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Dos sapos en Aragón

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Comemos los sapos que cocinamos. Los compramos caros en el mercado de la ansiedad y los digerimos en el estómago del rencor. Los consumimos con tanto resentimiento que, en realidad, son ellos los que nos consumen a nosotros. La indigestión que mostramos, al tragarnos tanto anuro, hace que los devolvamos a la sociedad en forma de culebras. Vamos, que nos atiborramos de anfibios para acabar convirtiéndolos en reptiles. Transformamos las contradicciones de los demás en sapos, para que se los tengan que embuchar en forma de palabras. Nos hacen polvo las obligaciones que nos imponen a nuestro pesar. Pero, desde el primer mordisco ya soñamos con el puré de orgullo que se van a zampar en el plato de nuestra venganza.

Hay personas llenas de sapos. Y hay sapos repletos de personas. No casual que la población de esta especie supere a la de individuos que habitamos el planeta. Utilizamos el silencio como un símbolo de paz que evita discusiones. En cambio, los otros lo interpretan como una bandera blanca que ondea las rendiciones. Estas cápsulas de neutralidad acaban convirtiéndose en una infección contra la autoestima. Los humanos callan al tragar y otorgan al ceder. Otras veces buscamos agradar con una falsedad que se viste de hipocresía. Más vale una mentira cercana que una certeza lejana. Nos llenamos de inseguridad, no porque tiemble nuestra personalidad, sino porque no sabemos lo que les agradará a los demás. Al final, la capacidad de absorción de tanto sapo es limitada. Los diques de nuestra contención tienen un límite mucho menor que las presas que retienen tanto chaparrón. Y la humedad de nuestro equilibrio se llena de resbalones de comportamiento en el que llueve sobre mojado.

Algunos individuos se comportan como 'sapófogos'. Cogen energía consumiendo sus propias 'saporías'. Desgastan a quienes les rodean porque les atiborran de sapos que no les pertenecen. No nos quieren mudos, sino con un embudo para endosarnos su porquería. En fin, que hay demasiados listos que se ufanan de su 'sapiduría'. Los poderosos nos podrán obligar a comernos nuestras palabras, pero nunca nos tragaremos nuestras ideas.

Tras las elecciones en Aragón, salen los sapos de sus charcas políticas. El PP se ha comido dos escaños y mucha credibilidad. Va a suplicar ahora el acuerdo que nunca quiso aceptar. Y la ultraderecha va camino de tragarse el apoyo que no se atrevió a dar. Dos partidos y un destino. Ayer, el presidente en funciones estuvo en Madrid para coincidir con Abascal, más allá de la política. La excusa le venía de una Constitución de récord con la que no siente a gusto el fascismo por su exceso de longevidad. En el menú que compartieron no podían faltar las ancas de rana que se pidió el líder de Vox para saltar, según el día, dentro y fuera de los gobiernos. De postre, Azcón repitió de melón con piel de sapo. Así, entre batracios, transcurrió un encuentro en el que hubo más sapos que culebras. La sobremesa fue tan interminable como el rosario de agravios que se quedaron tras su separación. Pero se impuso la confraternización. No hay que olvidar que ambos comensales se consideran animales políticos, aunque más bien sean dos “sapopolíticos” animales. Pertenecen a la misma especie, pero son de diferente clase. Abascal cunde porque es un hombre de costumbres, mientras que con Azcón nunca te acostumbras. Lo único claro es que la factura de la comilona de derechos la acabaremos pagando todos.

Los humanos seguiremos produciendo y tragando sapos porque, en realidad, somos unos 'Homo Sapos'. Nos creemos innovadores, pero estos animales tan simpáticos (salvo para el opositor ruso Navalny, al parecer asesinado con una toxina de la llamada rana 'dardo') han estado presentes en nuestra historia evolutiva, desde antes del neolítico, a través de diversas manifestaciones artísticas. Si hacemos la comparación, los sapos han sabido adaptarse al entorno mucho mejor que nosotros ya que son muy independientes y nada autoritarios. En cambio, sí que comparten alguna característica que vimos tras las elecciones autonómicas: su comportamiento defensivo incluye hinchar el cuerpo para parecer más grandes. En esta escena final del beso del pacto en Aragón, queda por saber quién es el 'sapofantas'.