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Pablo Jerez Sabater

Me hice historiador por amor al arte. Estudié a caballo entre Tenerife, Sevilla, Lisboa y Granada. Me gusta contar historias y dar voz a quien no la tiene. Curioso por naturaleza. Profesor de Historia del Arte en la Escuela de Arte Pancho Lasso.

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Tejiade: 300 años mirando al sur de La Gomera

Corría un 20 de enero del año 1719 cuando un vecino del municipio de Agulo llamado Juan Rodríguez Casanova donó unas tierras y estableció un tributo perpetuo en el lugar conocido como Teixiade para que se construyera una ermita dedicada a San José, santo de intensa devoción en la iglesia cristiana. Allí, en estos pagos al sur de la isla, se establecieron las primeras casas que circundaron esta construcción religiosa. Este fue el origen de un genuino barrio del sur de La Gomera que, 300 años después, sigue mirando con firmeza el inmenso azul de la costa meridional de la isla.

Juan Rodríguez no era un vecino común. Era nada más y nada menos que administrador de las ermitas de Las Nieves en Jerduñe y de San Juan en Benchijigua, esta última de titularidad condal. Hablamos por tanto de un hombre de fe y que hubo de tener suerte ya que disponía de tierras tanto en Tejiade como en las zonas de medianías e incluso Alajeró, según su manda testamentaria. Tenía también ganado. Era por tanto pastor y una suerte de eremita gomero del siglo XVIII. Y decidió levantar de la nada una pequeña capilla donde no habían más que campos de cereal y tierras para rebaño.

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La utopía sostenible de Norman Foster en La Gomera

En 1975 Norman Foster ya se había ganado la fama de buen arquitecto. Lejos aún de los hitos que iría alumbrando en las décadas siguientes (Torre 30 St. Mary Axe, Londres; Mercado Central de Abu Dabi; Torre Cepsa, Madrid; entre otros), tuvo un encuentro con una realidad alejada de las metrópolis en las que dejaría su particular sello. Ese año planteó la utopía de un plan urbanístico sostenible para la isla de La Gomera.

Foster (Manchester, 1935) viajó a La Gomera aquel año por invitación directa de Fred. Olsen, compañía que por entonces estaba iniciando su idilio empresarial con esta isla. Poco tiempo antes había trabajado en un edificio de oficinas para la naviera en los muelles de Londres y fue tal el impacto que la empresa le cursó un reto novedoso e insospechado: hacer de una isla todavía atrasada el paradigma de la sostenibilidad ante el incipiente turismo que comenzaba a despegar en las Canarias.

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César Manrique o la metáfora de un visionario

Si en aquel fatídico 25 de septiembre de 1992 no nos hubiera dejado, hoy César Manrique estaría a punto de cumplir cien años. Estaría seguramente en su casa de Haría centrado en su taller. Probablemente seguiría experimentando con las texturas y, quién sabe, quizá inventando algún nuevo lenguaje pictórico con el que sorprender en las diversas exposiciones en las que participaría. Pero si algo está claro es que seguiría mirando el paisaje muy por encima de nosotros, en una dimensión a la que nunca llegaremos. 

Manrique supo dotar a una isla de sentido. Supo mirar al turismo no sólo como una fuente de ingresos, sino como un símbolo de progreso. Supo ver en un vertedero un monumento a la intervención humana en el paisaje. Fue un auténtico visionario que contó, además, con la complicidad de un político de la altura del recordado Pepín Ramírez. Hoy, huérfanos de Manriques y Ramírez, el paisaje canario –envenado por la(s) duda(s) de la nueva Ley del Suelo- sigue añorando a un artista de su talla que sepa ver en la tierra que pisamos una esperanza para un futuro donde los hoteles no campen a sus anchas y donde el arte y la estética convivan en simbiosis con la naturaleza canaria. 

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Doña Efigenia o la tradición gastronómica de La Gomera

Hay mujeres que por sí mismas acaban convirtiéndose en referencia para un pueblo. A ese pueblo sumémosle otros y digamos que ahora es una isla entera. De esa relación, de ese mito, de esa suma de valor y tradición, surge con voz propia la figura de Doña Efigenia Borges o, lo que es lo mismo, Efigenia la de Las Hayas. 

