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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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El calor de las llamas

El calor de las llamas /  Laia Domènech

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Nuevo cuento de la serie “Mari contra la pobreza”. Mari vive en un barrio murciano, trabaja de camarera, tiene dos hijos (Jaime y Jorge) y un dinosaurio. El dinosaurio (que podría ser el mismo que sale en el cuento de Augusto Monterroso) representa la fuerza interior de Mari, la fuente de energía que le permite enfrentarse a todos los problemas cotidianos que provoca vivir en situación de pobreza. Mari comparte el protagonismo de estas historias con sus amigas Tamara y Henriette. Ellas representan a todas aquellas mujeres que pelean a diario contra la pobreza y queremos que sea el reconocimiento de la EAPN-RM a su valor y esfuerzo. Este cuento vuelve a contar con una ilustración original de la artista Laia Domènech.

Puedes leer el resto de cuentos de Mari aquí.

Mari no lo reconocerá nunca pero cuando Jaime era pequeño, estaba deseando que se pusiera malo. Desear quizás sea algo injusto. Sería mejor decir que no le importaba demasiado. No hay mal que por bien no venga. Jaime, de pequeño, estaba muy ocupado, siempre de acá para allá, siempre con las manos llenas de cosas, subiendo, bajando, corriendo, corriendo más, conejito blanco que llega siempre tarde, niño sobre cuyos hombros descansa la responsabilidad de mil cosas por hacer, juguetes que ordenar en fila, árboles que trepar, piedras que tirar, aparatos que destripar, pájaros que perseguir… Solo mirarlo resultaba agotador. El abuelo de Mari contaba siempre la historia de un reo al que condenaron a seguir día y noche a un niño y hacer todo lo que él hiciera. Mari no se imagina ese castigo para ella. Con tanta tarea a medio, Jaime no tenía tiempo para que su madre lo abrazara o le diera besos. Salvo cuando se ponía malico. Entonces la fiebre aceleraba el corazón y la respiración del enfermo al tiempo que lo adormecía y Mari aprovechaba para ponerse al día en cuanto a caricias y achuchones.

Jaime es ahora un adolescente cariñoso al que no le molesta que su madre le abrace de vez en cuando y le diga cuánto lo quiere. Jorge, por su parte, ha seguido un camino opuesto. De pequeño buscaba a Mari a todas horas y no se separaba de ella ni con agua hirviendo. Ese niño no puede seguir durmiendo con usted, le decía cada tutor que tenía el niño. Si no, le amenazaban, nunca será un adulto independiente. No les hagas caso, la consolaba su madre, ya saldrá de tu lado… y no querrá volver. Y así fue, Un buen día, Jorge decidió que ya estaba bien y dejó de dormir con su madre. Empeñado en hacerse mayor antes de tiempo, decidió también que los besos y los abrazos eran cosas de niños pequeños y estableció una distancia notable con Mari. Por eso, ahora, Mari agradece que haya llegado por fin el invierno y que haga frío y que las cuentas para poner la calefacción no salgan y que tengan que arrebujarse en el sillón y que pueda robarle algún que otro achuchón a su hijo el distante.

Cuando los días de calor asfixiante se suceden uno tras otro, Mari piensa que el verano es eterno. Recuerda entonces una imagen que coloreaban año tras año en clase en la que se veía un árbol cambiando a lo largo de las cuatro estaciones y le da la impresión de que aquella es otra de esas mentiras con las que nos llevan mintiendo toda la vida. Pero los estragos del calentamiento global van poco a poco por lo que en Murcia todavía hay restos de las cuatro estaciones. Y durante el invierno hay días en los que hace mucho frío.

–No te habrás visto en otra -le suele decir Tamara a Henriette cuando el termómetro baja de los 5 grados.

–Eso es un poco racista -le reprocha Jaime.

–¿Cómo se te ocurre decirle a tu chacha que es racista? –se defiende Tamara–. Antes muerta que racista. Es un comentario completamente razonable. Me he informado antes de hablar, don sabelotodo.

–No te creas, algún día bajábamos de 10 grados –responde Henriette.

El aparato de aire acondicionado empezó a fallar al final del verano. Un cliente del bar que se dedica a las chapuzas se ofreció a echarle un vistazo. No lo arregló del todo pero consiguió que siguiera funcionando a cambio de hacer un ruido horroroso y de gastar más de lo que nunca había gastado. Cuando Mari vio la factura de la luz de septiembre casi le da un pasmo. Cualquiera lo pone en invierno, pensó.

En lo que va de invierno, lo ha puesto a ratos sueltos los días que más frío ha hecho. Pero siempre con un nudo en el estómago que parece apretarse al ritmo del ruido escacharrado que hace el aparato. Tanto Jaime como Jorge son conscientes de la situación de la casa y apenas se quejan del frío. A veces, para ducharse sí que ponen un pequeño calefactor para calentar el baño. Mari les deja hacer y aprovecha el calor que queda después de que hayan apagado el calefactor para ducharse ella.

Las paredes de papel y las ventanas que no cierran del todo tampoco ayudan.

Cada cual tiene su propia manta para cuando están en el sofá. Dios ahoga pero no aprieta. Y cuando llevan un rato, las mantas se han mezclado entre ellas y Mari se acuerda de cuando sus hijos eran pequeños y jugaban con plastilina nueva en la que se distinguía los colores hasta que la mezclaban y acababa todo de color negro. En esa entropía hogareña de mantas y fríos propios y ajenos, el dinosaurio intenta poner de su parte pero su sangre fría no ayuda. En verano, Mari suele buscar el frescor de sus escamas pero en invierno solo su aliento guarda calor. Y no siempre es apetecible que un dinosaurio te respire a la cara.

De la misma forma que Mari acababa maldiciendo la enfermedad de Jaime antes que después, no hay forma de reconciliarse con el frío de la pobreza por mucho que Jorge la busque bajo las mantas para escapar del frío. Solo los imbéciles que no saben de lo que hablan, decía Tamara, pueden romantizar la pobreza.

Esa noche, tal vez porque hace más frío de lo habitual y nadie quiere salir de debajo de las camas, se han ido durmiendo uno tras otro en el sofá. Mari, con las palabras de Tamara todavía en la cabeza, sueña con cosas que arden. Y las llamas calientan los sueños de sus hijos.

***

Según la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE el pasado 05 de febrero de 2026, un 19% de murcianas y murcianos no pueden mantener su casa a una temperatura adecuada y un 15,3% tiene retrasos en pagos relacionados con facturas del hogar. La pobreza energética es un tema del que hablamos con frecuencia en invierno, pero en Murcia es una pobreza que también se pone muy de manifiesto durante el verano.

La pobreza energética debemos relacionarla con carencias en la vivienda en general. La falta de aislamiento hace que el interior del hogar esté más expuestos a las inclemencias del tiempo y eleva el gasto en acondicionarlo. Según el informe Foessa, presentado también recientemente, el 23% de la población murciana está afectado por algún rasgo de exclusión residencial.

Por último, debemos señalar que las cuestiones climáticas hay que enmarcarlas dentro del proceso del calentamiento global. No es solo pasar frío en invierno y calor en verano, es que debemos afrontar la crisis climática si queremos tener algún tipo de futuro.

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