Historia de un invento

Centro Canario Nacionalista

Salvador Lachica

Las Palmas de Gran Canaria —

El 24 de mayo de 2015 pasará a la historia de los procesos electorales, además de por abrir el mapa político a nuevas fuerzas políticas emergentes como Podemos y Ciudadanos, por marcar el principio del fin de un singular partido que ha estado presente dos décadas en el panorama canario, el Centro Canario Nacionalista (CCN).

Una fuerza política que nació y creció por el impulso unipersonal de Lorenzo Olarte y que ha fallecido, electoralmente, de momento, por el personalismo de su sucesor, Ignacio González, que ya anunció públicamente la dimisón de su cargo.

Un partido que en 23 años ha pasado por diversas nomenclaturas, cada una de ellas fruto de una concreta estrategia destinada a conseguir que sus principales dirigentes (Olarte primero y González, después) pudieran sobrevivir en las procelosas aguas del poder político canario sin ahogarse.

Fue un 15 de septiembre de 1992 cuando Olarte, que ya veía venir el declive del Centro Democrático y Social (CDS) fundado por Adolfo Suárez y necesitaba un partido con nomenclatura canaria para el proyecto nacionalista que se barruntaba en el horizonte, creó el Centro Canario Independiente (CCI) con el mismo número fiscal.

Olarte, que en 1991 preveía revalidar su Presidencia en el Gobierno regional y comprobó que las siglas del CDS no le habían llevado a la victoria, estuvo rumiando durante esos primeros años en la oposición cómo volver al poder después de haber sido descabalgado del mismo por el pacto que suscribieron Jerónimo Saavedra (PSOE) y Manuel Hermoso (AIC).

Primeros pasos

No era algo nuevo en el veterano político, pues su obsesión por crear partidos venía de lejos. Tras la muerte del dictador Francisco Franco fundó Unión Canaria, uno de los partidos que conformó la Unión de Centro Democrático (UCD).

Pero en 1992 la situación política canaria estaba inmersa en el proceso que culminó, apenas seis meses después, en la moción de censura contra Saavedra y la creación de Coalición Canaria (CC).

Si Olarte quería tener protagonismo en el advenimiento del nuevo nacionalismo canario debía soltar amarras de cualquier fuerza política de corte estatalista y, por ese motivo, convenció y obtuvo el permiso de Suárez para que el CCI fuese la marca canaria del CDS.

Una decisión que fue bendecida incluso por el Congreso centrista que se celebró en Madrid y que fue respaldada por 800 compromisarios.

Con un partido que, en la forma y en el fondo, ya no respondía a los cánones de la obediencia debida a Madrid (auténtico anatema para los nacionalistas), Olarte se subió al carro de los 31 diputados que censuraron a Saavedra. A cambio, fue el vicepresidente del primer Gobierno de Hermoso en 1993.

Una vicepresidencia que tenía una condición: ser candidato a la Presidencia por la incipiente CC en los comicios de 1999. Una condición que no se cumplió y que comenzó a marcar las diferencias irreconciliables entre ambos.

En 1996 Olarte, que seguía pensando que en 1999 volvería a ser presidente del Gobierno, necesitaba que su partido tuviera en sus siglas el ADN y la razón de ser de CC, y por ese motivo volvió a cambiar la nomenclatura para que no cupieran dudas: Centro Canario Nacionalista (CCN).

Llegó 1999, y sus socios del resto de fuerzas políticas imposibilitaron que Olarte fuese el candidato, argumentando que estaba inmerso en el caso Tindaya, que por aquel entonces comenzaba a llenar titulares y páginas de periódicos.

Fue el propio Olarte el que maniobró para que el candidato no fuese el líder de Iniciativa Canaria (ICAN), José Carlos Mauricio, y propuso el nombre de un desconocido Román Rodríguez para que fuese el cabeza de cartel de los nacionalistas en aquellos comicios.

