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Lina Gálvez

Lina Gálvez Muñoz, europarlamentaria del PSOE, es Catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. Es doctora por el Instituto Universitario Europeo de Florencia y ha sido profesora de las universidades de Reading, Sevilla y Carlos III, y como profesora visitante de la Universidad de Oxford. Dirige el observatorio de igualdad GEP&DO y los masters universitarios en Género e Igualdad y el de Derechos Humanos, Interculturalidad y Desarrollo. Su investigación se ha centrado en el análisis de las desigualdades, especialmente las de género; el análisis de los tiempos y los trabajos en los mercados y las familias; así como los efectos de género de las crisis económicas y las políticas de austeridad.

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Insultos, disciplinamiento y cooptación

El exdiputado de Ciudadanos Marcos de Quinto publicó ayer un tweet en el que aplaudía un artículo de María Palmero con el desafortunado título: "¿Por qué la ministra Montero nos trata a las mujeres como auténticas subnormales?". En este tweet, De Quinto escribía lo siguiente: "Interesante repaso a la ministra que alerta a las mujeres para que 'no se arrodillen ante los hombres'. Cabe reconocerle cierto conocimiento de este tema, porque así ha llegado a ser ministra".

Pero ni el artículo suponía un repaso a la ministra, ya que solo se trataba de un cuestionamiento poco fundamentado del feminismo, ni el tweet de De Quinto ofrecía argumentos más allá del insulto. La superficialidad y zafiedad de su comentario no merecerían que yo les dedicara esta mañana de domingo escribiendo este artículo, si no fuera por el hecho de que su publicación no es un hecho aislado y, por tanto, está lejos de ser inocua.

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La Europa de las mujeres: voces en tiempos de COVID

Son 20 las voces de mujeres y hombres europeos que se unen en esta serie de vídeos lanzada en YouTube este viernes 19 de junio, con la que personalidades del mundo académico, político y del asociacionismo europeo quieren recordarle a las instituciones europeas y nacionales que no vamos a permitir que esta crisis, como tantas otras en el pasado, se salde con una factura que paguen de forma desproporcionada las mujeres y que más bien esperamos que la pandemia dela COVID ofrezca la oportunidad para reconstruir Europa desde nuevas premisas y una agenda feminista.

Muchas de las voces recuerdan la forma en que la pandemia ha afectado a niñas y mujeres de forma específica y desproporcionada. Lo hacen las eurodiputadas españolas Iratxe García Pérez y Lina Gálvez al mencionar la sobre-exposición de las trabajadoras que han estado en la primera fila combatiendo la pandemia o prestando servicios esenciales y recordando a las mujeres que, por su condición laboral precaria y su especialización en los cuidados, se han visto sobrecargadas y perjudicadas en materia de empleo o a las que han sufrido violencia en sus hogares durante el confinamiento. A su vez, Stefano Osella, investigador italiano, añade que la vulnerabilidad en términos de violencia y precariedad también ha afectado a minorías sexuales y de género, y Stefania Giannini, alta funcionaria de la UNESCO, alude al riesgo real de que, tras el cierre masivo de las escuelas en 190 países durante la pandemia, muchas niñas, que ya se han visto afectadas por la brecha digital y el ciberacoso, no regresen nunca a las escuelas.

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Conformismo frente a la desigualdad: la gran rémora de nuestras sociedades

Todas las estadísticas nacionales e internacionales muestran que la desigualdad económica aumenta sin cesar en nuestras sociedades. Sólo si se contempla el planeta como un todo podría obtenerse una imagen distinta, como consecuencia del aumento del nivel de vida en China e India (en cuyo interior, a su vez, se dan grandes desigualdades). Y es realmente sorprendente que no se haya producido todavía una reacción a la altura de las impresionantes diferencias en ingresos y riqueza entre una exigua minoría y el resto de la sociedad.

La persistencia y el aumento de esta enorme desigualdad no es sólo un estigma moral de nuestro mundo, que dispone de más recursos que nunca para poder satisfacer suficientemente las necesidades de todos los seres humanos. Es también un freno al progreso económico y una fuente de ineficiencias, ya que, si bien los talentos están igualmente repartidos, las oportunidades no lo están. Es fácil comprobar que, históricamente, cuando más aumentan las desigualdades, más crisis económicas se producen, menos crece el PIB, más frustración social se acumula, y peor funcionan los ascensores sociales y la meritocracia. Esto último es especialmente injusto e ineficiente, dados los grandes desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad y la velocidad a la que estos se presentan y transforman a causa del ritmo exponencial de los cambios tecnológicos.

