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Carmen Rivera

Carmen Rivera es doctora en filosofía y militanta amateur feminista. Vive en Brasil precariamente, pero más contenta que unas castañuelas casi todo el tiempo. 
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Cambiar de literatura

Quería escribir sobre literatura, pero no parece posible. Me he pasado la noche en vela invocando literatura, tratando de leer literatura, encogida en un sofá haciendo daño a mi cuerpo para ser literatura, no vaciando el cenicero para oler literatura. Y nada. Como a tantas personas que crecimos en este mundillo de hombres, leyendo a hombres, contemplando obras de hombres, escuchando quejarse melódicamente a hombres, a veces me pasa que para hacer algo cuando estoy atascada, me pongo a imitar a esas maneras. Siempre de un modo paródico y, por supuesto, sin ningún resultado más que un dolor de cabeza, pasar un día medio ausente, como una muerta en vida, haciendo todas las tareas del día mal y atropelladamente. Parodiando ese desvalimiento masculino mundial, esas crisis existenciales quejicas, ese desprecio por la vida que pone a quien está escribiendo, componiendo, filmando en el centro de nada. Sí, uno solo y nada alrededor. Probablemente una de las personas más importantes para mí sea Franz Kafka, y era un hombre, y también escribiendo, en algunos trazos. Pero cuando imitamos las maneras mundiales de los hombres, no imitamos precisamente el salto al vacío que es el modo de escribir y sentir de Kakfa. No lo hacemos para nada bueno, imitamos la mediocridad en la que se sustentan, la sopa boba de la que se alimentan, el desánimo de occidente del que nunca se desapegan lo suficiente, porque es su imperio.

Y eso mismo le pasa a Aixa de la Cruz, a quien he estado leyendo esta noche y con quien me identifico ahora completamente. De hecho, estoy escribiendo en este momento como lo hace ella. Sin hacer literatura. Pensando solo con palabras, creyéndome superior a mí misma y mi vida, con algún Bukowski o Bernhard de la vida refritos tarareándome en la nuca, rememorando violencias sin conseguir elaborarlas, destilarlas, ofrecerlas más que con palabras.

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La Zowi y la auténtica obra de arte

“Puta tengo mucho arte, tengo tos los trucos pa engatusarte”... Así comienza la canción `Obra de arte´ de La Zowi. Mucho se comenta lo mal que canta y cómo destruye las sensibilidades el uso de esa herramienta que se llama autotune. Pues hoy vamos a echar un rato pensando qué tiene de interesante y bello La Zowi. Qué podemos decir de su modo singular de belleza. Por un lado porque La Zowi es algo del presente, y si bien no loamos el presente por el simple hecho de pasar como tiempo contemporáneo nuestro, mucho menos lo vamos a denostar por lo mismo. Y por otro lado, el que más nos importa, porque es una cantante que nos gusta, nos da que pensar y nos engatusa, pues como ella dice, tiene mucho arte. 

Qué difícil hablar sobre belleza, amiga. Y no porque La Zowi use todo el tiempo la palabra “puta”. No, ese es uno de los elementos con los que pensar. No es lo mismo escribirlo aquí, falta la cadencia musical, la voz enrarecida por el autotune. Y falta la repetición. El término “puta”, el insulto “puta”, el apelativo entre amigas -sí, volvamos a la tierra, muchas amigas se llaman entre ellas “puta” ante la mirada atónita de la gente que las escucha gritar por la calle- “puta” es repetido en sus canciones decenas de veces. En algunas como `Bitch mode´ es casi el sostén vocal de la canción. ¿Y esto qué es? Primero veamos cómo aparece “puta”, cómo suena. En las canciones de La Zowi no se sabe bien si “puta” te lo está llamando a ti, o a sí misma, o a alguna persona desconocida. “Puta tengo mucho arte, tengo tos los trucos pa engatusarte”, claro que parece referirse a alguien que domina los artificios de la seducción, luego una puta, pero, puta, parece que te lo está diciendo a ti que la escuchas, ¿no? “Tengo muchas putas, soy tu chulo”, ahora La Zowi es una proxeneta, pero tu proxeneta, de ti que la escuchas. Sin embargo, ella misma se autodenomina en sus canciones y en sus conciertos como “La Zowi puta”. De nuevo no sabemos de una vez por todas si “puta” te lo dice a ti, “soy la zowi, puta”, o si “puta” es una cualidad de la Zowi, que es una puta. Porque luego lo afirma, “soy una puta básica, te busco la ruina”. Y justo ahí... Todo un cliché, no ya sobre las mujeres que se dedican a la prostitución, sino sencillamente, sobre las mujeres. El de siempre, las mujeres como peligro y tentación, que en la canción de La Zowi no puede ser escuchado más que con placer. Escuchado por ti, que escuchas la amenaza pero que sabes que esa amenaza no va dirigida a ti. ¿A quién amenaza este artificio, este arte?

