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Conectividad, diversificación y futuro

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La historia de Canarias no puede entenderse sin el mar y, desde hace poco más de un siglo, sin el aire. La posición geográfica del archipiélago, situado entre Europa, África y América, ha sido mucho más que una simple circunstancia: ha determinado su poblamiento, su economía, su estructura social y su papel como territorio estratégico en las grandes redes de comunicación del Atlántico. A lo largo de su historia la isla ha actuado como escala, puente y plataforma logística. La insularidad jamás impidió una constante integración en los grandes procesos de la historia global.

El primer asentamiento humano de Canarias fue posible gracias al mar. La ausencia de técnicas navales y de una navegación regular entre islas y con el exterior provocaron un aislamiento casi total durante siglos. Este aislamiento condicionó profundamente el desarrollo social y cultural de las sociedades indígenas, que evolucionaron de forma autónoma en cada isla. El mar fue, por tanto, un elemento ambivalente: permitió el poblamiento inicial, pero también reforzó el aislamiento posterior. Esta dualidad —la conectividad como oportunidad y como límite— será una constante en la historia canaria.

La situación cambia de forma radical a partir del siglo XIV con la expansión marítima europea. Las islas reaparecen en los mapas como punto de referencia para navegantes genoveses, portugueses, mallorquines y castellanos. La conquista de Canarias, culminada en 1496, marca el inicio de una nueva etapa: el archipiélago deja de ser un espacio marginal para convertirse en una pieza estratégica del Atlántico. Tras el descubrimiento de América, Canarias se integra tempranamente en las rutas marítimas que conectaban Europa, África occidental y el Nuevo Mundo. Su localización, favorecida por los vientos alisios y las corrientes marinas, la convirtió en escala casi obligada para las flotas transatlánticas. Desde sus puertos se abastecían naves, se organizaban expediciones y se articulaban intercambios comerciales. La conectividad marítima fue clave para el desarrollo económico del archipiélago. Productos como el azúcar, el vino o la cochinilla encontraron salida hacia mercados europeos y americanos y, al mismo tiempo, Canarias se convirtió en un espacio de tránsito de personas, ideas, tecnologías y capitales. Su papel fue tan relevante que sirvió como laboratorio de modelos agrícolas, sociales y administrativos que luego se exportaron a América.

Durante los siglos XVI al XVIII, la sociedad canaria se configuró como una sociedad atlántica, abierta y dependiente del comercio marítimo. Los puertos se consolidaron como centros económicos y demográficos, atrayendo población diversa. Pero esta dependencia también generó fragilidad: guerras, piratería, crisis comerciales o restricciones impuestas por la Corona de Castilla provocaron ciclos de auge y declive estrechamente ligados al grado de conectividad con el exterior. A pesar de estas dificultades, el mar siguió siendo el principal eje de desarrollo. En el siglo XIX, la mejora de las infraestructuras portuarias, en paralelo a la revolución industrial y al auge de la navegación a vapor, reforzó el papel de Canarias como estación técnica y energética del Atlántico.

A comienzos del siglo XX, el Puerto de La Luz ya estaba plenamente integrado en las grandes rutas marítimas. Su desarrollo estuvo vinculado al tráfico de buques de vapor y a su función como estación carbonera, especialmente ligada al comercio británico. La ampliación de muelles, diques y almacenes permitió aumentar su capacidad y consolidar su valor estratégico. Las guerras del siglo XX reforzaron este papel y el  puerto se convirtió en enclave de abastecimiento, reparación y refugio de buques, además de ser un importante foco de empleo. Su crecimiento contribuyó decisivamente al desarrollo urbano y social de Las Palmas de Gran Canaria.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el transporte marítimo internacional vivió una profunda transformación tecnológica. El abandono del carbón obligó al Puerto de La Luz a redefinir su función tradicional, pero lejos de suponer un declive, este cambio impulsó la diversificación: reparación naval, servicios logísticos, pesca industrial y tráfico de mercancías generales.

La llegada de la contenedorización en los años sesenta supuso una revolución. El puerto supo adaptarse mediante la modernización de infraestructuras y la especialización de terminales, manteniendo su competitividad frente a otros puertos atlánticos. También en las últimas décadas del siglo XX, se consolidó como plataforma logística tricontinental, conectando Europa, África y América.

Hoy, el Puerto de La Luz y de Las Palmas es uno de los principales del sistema portuario español y un pilar estructural del desarrollo económico de Gran Canaria. De enero a diciembre de 2025, el tráfico total acumulado fue de casi veintisiete millones de toneladas, un crecimiento de casi un 17% frente al mismo periodo de 2024. Supone casi un millón y medio de contenedores (TEU), de los que 867.000 son de tránsito internacional. Un 27% más que en 2025. Los pasajeros totales fueron 3.117.561, casi un 3% mayor.

