Alberto Mendívil, el artista internacional que eligió Asturias para seguir pintando libre en su búsqueda del azul
Azul. En medio de un pueblín de Asturias, entre calles empedradas, tejados de tiendas de panes y zapaterías, encima de un restaurante donde hacen pinchos de pollo rebozados cada mañana y se sirven a destajo vermús los domingos de mercado; ahí arriba, donde parece que nunca pasa nada, ha creado su mundo el artista internacional Alberto Mendívil.
En su ático, que abrazan los tejados rojizos de las casas vecinas, la luz entra como un chorro de agua y lo invade todo. Dos viejos altavoces hacen sonar el tecno sobre una estantería blanca de Ikea, reminiscencias de aquella época dorada en Ibiza que le ponen a trabajar desde bien temprano. Mendívil pudo haber elegido cualquier lugar del mundo para continuar su obra, pero se quedó con Grau, el pueblo donde pasaba los veranos siendo un guaje y donde su abuelo le compraba bocatas de jamón envueltos en papel gris de carnicería. Siempre ha reivindicado lo importante de estar a su bola y ahora, a los 77 años, su bola está aquí y es azul.
Alberto Mendívil nació en la calle O'Donnell en Madrid, en la maternidad, “que era donde nacíamos todos durante el franquismo”. Hijo de un militar y de una madre que era “como el Titanic, porque siempre me salvaba de todo”, Mendívil siempre quiso ser artista. Justo lo contrario de lo que su padre había diseñado para él.
Como nació fuera del matrimonio, sus padres, que después se casaron, le mandaban los veranos a Asturias, donde su abuelo regentaba una tienda de telas y negociaba con explosivos de Río Tinto, que se vendían muy bien para hacer todas las obras de carreteras. A Mendívil había que esconderlo un poco, por aquello de guardar las formas. “Yo venía a Grau y era un niño feliz; me trataban muy bien. Quería ser músico y tocaba la batería y me gustaba pintar, entonces mi abuelo me compraba cajas de óleos. Yo le decía que quería este azul, y él me compraba la caja entera”. Recuerda con nostalgia a aquel abuelo que era “un aldeano católico ignorante que llenó a mi abuela de anillos de oro” y que alimentaba la creatividad de su nieto. Pero llegaba septiembre y con él la vuelta a Madrid y los marrones y los ocres a los cielos de la capital.
“Yo ponía las fotos del Che Guevara en las paredes de la habitación y dibujaba todos los libros de texto, me gustaban las titis y el rock and roll y me descojonaba del franquismo. Yo tenía mi mundo paralelo”, relata sin perder la sonrisa y suelta una respiración profunda y un tanto agitada, la que le dejó el poso del tabaco para siempre. “Hace cinco años que no fumo; no fumes, es una mierda”, concreta.
Mendívil fue un rebelde porque la vida le hizo así y en esa rebeldía se siente cómodo y en coherencia. Se pasó toda su infancia en lo que él llama “colegios de rebotados”, donde los matriculaban sus padres buscando que sus hijos lograsen aprobar. “En el patio del Liceo de Madrid coincidí con Enrique Cerdán Calisto, que era el jefe de Los Grapo, otro rebotado”, pero Mendívil… siguió a su bola. Un tío de un amigo tenía un local en Vitoria que necesitaba pintar, y ahí encontró él la oportunidad para marchar de Madrid. “Era una discoteca que tenía en una casa; estuve tres meses pintando. Luego los colegas de sus colegas, que eran gente de bien de Bilbao, me compraban pinturas abstractas a 400 pelas. Yo era un extravagante, un personaje…”
Y con treinta mil pesetas en el bolso, ahorradas en aquel periplo por el País Vasco, se plantó Mendívil en París en su primer viaje fuera de España y en autostop. “Unos amigos me dejaron una buhardilla; yo supuestamente le daba clases de castellano a su hija pequeña, pero en realidad ella se desahogaba conmigo y me contaba que era lesbiana… y yo la escuchaba. Me ponía a vender mis dibujos en la calle, con un cartel que ponía `estudiante español´. Lo que se llevaba era hacer dibujos realistas, caricaturas o don Quijotes, pero yo hacía lo que me daba la gana. Un buen día se acercó un tipo holandés y se enamoró de mi obra, así que me fui a exponer a Holanda”.
Y ahí, en el país de los tulipanes y de los azules de las noches de Van Gogh, fue la primera vez que este color no le trajo buenos augurios a Mendívil. Fue el día que se miró en el espejo y no se reconoció. Pesaba sesenta kilos, se sentía cansadísimo, los ojos hundidos, la piel fría… tenía tuberculosis. Estaba azul, azul. “Llamé a mi madre, estaba enfermo, pero como era desertor y me había negado a hacer el servicio militar, si volvía a España, me iban a meter en la cárcel. Ahí fue cuando mi padre habló con un general para que me dejasen entrar en el país; y directo a la habitación número 9 del hospital generalísimo Franco de Guadarrama, donde tomaba veintiocho pastillas diarias”. Nueve meses tardó Mendívil en curarse, nueve meses que aprovechó para convertir aquella habitación con terraza en un estudio de creación. “Todos los días nos sacaban a respirar al jardín; en realidad éramos unos apestados. Fue cuando leí ”Pabellón de reposo“ de Camilo José Cela. Me inspiraba con el mundo noctámbulo de aquel hospital; había timbas de cartas y gente que se jugaba fortunas, a otros les traían alcohol. Yo solo quería largarme de allí bien limpio, así que me tomé el tratamiento a rajatabla. El día que me dieron el alta estaba blanco y acomplejado; me ataba el Levi's con una cuerda porque se me caía”.
