La botánica que descubrió la macroalga que causa estragos en el Mediterráneo
A unos diez kilómetros de Málaga, en una discreta playa, una treintena de personas con los pantalones remangados entran y salen del agua. Se agachan, recogen restos de una masa marrón y se arremolinan en grupos para observarla al son de una misma pregunta: ¿Es Rugulopteryx okamurae? Las inquisitivas miradas se posan en María Altamirano Jeschke.
“Con los ojos cerrados, toca cada alga con una mano, verás cómo son diferentes al tacto, no las confundes”. Paciente y entusiasta, alternando inglés y español, la investigadora motiva a las curiosas mentes que se acercan a encontrar la respuesta por sí mismas. Entre propágulos, ápices y talos, la escena parece una clase improvisada de botánica. En realidad, forma parte del primer encuentro internacional sobre la invasión de Rugulopteryx okamurae que reunió, en mayo de 2025, a investigadores, administraciones y representantes del sector marítimo de los países afectados. Altamirano llevó la batuta de la organización.
Esta catedrática de Botánica de la Universidad de Málaga ostenta el privilegio profesional, y la tristeza personal, de ser quien identificó por primera vez la macroalga Rugulopteryx okamurae como especie invasora. Diez años después, esta alga asiática ha causado estragos ecológicos y económicos en España, Marruecos, Italia, Portugal, Francia y Argelia, además de archipiélagos como Canarias, Azores y Madeira. En 2022, a iniciativa del Gobierno español y en base a las investigaciones de Altamirano, la “Rugulo”, como ella la llama cariñosamente, se convirtió en la primera alga incluida en la Lista de Especies Exóticas Invasoras preocupantes para la Unión Europea.
La indeseada noticia que marcó una década
Cuando en mayo de 2016 Altamirano abrió el correo de su colega Javier Martínez, de la Agencia de Medio Ambiente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, no imaginaba que aquel mensaje marcaría el inicio de una crisis ecológica sin precedentes y daría un vuelco a su carrera. Le pedía analizar una macroalga recién llegada a sus costas. Como investigadora, llevaba una década estudiando invasiones similares, pero este caso se intuía de particular complejidad.
En el laboratorio, las primeras pistas le llegaron con el examen morfoanatómico. La confirmación definitiva vino tras enviar muestras a su antiguo supervisor en Japón para un análisis genético. El resultado fue concluyente: se trataba de una especie originaria de las costas del Pacífico, incluyendo Japón, China, Taiwán, Corea y Filipinas, donde vive en equilibrio con el ecosistema nativo. Aquí, era invasora. “Muy rápidamente la especie dio el salto a la península, a las costas del Estrecho, y a partir de ahí es la historia que ya sabemos”.
Desde entonces, Rugulopteryx okamurae se ha extendido por buena parte del litoral español, desde el Mediterráneo hasta el Atlántico. Ha colonizado hábitats rocosos y fondos marinos, ha desplazado comunidades nativas de algas y corales, y ha asfixiado praderas de fanerógamas marinas como Posidonia oceánica en Andalucía, Murcia, Alicante, Catalunya, Galicia, Euskadi, Ceuta y Canarias. Lo más alarmante es su capacidad masiva de propagación: en un solo metro cuadrado invadido puede generar millones de clones. “Mira, Fátima, fíjate en cuántos babies tiene”. Altamirano le pasa la lupa a una de las participantes de Marruecos para que observe los diminutos brotes que permiten a la especie clonarse: “Cuando la planta se rompe, de las cicatrices empiezan a formarse nuevos individuos, no necesita entrar en reproducción sexual”.
Más allá de esta playa de Málaga, Altamirano recorre el Mediterráneo analizando los impactos en cadena que dejan estas peculiares características. Cuenta con aliados como Agostino Tomasello, otro de los asistentes del encuentro, profesor de botánica de la Universidad de Palermo y con quien ha publicado el primer estudio científico sobre la presencia de Rugulopteryx okamurae en Italia. “Esta especie está determinando toda una serie de perturbaciones a nivel de ecosistemas, pero también desde el punto de vista económico”, apunta Tomasello.
Ya sea en las costas de Tarifa o de Aspra, en Sicilia, ambos investigadores narran realidades paralelas: los pescadores culpan al alga asiática de arruinar un oficio ancestral. En infructuosos días de trabajo, llenan sus redes de algas con la esperanza de rescatar algún furtivo pez para, después, pasar horas limpiándolas y devolver la pestilente invasora al mar. Las pérdidas del sector pesquero en Tarifa ya superan los tres millones de euros al año. A las administraciones, por su parte, les toca asumir el coste de limpiar las playas tras cada nueva marejada y plantear qué hacer con las toneladas que recogen.