Aunque tenga en Arure su cuna, ella es de ese otro caserío de Valle Gran Rey, de Las Hayas. Donde el Garajonay encuentra su linde. Donde cuando ella se estableció allí con Manuel –su marido- no habían sino una docena de casas, frío, brezo, labranza y ganado. El que él cuidaba. El que ella veía a lo lejos mientras tomaba la decisión de establecer una pequeña venta, de esas que llamábamos de fiao, donde había café, vino y azúcar. Y donde, hace más de cincuenta años, abrió sus puertas un símbolo, santo y seña de la gastronomía gomera: el Restaurante La Montaña.

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Canarias y el mito de las Afortunadas

Las Islas Canarias, desde lo más profundo de la historia europea, fueron pasto de mitos e idealizaciones. Mucho antes siquiera de que el Archipiélago fuera colocado por los primeros cartógrafos en un mapa, ya se oían rumores de que más allá de las Columnas de Hércules, que la tradición coloca en el estrecho de Gibraltar, existían unas islas míticas que podrían ser, quién sabe, los restos de la antigua Atlántida de Platón o, por qué no pensarlo, las islas donde germinaban los preciados frutos del Jardín de las Hespérides. 

Sea como fuere, el hecho de ser islas suponía ya de por sí un enclave ideal para la mitificación del espacio. Junto a ello, su situación geográfica, más allá de las fronteras del entonces mundo conocido, hacía volar la imaginación de pensadores y autores clásicos. ¿Qué se escondía allá en el abismo? ¿Eran ciertos los cuentos que narraban unas islas tocadas por la vara de la diosa de la fortuna allende los mares? 

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José Aguiar, cuarenta años después

Hay artistas a quienes el tiempo se les queda corto. Otros, a quienes una muerte prematura los convierte en seres idolatrados. Hay otros, sin embargo, a quienes el silencio los termina cubriendo de olvido. Exagerando, quizá, el caso del gomero José Aguiar García [Vueltas de Santa Clara, Cuba, 1895 – Madrid, 1976] podría ser una mezcla de ambos. Fue querido, olvidado y repudiado. Fue amado, censurado y represaliado. Pero fue, ante todo, el gran muralista español del siglo XX. Fue, qué duda cabe, la quintaesencia de eso que los poetas llaman duende

A Aguiar le tuvo que nacer el ansia de pintar por los riscos de Abrante. Allí en Agulo, su Agulo de la infancia, buscó con ahínco la paleta de colores que, desde niño, comenzaba a fraguarse en aquel joven de aspecto bonachón. En aquella escuela, rudimentaria, comenzaría a modelar con barro –y acaso yeso- lo que sería un personalísimo mundo interior. Conservada su casa natal –hoy centro expositivo-, queda como recuerdo un pequeño fresco junto a un estanque. Un rostro que asemeja a Medusa. Tantas cabezas tiene como jirones de resabios populares sus primeras obras. 

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Color, llámame color. Hugo Pitti dixit

Cualquiera que piense en arte, no sé por qué, tiene en su idea un plano figurativo. Quizá porque nuestra sociedad ha estandarizado que la abstracción es algo difícil de entender, de encajar, de asimilar. Lo mismo podría pasarnos con el color. Somos reacios a la metáfora de la monocromía. El arcoíris de personajes que pinta Hugo Pitti (Tenerife, 1968) tiene más que ver con un universo propio de figuras que con mensajes ajenos apre(he)ndidos de la metaplástica de las vanguardias.

Este jueves 7 de abril, a las 20:00 horas, se inaugura en la sala de exposiciones de la Escuela de Arte Pancho Lasso una muestra única de uno de los pintores de más fecunda y vasta imaginación del panorama artístico canario: Hugo Pitti. No me atrevo a hacer un juicio crítico de su obra, englobada para la ocasión bajo el sugerente título de A menina imaginada. Nada está puesto al azar. Es color. Es figura. Como los fauvés, quienes desplazaron a comienzos de la centuria pasada la línea frente a la sugestión pasional del color. Nada es arbitrario. Todo es arbitrario. En esta dualidad se fragua el personalísimo mundo imaginario de este artista, profesor además de dibujo artístico en el centro conejero.

