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Extranjeros en Canarias: ¿una amenaza para el español insular?

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“¡Que nos roban el alma!”, “¡que nos quitan nuestra lengua y nuestra cultura!”, “¡que perdemos nuestra identidad!”, gritan alarmados los isleños más devotos de las tradiciones y las palabras de su tierra ante la masiva arribada de europeos (ingleses, alemanes, franceses e italianos, principalmente), magrebíes y subsaharianos a las Islas, tan omnipresentes en pueblos o ciudades como Corralejo, Los Lajares, El Cotillo, La Lajita y Gran Tarajal, en Fuerteventura; Playa Blanca, Arrecife, Tías y Famara, en Lanzarote; Playa del Inglés, Vecindario, Arguineguín y Las Palmas, en Gran Canaria; Los Cristianos, Abades, Puerto de la Cruz y Las Galletas, en Tenerife; Los Llanos, Tazacorte y Tijarafe, en La Palma; Valle Gran Rey, El Cabrito, Hermigua y Agulo, en La Gomera; y Frontera, en El Hierro. ¿Qué fundamento tienen estas profecías apocalípticas? ¿Corren la cultura canaria y la lengua que le sirve de vehículo expresivo, que es el español, el riesgo de ser borrados de la faz de la tierra por las culturas y las lenguas de los foráneos que se han instalado en los últimos tiempos en tierras insulares, sea para pasar los últimos años de su vida al amor del calorcito isleño, sea para trabajar, sea para escapar de la violencia económica o política de sus propios países? Categóricamente, no. Se trata de temores que no tienen el más mínimo fundamento. ¿Y por qué carecen de fundamentos estos temores que tanto alarman a la población canaria? Pues, por tres razones, en particular.

En primer lugar, no es probable que las lenguas de los extranjeros desplacen el español que se habla en las Islas porque es este quien da forma y consistencia a su realidad geográfica, natural, social e histórica. Sabido es que el mundo del hombre no existe de forma independiente o absoluta, sino que existe organizado en palabras; en las palabras de la gente que lo habita. La tierra se agarra a la lengua para poder vivir, porque, sin lengua, no es posible la existencia. Por eso no es ningún disparate decir que la lengua es el alma de la tierra. No vivimos en el mundo de la realidad, sino en el mundo de la lengua: en un mundo creado por la lengua que hablamos. El mundo humano constituye, por tanto, un problema de ecología idiomática. Y la lengua que organiza el mundo canario al presente es la lengua española, que lleva echando raíces en él desde las primeras décadas del siglo XV. Para que la lengua inglesa, la lengua italiana o la lengua alemana, por ejemplo, pudieran sustituir al español que se habla en las Islas, tendrían que enraizarse en la realidad natural y social de estas, y eso es asunto que no puede hacerse de la noche a la mañana, sino que requiere tiempo y paciencia. Las raíces son cosa de profundidad, no de superficie. La organización lingüística de un espacio y de una sociedad humana no puede improvisarse, sino que necesita de tradición. Resulta de una lucha dialéctica denodada y constante entre hablantes y mundo externo, para organizarlo, archivarlo en la memoria y convertirlo en realidad colectiva. Es decir, que sólo puede hacerse históricamente, golpe a golpe y pasito a pasito, porque únicamente la costumbre convierte las palabras en el nombre exacto y verdadero de las cosas. Por eso precisamente, el elemento que suele predominar en los espacios compartidos por pueblos distintos es el más antiguo de todos ellos, bien en forma de lengua, bien en forma de voces de sustrato. Y eso, aunque la lengua y las cosas del invasor gocen de mayor prestigio y honra que las de la población autóctona.