Un viaje invisible con final infeliz
La llegada de Rugulopteryx okamurae al Mediterráneo no es un caso aislado. Altamirano lo sabe. El tráfico marítimo internacional que atraviesa el Canal de Suez y, en menor medida, el Estrecho de Gibraltar, actúa como una autopista para especies exóticas. Aunque el Mediterráneo representa menos del 1% de la superficie oceánica mundial, acoge en torno a un tercio del tráfico marítimo global. Su cálida temperatura representa un caldo de cultivo ideal para especies foráneas que viajan en las aguas de lastre de los cargueros y cruceros. “Sospechamos que Rugulopteryx okamurae ha sido introducida no una vez, sino probablemente múltiples veces a través de las aguas de lastre y, probablemente, continúen haciéndolo”.
Para equilibrar su peso y mantener su flotabilidad durante la travesía, los barcos mercantes cargan agua de lastre en los puertos de salida y la descargan en los puertos de llegada. En ese intercambio, a menudo depositan también esporas, propágulos, huevos o larvas que vienen del otro lado del mundo. Altamirano también conoce las trabas políticas para frenar estas imprudencias. La Organización Marítima Internacional aprobó en 2004 un convenio para regular el agua de lastre, pero tardó trece años en entrar en vigor. Desde septiembre de 2024, los buques que naveguen con bandera de un país signatario o descarguen en sus puertos deben instalar sistemas de tratamiento que impidan la liberación de partículas mayores a diez micras. Sin embargo, las inspecciones rara vez son prioritarias frente a otras cuestiones portuarias. Y países mediterráneos como Italia no han ratificado el convenio, lo que permite que buques extranjeros descarguen legalmente agua de lastre sin tratar.
A pesar de los retrasos y las dificultades, Altamirano defiende que la medida supone un paso adelante para la protección del Mediterráneo. O, al menos, eso desea. La apuesta de la catedrática reposa en que, a largo plazo, debería apreciarse una disminución del número de especies introducidas. “Si reducimos los vectores potenciales de entrada y dispersión, reduciremos la fortaleza de Rugulopteryx”.
El futuro de una invasión: de la ciencia a la política
Altamirano cree en la ciencia al servicio de la ciudadanía. Por eso, cuando el MITECO le propuso liderar un informe técnico para mostrar el impacto ecológico y socioeconómico de Rugulopteryx okamurae no titubeó. Ahora celebra que su minucioso estudio culminara en un documento decisivo para que el Gobierno incluyera la especie en el catálogo nacional de especies exóticas invasoras.
Ese informe situó a España en la vanguardia europea y facilitó que Rugulopteryx okamurae se convirtiera en la primera macroalga de la lista de Especies Exóticas Invasoras preocupantes para la Unión. En 2022, tras dos años de deliberaciones en la Comisión Europea, la propuesta española prosperó. Con sinceridad, Altamirano recuerda lo complejo que resultó el proceso: no todos los Estados miembros consideran una prioridad la gestión de una especie marina. “Me gusta decir con orgullo que nuestro Ministerio fue capaz de argumentar de manera sólida que las costas europeas eran muy susceptibles y estaban en riesgo”. El tiempo le dio la razón: las zonas que los modelos señalaban como favorables para la especie, como las costas italianas, hoy están invadidas.
El siguiente paso fue desarrollar la estrategia nacional de control de Rugulopteryx okamurae, también de la mano del MITECO. Pero Altamirano se enfrentó a un folio en blanco. “Fue un reto enorme porque no había ningún referente en España de una estrategia para una especie marina. Los únicos referentes fueron estrategias para especies muy distintas, como Caulerpa taxifolia o Undaria pinnatifida en Australia, en un contexto administrativo y geográfico que no tiene nada que ver con el Mediterráneo”. Aun así, el documento se convirtió en la referencia indiscutible para la gestión del alga asiática en España.
Entre la mejor intención y el reproche
El éxito también conlleva críticas y tanto ese documento como las posturas de Altamirano no están exentas de polémica. Las propiedades de Rugulopteryx okamurae plantean una paradoja: convertirla en un recurso para la producción de cosméticos, materiales aislantes, bioplásticos o, incluso, como fuente de energía. Por ejemplo, en el encuentro organizado por la investigadora en Málaga, el Instituto Andaluz de Investigación y Formación en Agricultura y Pesca (IFAPA) presentó un proyecto para usar el alga como bioestimulante en viñedos.
Aunque el uso del alga se vislumbra como una manera de desatascar playas y redes de pesca, a la profesora de botánica le genera escepticismo e inquietud. Duda del beneficio socioeconómico de los posibles negocios mientras la administración asume los costes de gestión del alga y los pescadores siguen sufriendo. Si una empresa quiere utilizar la biomasa, debe contribuir a compensar los gastos públicos y mejorar visiblemente la situación. “No estoy en contra de la valorización, pero sí de que se haga de manera desordenada y con el solo interés de lucro de entidades no impactadas”. Por eso, respalda que tanto la normativa española como la europea prohíban su uso y comercialización, salvo excepciones de investigación, sanitarias o interés social.
