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El banco en la estación

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Nunca mires hacia atrás Ni hacia delante No hay ayer y ya no hay mañana.

N. M.

Hace una semana pasé por el banco en el que había preguntado: “¿Crees que soy una mujer débil?”. Ni siquiera entonces sabía qué era la fortaleza, porque con 24 y la rutina de los años no hay nada suficientemente bueno ni suficientemente aterrador. Lo único que pasa, y de qué manera, es la vida. Y lo único que pesa es ella también. En aquel banco dejé mil folios en blanco con la esperanza de un futuro en el que no necesitara que nadie reafirmara quién soy.

Ahora, mientras esa vida pasa, aprovecho el tiempo para mirar al cielo y dedico más horas de las que tiene un día a lo que querría ser y no a lo que soy, a lo que querría hacer y no a lo que hago, a lo que podría haber sido y no es. Imagino que estaba pensando algo así un lunes por la mañana cuando me asomé a las vías del tren para ver cómo este entraba en la estación; cuando mi cabeza volvió al sitio correcto había un señor a mi lado que me miraba como diciendo: “No lo hagas”. Segundos más tarde se giró y se entretuvo con una señora que arrastraba una maleta. Supuse entonces que no estaba tan preocupado porque se apagara una vida, sino por las consecuencias que eso tendría en la suya.

Dice mi madre en este sentido que no hay personas imprescindibles sino personas importantes. Me lo contó cuando tenía 17 años y yo la miré con sorpresa mientras pensaba que algunos de mis amigos lo serían para siempre. A día de hoy ni siquiera recuerdo sus rostros con claridad. Quiero decir que al final puede que sea verdad eso de que no hay nadie más importante que uno mismo porque es con quien se convivirá eternamente hasta que lo permita la tierra.

Pero también es cierto que no puedo más que culparme por todo lo que hice y por todo lo que no hice, y que habitarse en cuerpo y alma con una culpa infligida tampoco es el ideal de coexistencia con uno mismo. La culpa por las ganas y la extraña sensación de merecer todo lo malo y que lo bueno, sin embargo, no es más que una especie de suerte que dura como un reloj roto. Por eso siempre pienso en lo que podría haber dicho pero no me planteo lo que podía haber dicho el otro; al menos no lo suficiente como para que la responsabilidad nos pertenezca a ambos.

A partir de mañana cada vez que pase por ese banco planearé mis próximas preguntas con el perdón a cuestas.

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Publicado el
31 de julio de 2018 - 10:38 h

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