Las encuestas ante las elecciones al Parlamento andaluz: crónica de un fracaso probable
En el imaginario colectivo, las encuestas electorales fallan. Es más, si tuviéramos que apostar hoy, lo haríamos a que el día 18 es probable que les caigan más críticas que alabanzas. En este texto, intentaremos explicar las razones por las que las encuestas tantas veces nos decepcionan y daremos una breve panorámica del escenario que nos dibujan sobre las elecciones andaluzas de este 17 de mayo… y por qué este puede ser alimento para otra decepción.
Hay muchos actos de comunicación fallidos, en que pretendemos mandar un mensaje pero nuestro receptor escucha algo completamente distinto. Esta es una de las batallas perdidas de las encuestas. A pesar de lo que muchas personas creen, por suerte ninguna encuesta podrá decirnos nunca qué va a ocurrir el día 17.
Quienes votamos seguimos siendo humanos y uno de nuestros encantos es ser un poco impredecibles: así, habrá quien pensaba votar y se le complicará el día hasta convertirse en abstencionista sobrevenido; quien se enfadará con su suegro la noche antes y terminará haciéndoselo pagar a su partido cambiando de papeleta en el último minuto; y quien estaba indeciso y esa madrugada verá finalmente la luz. Tenemos la fortuna de que cualquiera de estas situaciones sigue sin ser en absoluto predecible.
Además, la mayoría de las encuestas se habrán hecho antes de que empiece la campaña electoral. Pero si partidos y medios de comunicación ponen toda la carne en el asador durante esas semanas es, precisamente, porque no todo está decidido: habrá votos que en ese tiempo se decanten del todo (muchos) o incluso cambien de orientación (pocos, habitualmente). Por eso, las campañas más planas y predecibles suelen dar lugar a encuestas con menos errores, mientras que campañas que tienen un ganador claro y que modifican tendencias suelen dar lugar a los principales “fracasos” de las encuestas.
Pero por mucho que quienes hacen encuestas expliquen la incapacidad de las mismas para predecir el futuro, esto no es lo que periodistas y lectores esperan de ellas. La batalla de las expectativas está perdida y por mucho que se insista, incluso si se comunica bien en los medios, las personas que lean o escuchen la noticia van a pensar que las encuestas están pronosticando lo que ocurrirá el día de las elecciones (y a juzgarlas en consecuencia).
‘Materia prima’ y ‘cocina’, dos elemento fundamentales… y polémicos
También hay razones técnicas por las que las encuestas pueden acertar más o menos. Aunque no exista una fórmula mágica para hacer buenas encuestas, sí podemos mejorar los ingredientes y la cocción para intentar hacer un producto digno.
Como sabe cualquier cocinero, la materia prima es clave para cocinar bien. Y la materia prima de una encuesta son la muestra y el proceso de recogida de información. La muestra es ese pequeño milagro estadístico por el que, si hacemos bien los deberes, eligiendo bien a (pongamos) mil personas, podemos representar adecuadamente lo que piensan los casi 7.000.000 de andaluces con derecho al voto el día 17.
Si solo tuviéramos que seleccionarlos sería una operación relativamente sencilla. Sin embargo, también tenemos que encontrarlos, lograr que respondan y, si no lo hacen, sustituirlos por otras personas similares. Y es en esta operación, y en las diferentes maneras en que las empresas se enfrentan a este dilema, donde está el grueso de la distinción entre una buena y una mala encuesta.
Las mejores encuestas (lo hacen pocas porque es caro y lento) seleccionan a mil personas y pelean la respuesta de cada una de ellas hasta el último suspiro. Y solo cuando se constata la imposibilidad, las sustituyen por otras. En muchos otros casos, se seleccionan muchos miles de números de teléfono (o direcciones postales o electrónicas) y, simplemente, se controla que en la muestra final las proporciones de algunas variables (edad, sexo, estudios…) sean similares a las de la realidad. En cada vez más casos, se parte ya de una selección de personas predispuestas a ser entrevistadas, con los sesgos que esa selección previa pueda contener.
Como todos los detalles de ese proceso no siempre aparecen en las fichas técnicas, terminamos juzgando la calidad de las encuestas por otros ingredientes más sencillos, como la cantidad de personas entrevistadas. Aunque es cierto que un número más elevado de entrevistas ayuda, sobre todo cuando tenemos que hacer atribución de escaños por provincias, 100.000 personas mal elegidas son una peor muestra que 1200 bien seleccionadas. El tamaño de la muestra no es irrelevante, pero sí una pieza muy pequeña e insuficiente para juzgar la calidad de una encuesta.
Además de los ingredientes, tenemos la cocción, eso que a menudo llamamos la “cocina electoral”. Lo cierto es que el dato en bruto de lo que la gente nos ha dicho que votará suele quedar lejos de la realidad, por lo que es necesario ajustar las cifras con procedimientos estadísticos para los que, al menos de momento, no hay una única fórmula indiscutible que se haya mostrado como superior a las demás.
Varias piezas intervienen en ese puzle. Una de las más importantes es la duda de quién irá realmente a votar, algo que muchas veces ni las personas entrevistadas saben con certeza. Sin embargo, al tratarse de una pregunta con un fuerte componente de deseabilidad social (qué feo está eso de abstenerse), la propia persona suele enmascararla con un “seguro que votaré”, que luego el analista debe decidir si creerse o no.
La dificultad es aún mayor porque muchos de los factores que llevan a la abstención también llevan a no responder encuestas, de manera que nos aparecen muchos menos abstencionistas que en la realidad, en parte por los sesgos de selección y en parte por ese elemento de deseabilidad social en las respuestas.
Y entonces… ¿acertarán las encuestas en Andalucía?
De cara al próximo 17 de mayo, las encuestas dibujan una casi segura victoria del PP, pero difieren en si será con o sin mayoría absoluta. Solo una de estas dos opciones va a confirmarse. Algo más de la mitad de los sondeos publicados nos dicen que ambos escenarios son posibles dentro del margen de error de la encuesta. Algunos, principalmente los más recientes, apuntan que esa mayoría es muy probable. Pero si este es el titular que se instala en la opinión pública (victoria con mayoría) y el PP se queda en 54 escaños (uno por debajo), importará poco que ese resultado entrara en el margen de error de la mayoría de encuestas: el tribunal de la opinión pública dictará que se han equivocado.
Lo cierto es que las encuestas publicadas hasta el momento en nuestra comunidad muestran algunos de los riesgos que hemos comentado. Además, los limitados datos que muchas de ellas reflejan en sus fichas técnicas tampoco ponen fácil hacer una valoración de su calidad. Por ello, quizás el único elemento que tengamos para dar más credibilidad a unas que a otras sea su reputación, que no tiene tanto que ver con sus éxitos o fracasos concretos en estimaciones anteriores sino con si en los mismos puede apreciarse algún patrón que insinúe que, por unas u otras razones, sus resultados incorporan sesgos sistemáticos.
Desde este criterio, quizás por ser la institución más escrutada, sea el CIS quien salga peor parado en sus últimos años, con su tendencia a sobreestimar a las izquierdas. ¿Y el resto? Es posible que también incorporen sesgos (o no) pero, al no estar tan sometidas al escrutinio público, es más difícil detectar estas tendencias (si las hubiera).
Al final, no nos queda más que esperarnos al día 18: solo entonces sabremos si las encuestas en general, o algunas de sus protagonistas en particular, han salido vencedoras (algo que olvidaríamos pronto) o víctimas (lo que recordaríamos más tiempo) de esa noche electoral.
Coordinación y edición: Adelina Pastor, Delegación del CSIC en Andalucía