Primer portazo

Pero las cosas para Olarte no discurrían como él quería, pues en el seno del CCN sus otrora hombres de confianza, Julio Bonis y Luis Hernández, comenzaron a maniobrar para hacerse con el control del partido y sustituirlo como líder. El propio Olarte les acusó en 2003 de haber pactado con ATI y echarse en brazos de ICAN.

Hastiado de traiciones y promesas rotas, el alma mater del CCN anunció en diciembre de 2003 que abandonaba la primera línea política y, según sus propias palabras, puso el partido “en las manos” de Ignacio González, que también pululaba sin oficio ni beneficio por el ruedo político tras haber sido defenestrado como secretario general del PP canario por sus pugnas internas con el entonces presidente de los conservadores, José Miguel Bravo de Laguna.

Desde ese momento, la trayectoria del CCN fue más errática aún que durante la etapa de Olarte y en 2005 la formación abandona el seno de CC. Fiel a su idea de que era un “partido pactista”, González se alió con tirios y troyanos, con el PP, con el PSOE, con NC, con quien fuera menester siempre que los acuerdos sirvieran a sus propios intereses.

Después de tres años al frente del partido, decidió cambiarle el nombre y llamarlo simplemente Centro Canario (aunque manteniendo las siglas de CCN para que no lo confundieran con CC) para remarcar el carácter centrista y de ‘partido puente’ con el resto del arco político del Archipiélago.

Ese mismo año, Olarte anuncia su regreso al partido que fundó 14 años antes con el fin de que su trayectoria política permitiera a la formación cosechar unos buenos resultados en las Elecciones locales de 2007.

Sin embargo, los resultados permitieron a González ser concejal en el Ayuntamiento de Santa Cruz y que el partido consiguiera representación en varios ayuntamientos y el Cabildo de La Gomera. Pero seguía sin conseguir ni un solo diputado en el Parlamento de Canarias.

Esos comicios también trajeron un dolor de cabeza añadido, pues el CCN fue objeto de una investigación policial, llamada operación Hubara (investigación paralela dentro del caso Las Teresitas), por presuntas irregularidades en su financiación, al utilizar supuestamente recursos de la Cámara de Comercio de la provincia tinerfeña, presidida entonces por el padre del presidente de los centristas nacionalistas.

Tras las elecciones, González comenzó conversaciones con Nueva Canarias y Coalición Canaria para concurrir de forma conjunta a los comicios generales de 2008, e incluso llegó a un compromiso con el Partido Nacionalista de Lanzarote, Iniciativa por La Palma y Nueva Fuerteventura que no cuajó en escaños en la Carrera de San Jerónimo.

Esa nueva frustración no rebajó sus ánimos e, inasequible al desaliento, volvió a recuperar el término nacionalista en las siglas con la vista puesta en su nuevo objetivo: confluir de nuevo en CC.

En las elecciones autonómicas de 2011 concurre junto a CC y el Partido Nacionalista Canario, lo que le permitió obtener dos diputados en la Cámara regional (él mismo e Isaac Castellano).

Sin embargo, demostrando que el CCN valía tanto para un roto como para un descosido, se presentó en solitario en Arafo, Arico, Fasnia, El Rosario, San Miguel, Tacoronte, El Sauzal, Buenavista, Tegueste, Gáldar, Teror, Arrecife, San Bartolomé de Lanzarote, Antigua , Tazacorte, El Paso y Valle Gran Rey. Y como no hay dos sin tres, en Santiago del Teide se presentó junto a Independientes de Santiago del Teide, en Telde y Mogán junto a NC y en Frontera junto al PNC.

Y, rizando el rizo, y en contra del Pacto regional suscrito entre CC y el PSOE (que vinculaba al CCN) garantizó la investidura de su ex jefe José Miguel Bravo de Laguna como presidente del Cabildo de Gran Canaria incluso en el caso de que los otros dos consejeros nacionalistas, Fernando Bañolas y Antonio Hernández Lobo, se queden fuera del acuerdo. Un apoyo que iba más allá, pues afirmó públicamente que el CCN nunca apoyaría una hipotética moción de censura.

