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El cristal con que se mira

Todo lo que pasa en un vaso de ginebra queda en el vaso de ginebra... menos hoy. 

En la profundidad de ese vaso naufragaban el borracho y sus delirios mientras apuraba su último trago. Sostenía milagrosamente el equilibrio- y todo su peso- sobre el codo derecho, todo él un alarde de geometría digno de haber sido dibujado como dilema matemático resuelto. 

Desde la curva de la barra, justo donde el camarero levanta esa puerta vertical por la que entra y sale, miraba con un ojo cerrado y otro abierto, como quién enfoca con una cámara, a través del vidrio casi sin ginebra y, dese luego, sin hielo, a la pareja que tenía al lado. Su vista estaba fija en el rostro de ella, una muchacha de no más de 20 años a la que el reflejo de la luz roja, que rebotaba desde el espejo del techo, dibujaba aún más sonrojo en sus pómulos. Esquivando la mirada de su acompañante lo miraba a él, pero no podía hacerse cargo de la nitidez de aquellos ojos azules, acuosos, por la distorsión del cristal. Hasta que el vaso se le escurrió de la mano y cayó sobre la barra, sin salpicar una sola gota, sonando como un petardo inesperado que hizo brincar, asustado, al hombre que hablaba a la muchacha. 

Él sabía que su hija, el amor de su vida, se dedicaba al que llaman “oficio más antiguo del mundo” desde hacía dos meses, pero nunca esperó encontrársela en el bar donde ahogaba esa pena en ginebra caliente, miedo e impotencia. Noche tras noche. 

Al caer el vaso Macarena reconoció a su padre. Las cuencas de sus ojos contenían más líquido que el que quedaba en el fondo de su copa. 

Se despidió de su cita, agarró el abrigo y poniéndolo sobre los hombros de su padre le susurró al oído: “Vámonos a casa”.

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