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El mundo post-COVID, un reto también personal

Por todo el mundo, y como no podía ser de otra manera, se están publicando libros y artículos y se están poniendo en marcha comités de expertos, la mayoría con la "o" del masculino, para pensar en la salida de la crisis, en el mundo post-COVID-19. Muchos parlamentos y gobiernos han puesto en marcha estas comisiones o comités, sabedores de que esta crisis no es solo un mal momento coyuntural que hay que pasar lo antes posible, sino un verdadero toque de atención para hacer las cosas de otra manera. Una reflexión que también están haciendo las empresas y los  think tanks  a los que financian, y por supuesto las élites financieras que controlan gran parte de nuestras vidas.

Pero todas esas reflexiones no tendrán el alcance necesario si no van acompañadas de las que hemos de realizar las personas a título personal para reactivar y reinventar, también nosotras y nosotros, los valores que asumimos, los principios éticos que nos guían, nuestra posición en el mundo o la forma en que nos relacionamos con los demás y con la naturaleza. Es decir, si en lugar de asumir lo que nos digan, asumimos un compromiso personal efectivo para hacer que lo que hacemos por nuestra cuenta y lo que hacemos por los demás y por la sociedad en su conjunto sea distinto a lo que venimos haciendo. Porque nuestro comportamiento individual en todos estos últimos años, por acción u omisión, también tiene que ver con lo que nos viene sucediendo.

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Instituciones para el siglo XXI

Las políticas erráticas o los errores de las élites que controlan las instituciones de un territorio pueden dar al traste con el desarrollo económico que un país ha acumulado durante siglos. Y lo contrario también puede ser cierto, aunque no abunda en la Historia reciente del mundo contemporáneo: las políticas acertadas, la complicidad de las élites con su comunidad y la visión a largo plazo de las instituciones de un país sobre asuntos estratégicos que afectan a la economía y al bienestar pueden determinar largas etapas de prosperidad y bienestar. No lo inventamos nosotras, lo dijo con gran contundencia uno de los economistas más influyentes del siglo XX, Angus Maddison. Maddison estudió, en el Development Center de la OCDE en la década de 1960, las fuerzas profundas que explicaban la existencia de países económicamente más desarrollados y de otros más pobres. Advirtió que esas fuerzas eran de largo plazo y tenían mucho que ver con las ideologías, la religión, el colonialismo, las élites locales y la calidad de las instituciones.

Las instituciones son, fundamentalmente, organizaciones estables que aglutinan grupos de interés de muy diverso ámbito, desde el financiero al político, empresarial, sindical, cultural, profesional, educativo, sanitario, militar, deportivo o religioso. A menudo pensamos que las instituciones son solo aquéllas que tienen influencia directa en la creación y ejecución de políticas económicas y sociales. Alexander Gerschenkron, por ejemplo, estaba convencido hace ya cinco décadas de que las instituciones clave para acelerar el desarrollo en países atrasados eran el Estado y la Banca. Muchos pensadores socialistas y economistas de economías emergentes siguen pensando que las instituciones responsables del desarrollo son las que ostentan el máximo poder político y financiero. Sin embargo, los graves errores de previsión económica de economistas y políticos durante las últimas décadas han puesto en cuestión que éstos dos sean los agentes institucionales capaces de alcanzar realmente el bienestar a largo plazo, más allá de conseguir periodos de crecimiento económico y, en particular, industrial más o menos significativos, cuyo impacto medioambiental negativo es hoy día altamente criticado. De hecho, las instituciones financieras que dieron origen a la crisis de 2008, todas ellas demasiado grandes y demasiado apalancadas, siguen en pie, siguen siendo demasiado grandes, y siguen diversificando en exceso su actividad, controlando y financiarizando cada vez más aspectos de la llamada economía productiva. De hecho, cabría preguntarse, tal y como hace Nial Ferguson en La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías, por qué resulta cien veces más caro sacar un nuevo medicamento al mercado que hace sesenta años. Un ejemplo ilustrativo en estos tiempos de pandemia y confinamiento.

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Las ciudades como vanguardia post-COVID-19

En la actualidad habitan el planeta Tierra 7.700 millones de personas. De ellas, el 55% se concentra en ciudades. Las estimaciones previas a los cambios que pueda traer la pandemia indican que la población global crecerá hasta alcanzar los 9.700 millones en 2050 y que, para entonces, el 70% vivirá en ciudades. En Europa ya hemos superado ese porcentaje y en países como España estamos prácticamente al 80%, con la población agrupada en torno a las ciudades más grandes y las implicaciones que esto tiene sobre el mercado de la vivienda o la concentración de la oferta de trabajos más dinámicos y de innovación. Y es que las ciudades son los grandes focos de la pobreza, pero también el centro neurálgico de la actividad económica, acumulando alrededor del 80% de la que se genera medida en parámetros de mercado. Las ciudades son, por tanto, espacios fuertemente desiguales en distintas magnitudes, desde el acceso a la vivienda, la movilidad, los espacios verdes o los servicios, a las distintas formas en que las distintas personas viven en función de su edad, género, vinculación laboral, barrio, etc. 