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Feminista, piensa a la deriva, que vamos a llegar a tocar la verdad con las manos

Que digo que la señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. No sé con seguridad si les resuena esta frase, pero me da que sí. La señora Dalloway comienza así un día en el que va a dar una fiesta, como señora burguesa de su casa que es. La intriga es que decide salir ella a comprar las flores para embellecer la casa en lugar de enviar a algunas de sus sirvientas explotadas. Es el inicio de una bellísima novela de Virginia Woolf que todo el mundo conoce aunque tal vez no haya leído. No pretendo hacerle una crítica marxista, que es muy obvia. Lo que ocurre es que llevo todo el día mirando las flores que mi madre coloca en vasos, botes, jarras, por toda la casa. La mayoría son rosas, y muchas van muriendo flotando en un agua amarillenta durante días. Siento cierto recelo, no las tiro a la basura ni les cambio el agua. A mi madre se le olvidan. Y ahí quedan como metonimia material de sus paseos solitarios. De sus derivas con el perro de las que luego no recuerda nada. Al menos nada que consiga articular en palabras.

Me he pasado la mañana mirando sin querer las que hay sobre la mesa, pensando sobre qué escribiría hoy. Y en mi cabeza la voz inicial de Mrs Dalloway volvía una y otra vez. Pensaba en cómo las flores eran signo de una deriva, de esa señora burguesa que sale a la ciudad a perderse en el pensamiento de su vida y el mundo; y de mi madre, esa señora que pierde la memoria y, quién sabe, encuentra algo en esos pocos momentos que pasa sola: unas flores, un placer, una alegría. Sentimientos y seres efímeros que vemos apagarse sobre la mesa. Tan bellas son las flores frescas y vivas en la huerta, como las flores que van muriendo en ese vaso. Las personas hacemos cosas terribles como cortar las flores y robarles lo que son en sí, las convertimos en otra cosa, en un amuleto, en un signo que encierra todo un mundo. Las hacemos artificiales.

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Lucia Berlin y la fiesta de la precisión

Esta vez voy a ser breve, buenos días. Noblesse oblige. Hay que ser recatada con el tiempo de las demás -ustedes, esas improbables lectoras-, que una ya sabe cómo vamos corriendo de un lado para otro, incluso cuando estamos en el paro, es decir, trabajando pero sin ocupación remunerada.

Nada más adecuado, por tanto, que escribir sobre alguien que parece que hace todo lo contrario: Lucia Berlin. Es un decir, por supuesto, todo lo contrario no es, pero vamos a tratar de pensarlo a partir de esa primera inexactitud para, como siempre, extraer un modo de contradecir el orden reinante en forma de oro feminista.

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Un cuento de navidad

“¡Qué fechas más malas para escribir nada!” Eso es lo que me he estado repitiendo estos días. Llego tarde y no sé si mal. Para les lectores de esta sección habrá sido extraño no recibir la píldora de “disidencias” el miércoles pasado con el sol y las nubes bañando de luz o neblinas nuestros aparatos de leer, es decir, nuestras ganas de diálogo. Que mira, no se lee con los ojos ni la cabeza, se lee con las ganas, o con la curiosidad, o con el tiempo que se hace libre, o con el deseo de conocer a otres, de escuchar sus voces que son las nuestras pues son impersonales, como sabía Virginia Woolf.

