Duelo de élites: mucho pollo para tan poco arroz
Se suele decir habitualmente que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla, una suerte de axioma que da por supuesto que aquellos que sí conocen su historia no la vayan a repetir. Pero la historia, y los sucesos dramáticos de esta, parecen condenados a repetirse, independientemente de que se conozcan o no los antecedentes. Sí, los pueblos (o las personas) que conocen su historia también pueden repetirla. Si no los pueblos, sí sus élites o aspirantes a serlo.
Por increíble que parezca, sucesos horripilantes de un pasado no tan lejano, no por conocidos, pueden suceder de nuevo. La estupidez humana es muy prolífica, como aseguraban los hermanos Will y Ariel Durant, y parte de la ciudadanía, harta de pencar y pagar y que reclama su sitio bajo el sol cueste lo que cueste, es pasto fácil de embaucadores y personajes faltos de escrúpulos a los cuales poco importa que la historia se repita, si ellos se benefician y si quienes pagan la factura son siempre los mismos.
Aparte de la estupidez, está la codicia. La estupidez y la codicia siempre se han llevado bien y siempre, siempre, han conducido a la ruina a los pueblos.
'Mucho arroz para tan poco pollo' es una expresión que se emplea cuando hay una gran cantidad de algo y muy poco de lo esencial, vamos, un desequilibrio entre la oferta y el mérito.
En el mundo hay ahora una guerra de élites: entre aquellos que ocupan la dirección de países, empresas e instituciones de todo tipo, y los que aspiran a ocupar sus sitios, pero hay tantos, guiados de promesas y más promesas no escritas (estudia y tendrás tu recompensa; trabaja y obtendrás tu fruto; arriesga y lo conseguirás) que es imposible no solo desbancar sino dar cabida a más aspirantes que asientos. En el mundo, en el país, en la comunidad autónoma y en cada localidad. Y eso por no hablar de méritos, algo que no desanima a los que aspiran a formar parte del sanedrín de los que cortan el bacalao. Ahora sabemos que el gran ascensor social de este país nunca fue la educación sino la corrupción. El mérito ha importado poco siempre y así siguen las cosas.
Así que tenemos a una multitud de feroces aspirantes a ser élite y vivir a patapollo, sin mérito ni trabajo, y otros menos que se resisten a ser desplazados. El gran muro que impide ese asalto son las leyes, los derechos y los grandes acuerdos de convivencia. Pero si este muro ha sido diseñado para blindar a las élites históricas y es un freno al reemplazo de élites, los aspirantes se encargarán con entusiasmo de su disolución.
De este modo hay un montón de gente que quiere entrar en el círculo virtuoso de las élites, un montón de gente dispuesta a todo, incluso a destruir el marco de convivencia, algo que ya se experimentó en el pasado y que, conocido o no, puede volver a repetirse. Luego, tras el atrasismo, vendrán los lloros, los lamentos, las emotivas promesas de que no vuelva a suceder, pero volverá a suceder mientras la estulticia se reproduzca con entusiasmo y la codicia humana no tenga freno.
Solo un cataclismo podrá impedir la progresiva destrucción de lo que tanto sufrimiento y décadas ha costado construir: la protección de la infancia, el cuidado del medio ambiente, el diálogo y el pacto frente a la guerra, la defensa de las libertades y la democracia, el rechazo al genocidio y la limpieza étnica, la igualación efectiva de la mujer, la protección de los desvalidos, de los excluidos, de los diferentes. Ante el individualismo disparado que se ha inoculado a la sociedad, y el consumismo desaforado, ¿qué importan lo más débiles, se conozca o no lo que haya pasado?