Un antiguo vivero desconocido de más de 5.000 metros cuadrados en el centro de Santander pasa a ser del Ayuntamiento
En una ciudad del tamaño de Santander es enigmático oír hablar de repente de una desconocida y céntrica finca que ocupa más de 5.000 metros cuadrados y que ha sido expropiada por el equipo de gobierno del PP en el Ayuntamiento sin revelar el precio de compra. La parcela mira al sur, a la bahía: está en cuesta, tiene enormes árboles centenarios y densa vegetación. Entre una urbanización de chalets de 1926 —llamada La Tierruca— y unos bloques de los sesenta —llamados La Amistad—, el solar es un frondoso misterio.
El pasado miércoles 15 de abril de 2026, Adolfo Vázquez entra por primera vez en la finca contigua a su bloque. Lo hace invitado por la concejala de Barrios de Santander porque preside la asociación de vecinos La Amistad: le dicen que la finca ha sido expropiada, van a limpiar la vegetación y demoler una casa. Vázquez, con 55 años, siempre ha vivido en la zona y no sabe más que su nombre: finca Las Floristas.
El Ayuntamiento manda una nota de prensa después de la visita, con una información en la que es complicado saber qué solar es y mucho menos entender qué ha pasado con un finca que ocuparía tres cuartas partes de un campo de fútbol profesional.
Conocido en parte el desenlace, a esta historia, le falta el principio y el nudo. Tras contactar a un arquitecto, un líder vecinal, un político, dos periodistas, un librero y una artista, es esta última, Majo García Polanco, quien empieza a desenmarañar la historia del jardín: sabe que era de un médico, puso el negocio para sus tres hijas y sabe dónde trabajan los herederos porque conoció a una nieta.
El hijo de aquella señora trabaja en la zona comercial del centro de Santander, a diez minutos de la finca a pie. Entusiasta de su legado familiar, Sergio Barrio se acerca a la entrada de su floristería y pide observar una foto en blanco y negro, donde se ven unas señoras, en un jardín: “Enriqueta, Ignacia y Manuela (Manina), con la abuela Mamá Ángela, en la finca. Las tres hermanas son las floristas”. Su tienda se llama como la finca: Las Floristas.
El jardín 'Las floristas' tiene su origen alrededor de 1870 con Enrique Gutiérrez Hazas, el bisabuelo de Sergio Barrios. Fue un médico oftalmólogo que trabajaba en el Hospital de Valdecilla. Vivía en la calle Ruamayor, pero como cobraba muchas veces en especie, decidió comprar una extensa propiedad a un costado de la calle del Monte —que es una de las arterias que une el centro con la calle más larga de la ciudad—, para que sus tres hijas la explotasen. Extensa porque, hasta la construcción de los bloques de La Amistad, ocupaba por lo menos un tercio más de lo que es hoy.
A finales del siglo XIX no había floristerías en Santander. “Fue un vivero, lo que hoy sería un 'garden center'; la gente subía a la finca para que las hermanas les confeccionaran los ramos en el momento”, cuenta mirando la foto. El jardín cambiaba según la estación del año: mantos de rosas o gladiolos, lilas y azucenas, crisantemos o begonias. También frutas. Criaban pájaros y tenían un estanque de peces, cuenta mostrando un premio de 1915, en el escaparate. En la finca queda hoy un eucalipto antiquísimo, además de camelias, magnolios y laureles centenarios. Este espacio cuenta con un inventario botánico de especies protegidas.
En la parte alta de Las Floristas estuvo la parcela de la casa familiar, hoy demolida. La mayor parte de la finca estuvo ocupada por el vivero, donde se construyó a mediados de los cincuenta una casa que funcionó como almacén y que es la que el Ayuntamiento piensa tirar también. Mientras el florista habla, unas clientas entran en la tienda buscando una orquidea. Piden una que tiene una peculiar maceta azul. La maceta no está en venta, les dice, es parte de lo que los herederos han rescatado antes de vender el solar, junto con bancos, mesas y fuentes decorativas que sumaron más de 2.000 kilos al ser trasladados.
Barrios señala otra foto enmarcada en la tienda. Salen sus familiares en el entorno del Palacio de La Magdalena: “Les llevaban ramilletes a la familia real y el rey Alfonso XIII —que veraneó 18 años en Santander— visitaba mucho la finca; no solo era un vivero, era un centro cultural y social en Santander”. Queda una prueba: el periódico La Atalaya publicó en portada en 1926 un artículo sobre el jardín y cómo el bisabuelo estaba influido por el filósofo Rousseau.
La familia puso una floristería en el centro de Santander y conservó el vivero, pero el mantenimiento del jardín, dice Barrio, era muy caro. En la posguerra vendieron la parte de la finca donde están ahora los bloques de La Amistad a un poderoso constructor de la época llamado Onésimo Amiano: “Después de la Guerra Civil, madre de Dios, las floristas las pasan canutas y tienen que empezar a vender”. A finales de los años ochenta el Ayuntamiento de Santander ya trató de expropiar la finca.
Hace cuarenta años, la alcaldía hizo una modificación en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), para una vez expropiada, convertir Las Floristas en un parque, pero Barrio —reticente a hablar de política— dice que fue denegada judicialmente por un defecto de forma al no haberse realizado un inventario natural previo. Así, la finca fue declarada zona verde y esto derivó en litigios urbanísticos con el Consistorio que duraron décadas, en los que la finca pasó en varios momentos de suelo residencial a no urbanizable.
Barrio dice que propuso soluciones, como continuar la urbanización de chalés como La Tierruca o un aparcamiento subterráneo con un parque público arriba, pero el Ayuntamiento rechazó sistemáticamente modificaciones puntuales al PGOU. Sin posibilidad de desarrollar la finca y con un costo alto de mantenimiento, tras la muerte de su madre en 2020, Sergio Barrio y su hermano, herederos de Las Floristas, pidieron legalmente al Ayuntamiento que hiciese una expropiación forzosa, justificando falta de soluciones urbanísticas.
El Consistorio no presentó alegaciones al expediente, por lo que se quedó con la finca por la valoración establecida judicialmente. Barrio no quiere decir por cuánto ha vendido Las Floristas. “Más o menos la mitad” de la tasación de sus propios arquitectos para cerrar el proceso, accede a decir este propietario que cobró la primera parte del pago en febrero de 2024 y entregó las llaves de la finca en junio de hace dos años.
“¿Cómo mantenemos esto? ¿Cómo habéis hecho?”, dice Barrio que le preguntaron desde el Ayuntamiento al entrar en la finca. En el pleno municipal de abril, la alcaldesa, Gema Igual (PP), dijo antes de denegar una moción del PRC para la limpieza de la finca que quiere que sea “un pulmón para el barrio, una zona de amplitud, una zona de expansión”, pero no la llamó por su nombre. Era “la parcela de la calle Amistad”.
La tupida vegetación, con densas hiedras en los muros, ha podido dar una impresión de dejadez, pero en origen respondía a “una vocación de pasar desapercibidos”, defiende Barrio mientras cuenta que la finca ha estado habitada hasta que falleció su madre. Y él y su hijo han ido con frecuencia hasta la reciente expropiación municipal de la parcela. Ahora asegura que él prefiere no volver por ahí. Solo espera que si se hace un parque, se llame Las Floristas.