Hoy día, las ciudades son también las responsables del 70% de las emisiones de CO2 a la atmósfera, y el espacio donde miles de personas viven y mueren en soledad a diario, a pesar de la aglomeración humana que representan. La ultraconectividad asociada a la revolución digital y tecnológica en la que estamos inmersos deja, sin embargo, muchos agujeros negros sin conexión, lo cual genera amplias y variadas desigualdades, así como cambios en los modos de vida y el gobierno de lo común que necesitamos repensar si no queremos vernos abocados a una individualidad insoportable que el distanciamiento social que la COVID-19 nos impone puede aún incrementar. 

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Educar, pero mejor. El reto para este siglo

El cambio climático, las desigualdades socioeconómicas, los movimientos internacionales y masivos de personas, la recesión y recuperación que se avecina como mínimo de entre dos y cinco años deberían comenzar a cambiar radicalmente lo que se considera objetivo de éxito de esta sociedad como colectivo. En esta transformación, la educación tiene que jugar un papel central. Internet y el acelerado acceso en todo el mundo a la información disponible en ella han revolucionado la educación formal, la que los organismos internacionales miden conforme a una variada serie de criterios e inquietudes. Podemos citar los de Naciones Unidas, que, al definir los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se mostró preocupada, entre otras cuestiones, por calcular el número de niñas que logran acceder a la educación primaria, de la que aún siguen excluidas en muchos países del mundo, 15 millones, frente a 10 millones de niños. O los del informe PISA de la OCDE, que pretende medir el avance de la educación reglada en ciencias, matemáticas y lectura en niveles preuniversitarios. O los de la Universidad de Oxford, que evalúa el progreso en el uso de internet en el mundo a través de su herramienta Our World in Data.

Pero la medición de los resultados educativos o de lo que la sociedad valora como "ser educado" o "estar educado" varía enormemente, y posiblemente seguirá variando, razón por la que necesitaremos nuevos indicadores y herramientas para llevarla a cabo, pues los retos a los que nos enfrentamos no cesan de cambiar, como también lo hacen las percepciones y los instrumentos de análisis de que disponemos, y el modelo de éxito que queremos alcanzar. Por ejemplo, los historiadores económicos y los economistas del desarrollo utilizan a menudo, para medir el avance de la educación en el largo plazo, los siguientes indicadores: alfabetización (total, por géneros, por territorios); acceso a la universidad y número de graduados universitarios; o número de graduados en ingeniería por millón de habitantes. Sin embargo, para los ciudadanos de a pie, la educación, con frecuencia, es otra cosa. Ser educado significa ser respetuoso; es decir, ser humilde y tolerante con lo diferente. Significa también saber integrarse en un grupo con inteligencia. No implica, por tanto, saber cosas, sino saber aplicar conocimiento con una actitud muy distinta a la que muestran los intolerantes, los "sabelotodo", los que hablan sin escuchar. Ser educado es saber adoptar una postura de constante receptividad y disposición a aprender de los demás y de las distintas fuentes de información, tanto formales como informales, a las que uno tiene acceso.

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El futuro del trabajo… ya ha llegado

Hace años que en ámbitos académicos, políticos, instituciones internacionales o en think tanks nos venimos preguntando sobre el futuro del trabajo y centrando el debate en tendencias que ya se analizan desde líneas de análisis teórico y empírico bastante consolidadas. Entre otras, y en las economías más desarrolladas en particular, destacan: la expansión del trabajo por cuenta propia en muchos casos en situaciones fraudulentas y precarias como en la economía de plataforma; el incremento de la desigualdad salarial y de la autonomía sobre las condiciones de trabajo entre los propios trabajadores; la aparición de nuevas formas de trabajo y de relaciones contractuales; la disminución de la participación de los salarios en el producto interior bruto de los países y su vinculación con el incremento de la desigualdad y la hiperglobalización financiera; la desregulación de los mercados de trabajos, la pérdida de poder social y político de los sindicatos y la negociación colectiva, y la mercantilización de cada vez más aspectos de nuestra vida; los impactos macro y micro de la robotización y de la aplicación de la inteligencia artificial vinculados a una mayor capacidad de supervisión, mercantilización de nuestros datos y la inseguridad inherente a ese proceso, o la aparición de mecanismos de discriminación sin establecer cadenas de responsabilidad humana;  el reparto de los trabajos más allá de una disminución de la jornada laboral discutiendo la centralidad de los cuidados y su desigual reparto entre mujeres y hombres; o las ventajas e inconvenientes del trabajo a distancia que van desde el impacto físico y psicológico en las y los trabajadores y su derecho a desconectar, hasta los efectos en la conciliación y la corresponsabilidad, en el medioambiente, en la productividad de los trabajadores o las consecuencias políticas de la fragmentación o la deshumanización de las relaciones laborales que impone la distancia.

