Diario Kafka Blogs y opinión

Sobre este blog

Desde el año 2005, Juan Mal-herido hace públicas sus opiniones sobre libros, lencería y trastornos de identidad. En este espacio, se centrará en los trastornos de identidad. Creado por Alberto Olmos

Buen intento

Juan

Entretenida, formativa y un punto juvenil me ha resultado la primera novela (o primera novela accesible) de Miguel Ángel Hernández, también conocido como Miguel A. Hernández-Navarro, Miguel Navarro, Ángel Hernández y otros (ver aquí).

Intento de escapada mezcla mundo universitario y arte contemporáneo para decirnos que en las galerías hay mucho cuento y mucha mamarrachada y, a veces, muy pocos escrúpulos. Y en la universidad, tres cuartos de lo mismo, al fondo.

Un jovencillo asocial que acaba de asistente del Gran Artista Provocador Jacobo Montes nos narra la producción de "Intento de escapada", una obra-denuncia sobre la emigración magrebí en el Sur de España. El relato es mucho más enjundioso por sus temas y peripecias -sólo se me ocurre La cabeza de plástico, de Ignacio Vidal-Folch, como novela española que ataque esos mismos asuntos- que por su escritura, en nada (pero en NADA) deudora de los Blanchot, Beckett y Bernhard que tutelan el libro desde la solapa, y sólo piadosamente similar a los Don DeLillo y Philip Roth que propone la cuarta de cubierta. Vale, va de arte moderno (DeLillo, Submundo); ok, hay de sexo iniciático (Roth, El lamento de Portnoy); pero poco más.

En realidad estos referentes periféricos -la solapa, la cuarta- anticipan una novela sesuda y ensayística, incluso snob, algo que en ningún caso es Intento de escapada, cuya lectura es por el contrario muy fluida, ligera de diálogos, enternecedora de virginidades que perder. Sale la amiga lesbiana y muchos bares donde lleva al protagonista a ver si se desmelena: esas cosas.

A pesar de la textura algo anémica de la prosa -primer parrafo de la página 184-, y de algunas reiteraciones -el personaje que se duerme, que se levanta, que se duerme; que cavila-, la novela se sigue con interés, se acaba, se sufre en sus pasajes más sórdidos y demenciales, que son aquellos donde el arte imita a la vida, pero no para rectificarla ni aleccionarnos, sino para construir miserables artefactos que acabarán en París, en el Pompidou, visitables por tantos euros la entrada.

Vanguardia, lo llamaban.

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17 de abril de 2013 - 12:05 h

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