La pasión según el Carnaval
El Carnaval estaba en lo suyo hace cuarenta y cinco años cuando un hombre disfrazado de torero disparó al aire con una Star del 45 en el Congreso de los Diputados. Fue un veintitrés de febrero y así lo publicó un periódico sueco, entre el asombro y el sarcasmo. Con este simpático a la par que cruel gazapo, aquel periodista vikingo practicó, sin quererlo, el saludable ejercicio de la guasa ibérica, esa que ahora parece estar en peligro de extinción. En Cádiz no dejaron de sonar las turutas por las calles. Ese zumbido urbano de cigarra alegre celebró muy fuerte entonces que por los pelos no nos endosaron otro dictador. A los tres días del golpe de estado se publicaron panfletos de chistes por decenas. Aquel mismo año, Cartagena celebró su primer Carnaval en el paseo del puerto, cuando el mar ni siquiera se veía, tapado por vallas metálicas y muros de hormigón. Daba igual, porque la village people, algrito de fiesta y libertad, se tiró a la calle disfrazada y con hombreras.
Sin abundar demasiado en la nostalgia, ni que esto sea una efeméride de salón, recordar que un poco más tarde la artista conocida entonces como Bibí Andersen fue la pregonera del Carnaval, actuó también Peor Imposible, los artistas más punteros decoraron la ciudad, que tenía cuatro cines ¡¡abiertos!! en el centro. Este año, la Comisión de Carnaval y el Ayuntamiento la han elegido como pregonera otra vez. Bibiana no ha venido por problemas de salud y francamente no sé si esto es una señal (como decía ella en ‘Matador’) pero está bien clarinete que hace tiempo la concejalía de Cultura ha dejado de serlo como tal, para ser engullida enteramente por el espíritu (y presupuesto) de los Festejos.
En las tripas más recónditas de los carnavales vive esa microbiota con la que se digiere mejor la libertad, o existe la ilusión, aunque corta, de que algo se transgrede. Los romanos dedicaban uno de los días de su Saturnalia para anular las normas sociales empezando por lo esencial: los amos servían a sus esclavos, quienes podían hablar lo que quisieran, incluso se les podía escapar una colleja, sin miedo a ser castigados. Los sirvientes podían también comer delante de sus dueños y vestirse con ropas de personas libres. Con esta idea un poco masoca los que mandaban se sacudían las pulgas de su conciencia y al día siguiente el mundo volvía a lo establecido. La riquísima minoría exprime a la mayoría, que sufre y aguanta, igual les suena. Luego llegó Espartaco y se acabó la diversión.
Las mujeres han cantado en los carnavales gaditanos las mejores letras del mundo. ‘La Camorra’, con su pasodoble ‘Tres mil mujeres’ ha puesto en pie al público del Teatro Falla. No se puede cantar mejor desde las vísceras del sentimiento el drama de los cribados de mama en Andalucía, ni con más arte, ni con más pasión. Pero los sectores conservadores opinan que hay que revisar esas letras, puesto que emocionan demasiado, porque el mensaje político predominante no se corresponde con el resultado de las urnas (¿?) se pierde el ingenio y se acaba en populismo. Hoy cualquier ignorante dispara sin miedo esa palabra, como en el Congreso lo hicieron aquellos guardias civiles. La misma mentira repetida bajo consignas chungas se ha convertido en otra clase de munición.
Todo aquel que piense que la vida siempre es cruel/ tiene que saber/ que la vida no es así/ tan solo momentos malos/ y todo pasa/ dice la grandísima Celia Cruz. Ese estribillo es seguramente el que más se escucha en cualquiera de las calles de esta región durante los carnavales, que nunca molestarán al power. Quizá algo de crítica, siempre en el estilo de los patricios romanos. Vamos, sin categoría de clamor, como el que han conseguido las gaditanas. No puedo hacer spoiler porque no sé qué cantarán nuestras chirigotas frente al palco de las autoridades, pero de una cosa estoy segura: Los carnavales serán fantásticamente democráticos en una tierra donde, para vacunarse de los primeros en pandemia, un obispo se disfrazó de capellán. Eso, al fin y al cabo, también es transgresión, las cosas como sean.
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