Andrea Garza, una ganadera de cuarta generación que quiere mantener el legado familiar: “La formación es fundamental”
Cuando eres la única niña de la clase cuyos padres trabajan en el campo y con animales, y lo cuentas a hijos de familias cuyos progenitores trabajan en oficinas, en tiendas, en fábricas, en bancos o en la construcción, tus comentarios “llaman la atención”. Si, además, por decisión propia, los acompañas en sus labores y sueñas con dar continuidad a lo que con esfuerzo y de la nada han ido levantando desde tus bisabuelos hasta llegar a tus padres, la historia “choca todavía más”.
Andrea Garza tiene ahora 23 años, pero su conocimiento sobre el sector ganadero y agrícola supera con creces lo que se espera dada su fecha de nacimiento. Criada en una “torre” agrícola en Garrapinillos, barrio rural ubicado a unos 20 minutos en coche de la ciudad de Zaragoza, esta joven tiene claro desde hace años que su “misión” es ayudar a familias como la suya, ganaderos y agricultores en explotaciones pequeñas de origen familiar que por sus dimensiones y especiales condicionantes no luchan solo contra las inclemencias del tiempo, siempre inciertas, sino también contra la burocracia, precios en origen a la baja, insumos más caros cada temporada, las reglas de un mercado globalizado que les ponen en una peligrosa situación de desigualdad y contra el reloj, porque cada día que pasa, es un día que no se recupera.
Ayudar desde la formación a un sector infravalorado
“Me gusta disfrutar del amanecer y de los atardeceres que me regala el campo. Escuchar el agua correr y a mis animales hablar entre ellos desde mi ventana”. Estos son los placeres que Andrea defiende. No entiende la vida sin la tierra manchando sus botas o los corderos en la paridera, porque ella ha crecido en esta forma de vida. Una elección que ya hicieron sus bisabuelos; que trabajaban las tierras de una familia adinerada, y sus abuelos, que trabajaron los campos que sus padres pudieron comprar con el fruto de su trabajo para aquella familia pudiente.
Los padres de Andrea, que rondan los 50 años, gestionan una explotación combinada. Por una parte, la agricultura: brócoli, cereales y forrajes y, por otra, la ganadería, en este caso semi extensiva de ovino con 1.4000 cabezas de rasa aragonesa. El relevo de corazón está garantizado, de eso se encarga Andrea, la cuarta generación. Que ese relevo se haga efectivo, depende de la realidad del sector. “Soy muy consciente de la situación”, confiesa Andrea, que decidió hace unos años que no era suficiente con trabajar en la explotación; tenía que dar un paso más allá. “La formación es fundamental para las nuevas generaciones”, por eso apostó por cursar el grado en Ingeniería Agrícola en Huesca: “A mi madre le costó cuando le dije que quería dedicarme a esto, porque es consciente de la dureza del sector, pero ahora está contenta”.
Los estudios de Ingeniería Agrícola “me abrían la puerta a otros tipos de trabajos y podía seguir metida en el mundo rural, también desde la investigación, el asesoramiento y muchos otros ámbitos con los que puedo contribuir al sector primario”, confiesa Andrea Garza. En la actualidad, esta joven ingeniera y ganadera de Garrapinillos cursa el Máster en Ingeniería Agronómica y trabaja en ASAJA Huesca: “Me ofrecieron continuar después de hacer las prácticas y decidí compaginarlo con la explotación y el Máster porque considero que es imprescindible conocer todos los procesos administrativos que nos exigen en las explotaciones agropecuarias y también me gusta la parte reivindicativa, luchar por el sector no solo es producir, sino que también es hacer cambios con nuevos estudios, investigación, etcétera”, asegura Andrea.
Las nuevas generaciones que deciden apostar por la agricultura y la ganadería lo hacen desde otra perspectiva a la que lo hicieron dos generaciones atrás. Quieren que desde fuera se deje de ver el sector primario “como algo con poco futuro o que te hace la vida muy difícil”, además de romper con ideas engañosas “piensan que porque nos ven montados en maquinaria que cuesta mucho dinero somos ricos, y no es así”, denuncia la ganadera.
Una voz que emerge del campo para exigir cambios
La voz de Andrea ha tomado fuerza en la protesta, conocida como “tractorada”, que congregó a miles de trabajadores rurales en las principales calles de Zaragoza a finales de enero para reivindicar que: “La burocracia excesiva, una PAC que cambia constantemente y no responde a las necesidades reales de bienestar animal ni agronómicas… nos está dejando fuera de juego”, apunta la ganadera, que añade: “Se olvidan de las personas que estamos pisando el barro y trabajando en el campo”.
Para esta profesional del sector, la movilización no fue un acto espontáneo, sino la expresión de un descontento profundo frente a una burocracia que, según ella y sus compañeros, ralentiza la actividad productiva y penaliza al pequeño productor. La participación de jóvenes como Andrea en las movilizaciones rurales refleja un cambio generacional en la manera de concebir y defender el campo.
La presencia de nuevas generaciones en las reivindicaciones agrarias no es sólo simbólica, es una llamada de atención para instituciones y consumidores: sin apoyos sólidos, la próxima generación podría verse obligada a abandonar el medio rural, con el consecuente impacto demográfico y económico en regiones como Aragón.
Los jóvenes están empezando a reclamar reconocimiento social y, sobre todo, apoyos reales que garanticen la viabilidad económica de sus proyectos agrícolas y ganaderos: “Queremos quedarnos, si nos dejan”. Los altos costes de producción, la competencia de mercados externos con estándares diferentes y las rigideces administrativas son el pan de cada día para muchas explotaciones familiares como la de Andrea.
Por eso, para muchos jóvenes, llegar a tener una vida estable en el medio rural parece un desafío titánico frente a la atracción de las ciudades. Sin embargo, Andrea ha decidido apostar por sus raíces. Criada entre campos y ganado, su vínculo con la tierra no es casualidad, sino decisión personal. Su presencia en la tractorada evidencia que, para una nueva generación, el campo no es un refugio del pasado, sino un proyecto de vida posible si se cambian las condiciones actuales.
Garrapinillos, barrio rural con una larga tradición agrícola y ganadera, representa un microcosmos de la realidad aragonesa. En su paisaje abundan fincas y explotaciones familiares que sostienen la economía local. Para Andrea, conservar ese legado es tan vital como modernizarlo. La joven comparte con otros productores la preocupación por el futuro del sector, pero también la convicción de que la agricultura y la ganadería pueden ser fuentes de empleo, de un desarrollo sostenible y de arraigo. Mientras tanto, y en pie de lucha, Andrea continúa trabajando entre el ganado y las hectáreas de su explotación, alternando su labor diaria con la formación y la defensa de un sector que clama justicia, sostenibilidad y futuro.