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Carros de Gedeón y la excusa divina
El pasado 18 de mayo, el gobierno israelí puso en marcha una nueva fase de su ofensiva militar terrestre en la Franja de Gaza: la operación “Carros de Gedeón”. El título no es casual, alude al relato bíblico del juez Gedeón, recogido en el Libro de los Jueces (6-8) del Antiguo Testamento, como si el uso de una referencia religiosa pudiera otorgar legitimidad moral y política a una invasión militar contemporánea. Este uso de la Biblia como justificación para acciones bélicas no es nuevo, pero resulta especialmente alarmante en el contexto actual, donde las proporciones del desastre humanitario en Gaza alcanzan alarmantemente las dimensiones y el carácter de genocidio.
El relato de Gedeón, tal como aparece en las Escrituras, no tiene nada que ver con lo que está perpetrando Israel. Gedeón no era un invasor, sino un hombre escogido por Dios para liberar a su pueblo de la opresión madianita, y lo hizo de forma extraordinaria: reduciendo su ejército a apenas 300 hombres, usando trompetas, jarrones y antorchas como símbolos de fe y obediencia. Su historia es la de un ejército reducido enfrentado a uno colosal, la de una victoria sin gloria militar, diseñada expresamente para mostrar que el poder divino no necesita la violencia desmedida del hombre.
¿Dónde están hoy las trompetas y los jarrones? ¿Dónde está la humildad de Gedeón? La realidad es que el ejército israelí, con la connivencia o el silencio de multitud de potencias, no se enfrenta a un ejército, sino, mayoritariamente, a una población civil asediada, empobrecida y desbordada por la destrucción sistemática de sus hospitales, sus escuelas, su abastecimiento, sus calles y sus vidas. No hay equivalencia posible entre las partes. Y, sin embargo, se invoca el nombre de Gedeón para justificar lo injustificable.
Este uso interesado del texto sagrado no es más que un intento de mitificar y sacralizar una operación que viola sistemáticamente los derechos humanos, que destruye al adversario no solo militarmente, sino también civil y estructuralmente, hasta reducirlo a escombros. El pueblo palestino no solo está perdiendo territorio de manera flagrante e insostenible a costa de las operaciones israelíes, está perdiendo su vida y la posibilidad de imaginar un futuro. Más de 53.000 personas han muerto en Gaza como consecuencia de los ataques del estado de Israel, en su mayoría civiles.
La propia Organización de las Naciones Unidas ha denunciado que la ayuda humanitaria no puede llegar a quienes la necesitan, porque el ejército de Netanyahu bloquea los accesos y los corredores, y asesina a sus trabajadores. Y mientras eso sucede, la retórica oficial israelí sigue aferrada a referencias bíblicas, a personajes del Antiguo Testamento, para dotar de un aura de justificación moral a lo que en realidad es una ataque indiscriminado de dimensiones históricas.
Cabe preguntarse, si hacemos referencia a las Escrituras, qué Dios es este al que se invoca para legitimar semejante empresa. ¿Es el Dios de Gedeón, que frenó a su propio pueblo para que no se envaneciera? ¿O es más bien una construcción nacionalista que instrumentaliza lo sagrado para cubrir con un manto de autoridad divina la realidad de una ocupación violenta? Invocar su nombre mientras se priva a millones de personas del derecho a su país, Palestina, a su territoriorio, a la vida, a la salud, al pan y al agua, no solo es una tergiversación del relato: es una ofensa moral.
Lo que estamos presenciando no es una campaña de liberación divina, sino una tragedia que nos compromete como humanidad y por la que, citando ahora sí la condición de magistrado de Gedeón, nos juzgará la historia. Asistimos, citando al Jefe de Ayuda Humanitaria de la Organización de las Naciones Unidas, Tom Fletcher, a la mayor atrocidad de nuestro siglo. La indiferencia no es una posibilidad.
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