Carta a Don Juan Marsé a propósito de ‘España es un país de cabreros’

Guardo un buen recuerdo de la lectura de su obra narrativa, Señor Marsé, y en pocas cosas difiero con lo expresado en su entrevista publicada en El País el 8 de enero. Sin embargo, con respecto a esa asociación que establece entre las palabras ‘cabrero’ e ‘incívico’, he de decirle que no estoy de acuerdo. Es más, estoy en contra, de modo que puede llamarme eso, cabrero, lo cual no supone para mí ningún motivo de deshonra sino todo lo contrario.

¿Sabía usted que los animales de abasto con mayor distribución en la Tierra son los más de mil millones de caprinos existentes? Probablemente no, como tampoco que el 61% de esos ejemplares se encuentra repartido en el 27% de los países más pobres. Se pueden encontrar cabras en el Círculo Polar o en las selvas tropicales, en las montañas más abruptas o en los desiertos, en granjas tecnificadas o en los campamentos de los refugiados. Pero en su gran mayoría sobreviven en las bolsas de pobreza, junto a los parias más parias, allí donde su sola existencia puede separar la vida de la muerte entre seres humanos.

Estoy seguro, Señor Marsé, de que usted no ha tenido la oportunidad de compartir un buen rato de conversación con algún viejo cabrero. En caso de haberlo hecho, ahora esa palabra cobraría un sentido bien distinto en su vocabulario. No todos ellos dominan el arte del paisajismo pero sí que conocen a fondo la verdadera grandeza del paisaje. Son pocos los que han escuchado en directo un concierto sinfónico, pero todos saben diferenciar e interpretar los sonidos de la naturaleza con la misma precisión con que un director de orquesta es capaz de identificar, bajo su batuta, mínimos matices de expresividad en cualquier instrumento musical. Y aunque hasta bien entrado el Siglo XX —debo aclarar— muchos de los cabreros españoles no habían abierto un libro en su vida, siempre han sabido leer con el debido rigor la calidad de los pastos sin tocarlos, o el horizonte sin brújula, o la enfermedad o el hambre en la mirada de sus cabras.

Cuando acabé mis licenciaturas, y como parte de un impagable aprendizaje que me llevaría a la presentación de mi Tesis Doctoral, tuve la suerte de ser contratado para un trabajo de recopilación que requería la compañía de diferentes cabreros durante horas y horas de ordeño. Entonces, mientras aprendía y disfrutaba con la enorme riqueza de la cultura tradicional, tuve el privilegio de compartir tiempo, queso y conversación con algunos hombres buenos y sabios, muy sabios. Todos ellos, recurriendo a las palabras justas, medidas —bien pensadas y con el significado preciso—, como suelen hacer los que viven en soledad y en contacto con la naturaleza, compartieron conmigo sus valiosos conocimientos sin pedir nada a cambio. ¿Qué puede haber más cívico que la generosidad, Señor Marsé?

No hace falta ser un intelectual para saber cuál ha sido el más grande escritor de nuestra lengua, en cuyo nombre ha sido usted galardonado. En la primera parte de su Quijote pone estas palabras en boca de un cabrero: “Rústico soy; pero no tanto que no entienda cómo se debe tratar con los hombres y con las bestias.” A lo que el cura le contesta: “… las cabañas de los pastores encierran filósofos”. Su afirmación, Don Juan, resulta poco certera y desafortunada. Estoy seguro de que usted no quiso hacer daño a este digno colectivo, pero lo hizo.

Ah, y no se olvide de que Miguel Hernández también fue cabrero.

Nota: Juan Capote es investigador en el área de Ciencia Animal del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA) y presidente de la International Goat Association (www.iga-goatworld.com ; jcapote@icia.es).

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20 de enero de 2015 - 13:25 h

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