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La barricada de Peter Pan

Responsable de Políticas Federal de Más País Andalucía
Barricadas durante los disturbios que se han llevado a cabo tras la manifestación por el encarcelamiento del rapero y poeta Pablo Hasel, en Barcelona (España)

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Pues qué quieren que les diga, yo sí he escuchado alguna vez a Pablo Hasél. E igual que a él, a decenas de grupos y artistas que incluyen, implícita o explícitamente, violencia en su música. También he jugado a videojuegos en los que cortar cabezas o disparar era cotidiano, y he visto películas y series en las que la sangre (falsa) tenía más protagonismo que cualquier actor. Pues todo ello no me convierte en alguien ni más ni menos violento, porque cualquier adulto con dos dedos de frente sabe distinguir entre ficción y realidad, también en el rap.

Pero no vengo a exponerles mi posición sobre un tema harto manoseado, como es el de la libertad de expresión, en parte porque creo que cuando se abren ese tipo de debates, suelen acabar en un cierre regresivo para los derechos de la mayoría. Véase lo ocurrido con la aún vigente Ley Mordaza. Me interesa bastante más analizar la cuestión que subyace bajo las protestas y manifestaciones que se han producido estos últimos días a lo largo y ancho de nuestra geografía.

En primer lugar, me niego a que el debate público de nuestro país gire en torno a unos contenedores o unas marquesinas. No discuto que supongan un gasto, ni que sean una molestia para los vecinos. Tampoco justifico de ningún modo estas actitudes, pero en un contexto en el que una chica ha perdido un ojo por un proyectil FOAM de los mossos, quedando mutilada de por vida, o con casos como el chaval de Linares al que la policía disparó en las piernas con fuego real, comprenderán que un recipiente para basuras o unos cristales me puedan importar bastante menos.

Al final el concepto de violencia los deciden los de arriba, escandalizados ante un escaparate roto, y silentes ante los incendios de infraviviendas de migrantes en Andalucía.

Y es que al final el concepto de violencia los deciden los de arriba, escandalizados ante un escaparate roto, y silentes ante los incendios de infraviviendas de migrantes en Andalucía. Quizás también se podrían preocupar por las actuaciones violentas e injustificadas de algunos miembros de nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, a las que Marlaska asiste, en el mejor de los casos, impávido. Pero no resulta menos preocupante que, haciendo gala de un pésimo gusto, estas actitudes han sido jaleadas por algunos representantes públicos. Sirva como ejemplo el caso del irresponsable Enric Millo. Una versión 2.0 del “a por ellos” por parte de aquellos que son tan “patriotas” que se excitan viendo como golpean a su propio pueblo.

Más allá de eso, y de la utilización política que se está haciendo del conflicto, a uno y otro lado del arco parlamentario, casi nadie está preguntándose por los motivos que empujan a un chaval a pasar sus noches jugándose la libertad y la integridad física en escaramuzas contra la policía. Durante los últimos años, hemos asistido a condenas penales homologables a la de Hasél, casos como los de la twittera Cassandra Vera o César Strawberry, cantante del afamado grupo Def Con Dos, y aunque ambos evitaron pasar por prisión, no se vieron manifestaciones del voltaje de las que nos ocupan.

 

Estos días hemos escuchado prácticamente de todo, desde que son “cosas de niñatos” hasta llegar a tratar los hechos como “terrorismo”. Casi cualquier argumento viene cargado con la misma incomprensión y el mismo paternalismo que con el se nos calificaba de “ninis” hasta hace bien poco. Es fácil tratar de humillar desde una posición de poder, lo difícil es tener la capacidad de ponerse en la piel de unos chavales que no han conocido otra cosa que la crisis económica, y a los que la pandemia ha recortado su vida, sus aspiraciones y su futuro.

Porque a veces, y salvo honrosas excepciones, cuesta mucho encontrar en una portada, un telediario o una tertulia un mínimo de empatía intergeneracional. Probablemente porque esos espacios mediáticos tienen un claro sesgo, resultando difícil escuchar o leer voces menores de 40 años. “Protestan por un rapero, es de lo más absurdo que he visto nunca”, pontificaban en tono de burla esta semana desde algunos medios, sin advertir que es que eso no es más que la chispa que prende el polvorín de un país que cabalga hacia el 50% de paro juvenil, y en el que la precariedad y la desigualdad campan a sus anchas, condenando a toda una generación a subsistir en los márgenes de una sociedad que los infantiliza. Eso es lo que no entienden: Los disturbios enmarcados en la detención de Hasél no son la enfermedad a combatir, son el síntoma. El problema no es que se quiebren cristales, sino que cada vez hay más puentes rotos.

Si es el propio sistema el que expulsa a los jóvenes, clasificándolos como ciudadanos de segunda, sin posibilidades de obtener un empleo digno y con el ascensor social funcionando en sentido descendente, parece casi lógico que surja esa pulsión nihilista y ácrata tan bien representada en la novela de Chuck Palahniuk, “El club de la lucha”, y en su película homónima. Ante la falta de horizonte vital y con el cilicio de la incertidumbre apretando bien fuerte, la consecuencia, como decía Alfred Pennyworth, impecablemente encarnado por Michael Caine en "El Caballero Oscuro", es que haya gente “que solo quiera ver el mundo arder”.

 

Como Peter Pan, condenados a una infancia perpetua, los más jóvenes de este país se sienten profundamente decepcionados con un Estado que les niega el pan y la sal

Como Peter Pan, condenados a una infancia perpetua, los más jóvenes de este país se sienten profundamente decepcionados con un Estado que les niega el pan y la sal. Con una edad media de emancipación de las más altas de Europa, alquileres por las nubes y sueldos de miseria, es muy difícil hacerse mayor. De formar una familia, ni hablamos.

Valga como ejemplo el fallido y caótico diseño del Ingreso Mínimo Vital, una medida que tuvo más boato que efectividad, y que ha sufrido más parcheos que una rueda de bicicleta. Las condiciones draconianas para acceder a este subsidio hacen que sea prácticamente imposible que un joven pueda obtenerlo, e incluso explícitamente se indica que se han de tener 23 años cumplidos para poder siquiera optar a él. El Consejo de la Juventud Española ya ha alertado del problema, instando al Gobierno a tomar medidas en esta materia, en una legislatura en la que los partidos de la coalición cada vez parecen más alejados de las necesidades de la gente, y cada vez más enfrascados en sus propios debates internos. No queremos que el Consejo de Ministros se convierta en un reality, queremos soluciones.

Toca reconstruir un pacto intergeneracional que se rompió hace demasiado tiempo, y que cada minuto que pasa se demuestra más ajado. Un país no es más que la proyección hacia el futuro de un compromiso de convivencia, si dejamos que la fractura económica y social entre padres e hijos siga creciendo, no habrá ni convivencia, ni futuro, ni país. 

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22 de febrero de 2021 - 21:04 h

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