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OPINIÓN | Batet, alto y claro, por Esther Palomera

El volcán y la poética de lo perdido

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“Cuando nací sabía a fuego

La falda de mi madre,

De agua de lava: luego seca

En las penas de un hijo.

Me dio pastel de tierra quemada,

Cepa de luz imaginación:

La vida de un muchacho es suelo.

La muerte, evaporación”.

Vitorino Nemésio (1901-1978), Azores

Traducción: Andrés Sánchez Robayna

Espero que el volcán que nació hace un mes en Cabeza de Vaca, El Paso, no tenga tanto recorrido como el explorador y narrador Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1488-1559), que zarpó con cinco navíos de Sanlúcar de Barrameda hacia las Islas Canarias en 1527, en la expedición del incompetente Pánfilo de Narváez, y cruzando el Atlántico hasta La Española, y más tarde a Santiago de Cuba, y después a La Florida, entre avatares y desgracias, tempestades, naufragios, pantanos, deserciones, mucha hambre, hostigamientos y miles de flechas, durante ocho años recorrió casi 18.000 kilómetros, a pie en su mayor parte, desde Tampa hasta Sinaloa. Toda la costa sur de Norteamérica, Alabama, Misisipi, Luisiana, se adentró en Texas, Nuevo México, Arizona, hasta el norte de México y bajó por el golfo de California hasta llegar a Culiacán en 1536. Su relación de tan impresionante odisea, es un valioso material  histórico y etnográfico: su viaje fue extraordinario, por el camino lo perdió todo, quedándose desnudo en varias ocasiones, se alimentó de tunos indios, de mascar cuero como esclavo, y como un buen hombre cambió la espada por una mirada antropológica. Forzado por la intimidad con los indios, sin llegar a identificarse con ellos o a idealizarlos como se hace hoy en día, se hizo enemigo de la trata de esclavos y en firme partidario de una postura conciliadora con los nativos. Los carancaguas, una tribu que repartía las pertenecías y que carecía de mandos, lo hizo esclavo durante años; con lo que aprendió de ellos junto a un chamán y de su experiencia en Europa como  veterano de muchas batallas, acabó haciéndose mercader y curandero, llegando a ser seguido casi como un santo por los nativos que se iba encontrando. Aprendió seis lenguas, conoció más de veinte naciones indias. Contemporáneo de Miguel de Cervantes, fue un pionero de verdad, en solitario sufrió por tierras que ningún blanco y pocos nativos habían visto; único en la historia universal de las exploraciones por su capacidad de resistencia y de soledad en desiertos de pura hambre. Los héroes de las películas de oeste no le llegan ni a los talones. Ni los piratas ingleses ni los corsarios franceses; todos tan de moda, tan mimados por el cine, por la novela de aventuras y por la leyenda negra, pueden compararse a este hombre extraordinario  que nació en Jerez de la Frontera en el siglo XVI; un hombre incansable que una vez que volvió a España, regresó a América, siendo el primer blanco en ver las cataratas de Iguazú y en recorrer el río Paraguay mientras era Virrey del Mar de Plata, y por si fuera poca cosa, tuvo que regresar prisionero a la península de todas las desdichas, por defender a los indios ante la crueldad de otros españoles como Martínez de Irala. La realidad supera la ficción, como decía Chesterton. Naufragios y Comentarios (1555), que tengo en tapa dura, en una edición estupenda de Anaya, que devoré cuando tenía veinte años, con mapas y grabados, es considerada la primera narración histórica sobre los territorios que hoy constituyen los Estados Unidos.

Pero estamos en época de derribar estatuas de Colón, de borrar a los poetas antifascistas de las paredes de nuestras calles y de que los escritores urbanos que nunca han tenido morsécalos en los calcetines del Corte Inglés, sean de centro, sin ideología, para sentirse salvados moralmente, cuando en este país nunca ha existido tal cosa, ni la una ni la otra. Ni el centro, ni la posibilidad de salvación. Aquí nadie es salvado, sino siempre sacrificado, pero por aquellos mismos que nunca han hecho ningún sacrificio.  Dice la Wikipedia, que un antepasado de Alvar Núñez, fue un famoso y legendario pastor que ayudó a Alfonso VIII a derrotar a los almohades, indicándole un camino por las montañas. Pedro de Vera, su abuelo paterno, se había destacado como adelantado en la conquista de las Islas Canarias.  Hay una película mexicana, Cabeza de Vaca (1991), de Nicolás Echeverría, con Juan Diego de protagonista estelar. Es extraordinaria y altamente recomendable.

“Cuánto se engañan los pensamientos de los hombres, que nosotros andábamos a les buscar libertad y cuando pensábamos que la teníamos sucedió tan al contrario”.

