¿Qué podemos hacer para frenar la extinción de las abejas?
Hace apenas unas semanas, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y la Comisión Europea publicaban la Lista Roja Europea sobre abejas, que evalúa el estado de conservación de este insecto. Los resultados muestran que más de un 20% de las especies presentes en Europa muestran algún signo de peligro. Este número es comparable a otros grupos como las mariposas o los anfibios, e indica que necesitamos políticas medioambientales fuertes para frenar su declive.
La buena noticia es que se han documentado muy pocas extinciones recientes de abejas a nivel europeo, lo que indica que revertir este declive aún es posible. Pero esto solo es posible si actuamos ahora, ya que una vez que una especie desaparece, no hay vuelta atrás.
Una crisis que dura más de veinte años
Las primeras alarmas sobre una posible crisis de polinizadores saltaron hace más de veinte años, con las primeras evidencias de que la destrucción de hábitats, los pesticidas y el cambio climático estaban afectando las poblaciones de polinizadores, entre los que se encuentran como actores principales las abejas.
Pero la mayor sorpresa fue darnos cuenta de que sabíamos muy poco sobre su estado de conservación real. No dejaba de ser paradójico que ni siquiera supiéramos a ciencia cierta cuántas especies de abejas había en nuestro país, cuando la polinización de miles de plantas y cultivos depende precisamente de ellas.
En las últimas dos décadas hemos avanzado mucho en este conocimiento. Sin ir más lejos, en los últimos años se han descrito numerosas especies nuevas en España, uno de los países con mayor diversidad de estos insectos. Sin embargo, dictaminar el estado de conservación de las más de 2000 especies europeas (mil de ellas presentes en España) no es tarea fácil, ya que para la mayoría desconocemos el número de ejemplares que había en el pasado, por lo que no tenemos con qué comparar las poblaciones actuales.
De hecho, la primera Lista Roja sobre abejas confeccionada por la IUCN en 2014 dejaba más del 50% de ellas sin clasificar, dado que —al no tener suficientes datos— simplemente no sabíamos si estaban en peligro o no. Afortunadamente, en la recién publicada Lista Roja de 2026 este porcentaje se reduce a menos del 15%. Esto se ha conseguido gracias a una movilización de datos sin precedentes, sobre todo datos históricos de especímenes guardados en museos. Unos datos que nos han permitido comparar la distribución histórica y actual de la mayoría de abejas europeas y (junto a otra información relevante) asignarles una categoría de peligro de extinción.
La paradoja de la abeja de la miel
Una inclusión que ha creado polémica, al calificarla como en peligro de extinción es la de la abeja de miel (Apis mellifera). El criterio utilizado es que sus poblaciones silvestres han sido reducidas drásticamente y apenas sobreviven colonias en estado natural. Sin embargo, esto contrasta con las colonias manejadas por los apicultores, de las que solo en España hay más de 3 millones censadas, y cuyo número crece año tras año. De hecho, la Apis mellifera es, con toda probabilidad, la especie de abeja con mayor número de individuos en Europa.
Proteger las pocas poblaciones de abeja de la miel silvestres que aún quedan en Europa es sin duda importante desde el punto de vista de la conservación, pero hay un riesgo claro de que la poca inversión para proteger a las miles de especies de abejas silvestres acabe dirigida a la única especie de interés económico. De hecho, dada la dificultad técnica de diferenciar cuándo una población de abejas de la miel es realmente silvestre o simplemente se ha escapado de una colmena manejada, la aplicación de cualquier medida de conservación específica será altamente complicada.
El momento de actuar es ahora
El Pacto Verde Europeo y la Ley de la Restauración de la Naturaleza prometen aliviar la presión sobre la biodiversidad, pero intereses económicos, políticas de ultraderechas y guerras injustas pueden frenar estas iniciativas. Debemos mostrarnos firmes en nuestras prioridades y actuar ahora que tenemos el conocimiento.
A nivel personal, ayudar a las abejas es mucho más fácil que conservar otros grupos más grandes, como el oso o el lince. Muchas especies de abejas tan solo necesitan unos pocos metros cuadrados para nidificar y alimentarse. Crear zonas asilvestradas, incluso en ciudades y balcones, puede ayudar. Sabemos qué medidas hay que tomar, como mantener más zonas naturales y reducir el uso de plaguicidas, favorecer hábitats más heterogéneos o plantar bandas florales en cultivos. Si necesitas ideas sobre qué plantas nativas plantar, la asociación abejas silvestres ha creado una guía para ello. Pero además de nuestras acciones personales, a largo plazo debemos sobre todo cambiar la forma en que nos relacionamos con la naturaleza para crear sociedades más sostenibles.
Coordinación y edición: Adelina Pastor, delegación del CSIC en Andalucía