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Guillem Martínez

Guillem Martínez (Cerdanyola, 1965), es periodista y guionista televisivo. Actualmente publica en El País Catalunya. Ha escrito diversos libros, algunos sobre cultura española democrática. Ha sido coordinador del volumen CT, o Cultura de la Transición.

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Vuelve la uniformidad

Barcelona, Hotel Barcelona Sants. Estoy frente a la puerta de la sala en la que está a punto de realizarse el acto central de campaña de Ciudadanos. Un guardia jurado la gestiona. No podemos entrar, que la sala está llena. Frente a esa puerta nos apretujamos periodistas y aficionados. Afición C's, concepto: señores y señoras a los que, por lo visto, nunca jamás un guardia jurado les había dicho que no podían pasar por una puerta, algunos con pulseritas y pins con la bandera española.

Si les parece, mientras el Gobierno Provisional de C's gestiona mi petición para acceder al acto vía guardia jurado, les explico dónde estamos. Ubicación física: el Hotel Barcelona Sants es un hotel edificado encima de la estación de Renfe, Adif, o como se haya reprivatizado esta mañana a primera hora. Lo que le confiere un aire relativamente aislado. Por eso era utilizado por el PP para sus congresos locales, no sea que la cosa acabara como Bob Esponja, con espontáneos, horcas y antorchas.

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La ruptura

El Estado ha iniciado un proceso constituyente. Se inició en 2012, con la reforma constitucional exprés, cuando en un plis-plas se cambió el sentido de la Constitución del 78, y el Estado, en minutos, dejó de ser garante del Bienestar para pasar a ser garante del pago de deuda. Hasta ese momento, por otra parte, el sentido de aquel texto, escaso de soberanía –hasta el punto de ser reformado con rapidez y más allá del deber, ante indicaciones externas– estaba determinado por unos marcos, una lógica de la interpretación, que había mantenido sin estrenar interpretaciones más sociales de la cosa.

Como consecuencia de ese rapto del sentido desde una cultura determinada, se había eliminado, por los hechos, también el título territorial del texto, hoy sin función, en opinión de Javier Pérez Royo. Cabe suponer que ese proceso constituyente, asumido por las regiones menos ensimismadas del PP, suplicado por CiU, animado por el PSOE y sugerido reiteradamente por alguna empresa del IBEX –subsector financiero, que ya ha alertado de que urge una solución territorial al asunto–, tomará cuerpo en breve, y se centrará en la opción federal. Un Estado catalán –y, previsiblemente, otro vasco– diferenciado, y la oficialización del carácter plurinacional de la federación resultante.

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Gregorio Morán o censurar en el siglo XXI

Hace escasas horas que tenía que haber aparecido el último libro de Gregorio Morán (Oviedo, 1947). Y no lo ha hecho. Se trata de El Cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los letrados. Cultura y política en España, 1962-1996 (Crítica). Habría sido un Morán auténtico, muy grueso. Y muy esperado. Habría supuesto un repaso cultural a varias décadas que culminan, a partir de los 80, en la cultura europea más especializada en vincularse al Estado, hasta el punto de llegar a ser una cultura y un Régimen político absolutamente unidos y dependientes, situación que sólo parece haber empezado a tambalearse en el siglo XXI. El uso que hace Morán del nombre propio y de los trazos biográficos de sus investigados –siempre alejados de lo que el canon cultural oficial considera publicable, investigable e, incluso opinable–, eran otro gran motivo de interés. La expectativa del libro, constatable en la redes, era absolutamente justificada.

Nada, hasta hace poco, indicaba que el libro tuviera problemas previos. El autor, este verano, estaba elaborando el índice onomástico, y había recibido la portada del libro. Por otra parte, en el último número de la revista Leer, aparecido hace pocos días, se publicaba una entrevista, firmada por Fernando Palmero –muy buena, por cierto–. Tenía el aspecto de ser una entrevista promovida por la editorial con motivo de un lanzamiento. La entrevista llevaba como titular un entrecomillado de Morán: "Este es el libro más duro y brutal de todos los que he escrito". Y, tal vez, eso es, exactamente, lo que ha pasado. Un autor escribió un libro duro y brutal que hablaba de la cultura española. Ha sido censurado en su último tramo editorial. Y ese libro no existe, en este preciso momento, para el lector. En lo que es un síntoma del carácter terminal de la cultura oficial, hegemónica hasta ahora, todo ello ha sucedido con precipitación, con cierta improvisación, y con escenografía y vocabulario poco certeros.

