Enrique Yeves: "Es necesaria una intervención estatal de los sectores más vulnerables, como los pequeños agricultores"

Enrique Yeves, director de la FAO en España.

Aunque las cadenas de suministro siguen operativas a pesar de la parálisis por el coronavirus, el empeoramiento de la economía por el confinamiento amenaza con exacerbar la inseguridad alimentaria, según han advertido la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Enrique Yeves, director de la FAO en España, explica cómo la globalización ha contribuido a aumentar el hambre en el mundo y qué rumbo, a su juicio, debería tomarse en tiempos de crisis.

La Organización Mundial del Comercio calcula que la crisis sanitaria puede provocar una caída en los flujos comerciales globales de hasta un 32% en 2020. ¿Qué puede implicar esto para la industria alimentaria?

Depende de cuánto dure la crisis. Si es un mes o mes y medio, es recuperable. Por otro lado, hay que ver cómo reaccionan los países. Ante esta crisis global, en la que todos los estados experimentan los mismos problemas, tenemos dos disyuntivas muy claras. Una es que cada país decida ir por su cuenta, que es lo que está ocurriendo, desgraciadamente.

Ni siquiera dentro de la UE hemos sido capaces de llegar a acuerdos colectivos. Cada país ha decidido cuándo se abren las fronteras, cuándo se cierran, si abren o no los colegios. Tenemos instituciones colectivas –aunque sean débiles– para dar respuestas a un problema que es común. Pero estamos viendo que países como EEUU, en vez de colaborar con Naciones Unidas y con la Organización Mundial de la Salud, deciden salir del sistema y congelar fondos. Y que la actuación de cada país no tiene nada que ver con lo que está haciendo el otro. Ese es el mayor peligro ahora.

Desde el año 2015 el mundo ha pasado de tener cerca de 785 millones de personas que pasan hambre a más de 820 millones, y la FAO ha advertido que la pandemia incrementará la cifra. ¿Qué opciones tenemos para salvaguardar la seguridad alimentaria en un mundo en el que podrá haber más crisis sanitarias similares?

Hemos asistido en las últimas décadas a síntomas y señales claras de que el planeta está llegando a un límite. Es uno de los problemas colaterales de la macroproducción de alimentos, como también lo es la gran plaga del siglo XXI: la obesidad. En los últimos años hemos aprendido dos cosas fundamentales de la lucha contra el hambre. Una es que no basta con aumentar la producción, porque además tiene que ser sana, y otra es que no podemos aumentar la producción a cualquier precio, porque los costes medioambientales son altísimos.

Hay una sensibilización por parte de la opinión pública cada vez mayor, y estamos intentando ir por ese sendero de la alimentación saludable. Hay cosas que sabemos que funcionan muy bien, como la alimentación local y de productos de temporada.

¿De qué manera ha favorecido la globalización el hambre en el mundo?

La forma de producción alimentaria que hemos generado desde el capitalismo es una forma masiva de producción de alimentos que ha dado buenos resultados en algunos momentos pero que ha hecho que algunos países sean más vulnerables que otros. El ser humano ha pulverizado el entorno y lo ha convertido en una gran despensa. Un ejemplo de ello es cómo está cambiando nuestra dieta: en los años 80, los chinos comían de media unos 14 kilos de carne por persona. Ahora comen unos 55 kilos.

En las últimas décadas, el consumo mundial de carne ha aumentado el doble que la población. El consumo de huevos, tres veces más. Brasil produce cada año 7.000 millones de pollos, casi tantos como habitantes tiene la Tierra, una cantidad que sacrifica y exporta a todos los rincones del mundo. Pero EE UU y China producen una cifra parecida.

En la globalización, países que han estructurado su economía en función de las exportaciones –sobre todo, en África y en América Latina–, cuando hay variaciones de precios, cuando la inversión decide ir de un continente a otro, se vuelven muy frágiles. La otra cara de la moneda es que la globalidad, pese a fomentar la vulnerabilidad de esos países, ha ayudado de alguna forma a que no haya carestía de alimentos. Pero la cuestión es que el hombre nunca ha tenido falta de alimentos. El hombre siempre ha sido capaz de producir tantos alimentos como hacía falta o más para la población que había, a pesar del aumento de población.

En los últimos 500 años, la población se ha multiplicado por 14, pero la producción de alimentos se ha multiplicado por 240. No hay hambre por la falta de alimentos ni tampoco por desperdicio alimentario, sino por desigualdad, por pobreza. Esa es la causa principal. Hay otros factores que pueden influir, como la globalización o el cambio climático. Es una ecuación compleja, pero en lo básico está la relación entre pobreza y riqueza.

¿Qué mecanismos cree que se podrían aplicar para favorecer a la pequeña agricultura en estos momentos?

La crisis está afectando a todos los sectores de la sociedad. Lo fundamental es ver cuánto va a durar esta crisis y cuánto tiempo va a afectar al sistema productivo. Si estamos hablando de un mes o un mes y medio –aún con toda la gravedad que ello supone– es probablemente recuperable. Si se alarga mucho más, vamos a tener problemas a medio y largo plazo. La solución es la intervención del Estado. Lo estamos viendo en todos los sectores.

Estamos asistiendo a un resquebrajamiento del sistema liberal capitalista como lo tenemos entendido y solamente tenemos los precedentes parecidos de las grandes guerras, cuando, a pesar de que era el momento álgido del liberalismo capitalista, los Estados decidieron que tenían que intervenir de forma drástica en sus propias economías, nacionalizando, decidiendo qué se producía y qué no... Estamos en una fase parecida y obviamente se ha identificado la alimentación como uno de los sectores clave. Y la solución pasa por una intervención estatal en las distintas formas de producción de alimentos, y sobre todo en aquellos sectores más vulnerables, como son los pequeños agricultores.

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19 de abril de 2020 - 21:54 h

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