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Punteando la muerte

Estación (1)

Ahora hay trenes que ya casi no hacen ruido. Son trenes pero no se parecen a los trenes de las películas en blanco y negro; tampoco a los que cruzaban la extensa meseta con llegada imposible de cronometrar. Ahora los trenes son silenciosos y el silencio en muchos casos incluso se enquista en los vagones. Somos dos iguales, o mejor, casi iguales, y estamos a punto de acomodarnos en el vehículo que nos conduce al último resquicio de esperanza.

Los asientos son cómodos para un rato, solo para el tiempo que dura la primera parte de un vulgar partido de fútbol; jamás para lo que tarda en cruzar la línea de meta el más lento maratoniano del planeta. Los cristales alargados y anchos confunden con que se puede tocar la naturaleza más o menos humanizada que se va dejando atrás. Pero es mentira, otro timo. Aun así esto se asume porque siempre es mejor elección que caminar totalmente apagado, en negro, sin ver, sin pasar páginas ilustradas por la mirada, fotogramas visuales, encuadres de supuestas y reales fotos. Solo hay un signo que lo empeora todo, que hace sonar la alarma, que recuerda el porqué de este indeseado y a la vez deseadísimo viaje. No hay contradicción en estas palabras. Esa grafía es un punto rojo intenso, y casi quema, mucho más por el mensaje cercano que lo alimenta: “Salida de emergencia”.

La duración del viaje en ese tren en silencio, un silencio que ametralla la tranquilidad de la meseta septentrional, impacienta y obliga a hacer algo, como mínimo a ver cómo se destruyen los paisajes, cómo desaparecen en encuadres encadenados e infinitos que irían a la papelera si no fuera porque ahora tengo mi vista atrapada por el visor de la cámara. Lo he captado todo, y todo tiene ese maldito punto rojo, que ya me acompañará hasta el final, hasta el desenlace no querido pero sospechoso de estar cerca. Al más cabrón de los ocasos.

Estación (2)

El apeadero cercano se hace visible mucho antes gracias a la megafonía del tren. Ya no hay avisos con voz ronca del que se pasea por los pasillos estrechos y herrumbrosos, ni carteles descomunales en los márgenes de la vía que invitan al próximo descenso a tierra firme. Se vomitan palabras en idiomas inexplicables, se llega, todos oyen y todos bajan. Bajan solo los que tienen que bajar, y con más ganas lo que acuden y ahora sí están cerca de abrazar la última esperanza, sumidos en una auténtica, diabólica y a veces parece que eterna cuenta atrás.

El espacio que recibe a los viajeros es común, sin encanto alguno. En poco se parece a los más estridentes de la gran ciudad, a la exuberancia desmedida que a veces, y no se sabe muy bien por qué, habita en la megalópolis. Hemos terminado el viaje de ida y ahora queda lo mejor, si nos sirve; o lo peor, si no nos vale. Si le vale o si le sirve, que el hecho de ser la parte gemela de la otra parte no me convierte en propietario unívoco de la primera persona del plural.

Hay maletas, maletas con ruedas, sencillas, pequeñas, livianas… De muchos colores y formas. Esto es como la planta de maletas de cualquier El Corte Inglés. Algunas son como plumas capaces de ser levantadas por la brisa más insignificante e inesperada. Ahora me parece que una de ellas vuela. No es verdad, claro. Pienso que por lo menos ya dejé atrás ese maldito acompañante: el punto rojo llorón del tren en silencio y su mensaje acompañante “Salida de emergencia”. Había ganas. Ya solo volveré a él cuando descargue en mi ordenador toda la secuencia fragmentada de ese viaje silencioso de ida a la esperanza. Suena en mi cabeza la enorme canción de Manu Chao. No lo puedo evitar.

Estación (y 3)

Digo estación pero no estamos en la estación. Estamos en la antesala de la muerte. Estamos a punto de saber si seguimos, y vuelvo con la primera persona del plural, o si no. Los puntos ya no son rojos sino blancos o negros. El punto redondo, signo de peligro en aquel tren silencioso, moderno y desabrido, está por todos lados y seguro que significa algo. Entonces, tras descifrar esa idea en la cabeza, en un instante de nada, pienso, pero mucho más lo deseo (esto seguro), que igual se transforma en un punto y seguido, pero razono, y esto resulta inevitable y frío, que también puede ser (… y será) un punto y final.

Estamos donde queríamos estar: ante la última oportunidad. Esta es la verdad pura y dura. Rodeado de puntos, con puntos en el techo falso del ascensor, con el recuerdo de los puntos perdidos del tren, con la amenaza del mismo punto rojo de la ida en la vuelta (el retorno), con los puntos que me rodeen en la cabina del avión…

… y con el punto y final bien metido en la cabeza, mucho más que el punto y seguido, que la batalla única de la esperanza médica se ha perdido… Con todos esos puntos fundidos en un punto y final bien grande, absorbidos por un agujero negro, bien rojo o bien negro, que ya ni sé, al fin me doy por vencido y descifro que esto sí es un punto y final, que estamos…, que está ante la muerte. Él, mi hermano, mi otra parte, lo que más quiero.

Derrotados regresamos a casa y ya solo queda esperar. La cuenta atrás. La vuelta se ha convertido en un fondo negro con marca de fin y ese negro es ahora cuando empieza a verse, cuando transita a gama de grises.

Me asomo a la ventana y lo más parecido que veo a un tren en esta ciudad de la derrota es un tranvía. Éramos dos y ahora solo somos uno. En el recuerdo, querido hermano, siempre dos.

Punto y final, con punto rojo o negro.

*Texto creado para el proyecto expositivo de Juan Manuel Santos en Fotonoviembre 2017, Punteando la muerte. Ha sido montado en la sala de La Recova, en Santa Cruz, dentro de la sección Atlántica Colectivas.proyecto expositivo de Juan Manuel Santos en Fotonoviembre 2017, Punteando la muerteAtlántica Colectivas

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Publicado el
20 de noviembre de 2017 - 10:26 h

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