masculina, por los tiempos, actividades y dinámicas que en estos espacios se generan. Por lo cual, el acceso de las mujeres hacia ellos se dificulta y se produce una serie de consecuencias para sus iniciativas empresariales: que es el acceso inadecuado a la financiación, y dificultades en el desarrollo, crecimiento y fortalecimiento.

La Economía Social y Solidaria como respuesta

Ante este movimiento del emprendimiento tremendamente “masculinizado”, la Economía Social y Solidaria (ESS) enmarca su forma de trabajar poniendo a la persona en el centro. Es decir, concientiza cuáles son las necesidades reales y cómo deben ser satisfechas. La ESS hace economía desde una reproducción sostenible, en donde se respeta el desarrollo personal, social y ambiental del ser humano. Según el último informe del Balance Social las mujeres ocupan un 52,2% de los puestos de trabajo en las entidades de la ESS.

La Economía Social y Solidaria tiene seis principios que se encuentran en la Carta de Principios de la Economía Social y Solidaria de REAS. Uno de ellos es el la Equidad, que describe que todas las personas son iguales, con los mismos derechos y posibilidades. También está el principio del Trabajo en su concepción más amplia, que no sólo considera al remunerado, si no también al trabajo de los cuidados.

Por último, otro principio a destacar es el de cooperación. Durante el encuentro Impulsing Koncilia, organizado por Economistas sin Fronteras (EsF), se presentaron tres iniciativas emprendedoras de mujeres ( Germinando, IMC e Indaga Research) y las mismas reafirmaron lo importante que es la colaboración y cooperación, tanto entre entidades semejantes como entre los equipos de trabajo, para lograr la conciliación al momento de emprender en clave femenina. Algunos de los temas que se expusieron en relación al emprendimiento femenino y la conciliación fueron: organización para lograr una crianza compatible con el trabajo en sus cooperativas, medidas tendentes a mejorar su salud desde las propias iniciativas como por ejemplo llegar a un acuerdo con empresa de fisioterapia para obtener mejores condiciones para las trabajadoras y la flexibilidad horaria.

Por lo tanto la ESS es un contexto real con sus organizaciones y estructuras que favorece la puesta en marcha de emprendimientos de mujeres. Un antecedente de esto es La Red de Economía Feminista, la cual inicia sus pasos debido a la necesidad de visibilización de las problemáticas que atraviesan las mujeres al momento de emprender. Esta Red brinda soporte a proyectos de mujeres, tanto previo a sus inicio como él durante. Una de sus formas, es poner en común los recursos para facilitar el fortalecimiento de las iniciativas emprendedoras y crear sinergias. Las entidades que forman parte de la red están compuestas por mujeres emprendedoras con perfiles variados de formación, experiencias y vivencias, pero lo que prevalece frente a la diversidad de perfiles es la cooperación.

Otras experiencias de red de mujeres a nivel internacional, es la del proyecto red Mujeres del Mundo (MDM). Utilizando metodologías participativas, de origen de la Educación Popular, el objetivo es el empoderamiento de las mujeres, que habitan barrios populares, tanto del sur como norte del planeta. Las acciones del programa se encuentran basadas, a partir del intercambio cultural sobre sus derechos humanos y de mujeres, también desde el sistema socioeconómico y político en que realizan su actividad, con el fin de mejorar su calidad de vida.

Las dos experiencias anteriores son sólo algunos ejemplos de los cuales las mujeres son protagonistas. Estas prácticas permiten visibilizar el poder de la mujer y las problemáticas que tienen al momento de emprender y de tomar decisiones.

Porque ante un modelo de emprendimiento individualista en el que se han desarrollado unas dinámicas que favorecen un modelo de empresa agresiva, competidora y masculinizada, existe un modelo diferente: empresas feministas, sociales y colaborativas. Por lo tanto, desde la economía social y solidaria a través de dinámicas como la organización en red y la cooperación, configuran se ofrece un paquete de herramientas que permiten el fortalecimiento fundamentalmente para y hacia las mujeres que deciden emprender.

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