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Varias manifestaciones al precio de una

Barcelona está colapsada por tercer año consecutivo. No se cabe. El metro está repleto de participantes de la manifestación del 11S. Un usuario de una sociedad reconoce a su sociedad con un vistazo. Y en los vistazos que echo, reconozco familias que votan derecha e izquierda, miembros de asociaciones folclóricas y sociales contradictorias entre sí, grupos de amigos de barrios up y barrios down. Es, en fin una muestra importante de una sociedad, tan amplia que es difícil de caricaturizar. Incluso resulta difícil acceder a lo que aparece en el cerebro varias casillas antes de la caricatura: la descripción. Una concentración humana tan amplia, es algo complejo y que supera en amplitud y perplejidad, por fuerza, la razón de su convocatoria. Hummm. Este artículo es un intento de explicar cuantas manifestaciones habían en esa manifestación. Me parece algo más sencillo y honesto que el típico artículo defendiendo una línea de interpretación entre todas las líneas que los diferentes partidos ofrecen al mercado. De hecho, hay una posibilidad muy alta de que, muchos de los manifestantes de hoy, carezcan de líneas interpretativas en los actuales partidos.

Una manifestación por el derecho a votar. La mani, en primer lugar es eso. Una mani antigubernamental. Contra un Gobierno que niega la posibilidad de un referéndum reclamado por la sociedad catalana. Pero también es una mani contra el grueso de la oposición, contra la mayoría de partidos que apoyan también ese decisión gubernamental. Es, en fin, una mani contra un Régimen sin capacidad discursiva, sin soberanía, deslocalizado en instituciones no democráticas que, a través del Gobierno, están realizando la mayor contrarreforma democrática de los últimos tiempos. El tema territorial es, precisamente, el único tema en el que aún parece tener alguna soberanía este Gobierno. En un momento en el que el Estado se revela como una entidad con muy poca entidad, el Régimen carece siquiera de la capacidad intelectual para dar una respuesta democrática a las demandas de la sociedad catalana. Entre todas las situaciones de fin de Régimen que se van dibujando, el Gobierno, con su negativa e incapacidad, está aumentando, tal vez, la única que está capacitado de serie para entender: una crisis territorial. El Gobierno aún no ha entendido, por ejemplo, que lo que intentaba CiU al pedir un Pacto Fiscal era salvar el Régimen en Catalunya. Y que, tras ese fracaso, pedir un referéndum no vinculante, con pregunta y fecha sensibles de ser negociadas, y resultado que conduciría a una negociación de dos gobiernos, antes que a la aceptación propia del resultado –es decir, pedir poco o nada, pedir que siguiera existiendo una CiU que fuera pactado cositas–, es también una lucha desesperada para que siga existiendo algo parecido al Régimen. A estas alturas de partido, es posible que el Régimen, desautorizado en esta manifestación descomunal, acabe pagando a un precio muy alto el no haber comprendido que, hasta hace muy poco, se le pedía lo de siempre.

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Pla, Pujol y el viaje a ninguna parte

Josep Pla no siempre fue un bicho. Hasta su exilio, en la dictadura de Primo, fue un crack. Un tipo con la sensualidad resuelta, a años luz del meapilas noucentista tipo, endémico en Catalunya, ese paradigma de intelectual que, en el trance de hacer pipí, salía de la ducha. Pla tenía un amplio abanico de trucos y nuevos puntos de vista para describir una mayor realidad de la esperada. Fue, de hecho, el primer periodista europeo en codificar el fascismo. Cubrió la Marcha sobre Roma, y allí describió algo nuevo y que no tenía nada que ver ni con el socialismo, ni con la democracia liberal. Su descripción de la cosa fue tan ágil que, en fin, fue expulsado con agilidad de Italia, país al que sólo pudo volver cuando él también entró a formar parte del fascismo que había descrito.