Y con todos los complejos encima, uno sobre otro, en un bar de rock and roll donde estaban todos los progres de Madrid y al que fue a tomar una copa tras el ingreso, sintió Alberto Mendívil que acababa de conocer a la “titi” de su vida, la madre de su hija Raquel, cuando todavía el pantalón no se le ajustaba a la cintura, en plena recuperación de la tuberculosis. “Acababa de volver a casa… Mi padre me decía todos los días que a mí me iba a domar él, pero eso era imposible. Él siempre viajó en taxi y yo en metro, pero me acabó dejando un estudio en Legazpi. Creo que en aquel estudio hizo el amor todo el mundo, porque se hacían copias de las llaves cada día. Iba y pintaba allí todos los días, y comía con Antonio Machín en un ”bareto“ donde nos cobraban por el menú 60 pelas”, relata.
Enfrascado en sus pinturas, que intercalaba con lecturas de Marx y Engels, se casó con el amor de su vida. “La familia de mi mujer nos dio una guita y con ella nos fuimos a Andalucía en furgoneta. Acabamos en la base militar de Rota, que estaba llena de desertores que acababan todos en nuestra casa y que pasaban de volver a Vietnam. Nos dedicamos a restaurar muebles y a comprar alfombras y lo vendíamos todo”, cuenta con gracia Alberto Mendívil, que sigue con la vida a flor de piel, con la misma fuerza de aquellos años de libertad absoluta, de rebelarse contra el sistema y del placer que daba el poder escapar de él y más en furgoneta.
La vida en Rota era muy parecida a lo que Alberto Mendívil tenía en su cabeza de soñador en azul chillón: la mujer más guapa del mundo, la libertad total, los colegas desertores, una furgo tuneada, lienzos, colores y un futuro para comerse a bocados. Justo cuando todo pintaba bien se produce la llamada que nadie quiere, y tuvo que volver a Madrid. “Mi madre enfermó y murió con 49 años. Con su muerte la vida me pedía campo y campo… Madrid me asfixiaba más que nunca y nos fuimos a Ibiza. Vivíamos en una casa sin luz ni agua; teníamos terreno, una alberca… Ahí me dan la primera mención de Joan Miró. En aquella casa payesa monté mi estudio y seguí pintando lo que quise, no lo que dicen los galeristas. En invierno a veces también pintaba casas en la isla, en blanco. Fue una etapa preciosa; Celia se quedó embarazada y llegó nuestra hija, que no nació en un hospital. No queríamos eso bajo ningún concepto. Raquel, mi hija, creció feliz y libre, entre gatos y payeses. Cuando tenía seis años, Celia echaba de menos Madrid y regresó, pero yo me quedé. Supongo que el mundo del arte también se le hacía complicado y eso que yo he seguido siempre a mi bola; jamás he pedido una subvención, pero eso implica que muchas veces no te llame nadie…”, dice Mendívil.
Una tarde, mientras su hija patinaba con su padre por el parque de El Retiro de Madrid, Mendívil miró el cielo y a ese azul madrileño parecía que le faltaba fuerza, como le ocurría en Ibiza desde hacía algún tiempo. Llevaba una temporada rumiando… La isla que había encontrado trece años atrás había cambiado, quizás desaparecido. Se había acabado la fraternidad, la solidaridad… llegó la mafia, el turismo masivo, “una gente rarísima. Yo necesitaba pintar naturaleza porque es el único dios que existe”, y ahí se acordó de las tardes de bicicleta en Grau, comiendo bocadillos de jamón, en bicicleta prestada, en el abrigo de sus abuelos… En el medio de la ciudad en la que había crecido faltaban los colores, así que cogió su maleta y se instaló en la buhardilla, su buhardilla, su casa, su estudio, su parto diario de cuadros de colores.
La obra de Alberto Mendívil ha viajado por todo el mundo en más de treinta exposiciones y hasta abrió un estudio en Los Ángeles en 1993. París, Londres, Madrid, Ámsterdam, Ibiza… Su obra archivada en el Museo Reina Sofía; su mente y sus pinceles vivos y a su bola, dando vueltas en su casina de Asturias… “Eso de que está todo hecho es mentira”, asegura. Y sube la música, y humedece el pincel y parece que el color ha vuelto a tener vida… y el cielo ha vuelto a verse azul, azul buhardilla.