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Carmen Rivera

Carmen Rivera es doctora en filosofía y militanta amateur feminista. Vive en Brasil precariamente, pero más contenta que unas castañuelas casi todo el tiempo. 
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Un cuento de navidad

“¡Qué fechas más malas para escribir nada!” Eso es lo que me he estado repitiendo estos días. Llego tarde y no sé si mal. Para les lectores de esta sección habrá sido extraño no recibir la píldora de “disidencias” el miércoles pasado con el sol y las nubes bañando de luz o neblinas nuestros aparatos de leer, es decir, nuestras ganas de diálogo. Que mira, no se lee con los ojos ni la cabeza, se lee con las ganas, o con la curiosidad, o con el tiempo que se hace libre, o con el deseo de conocer a otres, de escuchar sus voces que son las nuestras pues son impersonales, como sabía Virginia Woolf.

Pero las fechas eran malas y no por las fiestas navideñas previsibles, y el previsible tedio y jaleo de reuniones familiares, compromisos empresariales y de trabajo en general, o por el casi forzado trasiego de bar en bar y de casa en casa para comer, beber, reír y aburrirse. Que conste que servidora no tiene nada en contra del aburrimiento, pero éste me parece interesante en la medida en la que aparece en solitario. El aburrimiento social es una cosa triste, y aunque puede ser el motor de desvíos interesantes en la vida, aburrirse en sociedad siempre es un síntoma profundo de lo mal que nos va en la sociedad. Eso lo sabía gente burguesa como Proust o Austen, pero nosotres no somos burguesas ni de lejos. No nos engañemos, por muy moderno que sea el teléfono de una, la burguesía no sólo poseía mercancías a la última moda, la burguesía se inventó ese tiempo libre dentro del capitalismo rodeado de arte y otras exquisitices. O tal vez lo que se inventó fue el deseo de ese tiempo rodeado de cosas bellas, y por lo tanto, se inventó también el aburrimiento que rodea todo ese tiempo que no es libre.

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Pido noticias de Brasil

Supongo que en España están llegando noticias sobre Brasil: estos días ha ganado en el primer turno de las elecciones presidenciales Jair Bolsonaro, un candidato que, como Trump, se ha limitado a hacer campaña política amenazando a todos los colectivos en minoría o en tentativa de revuelta: mujeres, personas negras, personas indígenas, personas LGTB. Las amenazas van desde comentarios despreciativos sobre sus capacidades a amenazas de agresiones violentas o eliminación de derechos.

Va a apoyar que las mujeres ganen menos en los trabajos asalariados, le parece que las mujeres somos violadas si lo merecemos por nuestra belleza, las personas negras son inferiores, los maricones merecen ser apaleados -ni piensa en bolleras o trans, como misógino conservador que es-, las personas indígenas no merecen tener ni un centímetro de tierra para vivir, y así. No lo voy a citar, internet está lleno de todas estas joyas. La cuestión es que su campaña es decirlas sin tragar saliva.

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Mujeres 'perdías'. Sobre Wanda de Barbara Loden

No puede ser más verano en Europa. Aquí en Brasil estamos trabajando. Así que le escribo a vuestras vacaciones, aunque no las tengáis, -a ver, hay que tumbar el capitalismo también, yo qué sé-, por si comunica un poco de tiempo libre vuestro con el mío. Y nos transmitimos algo de libertad unas a otras.

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre una película: Wanda, de Barbara Loden. Apenas he tenido tiempo de volver a verla, así que voy a poner en práctica esa memoria del cine que comunica memorias de todo tipo en el mismo plano, como experiencias, según las recomendaciones del filósofo estadounidense Stanley Cavell, inventor de géneros cinematográficos y de un modo de pensar profundo y antijerárquico, capaz de unir los melodramas clásicos de Hollywood sobre mujeres desaparecidas o en proceso de desaparición para sí mismas con la filosofía del siglo XX. Una puede equivocarse, inventar o distorsionar planos y secuencias de la película, pero ya va siendo hora, como vengo con la cantinela desde hace algunos meses, de arrogarnos el derecho a equivocarnos, a errar -en el doble sentido: equivocarse, en fin, quién te va a corregir, que venga y discuta de igual a igual, y vagar-, a perdernos, esta vez sí, iniciando un camino de emancipación, no porque nos encarcelen, nos confinen en psiquiátricos o en CIEs, o tras la puerta de una cocina o en los márgenes de la sociedad.

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De tan histérika histórika* (*Prestado de la canción de la gran Sara Hebe)

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Vidas felices

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