La originalidad, también estilística, de Pla es, en esta época fundacional, apabullante. Gabriel Ferrater –ignoro por qué Ferrater no existe en España; ignoro más aún por qué tampoco, snif, existe en Catalunya; humm, posiblemente tenga algo que ver con aquello del pipí y la ducha que les comentaba–, describe a Pla como único autor catalán que, en tanto que pagès, era poseedor de una cultura transmitida –la transmisión de la cultura es el gran qué, no resuelto ni en España ni en Catalunya–. Anyway. El Pla periodista y escritor chachi finaliza con su exilio, en 1931, fecha en la que ya es un asalariado de Cambó. Y eso se convierte en su límite para todo.

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Proceso (re)constituyente

Tradicionalmente, cuando los diarios españoles lanzan ediciones especiales vespertinas, no es tanto para informar como para cohesionar. A estas jornadas de poca información, pero de mucha comunicación, que surgen cuando el Estado necesita una ayudita, se les podría llamar Apagón Informativo. Son uno de los sellos de la Cultura de la Transición.

Hasta ahora servían para vertebrar, de arriba abajo, el pensamiento oficial ante un tema urgente. Hoy, a pesar de que ese acopio de medios apuntando hacia la misma línea de investigación resulte, en verdad, apabullante, tal vez sólo sirva para saber cuál es el pronunciamiento oficial ante un tema.

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1898 BIS

Desde que los ha habido, todos los momentos de auge y tensión social en España se han traducido en un gran debate territorial. Es más, los periodos sin gran debate territorial de los dos últimos siglos coinciden con aplazamientos –violentos o no, pero sí verticales– de la tensión social y, en general, con una reducción del margen de lo opinable –exemplum: la Restauración, el Franquismo, la Restauración2.0–. El hecho de que este debate esté a tutiplén, bajo la forma –por ahora– del Procés Català, indica que estamos en uno de esos momentos históricos de auge social. Es decir, de formulación de la época, de formulación de la agenda de futuras demandas democráticas, y de posible ruptura. No se puede dar carpetazo a esos momentos metiéndolos en la carpeta Windows de anticentralismo/federalismo/cantonalismo –cuando sucedían en el siglo XIX–, o de nacionalismos –cuando suceden en el siglo XXI–. Ignoro por qué sucede eso pero, en todo caso, el tema territorial es el que acostumbra a ordenar el resto de temas por aquí abajo.

El pasado martes, en el Congreso, se pudo ver un poco todo ello en funcionamiento. Es decir, se pudo ver el esbozo de una época, de la agenda de la nueva época y, posiblemente más aún, el fin de una época. Se pudo ver qué pide el Parlament de Catalunya, el desglose de ello en diversas sensibilidades –en ocasiones, contradictorias–, y cómo el tema territorial –debe de ser, en verdad, muy amplio y potente, y debe de asumir otros temas en él, por tanto–, sometió a contradicción a todos los que participaron de él.

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10 puntos contra Catalunya y España

1. El proceso catalán nació como una revolución democrática en 2009, en el municipio de Arenys de Munt, a través de la primera de una serie de consultas municipales, organizadas sin apoyo de partidos políticos. Este proceso era absolutamente rupturista. Es decir, consistía en la reclamación de una democracia directa, sin mediación de partidos, suponía la superación radical, sin intermediarios, del único tema político posible en la CT (Cultura de la Transición), el tema territorial, y explicitaba la construcción de políticas de abajo arriba, a través del municipio.

Por el mismo precio, era un cuestionamiento del concepto unidad nacional, fijado verticalmente en 1874, y renovado con verticalidad, sin cambios ni participación, en 1939 y 1978. Suponía, en fin, la posibilidad de acabar con el tabú de los temas indiscutibles, problemáticos y aparcados desde 1978. Era, en fin, otra agenda de lo posible, distinta a la gubernamental.

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