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Mariana Vilnitzky

Socia y redactora de la revista Alternativas Económicas. Periodista especializada en temas de economía social, con varios años de dedicación al mundo de las cooperativas, y ex redactora del Grupo La Nación de Buenos Aires.

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Escupir para arriba: el pensamiento empresarial del chulo

Una mirada por los anuncios de LinkedIn para periodistas en España: 8 de cada 10 buscan becarios, recién salidos de la carrera, etc. Ofrecen, como si fuera maravilloso, que "aprenderás un montón" y que pagarán los viáticos. Los dos restantes ofrecen unas condiciones laborales de vergüenza.

Una mirada fuera de España, en un país más rico. En inglés. "Job offer: journalist". No hay ni una oferta a becarios. Ofrecen salarios competitivos, incentivos y hasta posibilidad de crecimiento.

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Turismo colaborativo: el pez grande se come al pequeño

El llamado "turismo colaborativo", a través de las plataformas digitales, ya ha cambiado el funcionamiento del sector turístico, tanto en la forma en que los destinos facilitan las visitas como en el desarrollo de productos, la recopilación de datos y el acceso a los mercados. El Banco Mundial, en su informe Tourism and the Sharing Economy: Policy & Potential of Sustainable Peer-to-Peer Accommodation, publicado en 2018, estima que las plataformas digitales que facilitan el peer-to-peer (de persona a persona, también llamado P2P) representan ya 8 millones de camas por año. "Esto todavía es una pequeña parte del alojamiento global (7%), aunque "está creciendo más rápido que el alojamiento tradicional". 

Casi todas las cifras de los estudios sobre el sector del turismo colaborativo se refieren a la vivienda turística y, como mucho, al transporte. Esto tiene que ver con el uso de las plataformas. La Comisión Europea publicó en 2018 las cifras generales de la llamada economía colaborativa, que muestran que, en realidad, lo que más se usa y se conoce son las plataformas de alquiler de viviendas turísticas y el transporte. "Casi una cuarta parte de los habitantes de Europa han utilizado servicios ofrecidos a través de plataformas colaborativas en general, y es principalmente en los sectores de alojamiento (56%) y transporte (51%); pero muy pocos utilizan dichos servicios de forma habitual, es decir, al menos una vez al mes (4%)", dice el informe The use of the collaborative economy.

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La ciudadanía impulsa el 'car sharing'

La salida de Avancar de Barcelona, en enero pasado, ha dado impulso a la cooperativa Som Mobilitat (Somos Movilidad). Cinco días después, solo en la ciudad vecina de Badalona, había reunido la cantidad de dinero necesario para financiar el 111% de un vehículo eléctrico. A través de un mapa interactivo, la ciudadanía fue comprando horas de uso de un futuro automóvil que estará situado en un aparcamiento de la localidad. 

"En un par de meses, cuando nos llegue el coche, se instalará el sistema y se podrá comenzar a funcionar", dice ArnauVilardell, de Som Mobilitat. "El nuestro es un proyecto metropolitano, es decir, no solo urbano, como Avancar. Incluso es rural. Es algo muy diferente. Con su cierre estamos poniendo el énfasis en que es necesario construir entre la población una flota de car sharing colectiva". 

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Somos muchas, pero necesitamos ser más aún

Aunque llevo muchos años de mi vida luchando por mis derechos y los de otras mujeres, si me preguntaban hace tiempo decía que no era feminista. Había trabajado en economía social y destacaba los casos donde las mujeres habían podido defenderse y empoderarse; había trabajado por los derechos humanos de mujeres y niñas en Centroamérica y en América Latina. Había discutido una y mil veces con hombres. Había sentido una y mil veces la bronca de ser maltratada por ser mujer, de ser tratada como niña, de no ser escuchada en una reunión, de ser insultada en la calle por hombres que no respetaban mi cuerpo… Sigo trabajando en Alternativas Económicas, intentando dar (darnos) voz.

Pero hasta hace tiempo identificaba el feminismo como algo donde premiaba la rabia. Donde unas mujeres acusaban a otras mujeres de no ser lo suficientemente luchadoras. Me sentía señalada con el dedo.  De hecho, en ciertas feministas todavía siento el dedo acusador… y la rabia.

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"La deuda no es culpa tuya"

Profesora asociada en el Instituto de Historia y Etnología Europea de la Universidad de Innsbruck, Silke Meyer está especializada en antropología económica y estudia el dinero como praxis social y cultural. En este ámbito, lidera el proyecto Follow the Money, que analiza el impacto del envío de remesas de dinero por parte de los inmigrantes en la creación de identidades transnacionales. Ha sido galardonada con varios premios por proyecto Money Matters (El dinero importa). Meyer sostiene que el trabajo y las relaciones económicas no solo sustentan nuestra vida material, sino que también ejercen un papel clave en la construcción de identidades individuales y colectivas. Esta es la idea principal con la que participó recientemente en el ciclo de debates La deuda: nuevos y viejos vínculos europeos, organizado por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

En sus ensayos enlaza la deuda con la identidad. ¿Cómo funciona ese vínculo?

