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Julián Porras

Doctorando en la Universitat de Barcelona

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El sindicato mantero y sus remedios contra el pensamiento único

En 1987, frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas, el entonces Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, dijo: "De Soto y sus colegas han estudiado la única escalera para el ascenso social. El libre mercado es el otro sendero hacia el desarrollo y el único sendero verdadero". Reagan se refería al empresario e investigador peruano Hernando de Soto y sus colegas eran, supongo, los investigadores del Instituto Libertad y Democracia (ILD), uno de los think-tank más influyentes del mundo o, en otras palabras, una de las puntas de lanza neoliberales responsable del diseño e implementación de reformas legales durante los últimos 30 años y cuyo objetivo principal ha sido empoderar a los pobres de medio mundo.

De Soto saltó a la fama en 1986 por su libro El otro sendero, en el que sostenía que los trabajadores informales eran empresarios no reconocidos por el Estado. Para el autor, la desigualdad en el mundo del trabajo estaba ligada al torpe papel del Estado frente a las empresas, y no debido a los modos de producción, extracción y explotación dominantes. Esta visión de la pobreza en el que cada pobre es una empresa, perdón, una pequeña empresa, se convirtió en un leitmotiv internacional y de Soto su vedette.

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La mano que aprieta y ahoga

Desde hace más de dos meses, las instituciones de Barcelona tienen en la mira a los chatarreros de Glòries. La Sunu Village, la última ocupación de chatarreros africanos, está siendo asediada. Primero, con un desalojo exprés en agosto, sin ruido mediático, sin una sola voz en contra, con las formas que se guardan en la ciudad. Al parecer fue una operación de limpieza más que el cumplimiento de un juicio por desahucio. Vinieron, destrozaron toda la ocupación, tapiaron las paredes de la casa ocupada, desocuparon los materiales y se marcharon. Los chatarreros reocuparon inmediatamente; habían entendido el mensaje.

Desde entonces, la tenaza día a día de la Guàrdia Urbana alrededor de la ocupación. Así llevan más de dos meses. Como los controles son continuos, los chatarreros no pueden llevar a cabo su actividad, se sienten ahogados, sus ingresos han bajado a límites cercanos a la supervivencia. Y hay que recordar que estos límites son elásticos, de no ser porque son un colectivo que tiene mecanismos de redistribución y cooperación hace tiempo hubiesen desaparecido.

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La mà que estreny i ofega

Des de fa més de dos mesos, les institucions de Barcelona tenen en la mira als drapaires de Glòries. La Sunu Village, l'última ocupació de drapaires africans, està sent assetjada. Primer, amb un desallotjament exprés a l'agost, sense soroll mediàtic, sense una sola veu en contra, amb les formes que es guarden a la ciutat. Pel que sembla va ser una operació de neteja més que el compliment d'un judici per desnonament. Van venir, van destrossar tota l'ocupació, van tapiar les parets de la casa ocupada, van desocupar els materials i van marxar. Els drapaires van reocupar immediatament; havien entès el missatge.

Des de llavors, la tenalla dia a dia de la Guàrdia Urbana al voltant de l'ocupació. Així porten més de dos mesos. Com els controls són continus, els drapaires no poden dur a terme la seva activitat, se senten ofegats, els seus ingressos han baixat a límits propers a la supervivència. I cal recordar que aquests límits són elàstics, de no ser perquè són un col·lectiu que té mecanismes de redistribució i cooperació fa temps haguessin desaparegut.

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