Dicha postura de cautela científica no agrada a todo el mundo. “Han salido muchos proyectos para darle uso que podrían ser parte de la solución, pero prefieren que se siga expandiendo”, protesta Manuel Suárez, patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Tarifa. Él condensa el malestar de una parte del sector pesquero: agotamiento y sensación de abandono por parte de las autoridades desde hace una década. Altamirano entiende la incomprensión, pero mantiene su característica firmeza: “Precisamente para evitar la dispersión de la especie, el reglamento establece que no se puede hacer un uso comercial. Si no, nadie va a querer que el problema termine”.
La frustración de Suárez se ahonda por el protocolo de limpieza que requieren las autoridades. Aunque se ideó para frenar el impacto de la invasión, en base al trabajo del MITECO y Altamirano, a los faenantes les resulta poco realista. “El protocolo que existe es menos creíble que el cuento de los gnomos: quieren que limpiemos las algas y las guardemos, y desinfectemos el barco. O sea, vengo a trabajar para dedicarme a limpiar”, ironiza el patrón mientras, a pocos metros, sus compañeros de profesión se afanan en liberar de alga sus embarcaciones. Ante estos testimonios, la investigadora coincide en que en el papel todo es más limpio que en las ajadas cubiertas. Por eso, apela al trabajo en conjunto.
Sin tapujos, empatiza con la dura situación de los pescadores como principal sector socioeconómico impactado. “Un funcionario del ayuntamiento no va a dejar de cobrar su sueldo porque tenga toneladas en su playa, pero un pescador deja de recibir su jornal si tiene la mala suerte de coger una balsa de algas”. Por otro lado, su profesionalidad la obliga a reconocer que las pequeñas embarcaciones de pesca contribuyen a la dispersión del alga asiática de manera no intencionada. “Hay que conseguir que no limpien sus artes de pesca en el mar y facilitarles la desinfección en puerto. Tenemos que trabajar con ellos en todos los países afectados”.
Prevenir con ayuda de la ciudadanía
Si hay algo que obsesiona a la malagueña de origen alemán es sumar los esfuerzos de todas las partes involucradas para boicotear el ansia viajera de la “Rugulo”. Y al elenco de representantes de los ámbitos científicos, políticos y económicos le faltaba un elemento: la sociedad civil. A través de su participación en proyectos como Observadores del Mar, una plataforma de ciencia ciudadana del CSIC, que moviliza a más de 5.000 voluntarios en Cataluña, Altamirano completa la última pieza del puzle: “El ciudadano tiene que ser consciente de que es parte del problema, pero también parte de la solución”. Mencionar las posibilidades de acción le genera fervor. “La detección temprana de la especie en un sitio permite una ventana de gestión que puede minimizar mucho los impactos”.
Involucrar a la gente permite que este tipo de plataformas funcionen. Aunque se nutren de las fotos de especies que suben los científicos amateurs, es fundamental la revisión y aprobación profesional. Eso es lo que motiva a seguir contribuyendo, por ejemplo, a Mery Alorda, directora del club de buceo SuperDive en Tossa de Mar y coordinadora de un grupo de observadores. “Lo maravilloso de la plataforma es que después el equipo científico confirma tus datos”, ensalza. “Y si hay tantísimos ojos mirando lo mismo, empezaremos a tener más información de nuestro litoral”, añade.
Precisamente, cuando la erradicación ya no es posible, Altamirano cree que la clave es identificar los impactos y proteger lo que aún se puede. “Es como la medicina: el que cura se lleva la fama, pero el que previene salva vidas sin saber cuántas y queda en el anonimato. En política pasa lo mismo: no es rentable actuar en prevención porque no es visible, pero a largo plazo es lo único que funciona”.
Navegar en conjunto como bote salvavidas
En pocos años, esta apasionada de las algas ha pasado de investigar temas poco interesantes para los titulares en un rincón del Mediterráneo a convertirse en una figura clave en la gestión y concienciación de una invasión transfronteriza. Eso sí, su impertérrito compromiso no flaquea: “No busco protagonismo. Quiero ser útil”.
Por eso no sorprende que cerca de 70 personas no dudaran en desplazarse desde sus diversos puntos del Mediterráneo para acudir a su llamada en Málaga. Mientras el grupo fotografía las muestras recién recogidas en la orilla y anota cada matiz de sus explicaciones, Altamirano no pierde la oportunidad de recordar que la ciencia, por sí sola, no basta. “Ya no podemos erradicar a Rugulopteryx okamurae, pero sí contenerla si trabajamos en conjunto”. No dramatiza; al contrario, señala el camino que queda por recorrer con la mezcla de rigor y calidez que la sostiene desde que un correo de 2016 alterara su destino y el del Mediterráneo.
“Tener escenarios negativos no debe ser una excusa para la inacción, siempre se puede hacer algo”. Y ahí, en mitad de la playa, ataviada con sencillos escarpines y las manos desbordadas de muestras de algas, se vislumbra quién es María Altamirano Jeschke. Una científica que ha observado en primera línea la devastación bajo el agua, que carga con la frustración de los pescadores y con la maquinaria lenta de la administración, pero que no desiste en su empeño por proteger el patrimonio natural. A veces duele, reconoce. Pero merece la pena.