Durante unos años la catedral gótica de esta ciudad fue considerada el edificio más alto del mundo
En la histórica Normandía se alza un monumento que desafía al tiempo y al espacio con su imponente silueta grabada en piedra. Se trata de la catedral de Notre-Dame de la ciudad de Rouen, consolidada no solo como centro religioso, sino como un compendio vivo de la evolución del arte gótico europeo. Al recorrer las calles medievales de esta ciudad francesa, el visitante se encuentra frente a una estructura cuya fachada parece un encaje de piedra intrincado. Este edificio, que domina el paisaje de Rouen, ha sido testigo de siglos de historia, sobreviviendo a invasiones y desastres naturales con una resiliencia asombrosa. Su presencia es tan poderosa que atrae a viajeros de todo el mundo, ansiosos por descubrir los secretos que guardan sus muros milenarios.
De hecho, es considerada una de las catedrales góticas más famosas del planeta, gracias en gran medida a su representación en el arte universal. Pasear por su explanada permite apreciar la magnitud de una obra maestra que sigue latiendo en el centro urbano. La catedral es un símbolo de identidad que ha sabido mantenerse como el núcleo de la vida urbana moderna. La historia de este coloso se remonta mucho antes de que sus arcos apuntados tocaran el cielo, pues nace sobre una basílica del siglo IV. Sobre esos cimientos antiguos se levantó un conjunto románico en el siglo XI, cuyas huellas aún pueden explorarse hoy en su cripta. Fue a partir del siglo XII cuando la construcción gótica comenzó a tomar forma, extendiéndose hasta su finalización definitiva en el año 1506. Este largo proceso de siete siglos permitió que el edificio resumiera todas las etapas del estilo gótico en un solo lugar.
La torre Saint-Romain, iniciada en el siglo XII, es uno de los vestigios más antiguos que se conservan de este periodo inicial. Cada generación de artesanos dejó su impronta, creando una armonía única entre las distintas visiones arquitectónicas de la época. Así, la catedral se transformó en un excepcional recorrido cronológico que narra el ingenio humano a través de los siglos. Sus piedras cuentan relatos de fe y ambición que se mantienen vigentes para todo aquel que las observa. Uno de los elementos más destacados de la catedral de Rouen es su majestuosa flecha de hierro fundido que alcanza los 151 metros. Esta aguja, diseñada por el arquitecto Jean-Antoine Alavoine en el siglo XIX, reemplazó a una anterior que había sido destruida por un rayo. En el momento de su inauguración oficial, esta estructura ostentó el título del edificio más alto de todo el mundo, al menos entre 1876 y 1880.
El uso de hierro fundido fue una decisión moderna y audaz para la época, buscando mayor ligereza y resistencia ante el fuego. Gracias a esta altura prodigiosa, la catedral sigue siendo hoy en día la construcción religiosa más alta de toda Francia. Su silueta es visible desde grandes distancias, funcionando como un faro espiritual y arquitectónico para toda la región normanda. Esta proeza de la ingeniería decimonónica consolidó la fama internacional del templo como un hito de récords mundiales. Su verticalidad extrema simboliza el deseo eterno del hombre de alcanzar las alturas y tocar lo divino con la materia.
La fachada occidental de la catedral es célebre por su inusual anchura de 61 metros y su marcada asimetría, que le otorga un carácter único. Se la conoce cariñosamente como “la más humana de las catedrales” debido a esa imperfección estética que refleja su larga evolución. Entre sus torres destaca la famosa Torre de la Mantequilla, financiada por donaciones para poder consumir lácteos durante la Cuaresma. La decoración exterior es un festín visual con 70 figuras esculpidas que adornan el portal principal con gran detalle. Cada escultura y relieve narra episodios bíblicos o historias locales, convirtiendo la piedra en un libro abierto para los fieles. Otros portales, como el des Libraires o el de la Calende del siglo XIV, añaden más riqueza artística al conjunto exterior. Esta combinación de elementos flamígeros y estructuras robustas crea un contraste visual que fascina a expertos en arquitectura medieval.