El siglo XX introduce una transformación decisiva: la conectividad aérea. Aunque el mar siguió siendo esencial, la aviación redujo de forma drástica el aislamiento geográfico de un territorio ultraperiférico como Canarias. Los primeros vuelos experimentales tuvieron lugar a principios del siglo, pero fue la hidroaviación la que permitió la integración inicial del archipiélago en las redes aéreas. En los años veinte, la bahía del Puerto de La Luz se convirtió en escala de hidroaviones que operaban rutas postales y comerciales atlánticas.

La habilitación del aeródromo de Gando en 1930 marcó un punto de inflexión. Pronto se consolidó como el principal nodo aéreo de las islas orientales y desplazó progresivamente a la hidroaviación. Durante los años treinta, Gran Canaria se integró en rutas aéreas intercontinentales que conectaban Europa con África occidental y América del Sur, reforzando su valor estratégico. Tras la Segunda Guerra Mundial, la navegación aérea entró en una fase de consolidación. La modernización de infraestructuras y la introducción de aviones de mayor capacidad generalizaron los vuelos regulares de pasajeros, reduciendo tiempos de desplazamiento y sentando las bases del crecimiento económico posterior.

La década de 1960 supuso un cambio radical con la expansión del turismo internacional. El Aeropuerto de Gran Canaria se convirtió en una infraestructura clave. El avión pasó a ser el principal medio de entrada de personas, desplazando definitivamente al barco en el transporte de pasajeros. Millones de turistas comenzaron a llegar cada año, impulsando una economía basada en la conectividad, los servicios y la hospitalidad. Este proceso transformó el territorio, modernizó infraestructuras y generó empleo, pero también incrementó la dependencia del exterior y la presión sobre el medio ambiente.

En las últimas décadas, el aeropuerto ha vivido una profunda modernización y se ha consolidado como hub interinsular y nodo internacional. Hoy es el aeropuerto con mayor tráfico de Canarias y uno de los más importantes de España, reforzando el papel de la isla como punto de conexión entre Europa, África y América, con conexiones a más de 160 aeropuertos y presencia en 30 países.

Tras la caída de actividad debido a la pandemia, el Aeropuerto de Gran Canaria ha recuperado su tráfico e incluso establecido récords de pasajeros, superando niveles de 2019 -13,3 millones de pasajeros-. En 2024 Gran Canaria registró aproximadamente 15,2 millones de pasajeros. Esta tendencia de crecimiento, que parece confirmarse con los datos de 2025, indica que Gran Canaria ha recuperado e incluso superado su tráfico aéreo histórico, reforzando su papel principal en Canarias como nodo de conectividad intercontinental. Además, en noviembre de 2025 se realizaron en nuestro aeropuerto 12.600 operaciones y una media de 2,6 -2,8 t de transportes de carga.

Más allá del transporte, la conectividad marítima y aérea es hoy un factor clave para la diversificación económica. El Puerto de La Luz y el Aeropuerto de Gran Canaria funcionan como plataformas logísticas, tecnológicas y de servicios avanzados. Impulsa actividades como la logística internacional, la reparación naval, la economía azul y la cooperación con África occidental. El aeropuerto facilita la movilidad profesional, la atracción de talento y el desarrollo de sectores intensivos en conocimiento, como la economía digital, la investigación científica o la industria audiovisual. La coexistencia de ambas infraestructuras genera sinergias estratégicas que refuerzan el papel de Gran Canaria como plataforma de servicios avanzados.

Sin embargo, este modelo plantea importantes retos. La elevada dependencia del transporte marítimo y aéreo genera vulnerabilidad ante crisis energéticas y logísticas, además de impactos ambientales significativos. La descarbonización del transporte con combustibles alternativos, la eficiencia energética y la necesidad de compatibilizar crecimiento y sostenibilidad son desafíos centrales. No se trata de reducir la conectividad, sino de  transformarla. Hacerla más limpia, eficiente y diversificada es clave para el futuro de la isla.

Asimismo, la gestión de las infraestructuras, especialmente aeroportuarias, ha generado un debate político y social. Dada la condición ultraperiférica de Canarias, las instituciones canarias, -Gobierno de Canarias y cabildos- reclamamos una mayor participación en la gobernanza aeroportuaria para adaptar la gestión a las singularidades territoriales y alinearla con las estrategias de desarrollo regional.

Y por último, planteo que tenemos que estar especialmente atentos a los movimientos geoestratégico que se producen en el planeta, en Europa y en nuestro entorno, especialmente los relacionados con Marruecos, con el que competimos de manera desigual en exigencias medioambientales, derechos laborales o costes salariales. Desde luego, lo que no pueden seguir haciendo España, Europa y algunas empresas es convertirse en sus financiadores y colaboradores de facto. O renunciar a la seguridad aérea del Sáhara Occidental, que se hace desde Gran Canaria, porque nos pondría en una peligrosa situación de fragilidad.

La historia demuestra que el mar y el aire han sido, y siguen siendo, los grandes motores de Gran Canaria. Comprender esa trayectoria es esencial para afrontar los desafíos del presente y construir un modelo económico más resistente y sostenible.

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