El volcán de Cumbre Vieja tendrá menos recorrido que Alvar Núñez Cabeza de Vaca, pero hará más daño; el volcán no tendrá con los nativos la mirada comprensiva del héroe español sin recompensa, siempre tan maltratado por el destino. Ser español, en este caso y en cualquier otro, siempre es una desgracia.  Si no, miren la vida del autor del Quijote, lean su obra. Mejor ser inglés y tener al pirata Francis Drake, que no pudo con Santa Cruz de La Palma, tan alto como a John Lennon; o ser francés y cantar el himno más violento que existe, y echarse a correr cuando vienen los nazis para que los republicanos españoles, veteranos de tres años de guerra, les organicen  la resistencia; o ser definitivamente norteamericano, supremacista blanco y de la liga nacional del rifle para que nuestros hijos aprendan con la película Peligro inminente y se hagan fascistas sin saberlo. Los modelos españoles no nos gustan y esto es sencillamente porque no los conocemos, no estableciendo la relación adecuada con el resto de canallas, a quienes sí apreciamos porque son un modelo importado e impuesto desde fuera. Por todo esto, no llamarán al volcán con ese nombre. Sólo es cuestión de que hay otros a quien idealizar.

Disculpen la digresión, pero quizá, divagar, es la escritura. El poeta y narrador leonés Julio Llamazares ha vivido siempre sin su pueblo, Vagamián, donde había nacido en 1955. La construcción de una presa, la ingeniería humana y el progreso acabó sepultando su pueblo y ahora, se encuentra bajo las aguas de un pantano; alguna vez que por sequía, baja el nivel, aparece como un fantasma la torre del campanario de la iglesia. En El río del olvido donde recorre su bella tierra leonesa, encontramos esta perla fina:

“El paisaje es memoria porque la memoria se refleja siempre en el paisaje en el que ha ocurrido tu vida. Es un espejo, no un telón de fondo de un escenario; en ese espejo se refleja la vida de las personas. Cuando el paisaje desaparece, y no sólo porque le hayan puesto encima un embalse, la memoria se duele y se resiente, y de ese dolor de la memoria nace la melancolía, y de la melancolía nace el aliento poético”.

A las palmeras y los palmeros que han perdido el paisaje de la memoria, sus hogares, sus jardines y huertas, calles, colegios, iglesias, campos de deporte, de playa, de paseo o de cacería, el territorio de los padres y madres, de los abuelos y abuelas, no les va a quedar más remedio que convertirse en poetas. Pero, tal vez, ya lo eran. Una amiga veterinaria me contó que cuando vino a la isla de La Palma hace muchos años, fue conociendo a sus habitantes y descubrió que comparados a los ganaderos y agricultores, un poco secos, un poco toscos, con los que había trabajado en la península, la gente de aquí, de la isla, eran para ella como dioses o poetas. Me decía que le hablaban del cielo, de las estrellas, de las plantas y los animales como si formaran parte de su propia alma, como toda la isla de La Palma. A los isleños hay que echarle la comida aparte. Vean los ingleses, vean los cubanos, vean los herreños o gomeros, vean los palmeros. No se trata de endiosarnos, no somos especiales, pero es necesario saber qué constituye nuestra esencia, porque en ella se halla nuestra capacidad de resistencia. Para recomponerse ante la devastación, como Alvar Núnez Cabeza de Vaca  tuvo que hacerlo en innumerables ocasiones, como el propio Cervantes, como Julio Llamazares,  (Antonio Machado no tuvo tiempo, ni Lorca ni Miguel Hernández), como nuestros abuelos y padres en la guerra  y en la miseria de la posguerra, en la larga dictadura, como los emigrantes que se fueron cuando no había nada y volvieron cuando todo ya había cambiado, como el propio Ulises cuando regresó a Ítaca y tuvo que seguir luchando, como la escritora María Zambrano exiliada en Roma, como la actriz María Casares exiliada en París, como María Moliner exiliada en su propio salón, sin poder utilizar el despacho de su marido, y sin ser reconocida por los hombres machistas de la Real Academia  de la Lengua de entonces, en pleno franquismo, cuando publicó su maravilloso Diccionario de Uso del Español, como me pasó a mí mismo con la muerte de Sara, mi querida y joven compañera, y a tantos y a tantas sin nombre, cuyo destino ha sido pasar por alguna desolación, ser estampados contra el suelo por el rayo, incluso, demasiadas veces, para soportar todo y recomponerse, como les decía, hace falta algo de aliento poético, aunque no sepamos que lo tenemos; porque lo tenemos, y es así: habitamos esta isla, que está viva, y lo seguiremos haciendo.

Lo digo en El Libro de Sara (2021, Ediciones La Palma), John Berger es mi padre espiritual, en Esa belleza, (2005, Bartleby Editores), se refiere al escritor ruso Andrei Platonov, de quien dice: “Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra”. Y continúa diciendo: “En su libro titulado Djann, cuenta la historia de un grupo de nómadas varado en un desierto de sal (de desolación) en alguna parte del mar de Aral en Uzbekistán. Lo han perdido todo: instinto de supervivencia, pertenencias, ganado, cualquier noción de futuro y toda ilusión. (…) Hacia el medio del relato, una de las noches previas a la llegada del crudo invierno, el protagonista oye por casualidad el susurro de un hombre y una mujer en su desvalida choza”:

”Ya no servimos para nada, dice la mujer, tú estás delgado y débil, en cuanto a mí, me languidecen los pechos y siento dolor en la médula de los huesos.

No dejaré de amar lo que queda de ti, dice él.

No se dijeron más. Sin duda se tendieron abrazados en el lecho para tener en las manos su única dicha”.

Óscar Lorenzo

San Andrés y Sauces, Isla de La Palma

24 de octubre de 2021

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24 de octubre de 2021 - 08:36 h

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