Como premio, el PP otorgó al centrista Juan Domínguez la Vicepresidencia Primera y la Consejería Insular de Empleo, Industria, Comercio y Artesanía del Cabildo de Gran Canaria. En 2013, éste comunicó que se daba de baja del CCN, aunque evidentemente no entregó su acta de consejero pese a las peticiones de la dirección centrista.

Pero volviendo a 2011, González dio otro golpe de efecto para demostrar que el CCN no dependía del pacto suscrito con CC y el PNC y firma un acuerdo con el Partido Popular (PP) que lidera José Manuel Soria para ir en una lista conjunta a las Elecciones Generales de 2011: “Nos hemos apuntado a caballo ganador”, afirmó el propio González.

Fruto de ese acuerdo, que no sentó nada bien en las filas de CC-NC (que sí presentaron candidaturas conjuntas, como se había acordado previamente incluso con el propio González) el CCN consiguió una senadora por Tenerife, Luz Marina Socas, y otra por Gran Canaria, Meluca Suárez, esposa de Juan Domínguez, y poner al número 6 de la lista al Congreso por la provincia grancanaria y al 7 por la tinerfeña, que no obtuvieron escaño.

Dos años después de ese acuerdo electoral, el 12 de noviembre de 2013, en la tribuna del Parlamento de Canarias González rasgó el documento que suscribió con Soria mientras afirmaba que “no volveré a pactar con traidores a su tierra y a su gente”.

Segundo portazo

Todo este galimatías pactista contribuyó en gran medida a que Olarte volviera a abandonar el partido que fundó. Lo hizo en 2014, dando uno sonoro portazo acusando a González de tomar decisiones “siempre por su exclusiva y libérrima voluntad”.

Otra píldora olartiana: “La corruptela actual también se ha extendido a su propia autonominación como candidato a la Alcaldía de Santa Cruz de Tenerife, sin haber contado con nadie ni haber prestado órgano alguno del CCN su conformidad ante su personal, exclusiva y excluyente, pretensión”.

Y, por si no había quedado claro, acusó a González de pensar únicamente en captar votos tinerfeños, abandonando a Gran Canaria, isla que “parece considerarla como una sucursal tinerfeña ante su indiferencia o pasotismo”.

Todo ello llevó a Olarte a “romper tajantemente con un partido que ni es ya el que ilusionadamente yo creé ni sigue las normas estatutarias propias de un partido democrático, muy distinto, como digo, a una finca privada”.

Con todo, González siguió para adelante y el pasado mes de marzo, dos meses antes de las elecciones, se ratificaron más de veinte candidaturas, como la de Francisco Gómez al Cabildo de Gran Canaria o Juan Martel en Telde, Alfonso López a La Laguna o Benito Codina al Cabildo de Tenerife, así como un acuerdo electoral con Nueva Canarias en La Gomera.

Sin embargo, los partidos emergentes, el cambio de ciclo, el personalismo de González (y el de Olarte) han terminado por hacer sucumbir un experimento político que, si bien ha estado presente en los momentos más importantes de la historia reciente de Canarias, no terminó nunca de cuajar, quizás porque ni sus mismos dirigentes sabían lo que querían obtener más allá de mantener sus poltronas.

El secretario federal, Alfonso López, anunció una semana después de los comicios que tanto él como González dejarían sus cargos en el Comité Ejecutivo que se celebró el 6 de junio y el futuro del partido en manos de la militancia. Lo malo es que la militancia no existe.

Las elecciones del 24 de mayo no han hecho más que constatar algo que ya se aventuraba: que tras 23 años de existencia el CCN era una entelequia que solo pervivía en la cabeza de su presidente.

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