El museo que no fue: el proyecto inacabado de Ibarrola en Garafía y la factura del olvido

Primeros amontonamientos de piedras en la Montaña de Los Lisianes, aún sin policromar, febrero 2018.  Esta imagen captura la fase inicial del proyecto: cinco montículos circulares elevados en un claro del pinar, proyectados para ser pintados por dentro.

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Montaña de Los Lisianes, Garafía.

Entre pinos y paredes negras, cinco túmulos de piedra forman un círculo perfecto. No hay color. No hay cartel. Apenas queda la promesa de una obra que quiso dialogar con el paisaje y acabó hablándole al viento. Ocho años después, el ambicioso proyecto de Agustín Ibarrola —concebido para convertir Garafía en un “museo” a cielo abierto— sigue detenido a medio camino, convertido en símbolo de cómo una buena idea puede perderse entre el ruido, los temporales y la falta de continuidad institucional.

La promesa (2015): “Un reclamo turístico importante”

La iniciativa se presentó con brillo y respaldo político. En mayo de 2015, el Cabildo consignó 160.000 euros para ponerla en marcha; el entonces presidente, Anselmo Pestana, defendió que sería “un reclamo turístico importante”, y el alcalde de Garafía en aquella época, Yeray Rodríguez, habló de “renovar un producto de excelencia” para el municipio. En paralelo, el propio Ibarrola explicó su objetivo: hacer de Garafía “un municipio museo” y subrayó la potencia de sus barrancos, cuya fuerza comparó con la del Cañón del Colorado.

El plan tenía dos actos: Las Piedras de Ibarrola, cinco montículos circulares de piedra en Los Lisianes que se pintarían por su interior, y un gran fresco en el Barranco de La Luz. La primera parte empezó a ejecutarse; la segunda, nunca llegó.

La contestación y los tropiezos (2017–2018)

La obra nació rodeada de debate. Artistas e intelectuales locales expresaron su rechazo y una petición en change.org superó las 5.300 firmas pidiendo la paralización. Se llegó a satirizar al artista en una “quema de Judas” festiva, que su colaborador Facundo Fierro interpretó como una amenaza. Al mismo tiempo, Medio Ambiente llegó a cuestionar emplazamientos por invadir un cortafuegos. Todo ello alimentó un clima tenso y confuso.

En noviembre de 2017, una gota fría dañó la zona prevista para el mural del barranco y el proyecto quedó paralizado. En febrero de 2019, el propio Ayuntamiento confirmaba que la intervención llevaba detenida desde finales de 2017, a la espera de canalizaciones y arreglos del terreno.

La paradoja presupuestaria (2019–2020)

Pese al parón, el proyecto siguió apareciendo en los anexos de inversiones del Cabildo: 117.391,31 euros en 2019 y 10.000 euros en 2020. No es un juicio moral: es un dato público que plantea preguntas sobre la gobernanza cultural —¿plan director, cronograma, hitos, mantenimiento, evaluación de riesgos? — que nunca obtuvieron respuesta visible para la ciudadanía.

El estado actual: “pasto del olvido” … y un sendero

En 2023, con la muerte del artista, crónicas locales describieron su obra en Garafía como “pasto del olvido y la indiferencia”. Pero en 2025 el Ayuntamiento dio un pequeño giro: acondicionar y señalizar un sendero desde Llano Negro con paneles que permitan observar la intervención inacabada y contextualizarla. La concejala de Turismo cifró en unos 35.000 euros esa actuación, y el alcalde explicó que no se haría más porque no había más dinero. Es, al fin, una forma de poner algo de orden, aunque llegue tarde.

Lo que aprendimos (o deberíamos aprender)

Los artistas proponen; la responsabilidad de ejecutar, mantener, evaluar y cerrar los proyectos es pública. Aquí falló la continuidad: hubo respaldo inicial, hubo oposición social que no se supo encauzar, hubo daños meteorológicos previsibles en un barranco, hubo trámites que se hicieron eternos… y hubo presupuesto sin obra terminada. Entre tanto, quedaron piedras apiladas sin policromar del todo y un mural que no llegó.

Conviene preguntarse, con serenidad, qué fue de aquella inversión y dónde quedaron las ideas que la justificaron: el “municipio museo”, el plan de marketing, el atractivo internacional. La respuesta no está en la brocha de un artista octogenario, ya fallecido, sino en la capacidad de las instituciones para planificar bien, proteger el paisaje y gestionar el disenso sin que se bloquee todo.

¿Y ahora qué hacemos con esas piedras?

Tres caminos posibles — y compatibles— que no requieren épica, sino oficio:

  1. Poner en valor lo existente. Culminar la señalización, limpiar el entorno, abrir el sendero interpretativo con paneles rigurosos (qué se hizo, qué faltó, por qué se paró), incorporar visitas guiadas puntuales y programar mediación cultural que explique a favor y en contra. Convertir el caso en aula de gobernanza cultural: un proyecto que enseña, incluso inacabado.
  2. Conectar con el territorio. Integrar la ruta en la red insular de senderos y patrimonio, sumar piezas de arte contemporáneo local por convocatoria pública y comisariado independiente, con presupuestos modestos y claros. Abrir el relato para que Garafía no sea un monólogo, sino un coro.
  3. Plan B con criterio patrimonial. Si tras una evaluación técnica y un proceso participativo se decide no mantener los túmulos tal como están, reutilizar la piedra en mampostería tradicional en seco (muros, bancales, refugios de pastor) documentando el desmantelamiento y preservando la memoria del intento. No esconder el error: explicarlo.

La pregunta queda sobre la mesa, sin ironía y sin dedo acusador: ¿qué vamos a hacer ahora con esas “piedras pintadas” —o no—? La peor opción ya la conocemos: dejar que el tiempo borre la inversión y también la conversación. La segunda peor es repetir el ciclo con otro nombre. La mejor, probablemente, sea la más sencilla: cuidar lo que hay, contarlo bien y aprender para la próxima.

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