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'Far food': el 'Far West' alimentario

"Lo llamamos Far Food porque ejemplifica la importación de lejos, en busca de un Dorado de dinero rápido sin cargas de derechos sociales con el que enriquecerse a lo Far West tanto aquí como allí", dice Ernest Gutiérrez, del Observatorio de Derechos Económicos Sociales y Culturales (ODESC). Se refiere a la web farfood.land. Desde el Observatorio se han propuesto ir volcando ahí la información relacionada con investigaciones, debates e informes sobre el modelo económico capitalista ligado a la agricultura y la alimentación.

"El mercantilismo actual concibe la alimentación como un objeto para la agroexportación de monocultivo especializado, la extracción de recursos naturales, la explotación laboral y la gran distribución a miles de kilómetros en competencia feroz y global. Con cualquier alimento, al margen de los impactos en el medio y las personas que provoca. Y en dirección contraria a la cobertura de necesidades sociales o la capacidad de un propio territorio para proveerlas y abastecerse sostenible y suficientemente", explican en farfood.land.

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“Los Gobiernos han cedido a la presión de los bancos”

Kees Vendrick (55) es político de profesión. Ha estado toda su vida en la política, con los Verdes, desde que salió de la Universidad hasta 2017, cuando comenzó a trabajar en Triodos Bank. Durante su carrera política estuvo involucrado en temas de sostenibilidad, justicia social y dinero público. Se fue más por obligación que por ganas (el partido tiene una legislación que no permite permanecer en el Parlamento durante periodos largos). No sería raro que lo veamos pronto otra vez en la arena política, a la espera del próximo embate. Mientras tanto, Triodos es su casa, el lugar desde donde trabaja para mejorar el mundo. Conversa con Alternativas Económicas en el edificio de Les Punxes, de Barcelona, haciendo espacio entre el aeropuerto y un encuentro con clientes de su entidad, que presume de ser un banco ético y responsable.

Usted trabaja en un banco que tiene la intención de ayudar al desarrollo, no solo en Europa, sino también en otros países del mundo. Hay un gráfico que muestra que cuanto más crece el PIB más crecen las emisiones de CO2. ¿Cómo podemos resolver este dilema?

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El lento despegue del comercio justo

El comercio justo no ha parado de crecer en España, incluso en épocas de vacas flacas. Y ese crecimiento se debe básicamente al café y al azúcar y sus derivados, que se llevan el 80% de las ventas. 

Así se explica en el último informe que aparece cada año y que acaba de publicar la Coordinadora Estatal de Comercio Justo. La investigación responde a una encuesta aplicada a las siete importadoras tradicionales de comercio justo y los datos de ventas aportados por Fairtrade Ibérica, principal sello del sector.

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Políticos, políticas: lean a Pazos, por favor

Cuando leo a María Pazos se me ocurren dos posibilidades. O logramos que sus reflexiones se plasmen en el eje de las políticas públicas (sueño con que tal vez se presente algún día y pueda ser presidenta o como mínimo ministra de Economía) o hay que irse a vivir a un país nórdico. 

En sus libros, ya sea el anterior (Desiguales por ley) o este que estoy reseñando, la matemática e investigadora feminista desmenuza con paciencia budista el estado de la cuestión: por qué la desigualdad es tan brutal y está tan metida en la estructura y la superestructura social en España y en los países familiaristas. 

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Luchar por lo que debería ser obvio

Tal vez de aquí a 50 años nuestras hijas quizá leerán estas líneas —que prologan el número extra de Alternativas Económicas dedicado a la economía feminista— y no se lo puedan creer. Con suerte, dirán: “¿De verdad que la situación de las mujeres en 2018 era esa? Algunas de las reivindicaciones de la economía feminista parecen tan de cajón que no se entiende que hoy, en pleno siglo XXI, cuando se han conquistado tantos derechos, las políticas vayan tan rezagadas en tantos temas.

A quienes hemos crecido con la posibilidad de comprar un piso, o conducir, o trabajar sin el permiso de un hombre, o separarnos cuando nos dé la gana, nos resulta inconcebible que estos actos no fueran posibles para nuestras madres. Y si analizamos las políticas actuales con calma, persisten las desigualdades. ¿Cómo es posible que el peso de los cuidados permanezca todavía mayoritariamente a cargo de las mujeres? ¿Por qué el Estado se lava las manos —sin servicios de guarderías universales, sin servicios a la dependencia— sobre algo tan importante como la crianza y las necesidades de las personas mayores, de las que se encargan las mujeres en un 80% del tiempo sin ningún reconocimiento? Es más, no solo no es reconocida esta actividad, sino que cualquier aspecto relacionado con el tiempo dedicado a cuidar de los que necesitan ser cuidados o cuidadas será castigado por las empresas. Y a nivel público el castigo se traduce, entre otras cosas, en una reducción de las pensiones. Hoy, por ejemplo, tal como está pensado este sistema, puede suceder que si la mujer muere antes que su marido, este pueda obtener una pensión de viudedad mayor de la que ella misma podría obtener si viviera.

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