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'Disidencias de género' es un blog coordinado por Lucía Barbudo y Elisa Reche en el que se reivindica la diversidad de puntos de vista feministas y del colectivo LGTBQI.

Pido noticias de Brasil

Pido noticias de Brasil

Supongo que en España están llegando noticias sobre Brasil: estos días ha ganado en el primer turno de las elecciones presidenciales Jair Bolsonaro, un candidato que, como Trump, se ha limitado a hacer campaña política amenazando a todos los colectivos en minoría o en tentativa de revuelta: mujeres, personas negras, personas indígenas, personas LGTB. Las amenazas van desde comentarios despreciativos sobre sus capacidades a amenazas de agresiones violentas o eliminación de derechos.

Va a apoyar que las mujeres ganen menos en los trabajos asalariados, le parece que las mujeres somos violadas si lo merecemos por nuestra belleza, las personas negras son inferiores, los maricones merecen ser apaleados -ni piensa en bolleras o trans, como misógino conservador que es-, las personas indígenas no merecen tener ni un centímetro de tierra para vivir, y así. No lo voy a citar, internet está lleno de todas estas joyas. La cuestión es que su campaña es decirlas sin tragar saliva.

En mitad de esa “no campaña” sufrió casualmente una agresión con arma blanca -como casualmente también sufrió Mariano una agresión en forma de puñetazo un poco antes de las últimas elecciones que ganó de tantas veces que tuvimos que votar-, y desde entonces se ha dedicado a mandar vídeos desde el hospital haciendo mucho teatro, en serio, y absteniéndose de asistir a los debates con el resto de candidates. Por supuesto, también defiende el derecho a portar armas, la tortura y el asesinato como medios para el “orden político” y la supresión de los derechos políticos más allá del derecho al voto. Sus políticas económicas, que las tendrá, ni se comentan, pero todo el mundo las entiende: recortar en todo lo que huela a política igualitaria, seguir con los negocios del señor Julio César y arrasar con todos los presupuestos públicos para que las oligarquías sigan bien y mejor.

Pues, bueno, aquí estamos otra vez. El 28 de octubre es el segundo turno de las elecciones en las que habrá que votar a Haddad, un candidato del Partido dos Trabalhadores -el partido de Lula y Dilma, la presidenta depuesta en 2016-, para poder parar a Bolsonaro. Esta es la situación esquemática. Otra vez sin poder creer la deriva fascista-capitalista que se nos viene encima. Que todes entendemos, que en Europa no nos falta de esto.

Yo no tengo ninguna lectura o análisis privilegiados de la coyuntura para compartir. Pero ya que vivo en Brasil desde hace algunos años, he aceptado el convite de esta ilustre redacción a hacer de enviada especial forzada, pues me fui de España justo cuando perdí mi plaza de profesora interina gracias a Dolores de Cospedal, en aquellos años en los que lo que ocurría en España todavía se llamaba “crisis económica” y no, simplemente, “esto es lo que hay”.

Voy a comentar tres cuestiones. Tres porque parece un número suficiente, y escribo muy a ciegas.

La primera. Estaba viendo rápido dos películas de Basilio Martín Patino, “Canciones para después de una guerra” y “Caudillo” para un ciclo sobre dictaduras y fascismo que unes compañeres y yo llevábamos algún tiempo queriendo organizar y que vamos a tratar de sacar justo antes de estas elecciones del infierno. Patino recoge, en los años 70, toda la parafernalia estética, los cánticos, las manifestaciones en la calle, las frases de propaganda, de la guerra civil de España y los años inmediatamente posteriores. Escuchar y ver. Las lecciones de la historia, cómo se repite todo. Los mismos discursos de salvar la patria de amenazas grandilocuentes y minúsculas al mismo tiempo: la nostalgia del imperio, la mugre comunista, la grandeza de la nación católica. Exactamente lo mismo que acciona Bolsonaro sin extenderse demasiado. Y la sorpresa eterna de nosotres les progresistas: muchas personas de aspecto marcadamente pobre levantan el brazo al son del “Cara al sol”. Un ambiente diverso en realidad, ricos y pobres unides bajo la promesa de grandeza. Seguimos igual de sorprendides tanto tiempo más tarde. No voy a culpar a nadie, que ya tenemos bastante con lo que ocurre. Pero sólo repetir una vez más que Bolsonaro ha conseguido movilizar ideales, por confusos, repulsivos y terribles que sean, y el resto no.

