“Contigo, La Libre se queda”: salvar el derecho a la ciudad
Hace unos días tuve el placer de participar en un podcast grabado por La Vorágine que, con el nombre “Hablamos de Santander”, busca sondear ideas, proyectos e ilusiones para imaginar un Santander más habitable. El programa se propone, así, ahondar en lo que en sociólogo y filósofo Henri Lefebvre denominó, allá por 1968, “Derecho a la ciudad”, apuntando con el concepto a una idea democrática del espacio urbano, que reivindica el derecho a configurarlo de un modo acorde a nuestras necesidades humanas y colectivas, en lugar de dejarla en manos de los intereses financieros. En los últimos tiempos, el concepto ha crecido de la mano del geógrafo David Harvey, quien lo entiende como el derecho a cambiarlo todo y a cambiarnos, de este modo, a nosotros mismos, a nosotras mismas.
El tipo de ciudad que queremos, apunta Harvey, no puede estar divorciado de nuestros anhelos respecto a lazos sociales, relaciones con la naturaleza, estilos de vida, tecnologías y valores estéticos. Sin embargo, la calidad de la vida urbana viene determinada por las empresas y tiende a medirse por criterios puramente economicistas, convertida en una mercancía, como las propias ciudades, en manos de una economía política que convierte en esenciales el consumismo o el turismo mientras deja en un muy segundo plano la revitalización de los barrios o la renovación de las infraestructuras municipales.
Lefebvre explicaba esto señalando que el capitalismo convierte la ciudad en valor de cambio, que es algo que sucede cuando el suelo se compra para especular, las viviendas se transforman en activos financieros o pisos turísticos, y las plazas se llenan de terrazas privadas. El derecho a la ciudad, al contrario, exigiría priorizar el valor de uso: la ciudad como un lugar para habitar, encontrarse, jugar, tejer redes de apoyo mutuo y, en resumen, vivir de manera digna, respondiendo a las necesidades de las vecinas, no a las tasas de rentabilidad de fondos de inversión.
Por ello, no debemos aceptar el escenario estático que nos den, ya construido, burócratas o promotores inmobiliarios: hay que apropiarse de la ciudad, algo que se hace desmercantilizando espacios. Cuando un barrio recupera un solar para hacer un huerto urbano o una comunidad se organiza para rescatar un local de las dinámicas del mercado inmobiliario, se está ejerciendo de manera directa el derecho a la ciudad, dejando de ser consumidores pasivos para ser productores activos o «prosumidores» de nuestro entorno.
Ese es justo el caso de La Libre: una librería asociativa y centro social autogestionado que lleva 25 años construyendo hábitat y ejerciendo el derecho a la ciudad junto a la amplia comunidad que convive en ella. Organizada sin jefes ni ánimo de lucro y sostenida con trabajo comprometido voluntario, cuotas de socias y la venta de libros de pensamiento crítico, llevaba 15 años en la Rampa de Sotileza cuando la propiedad les comunicó que el local se ponía en venta. El derecho a la ciudad y su propio derecho a existir chocaron entonces de bruces con un mercado inmobiliario santanderino que raya lo indecente, en el que, según datos de Idealista, la oferta de alquiler se ha reducido a la mitad, mientras que los precios han aumentado un 40%. Y La Libre no es el único centro social amenazado: tanto Eureka, referencia cultural alternativa en San Simón, como Smolny, centro de profundas raíces barriales en El Carmelo, están en solfa también por la voracidad inmobiliaria.
Pero el derecho a la ciudad se ha de ejercer con toda la fuerza en momentos así, y la asamblea que gestiona el espacio se puso manos a la obra demostrando que existe una potencia económica y organizativa fuera del sistema mercantil y bancario tradicional, haciendo realidad la compra del local —unos 140.000 euros— desde una realidad más que precaria, mediante el apoyo directo de su comunidad. Una parte, unos 40.00 euros, se financió con donaciones directas, y el grueso de la compra se afrontó con un préstamo de tres personas de la comunidad a quienes ahora hay que devolver el dinero. Desde que se supo la situación de esta institución del común en nuestra ciudad, muestra viviente de que hay una tercera vía, radical y alternativa a lo privado y lo público, nadie dudó de la consigna: “¡La libre se queda!” y en común se está haciendo posible.
Desde el 1 de mayo hay en marcha una campaña de microfinanciación o crowdfunding, en la página Migranodearena.org, que a día de hoy ha logrado una cifra impensable desde el discurso de la impotencia, pero que se ha hecho realidad con el compromiso colectivo —unos 55.000 euros cuando escribo estas líneas—. Aunque queda lo peor, la parte más dura de la campaña hasta completar los 100.000 euros que hay que devolver a las personas, comunes y corrientes, que decidieron poner sus ahorros, la Libre, ya no hay duda, se queda, y lo hace como institución del común de Santander.
Cada vez son más los proyectos que tratan de salir de la pinza entre lo privado y lo público estatal, apuntalando un concepto de lo común, del “procomún”, que La Libre representa muy bien y que apunta a lo que no es de nadie porque es de todas y todos. Mientras lo privado se basa en la exclusión y el beneficio propio y lo público implica pérdida de soberanía por la delegación, lo común nos devuelve la agencia en un universo de la inclusión y la corresponsabilidad: ni meras clientes ni simples administradas, podemos ser protagonistas del devenir de nuestras vidas, de nuestras ciudades, en este caso.
Se trata de una noción que supone una posibilidad radical de transformación porque va a la raíz de lo que somos: seres vulnerables e interdependientes en un entorno que también lo es. Lo común, la comunalización que es su praxis, apunta a cuidar de los ecosistemas de relaciones antes que de los beneficios y prima la suficiencia por encima de la eficiencia. Políticas para “reencantar el mundo”, como propone la pensadora y activista Silvia Federici, que se encarnan en movimientos sociales —muchos de ellos, en honor a la verdad, de entornos rurales del sur global—que permiten vislumbrar otros afectos y racionalidades, reconectan con la naturaleza y reinventa al ser humano más allá de la trampa del individuo y la identidad.
Reencantar Santander, hoy, es sostener La Libre, para asegurar que la ciudad no se convierta definitivamente en un tablero de Monopoly vacío de vidas. Hagamos que este pedazo de nuestra ciudad sea del común para siempre.