La dosis recomendable de pánico

La lectura de los periódicos de hace apenas una semana produce malestar general. Anoche me topé con dos ejemplares de diarios nacionales del sábado, 7 de marzo. Nada en ellos anticipa lo que estamos viviendo en estas horas lúgubres: los dimes y diretes sobre la manifestación feminista tras el encontronazo interno en el Gobierno, las resistencias de Feijoó a pactar una candidatura electoral con Ciudadanos y sobre todo a depender de Vox para gobernar en Galicia, incluso los problemas fiscales de la pareja protagonista de Cuéntame y, en qué cubo de basura acabará esa historia fake, la presunta posesión aurífera de Rodríguez Zapatero. El coronavirus está presente, cierto, pero sobre todo por su repercusión económica, aunque asoma el contagio colectivo alarmante en un funeral riojano. Fue quizá la primera señal de que

esto que se nos venía era muy serio, paro aún en páginas interiores aparecían referencias arrogantes sobre lo mal que maneja China la crisis del Covid-19.

Diez días después, los españoles abordamos un experimento sociológico inédito, el confinamiento forzoso de personas y familias por emergencia sanitaria. Y más allá de casos puntuales, producto de la falta de costumbre a un hecho sin precedentes en nuestra vida colectiva, los ciudadanos hacemos nuestro el lema de la década, #QuedateEnCasa, con admirable entereza. Lo hacemos en la certeza de colaborar con ello en el combate con esta pesadilla de la que no saldremos indemnes, aunque ahora lo más importante es detener la propagación del virus, porque la principal vacuna somos nosotros mismos. Al mismo tiempo, hay que ser realistas y asumir que una cuarentena prolongada es una prueba psicológica durísima para todos y todas, como ya nos contaban en ese Jurásico de hace diez días las crónicas firmadas en Wuhan, donde la pandemia empieza a ser derrotada, pero donde aún se mantiene el aislamiento social cuarenta días después. Pero esto es lo que hay, mejor no engañarnos.

A los ciudadanos se nos exige “el heroísmo de lavarnos las manos” y resistir en casa, en horas muertas que hoy agradecemos y mañana ya veremos, pero si en el primer día hemos dado la talla en cuanto a sentido cívico respecta, está por ver que nuestros gobernantes hagan otro tanto. Algunos ya se han desmarcado para arrimar este ascua global a la sardina de sus propios colores e intereses. Y si en el acontecimiento colectivo más dramático desde la Segunda Guerra Mundial algunos no son capaces de mostrar sentido de Estado, ¿qué podemos esperar de la solidez de nuestro sistema democrático? Mucho ojo con eso, por favor, porque es nuestra convivencia la que está en juego. Mientras tanto, nos afanamos en la idea de hacer nuestra la dosis más recomendable de pánico. 

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