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La travesía de Paco Curbelo

A Paco Curbelo le sale el arte por los poros de las manos. Cincela el mar para hacer de las olas una escultura. Porque es marino. Y los marineros en tierra sueñan con aplomo lo que les falta: la maresía, la sal que invade cada rincón de su vida. No sólo lo decía Alberti, lo confirman cada una de las piezas que se muestran en una exposición en la Escuela de Arte Pancho Lasso dedicada a su trayectoria artística y que estará abierta hasta el próximo 19 de febrero, día en que nuestro escultor dejará su faceta como docente tras más de 30 años dedicado en cuerpo y alma –sobre todo esto último- a sus alumnos. 

Recorrer esta Travesía (así se llama la exposición) es acercarse a la forma pura de la piedra, del material voluble. De ver con tenacidad lo que sus experimentadas manos son capaces de crear. Al fin y al cabo, ¿qué es la escultura sino dar forma y vida a la materia inerte? Paco lo sabe. Lo supo en cada escultura pública que ha hecho y que son como hitos en una imaginaria ruta escultórica por la negra tierra de Lanzarote. Si yermo es el terreno, cada obra de nuestro artista es como un girasol que va buscando su espacio mientras el sol va tapándose la cara tras las montañas buscando dormir en el mar, en su mar. Aquel que parece un velero, su velero. Aquel cuyas formas, limpias, rectas, otras veces informes, juegan a configurar un imaginario de la tierra que ya no es sólo marca de la casa, es la firma del artista, como otros tantos grandes que nacieron en esta isla. Como Paco. Como Pancho. 

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Alicia y sus 150 maravillas

La literatura tiene el don de transportarnos a mundos, a veces, inimaginables. Espacios donde la libertad, el ensueño y la realidad se mezclan con la fantasía jugando a equivocarnos, a confundirnos y hasta me atrevería a decir, que a engañarnos. Este jueves, una de esas historias universales está cumpliendo años. Nada más y nada menos que 150. Hablamos de una de las narraciones más extraordinarias de todos los tiempos: Alicia en el País de las Maravillas.

Todos conocemos a esa niña de siete años que cayó en un pozo profundo donde, empequeñeciéndose y agrandándose al tiempo, recorrió un fascinante mundo lleno de seres increíbles: un sombrerero loco, un enorme gato de grandes ojos y sonrisa, una oruga azul, una gran dama de corazones convertida en reina… Una fantasía desbordante salida de la mente de un joven matemático llamado Charles Dodgson, quien finalmente pasaría a la historia bajo su seudónimo, Lewis Carroll.

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Entre brujas y hechiceros anda el juego

Las Islas Canarias bebieron de un origen mítico. Las llamadas Islas Afortunadas se abrieron al mundo clásico como una suerte de paraíso que emergió, en una antigüedad remota, en el Océano Atlántico. Allí, como columnas llameantes de la desaparecida Atlántida, el Archipiélago fraguó desde su más tierno despertar un componente mágico que, siglos más tarde, ha configurado un paisaje donde la brujería y la hechicería forman parte indisoluble de nuestro pasado histórico.

Remontémonos a los orígenes del hombre. Pongamos unos 60.000 años a. C. En aquel momento que llamamos Prehistoria. A aquel paraje donde, en algunas cuevas del norte peninsular y del sur de Francia, el homo sapiens configuró una nueva manera de entender el mundo. A través de la pintura paleolítica, en las más profundas cavernas, dibujó con carbón y pigmentos minerales animales que tienen, qué duda cabe, un componente mágico. Allí estaba el hechicero, el chamán. El líder místico de la tribu delineando bisontes, caballos, ciervos. Buscando, quién sabe, despertar en la diosa madre un aura propiciatoria para mejorar la caza. O quizá que aquellos animales, como si de un sueño se tratara, recobraran la vida que, lanza en mano, habían segado los cazadores de la Prehistoria.

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