La luz que baña la piedra de Rouen capturó la mirada de Claude Monet, quien inmortalizó el edificio en una serie magistral. Entre los años 1892 y 1893, el maestro del impresionismo pintó más de treinta lienzos que muestran la fachada en distintos momentos. Monet se instaló frente a la catedral para estudiar cómo las variaciones lumínicas transformaban la percepción de la arquitectura gótica. Estas obras maestras han dado la vuelta al mundo, convirtiendo el portal occidental en un icono reconocido globalmente. El artista lograba atrapar el juego de luces y sombras sobre el encaje de piedra, revelando una cara cambiante del templo. Gracias a su pincel, la catedral dejó de ser solo un edificio para convertirse en una exploración sensorial de la atmósfera. Hoy, los visitantes pueden situarse en los mismos puntos de vista que el pintor para intentar captar esa esencia etérea.
Dentro de sus naves sagradas, la catedral custodia los restos y memorias de personajes fundamentales de la historia de Europa. En el coro reposa el corazón de Ricardo Corazón de León, depositado allí como testimonio de su profundo amor por Normandía. También se encuentra la tumba de Rollon, el jefe vikingo que fundó el Ducado de Normandía y cambió el destino regional. Además de estos reyes y nobles, la catedral está ligada al trágico juicio de Juana de Arco en el siglo XV. Estos vínculos históricos convierten al edificio en un panteón de la identidad normanda y un testigo de eventos cruciales. El palacio arzobispal y los edificios anexos, que aún se conservan, refuerzan su importancia como centro de poder político. Cada rincón del interior, desde las capillas hasta el ambulatorio, respira el eco de las voces que forjaron Francia.
Destruida y restaurada
A pesar de su magnificencia, la catedral ha sufrido heridas profundas a lo largo de los siglos por conflictos bélicos. Fue destruida durante la invasión de los vikingos en el año 841 y debió renacer de sus cenizas en tiempos posteriores. Sin embargo, el golpe más duro llegó durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente en los bombardeos aliados de 1944. Durante la llamada “semana roja”, los ataques causaron graves daños en la nave y debilitaron los pilares que sostenían la aguja. Incendios devastadores provocaron la caída de campanas y la pérdida de estructuras valiosas, poniendo en riesgo todo el edificio. Milagrosamente, gran parte de las vidrieras antiguas habían sido retiradas previamente para su protección, salvando tesoros artísticos incalculables. Tras la guerra, se inició una ardua tarea de restauración que permitió reabrir sus puertas al público en 1956.
En la actualidad, la catedral sigue siendo un edificio vivo que se adapta a las nuevas tecnologías y necesidades culturales. Cada verano, al caer la noche, su fachada se transforma en una pantalla para impresionantes espectáculos de luz y sonido. Estas proyecciones monumentales narran historias sobre vikingos, Juana de Arco o el movimiento impresionista con un despliegue mágico. Además de estos eventos festivos, el mantenimiento constante garantiza que las futuras generaciones puedan seguir admirando su esplendor gótico. En 1999, una fuerte tempestad volvió a poner a prueba la estructura, obligando a nuevas obras de consolidación en los arbotantes. La vida espiritual continúa con servicios regulares que llenan el vasto espacio con cantos y oraciones que resuenan con fuerza. El entorno de la catedral, con sus casas de entramado de madera y el mercado de Navidad, es el corazón social.
Para completar la experiencia sensorial de la visita, es imprescindible escuchar el sonido del carillón más imponente de Francia. Restaurado recientemente, este instrumento cuenta con 64 campanas que pueden oírse hasta a cinco kilómetros de distancia de la torre. Subir los 150 escalones de la torre Saint-Romain permite observar de cerca la prodigiosa mecánica de este gigante musical. Las visitas guiadas ofrecen la oportunidad de descubrir los secretos ocultos, como la cripta románica o la capilla de la Virgen. Desde sus cimientos del siglo IV hasta su aguja del siglo XIX, cada piedra cuenta una historia de superación. La catedral de Rouen permanece como un testimonio eterno de la fe, el arte y la ingeniería humana más ambiciosa. Es, sin duda, una joya arquitectónica que define la identidad de Normandía y cautiva a quien se detiene a observarla.
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