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Mis días de Canarias

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En momentos temblorosos me pregunto, ¿cuándo serán conscientes de que si no fuera por una decisión de Alfonso X el Sabio, todos los iberoamericanos, y españoles, estarían hablando gallego-portugués? Viene esto a cuento, quién sabe, a raíz de la trifulca con las lenguas de la península en el parlamento europeo. Prefiero no seguir: es tan elemental lo que se solicita, poder hablar una lengua propia, que todo lo demás da grima. Estarán, solicítelo Puigdemont o su porquero.

Sin embargo, acontece que de casi todo pasan siempre veinte años. En este caso, veinticinco. La remembranza se endurece y la memoria palpita. Esta mañana, ¿cuál?, le recordé a mi amigo Juan Cruz que el próximo 30 de mayo se cumplirán cinco lustros de su premio Canarias de Literatura. Llegamos casi al mismo tiempo al auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria, ¡qué lugar tan sencillo, bello y ajustado de presupuesto y coste real! (al contrario que otros auditorios también en Canarias).

Era la primera vez que a la ceremonia oficial del día de Canarias se le sacaba la caspa y el alcanfor. Me tocó a mí, como director del gabinete del presidente del gobierno. Un honor que culminó en 2003.

Llegamos casi al mismo tiempo Juanito y yo, cuando Cristina García Ramos, excelente conductora del acto, admirada periodista y gran amiga, se preparaba en el escenario. Concierto con los timplistas Benito Cabrera, Domingo Rodríguez “El Colorao” y el añorado José Antonio Ramos. Podría extenderme en demasía. Prefiero no hacerlo. Solo remataré el recuerdo diciendo que ese año una de las medallas de oro de Canarias se la dimos a José Saramago. Agradeció mucho el reconocimiento. Insisto en el dimos porque otro gobierno que no tuviera un presidente de marcado izquierdismo no se la hubiera dado.

El viernes vuelve a ser el Día de Canarias, en raras circunstancias. Solo nombrar aquella tierra, aparece la alegría. No hay ningún lugar donde la simpatía de las personas y el paisaje, la naturaleza inmensa, ofrezcan tanta armonía. No es un tópico. El Día de Canarias es una celebración construida a base de los días de Canarias que han sido. No alude a una batalla, que podría, ni a una afrenta histórica, también cabría esa posibilidad. Alude al día que se aprobó el primer estatuto de autonomía contemporáneo. Nada más. Y nada menos. Si hay un lugar de las Españas que merece tal cosa es Canarias: la primera colonia del reino de Castilla, la última del llamado imperio español.

Canarias es tierra de poetas. Este mismo mes de hace veinticinco años también, la editorial Pre-textos editó el libro recopilatorio de Luis Feria, Obra poética y cuentos, con el apoyo del Gobierno de Canarias del que yo formaba parte de manera minúscula: “No te canses corriendo los caminos;/ aquí, mi casa./ Nadie más rico, sol de mayo, entonces;/ qué resplandor: tú, mi argamasa. (...) La tierra es nuestra y va/ haciéndonos plurales./ Cada ser es su dios: no hay otra eternidad”.

Canaria era Josefina de la Torre, poetisa de la generación del 27 aunque muchas veces se olvidan de citarla en la nómina. De Canarias somos algunas personas como yo, de adopción pero para siempre, a la par que coruñés y catalán (barcelonés).

Cuántos matices hay que hacer a medida que uno se hace mayor. El del arraigo de los desarraigados, mi caso, no los precisa. El viernes me diré ¡viva Canarias! como si estuviera diciendo viva la libertad y la alegría. Feliz día de Canarias.

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