Sevilla, ciudad abierta
Se cuenta con fundamento que un notable empresario de la restauración se vio un día con fray Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla. Con su propuesta debidamente encarpetada propuso al prelado el uso del Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, antaño de la mezquita aljama, como lugar de eventos comestibles, espirituosos y celebraciones ilustres, con un amplio dossier de ejemplos que involucraban al mismísimo Vaticano.
Fray Carlos, franciscano que era, escuchó con gran atención e incluso interés en razón a los benéficos resultados que podría repercutir en su archidiócesis. Cuando terminó la reunión, fray Carlos dijo: “Perfecto, me ha convencido, es una idea brillante y ahora, ¿quién de los dos se lo cuenta a Antonio Burgos?”, y fuéronse.
Antonio Burgos era una especie de canciller de las purezas sevillanas. De origen izquierdista se había convertido en guardián de las esencias hispalenses; sus fetuas desde su almimbar o púlpito periodístico eran temibles, calcinaban a los pecadores. Pero ya no está.
A falta de vigilante de la carcundia sevillana, el alcalde de Sevilla, José Luis Sanz es su gracia, no tuvo empaño en organizar un evento privado a la sombra de la Giralda y, por cierto, del Palacio Arzobispal. Para los forasteros conviene recordar que tanto la torre alminar de la antes mezquita mayor y la Catedral de Santa María de la Sede son Patrimonio de la Humanidad. Dicen los epígonos del regidor que para dar una buena imagen de Sevilla, la comilona se pobló con lo más granado de la nobleza venida a menos y la nueva nobleza emergente y del papel cuché aun con lamparones de papelones de pescao frito. Desde luego que entre lo más sevillano de esa nueva clase destacaban las americanas cortitas con el culito respingón y canillas al aire, que decía mi amigo Antonio, de Ricco Sardelli.
Este es el modelo de ciudad que han querido sus últimos gobernantes, pero es legítimo pensar en otra ciudad, en una alcaldesa o alcalde laico, de todos, respetuosa con lo que significa Sevilla
La Sevilla impresa apenas ha rechistado, y eso que entre los presentes había una nutrida presencia de aquellos que clamaron dolidos contra lo inapropiado de construir la torre Pelli, el edificio más alto de Andalucía, por rivalizar con la Giralda, a más de dos kilómetros y medio del ágape de postín. Igual decir de los ineficaces imitadores de Antonio Burgos, ingrávidos ellos. Para ser justos, la más honesta y sensata oposición ha sido protagonizada por un antiguo director del dicho columnero Burgos que ha sido señalado por ello y ferozmente desacreditado con argumentos de culpa dinástica propios de tiempos preconstitucionales o de Núñez Feijóo hasta que gane.
Es la privatización de amiguetes del espacio público, la venta vergonzosa de una ciudad que es de todos incluso contra las ordenanzas municipales, gracias a un alcalde pedestre. El espectáculo desde los bares aledaños que exhibían su reglamentario y ahora humillante “Prohibido sacar vasos a la calle” era apocalíptico. Los sevillanos y nuestros pacíficos visitantes no daban crédito: paso restringido, la ciudad secuestrada, la carcundia vendida, los pilares de la ortodoxia publicada sucumbidos sin pudor a merced de los dobles apellidos y los títulos nobiliarios sostenidos por subvenciones de la PAC, la clemencia judicial, o por el auxilio del Estado de los que se creen aún clase media.
Testigos presenciales silentes están escandalizados no solo por el sarao ilegal de estos okupas de la cosa pública sino por su falta de decoro en una ciudad que fue capital del Imperio, anafes, fregaderos, cántaras de aceite, traperío y otros enseres propios de un vivac rupestre a los pies del patrimonio de la Humanidad.
Se puede soñar, este es el modelo de ciudad que han querido sus últimos gobernantes, pero es legítimo pensar en otra ciudad, en una alcaldesa o alcalde laico, de todos, respetuosa con lo que significa Sevilla, “donde las almas torpes —según Chaves Nogales— cayeron en el panderetismo” y no una catetada sucesiva de dirigentes que no se merecen ni saben vestir el honor que les corresponde. Habrá que insistir, como resaltó Chaves Nogales en su libro dedicado a su ciudad: “Cuanto no se ha reflexionado en un año, se siente como tragedia en una hora. El destino bárbaro surge avasallador y nuestra alma se llena de una amargura imponderable”.
Quizá la primera tarea de esa nueva alcaldesa o alcalde debiera ser declarar a Sevilla ciudad abierta, y así pedir clemencia a los bárbaros.