A estas tendencias se suman, en las economías menos desarrolladas, el mantenimiento de una elevada informalidad que penaliza la fiscalidad y discrimina al sector formal que debe contribuir más; la aceleración de una economía dual con sectores muy vinculados a la economía global y sectores especializados en las economías atrasadas rurales; o el mantenimiento del poder de las comunidades y el poder de clanes y patriarcas que determinan a menudo el futuro del trabajo de jóvenes generaciones en el ámbito rural que en algunos países es más de la mitad del territorio y el empleo.

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Negocios y ética. Otra organización empresarial es posible y necesaria

Hay una palabra que no acaba de salir en la prensa estos días, pero que todos creemos que debe imponerse en el mundo de la organización empresarial cuando la crisis sanitaria de la COVID-19 acabe de una vez: la ética. Es urgente una economía moral en la que los agentes económicos sean responsables de asegurar el bienestar colectivo, tal como en 1979 la definió E.P. Thompson en su análisis de los motines de subsistencia en Europa durante el siglo XVIII, que se opusieron a la liberalización de los precios de los productos esenciales. Los amotinados en los que centró su estudio E.P. Thompson defendían que, más allá del interés individual y de los deseos de la élite gobernante, debía protegerse el acceso a un precio justo de los bienes considerados básicos para la subsistencia. En el siglo XVIII, esos bienes eran los alimentos. En nuestros días, lo son también la salud, la educación, la vivienda y el acceso a un trabajo y un salario dignos, así como la conexión a internet, que estos días más que nunca permite que nos mantengamos en contacto con nuestros familiares, nuestros trabajos, la administración pública, los bancos o el colegio de nuestros hijos.

La gestión de la crisis del coronavirus está golpeando duramente a nuestras empresas, grandes y pequeñas, y a nuestros autónomos. Ese golpe está derivando con enorme velocidad en un incremento del desempleo y una contención del gasto (excepto el público), la inversión y el consumo. Frente a estos hechos, se dibujan frentes de intereses aparentemente contrapuestos que una política consensuada, de verdad, con los distintos agentes económicos debe tratar de armonizar. Por una parte, están las instituciones, que intentan frenar el desequilibrio macroeconómico sin sobrecalentar hipotecando a las generaciones presentes y futuras por el aumento de la deuda y el déficit. Por otra parte, tenemos a las grandes empresas, que pueden aumentar los despidos para compensar la rápida caída de valor y ventas. Junto a ellas, las pymes y los autónomos, que están viéndose forzados a contraer el gasto y a aumentar la búsqueda de redes de apoyo solidario, con una pérdida evidente de liquidez y dramáticas situaciones de impago de gastos fijos (incluyendo impuestos). El tercer sector, tan necesario para compensar los déficits del sector público en la asistencia a los más vulnerables, también está reduciendo su liquidez e ingresos.

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Ciencia ahora y después

Posiblemente ha habido pocos momentos en la historia en los cuales las y los científicos hayan tenido un protagonismo tan central en el debate público y en la solución de un problema como ahora en la lucha para erradicar la pandemia de la Covid-19.

Sin ciencia, sólo contamos con las medidas represivas para combatir la pandemia. Pero la ciencia no se hace sola, ni a su desarrollo pueden acceder en igualdad todos los ciudadanos del mundo, aunque tengan talento y vocación para ello; tampoco todas las ciencias obtienen los mismos resultados, ni estos llegan por igual a toda la población. Para obtener resultados científicos acordes con nuestras necesidades y desafíos sociales, necesitamos buenos sistemas educativos que formen desde la infancia en el método científico a los niños y también a las niñas; que se fomenten el interés y el respeto por la ciencia; que las y los científicos trabajen en condiciones dignas y con posibilidades de desarrollar sus carreras profesionales también cuando no siguen los dictados de los grupos que controlan las disciplinas; que se creen y consoliden las infraestructuras necesarias para ello; que se asegure una financiación más que suficiente; que se promueva una comunicación colaborativa entre las comunidades científicas. En definitiva, necesitamos que se desarrollen sistemas de ciencia, conocimiento e innovación que permitan ampliar la frontera del conocimiento, impulsar el avance de la ciencia y facilitar la aplicación práctica de sus hallazgos para el bien común y la salvaguarda de la vida en nuestro planeta. Esto es lo que necesitamos para vencer esta pandemia y para que la ciencia nos ayude también en la construcción de un mundo mucho mejor que el que tenemos.

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