Yo no pensaría tanto en manipulación mediática como la causa de la adhesión masiva a este personaje sino, en todo caso, como medio: está claro que no ha necesitado esforzarse mucho dialécticamente para movilizar a tantas personas. No ha hecho apenas campaña, no ha discutido con nadie, se ha limitado a refrendar un paso más en el estado actual de las cosas -violencia, desigualdad, represión y empobrecimiento de les más pobres- sin necesitar siquiera proponer medidas concretas. Venceremos el estado actual de incertidumbre y miedo ante la violencia cotidiana con mano dura y represión, con fe cristiana y exclusión de las diferencias, haciendo negocios y machacando a les pobres. ¿Cuál es la principal promesa? La promesa de grandeza, de nación, de unión frente al ataque de la diversidad. Ya lo conocemos. El colmo del ideal machista de vida: a las tentativas de resucitar a Lula -que está en la cárcel- como padre querido del país, de las causas sociales, le está ganando la figura del padre arbitrario y violento. Lo que nos sorprende siempre es que las personas que consideramos excluídas por definición, clases bajas y medias, personas negras, se sientan incluidas en tal promesa. Y muchas se sienten. O votan en blanco. Nos pasamos el día tratando de mostrar -casi siempre en internet, que llega a quien llega- que une no puede sentirse incluida en una propuesta que la excluye. Y entonces nos damos cabezazos contra la falta de conciencia de clase o de movilización anti-racista, o feminista... Pues, mira, no. No lo veo.

La segunda. De falta de conciencia, nada. Ha sido justo ahora cuando Brasil ha conocido la movilización más diversa y amplia desde 2013 bajo el lema #EleNão. Han sido las mujeres y las personas LGTB quienes han conseguido mostrar en las calles de todo el país que somos gente diversa y que nuestras vidas cuentan. Que la política es eso: colocar nuestras vidas en primer plano, discutir nosotres sobre la agenda política, sobre qué problemas afectan a nuestras vidas y qué soluciones proponemos. Por supuesto que la gran guettificación de la sociedad brasileña nos hace temer que las personas más pobres no estén incluidas en estas movilizaciones. Entonces tal vez en lugar de echarles encima de nuevo su falta de conciencia de clase podemos pensar nosotres también el problema de la inclusión.

No voy a culpar tampoco a les feministes, faltaba más, ya se ha conseguido mucho, por mucho que quede por hacer, saliendo a las calles juntes de manera masiva, haciéndonos visibles, poniendo en pauta medidas de salud pública como el derecho al aborto, cuestionando la norma opresora de la familia tradicional en la que los padres están ausentes al mismo tiempo que se cierran filas en torno de un ideal inexistente en un país que está tan azotado por el miedo y en el que la segregación es la norma. Pero el camino es largo y parece que por ahora no llegamos a tiempo. Lo que pretendo decir es que la desigualdad es un problema de todes. Nos impide comunicarnos entre gentes diversas y en diferentes situaciones vitales. Impide que los barrios y las comunidades se comuniquen, es como si viviéramos con muros instalados en las ciudades todo el tiempo. No nos conocemos. Nos venden ideales terribles porque no tenemos más que imágenes estereotipadas sobre les otres.

En estos momentos en los que se azota el miedo a la diversidad, creo, como tantas personas, que lo que debemos hacer es seguir derribando muros intelectuales, emocionales y económicos, actuar a cada paso mostrando que las vidas de todas esas personas que no conocemos, que son diferentes a nosotres, son las más importantes. Sobre todo porque no las conocemos. Pienso en Judith Butler claro, la estuvimos leyendo recientemente en un grupito de la universidad en el que nos juntamos pocas personas pero ya algo diferentes: cristianas, ateas, bolleras, heterosexuales... Con la única motivación de estudiar juntes. Parece poca cosa, y probablemente lo sea, pero toda llamada al respeto e interés por la diversidad de las personas me parece poco.

La tercera. Que es como la segunda. Recojo las palabras de Rilke que Jordi Carmona Hurtado compartía estos días en una red social: “Cuanto más humanos nos hacemos, tanto más diferentes nos volvemos. Es como si, de golpe, los seres se multiplicaran por mil; porque un nombre colectivo, que antes valía para miles, se vuelve escaso para diez personas y se ve uno forzado a observar a cada una de manera individual. Imaginemos que en lugar de pueblos, naciones, familias y comunidades, tengamos un día personas, y, cuando ya no se pueda unir ni a tres bajo el mismo nombre, ¿no tendrá entonces el mundo que hacerse más grande?” Y espero y deseo que consigamos tirar poco a poco los muros que nos separan, entre países y dentro de ellos. Las diferencias de los problemas que estamos viviendo en Europa y América creo que son realmente de grado, no de naturaleza. Toda mi confianza en la potencia de las luchas feministas internacionales. Esto va a llevar probablemente tiempo, pero tenemos que continuar. Mantenernos vivas en todos los sentidos de la expresión.

Ahora que parece que no podemos.

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