Pero las fechas eran malas y no por las fiestas navideñas previsibles, y el previsible tedio y jaleo de reuniones familiares, compromisos empresariales y de trabajo en general, o por el casi forzado trasiego de bar en bar y de casa en casa para comer, beber, reír y aburrirse. Que conste que servidora no tiene nada en contra del aburrimiento, pero éste me parece interesante en la medida en la que aparece en solitario. El aburrimiento social es una cosa triste, y aunque puede ser el motor de desvíos interesantes en la vida, aburrirse en sociedad siempre es un síntoma profundo de lo mal que nos va en la sociedad. Eso lo sabía gente burguesa como Proust o Austen, pero nosotres no somos burguesas ni de lejos. No nos engañemos, por muy moderno que sea el teléfono de una, la burguesía no sólo poseía mercancías a la última moda, la burguesía se inventó ese tiempo libre dentro del capitalismo rodeado de arte y otras exquisitices. O tal vez lo que se inventó fue el deseo de ese tiempo rodeado de cosas bellas, y por lo tanto, se inventó también el aburrimiento que rodea todo ese tiempo que no es libre.

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Pido noticias de Brasil

Supongo que en España están llegando noticias sobre Brasil: estos días ha ganado en el primer turno de las elecciones presidenciales Jair Bolsonaro, un candidato que, como Trump, se ha limitado a hacer campaña política amenazando a todos los colectivos en minoría o en tentativa de revuelta: mujeres, personas negras, personas indígenas, personas LGTB. Las amenazas van desde comentarios despreciativos sobre sus capacidades a amenazas de agresiones violentas o eliminación de derechos.

Va a apoyar que las mujeres ganen menos en los trabajos asalariados, le parece que las mujeres somos violadas si lo merecemos por nuestra belleza, las personas negras son inferiores, los maricones merecen ser apaleados -ni piensa en bolleras o trans, como misógino conservador que es-, las personas indígenas no merecen tener ni un centímetro de tierra para vivir, y así. No lo voy a citar, internet está lleno de todas estas joyas. La cuestión es que su campaña es decirlas sin tragar saliva.

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Mujeres 'perdías'. Sobre Wanda de Barbara Loden

No puede ser más verano en Europa. Aquí en Brasil estamos trabajando. Así que le escribo a vuestras vacaciones, aunque no las tengáis, -a ver, hay que tumbar el capitalismo también, yo qué sé-, por si comunica un poco de tiempo libre vuestro con el mío. Y nos transmitimos algo de libertad unas a otras.

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre una película: Wanda, de Barbara Loden. Apenas he tenido tiempo de volver a verla, así que voy a poner en práctica esa memoria del cine que comunica memorias de todo tipo en el mismo plano, como experiencias, según las recomendaciones del filósofo estadounidense Stanley Cavell, inventor de géneros cinematográficos y de un modo de pensar profundo y antijerárquico, capaz de unir los melodramas clásicos de Hollywood sobre mujeres desaparecidas o en proceso de desaparición para sí mismas con la filosofía del siglo XX. Una puede equivocarse, inventar o distorsionar planos y secuencias de la película, pero ya va siendo hora, como vengo con la cantinela desde hace algunos meses, de arrogarnos el derecho a equivocarnos, a errar -en el doble sentido: equivocarse, en fin, quién te va a corregir, que venga y discuta de igual a igual, y vagar-, a perdernos, esta vez sí, iniciando un camino de emancipación, no porque nos encarcelen, nos confinen en psiquiátricos o en CIEs, o tras la puerta de una cocina o en los márgenes de la sociedad.

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De tan histérika histórika* (*Prestado de la canción de la gran Sara Hebe)

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Vidas felices

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