En segundo lugar, no es probable que el español de Canarias sea sustituido por las lenguas de los extranjeros que han venido a vivir entre nosotros porque se trata de la lengua oficial de la Comunidad Autónoma, tal y como recogen tanto la Constitución Española como el Estatuto de Autonomía de las Islas; obligatoria, por tanto, en el sistema educativo, la administración, la cultura y la vida social del archipiélago todo. Las gestiones oficiales, la formación académica, la información radiofónica, televisiva o periodística y los actos culturales y sociales se sustancian en Canarias en lengua española y sólo en lengua española, si hacemos excepción de alguna que otra publicación extranjera muy esporádica que se edita en zonas insulares monopolizadas por la actividad turística. Dado que la lengua que aprenden los hijos de los extranjeros asentados en el Archipiélago es el español, porque la formación primaria, secundaria y hasta universitaria que reciben en los centros educativos canarios la reciben en esta lengua, lo más probable es que aquella que aprendieron con sus padres en casa vaya desapareciendo con el paso de los años.

Y, en tercer lugar, no es probable que la lengua española sea desbancada en Canarias por las lenguas de los extranjeros que viven en ellas porque, además de ser la lengua que da forma a la realidad insular y la que sirve de vehículo expresivo a su vida social, económica, administrativa, literaria, política y cultural, como hemos dicho ya, es la que hace posible la comunicación entre la población foránea, funcionando para ella como una especie de “lingua franca”. Cuando los alemanes y los italianos que residen en las Islas, por ejemplo, necesitan comunicarse entre sí, suelen hacerlo en lengua española. Es decir que el español funciona en las Islas como una especie de vehículo de unificación lingüística de toda su población. Es lo que sucedió también en la Argentina del siglo XIX, que, a pesar de ser invadida (como pone de manifiesto gran parte de los apellidos que ostenta buena parte de su población) por italianos de todas las geografías (Piamonte, Lombardía, Véneto, Emilia-Romaña, Calabria o Sicilia), mantuvo intacta la lengua española, que era la única que podía garantizar la comunicación entre gente de parlas tan dispares. ¿De qué manera afectó la lengua italiana al español argentino? Pues de forma muy marginal, con préstamos léxicos y determinadas peculiaridades de la curva melódica, que lo han matizado en mayor o menor medida, pero sólo en la superficie del dialecto, no en la profundidad del sistema. Lo mismo podría ocurrir en Canarias con los miles de extranjeros que residen en ellas. Nada nuevo, por lo demás, puesto que ya en los siglos XV, XVI y XVII el guanche, el francés, el portugués y el árabe le proporcionaron un número de voces más o menos apreciable y acaso alguna modulación fónica particular. Es decir, que, de la misma forma que el guanche le prestó antaño al habla canaria voces como gofio, goro, tabaiba, perinquén o tajorase, el portugués, voces como mojo, jeito, magua, maresía o margullar, y el árabe voces como majalulo, téfana, fuchir o arife, el inglés, el alemán o el italiano podrían prestarle hogaño alguna que otra palabreja periférica o marginal y darle algún que otro toque más o menos exótico a su relajada pronunciación, pero nada más. La actual arribada de extranjeros a Canarias no sólo no constituye ningún peligro para los isleños de siempre, sino que tampoco supone ninguna novedad. Ha sido una constante a lo largo de la historia de las Islas; casi su seña de identidad más importante.

Aunque pueda parecer paradójico, lo que realmente supone una competencia (no diré “peligro”, porque los contactos lingüísticos y culturales son siempre constructivos, independientemente de cuál sea su desenlace) importante para el habla canaria actual es la parla de los tantos peninsulares (castellanos, andaluces, gallegos…) e hispanoamericanos (cubanos, venezolanos, ecuatorianos, argentinos…) que se han instalado en el Archipiélago en las últimas décadas. ¿Por qué? Pues simplemente porque, como hablan la misma lengua que los isleños, la sustitución de las expresiones locales por las suyas es más o menos fácil y hasta natural. Y más que el habla de los hispanoamericanos, que es muy parecida a la insular, porque de aquí partió para América a finales del siglo XV y desde aquí siguió recibiendo influencias en la época colonial a través de la emigración, el habla de los castellanos, que, por la persistente promoción institucional que ha recibido desde siempre y el prestigio de que goza, ha condicionado y sigue condicionando poderosamente el libre desarrollo del español insular.

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