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Homenaje a los seres humanos

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Venía a decir el pasado sábado Carlos Bardem que solo se puede ser humano si te conmueve el dolor del otro, si empatizas con el sufrimiento de quien es víctima y no verdugo. El actor comprometido (que parece que suena mal pero a mí me tintinea como la armonía de la vida) hablaba en la concentración que las gentes de la Cultura (con lo plural y diverso del término) realizaron en El Sardinero para reclamar el fin del ge-no-ci-dio de Gaza y el despertar de la sociedad civil —esa es la esperanza ya que la mayoría de los políticos o abren los ojos tarde o están cegados por la sangre que rezuma desde Oriente como para ver los cuerpos despedazados—.

Con palabras algo más complejas, Emmanuel Levinas, el filósofo de la otredad, nos recordaba, poco después de la II Guerra Mundial, que el rostro del Otro/a nos “habla”, y que su “voz” nos demanda una respuesta ética. Y eso es lo que se puede ver en las calles de Cantabria, de Madrid, de Bilbao o de Londres: ciudadanía interpelada por la voz del otro/a que reacciona de una manera ética. Es posible que la reacción, aparentemente, no sirva para “nada” (si es que “todo” es parar el genocidio), pero lo que es cierto es que traza una frontera nítida entre la humanidad de unas personas y la falta de humanidad de las otras.

Todo aquel —casi siempre hombre— que afirme que el deporte o la cultura no tienen que ver con la política, no solo peca de ignorante, sino —lo que es mucho más grave— de inhumanidad. Todo aquel que practica la equidistancia en materia de derechos humanos está violando los mismos al ignorar que en esta jugada siempre hay victimarios y víctimas y que es inmoral confundirlos.

Este principio de la otredad, defendido por Levinas en multitud de textos y por Bardem a viva voz, es básico si queremos entender cómo vivir en sociedad pero, ante todo, es fundamental si queremos vivir vidas dignas. Y sí, es una vida indigna la que no se siente interpelada por el Otro. No solo por el Otro gazatí —que en estas horas se enfrenta al dilema de morir huyendo o morir sin moverse de la tumba a cielo abierto que ha diseñado el Gobierno de Israel y está aplaudiendo la conocida como comunidad internacional—, sino también por el Otro que no logra una vivienda digna para su familia, por el rostro ese 36% de los niños y niñas del país que llega con hambre a casa —al carajo las previsiones de crecimiento macroeconómico—, por el Otro migrante empobrecido que se enfrenta al racismo estructural y cultural, por las Otras que sobreviven en un silencio apabullante la violencia machista de sus parejas y los silencios cómplices de sus vecinos…

Pero mi homenaje a las personas que sí son humanas. Y aquí, al lado, hay miles. Conozco a unas cuantas. Sacan tiempo de donde no hay y energía de donde no sobra para salir a manifestarse, para pedir firmas, para poner denuncias, para reunirse buscando alianzas, para convertir el acto cotidiano de respirar en algo más que comer, trabajar, ir al gimnasio y atender la agenda infantil de turno. Son menos de las humanas que necesitamos, es verdad, pero no por eso podemos ignorar su patrimonio de dignidad que hace que el resto podamos mirar al espejo social sin avergonzarnos del todo.

Las que se sienten interpeladas por la voz del Otro y reaccionan —cada una en función de sus posibilidades— compensan la abrumadora inacción mayoritaria. Decía el presidente del Gobierno que se sentía “orgulloso” por las manifestaciones en defensa del pueblo gazatí. Una vez más, eligió mal el término. Se debería sentir avergonzado de que hayan hecho falta decenas de miles de civiles asesinados y miles de manifestaciones en todos los rincones del país para que su Gobierno adopte una posición un poco menos ambigua. Debería sentirse interpelado ante el rostro de los 'Otros' españoles/as que se juegan la cara delante de la policía o soportan los obstáculos de las mayorías para convertir cada política en un gesto y cada gesto, en una acción en defensa de la humanidad. No solo de la palestina, sino de la inmigrante a la que su ministro de Interior suele encarcelar o disparar, de las personas que pasan meses esperando una clasificación de “dependencia” o de “incapacidad”, de los millones de mujeres sudanesas que vagan como desplazadas mientras los hombres armados de uno y otro bando usan sus cuerpos como armas de guerra, del pueblo egipcio que sufre una dictadura militar brutal mientras nuestro jefe de Estado “estrecha los lazos de amistad” con su gobierno títere, de las y los refugiados saharauis que siguen exigiendo a la metrópoli que actúe con responsabilidad histórica en lugar de hacer cálculos para no ofender al rey dictatorial de Marruecos, de las mujeres afganas o saudíes que son tratadas como propiedad privada mientras las ignoramos —en el primer caso— o mientras mandamos hombres a jugar al fútbol para mejor blanqueo del régimen…

La lista sería interminable, pero es que son muchos los Otros que nos interpelan. Es la hora de la humanidad si queremos un futuro para los seres humanos y, aunque sean pocas las personas con esa conciencia, debemos agradecerles su compromiso cuando nos las encontremos, darles ánimos y aprender de ellas. Sin esa ciudadanía digna y humana, usted y yo, simplemente seremos como los “hombres masa” que describía Ortega y Gasset: dispuesto a ejercer el “derecho” a la libre expansión de nuestros deseos personales y radical ingrato hacia cuanto hace posible su existencia (como ser humano). Gracias pues.