Del margen al centro: una alianza para cuidar
La vida no se sostiene sola. Cada mañana, cuando se encienden las luces de una oficina, cuando abre una tienda, cuando arranca la maquinaria en una fábrica o cuando alguien se conecta a una videollamada, detrás hay una red invisible de cuidados que lo ha hecho posible. Una red que históricamente ha sido tejida por mujeres, con hilos de tiempo, paciencia y agotamiento. Hoy, hablar de conciliación y corresponsabilidad no es un lujo, ni una reivindicación menor: es una cuestión de justicia social, de sostenibilidad humana y de progreso económico real.
El sistema económico en el que vivimos se sostiene sobre un trabajo esencial que a menudo permanece en la sombra: el reproductivo. Cocinar, limpiar, cuidar, acompañar, sostener. Sin estas tareas no habría fuerza de trabajo que funcione, ni talento que florezca. Y, sin embargo, los cuidados han sido tradicionalmente invisibilizados, infravalorados y relegados a los márgenes. Reconocer su valor no es sólo un acto de justicia, sino una inversión inteligente en el bienestar colectivo y en la prosperidad compartida.
Desde mi experiencia acompañando a organizaciones en el camino hacia la igualdad, he tenido el privilegio de ver cómo muchas empresas en Aragón están impulsando un cambio profundo. Implementan políticas de conciliación con una visión estratégica, apuestan por modelos de trabajo flexibles que respetan los ritmos vitales y desarrollan planes de igualdad y estrategias de conciliación corresponsable con enfoques transformadores. Estas empresas entienden que la conciliación y la corresponsabilidad no son concesiones, sino una oportunidad para atraer talento, fidelizar equipos y mejorar su competitividad.
En lugar de ver las medidas de conciliación como costes, las ven como una inversión a largo plazo. Y no se equivocan. Las organizaciones que priorizan el bienestar de sus profesionales generan entornos laborales más saludables, más comprometidos y más resilientes. En ellas, la productividad no está reñida con el cuidado, sino que se fortalece gracias a él.
Conciliar no es sobrevivir entre jornadas partidas, móviles encendidos a la hora de la cena o tareas escolares hechas a deshoras. Conciliar es vivir con dignidad, con bienestar y con salud mental. Es entender que el trabajo no es lo único que define a una persona. Y corresponsabilizarse no es ayudar: es asumir que el cuidado de la vida es una tarea colectiva, compartida y valiosa.
En este proceso, el papel de las instituciones públicas es también decisivo. Políticas públicas que promuevan permisos de parentalidad igualitarios, redes de servicios cuidado públicos y de calidad, incentivos a empresas que apuestan por la igualdad y marcos normativos que impulsen la corresponsabilidad son pilares fundamentales. Cada avance legislativo, cada inversión pública, cada acción de sensibilización suma en la construcción de una sociedad más justa, más cuidadora y más humana.
Este compromiso no puede ser asumido de manera aislada. Necesitamos una alianza real entre empresas, instituciones y ciudadanía. Una alianza basada en la confianza, en la cooperación y en la conciencia de que cuidar es una responsabilidad compartida. Es desde esa visión sistémica que podremos construir una reorganización de los tiempos y de los cuidados que nos incluya a todas las personas.
La buena noticia es que ya estamos viendo signos esperanzadores. Empresas que adoptan cambios organizacionales reales. Hombres que piden excedencias para cuidar. Personal directivo que entiende que liderar también implica facilitar espacios de bienestar. Administraciones que impulsan marcos legales más igualitarios y programas que ponen el cuidado en el centro. Medios de comunicación que dan voz a estas experiencias. Cada acción cuenta y cada historia suma. Pero tenemos que seguir destinando, de manera comprometida, esfuerzos compartidos que nos hagan seguir avanzando mucho más en este camino.
Reorganizar los cuidados es reorganizar las prioridades. Preguntarnos, como organizaciones, como comunidades y como personas, qué tipo de bienestar estamos cultivando, qué precio estamos dispuestas a pagar por nuestros logros, y si ese precio lo están pagando otros —u otras— en silencio. Es un ejercicio de honestidad, de empatía y de visión de futuro.
En esa revisión, el lenguaje también importa. Hay que nombrar los cuidados, hay que hablar de ellos sin pudor, sin relegarlos a lo íntimo. Hay que escribirlos en los contratos, en los estatutos y en los planes estratégicos. Hay que incluirlos en las evaluaciones de éxito, en los indicadores de calidad y en los informes anuales. Porque los cuidados no son lo opuesto al desarrollo: son su condición de posibilidad.
La economía del cuidado no es una utopía. Es una realidad tangible que muchas empresas e instituciones ya están incorporando con valentía e innovación. Para que deje de ser una elección personal con coste profesional y pase a ser una estructura colectiva de sostenimiento, necesitamos sumar voluntades, abrir conversaciones y construir nuevas formas de trabajar y de vivir.
La corresponsabilidad no es sólo un derecho: es una llave para una vida más plena, más equitativa y más sostenible. Es tiempo de reconocerlo, de celebrarlo y de seguir avanzando. Porque la vida no se sostiene sola. Y si aprendemos a cuidarla, también estaremos aprendiendo a sostenernos mejor entre todas y todos. Ese es el verdadero reto: construir un mundo donde cuidar no sea un privilegio ni una carga, sino un derecho compartido, una responsabilidad común y una fuente de bienestar para todas las vidas que lo habitan.